Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 83
- Inicio
- Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota
- Capítulo 83 - Capítulo 83: Cortando la Realidad
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 83: Cortando la Realidad
Salí al pasillo, cerrando la pesada puerta de roble tras de mí. El golpe de la madera contra el marco y el clic metálico del cerrojo resonaron como un disparo en la quietud de la zona VIP. Atrás dejaba el calor asfixiante, el olor a almizcle, el perfume caro y la humedad de sábanas revueltas. Frente a mí, el aire del pasillo se sentía crudo y tenso.
Rozen seguía allí. Se había quitado la capucha de lana basta que Madame Zafiro le obligaba a usar. Su rostro anguloso, pálido bajo la luz parpadeante de los candelabros de pared, estaba tenso, y sus orejas puntiagudas captaban cada leve sonido del burdel. Sus ojos violetas brillaban con una intensidad febril que no le veía desde aquella matanza en las ruinas.
Me crucé de brazos, sintiendo el roce de la seda de mi blusa contra la piel aún sensible. Esperaba un reclamo. Esperaba celos irracionales, indignación milenaria o un juicio moral sobre lo que acababa de hacer con la chica de la habitación. Me preparé mentalmente para soltarle una frase hiriente, para recordarle que mi cuerpo era mi única moneda de cambio real y que yo decidía cuándo y con quién gastarla.
Pero Rozen no estaba mirando mi ropa ligeramente desalineada, ni mis labios hinchados por los besos. Estaba mirando el aire alrededor de mí, como si pudiera ver algo que yo no.
—¿Qué hiciste ahí adentro, Aldariel? —preguntó. Su voz era baja, apenas un murmullo urgente, pero cargada de una vibración peligrosa que me erizó el vello de la nuca.
—Lo que tenía que hacer para sobrevivir, Rozen —respondí con frialdad, ajustando el cuello de mi blusa e intentando pasar por su lado—. Se llama espionaje. Es una técnica bastante útil. Deberías probarlo alguna vez en lugar de quedarte parado en las sombras como una gárgola de piedra juzgando a los mortales.
Él se movió más rápido que un pensamiento, bloqueando mi camino con su cuerpo esbelto. No levantó las manos, no me tocó, pero su simple presencia llenó el pasillo estrecho, acorralándome contra la pared tapizada.
—No te hagas la tonta, no hablo de la chica ni de tus métodos para sacar información —dijo, ignorando por completo mi provocación—. Hablo de la magia. Sentí una ruptura. El tejido de la realidad misma gritó hace un momento. Y no intentes negarlo, porque apesta en todo el pasillo. Huele a agua estancada y a hierro frío.
Me detuve en seco. Mi corazón dio un vuelco doloroso contra mis costillas. Él lo había sentido. La visión de Vorden, el callejón helado, la grieta en el tiempo… no había sido solo en mi cabeza.
—Huele a la cueva del Norte, Aldariel —insistió Rozen, dando un paso más hacia mí, acortando la distancia—. Huele a muerte húmeda. ¿Qué carajo hiciste en esa habitación?
Me tensé. El pánico, frío y primitivo, comenzó a trepar por mi garganta. No quería que se acercara. No quería que me tocara. Temía que, si ponía una mano sobre mí, pudiera sentir el terror absoluto que me carcomía por dentro. Aún tenía clavada en las retinas la sonrisa depredadora del Titán llevándose el cuerpo de mi pasado. Aún sentía ese frío cadavérico calado en los huesos.
Rozen levantó una mano, quizás buscando calmarme, quizás buscando respuestas físicas.
Mi mente, condicionada por años de golpes en callejones y semanas de tortura, gritó una sola orden, pura y desesperada: Lejos.
No di un paso atrás. No me agaché. No corrí.
El mundo, simplemente, parpadeó.
Hubo un sonido sordo, profundo, como el de una roca gigante cayendo en un pozo sin fondo, un ¡THUMP! que me hizo vibrar los dientes. Inmediatamente después, un dolor agudo y punzante estalló justo detrás de mis ojos.
En un microsegundo, la cara preocupada de Rozen desapareció. La pared tapizada de mi derecha y la alfombra roja bajo mis pies se convirtieron en una mancha borrosa, un borrón sin forma ni color. Sentí que mis entrañas se estiraban de una manera antinatural, como si estuvieran hechas de goma a punto de romperse, y luego, con la misma rapidez, se recomponían con una violencia que me dejó sin aliento.
Mis botas golpearon las tablas del suelo de madera con fuerza, haciéndome tropezar hacia adelante. Tuve que apoyar una mano en la pared para no caer de rodillas.
Abrí los ojos, mareada, con el estómago revuelto amenazando con expulsar el poco vino que había bebido horas antes.
Estaba al final del pasillo, a casi cinco metros de donde había estado un segundo antes.
Me giré lentamente, con la respiración entrecortada. Rozen seguía exactamente en el mismo lugar, pero ahora estaba de espaldas a mí. Tenía la mano derecha extendida hacia el aire vacío donde yo había estado acorralada. Se quedó congelado en esa postura ridícula, agarrando la nada, como una estatua a la que le hubieran robado su posesión más preciada.
El Fae bajó la mano y se giró lentamente sobre sus talones. Sus ojos estaban abiertos de par en par, despojados de cualquier arrogancia. Miró el espacio vacío frente a él y luego, lentamente, giró el rostro hacia el final del pasillo, donde yo intentaba recuperar el aliento.
—¿Tú…? —balbuceó, perdiendo toda su compostura milenaria en un instante—. ¿Tú acabas de… cortar el espacio?
Me miré las manos temblorosas. El aire alrededor de mis dedos estaba literalmente helado, condensando la humedad del ambiente y formando minúsculas gotas de escarcha sobre mis nudillos.
—Yo… solo quería alejarme —susurré. Sentí el sabor metálico y salado de la sangre en la boca; me había mordido la lengua durante la violenta transición. Escupí a un lado, manchando la alfombra impecable.
Rozen caminó hacia mí, pero esta vez sus pasos eran cautelosos. Ya no me miraba como a una protegida frágil a la que debía guiar, ni siquiera como a una humana con suerte. Me miraba como a una anomalía, como a una bomba a punto de estallar.
—Eso no fue magia de Fae, Aldariel —explicó, con la voz ronca—. Cuando mi gente se mueve, nosotros nos deslizamos por las corrientes invisibles del mundo. Somos como hojas en un arroyo. Pero tú… tú no te deslizaste. Tú acabas de romper el camino por la mitad para llegar directamente al otro lado. Es un Paso de Vacío. Algo que solo las criaturas más oscuras… o los Despojados intentan hacer.
Me enderecé, obligándome a tragarme las náuseas y el miedo. Mi respiración aún era agitada, pero necesitaba retomar el control. No podía permitirme desmoronarme frente a él, no ahora que las reglas del juego acababan de cambiar drásticamente. Recordé la amenaza de Vorden en mi visión y la información que acababa de arrancar de la cama de la espía. No teníamos tiempo para diseccionar la naturaleza de mis poderes.
—No lo sé, Rozen —dije, endureciendo mi rostro y recuperando mi máscara de frialdad—. Y honestamente, me importa un carajo cómo se llame o a qué huela. Lo que importa es que funciona. Y a juzgar por lo que acabo de averiguar, lo voy a necesitar con desesperación.
El Fae frunció el ceño, su atención dividida entre la escarcha que se derretía en mis manos y el tono de urgencia en mi voz.
—¿Qué averiguaste? —preguntó, finalmente adoptando un tono táctico.
Caminé hacia la escalera principal, pasando junto a él sin mirarlo a los ojos, pero esta vez caminando sobre mis propios pies, sintiendo el suelo sólido bajo mis botas.
—La chica no era una simple clienta aburrida. Es una informante, una espía contratada por alguna facción poderosa que usa grifos como transporte express. Ella estaba en el Norte. Siguió a Raymond desde allá. Vio cómo me mataron y vio cómo el Manantial me trajo de regreso.
Rozen soltó una maldición en un idioma antiguo, un siseo que sonó como hojas secas quemándose.
—Si ella lo sabe, su patrón lo sabe.
—Eso es solo la punta del iceberg —solté la bomba sin anestesia, deteniéndome en el primer escalón hacia el piso inferior—. Raymond no vino solo a buscar pelea. Es un perro de guerra con recursos. Antes de venir al Sur, envió mensajes usando magia de transporte rápido. Un destacamento fue al Norte a buscar al Comandante Vorden… y otro viene directamente hacia acá.
El rostro del Fae palideció visiblemente, perdiendo el poco color que le quedaba.
—¿Un ejército de élite de la Inquisición? ¿Dirigiéndose a la ciudad?
—Sí —confirmé, sintiendo el peso de la sentencia de muerte en mis propias palabras—. Tienen órdenes de esperar a las afueras. Si no tienen noticias o señales de Raymond en una semana, asumirán que está muerto o capturado. Y entonces atacarán la ciudad entera buscándome. Buscarán a la mujer que no envejece y que no muere.
Me giré por completo para mirarlo desde el escalón, ganando unos centímetros de altura sobre él.
—Tenemos catorce días, Rozen. Dos miserables semanas antes de que una legión de fanáticos con acero bendito y fuego purificador llame a la puerta del burdel de Madame Zafiro.
Sus ojos violetas se encontraron con los míos, buscando alguna señal de duda, alguna grieta en mi resolución. No encontró ninguna. La niña asustada se había quedado en el callejón del Norte; la mujer frente a él estaba dispuesta a quemar el mundo antes de dejarse atrapar de nuevo.
—Así que —concluí, con una voz tan gélida como la escarcha de mis manos—, hazme un favor. Deja de analizar mi magia, deja de quejarte de mis métodos y empieza a pensar en cómo demonios vamos a matar a un ejército. Porque esta vez, no pienso correr. Y a juzgar por lo que acabas de ver… ya no necesito usar las puertas.
Dejé a Rozen plantado en el pasillo, lidiando con el rastro de escarcha y el eco del espacio roto que mi magia acababa de dejar atrás. Mi cabeza era un torbellino de cálculos desesperados y puro instinto de supervivencia. Catorce días. Tenía dos semanas para prepararme para la embestida de un batallón de élite leal al hombre que me había asesinado. Necesitaba llegar a mi habitación, echar el cerrojo, sentarme en la oscuridad y obligar a mi mente a trazar una estrategia antes de que el pánico me paralizara por completo.
Aceleré el paso, sintiendo el roce de la seda contra mi piel, pero justo cuando giraba hacia el corredor que llevaba a mis aposentos, una figura se interpuso en mi camino.
Era Lira, una de las chicas de las zonas privadas. Llevaba una bata de terciopelo a medio atar y una expresión de urgencia que no encajaba con el ambiente lánguido del burdel.
—Aldariel, espera —dijo, tomándome del brazo con una confianza que no le había dado.
Me solté de un tirón, mi paciencia reducida a cenizas.
—No tengo tiempo para más mierda en este momento, Lira. Si un cliente se propasó, diles a los guardias. Si es otra cosa, búscame mañana.
—No es un cliente —insistió ella, bajando la voz y mirando nerviosa hacia ambos lados del pasillo—. Es Madame Zafiro. Te espera en el sótano. Ahora mismo.
Fruncí el ceño.
—¿En el sótano? Madame no baja al sótano ni para revisar los inventarios de vino. Dile que subiré a su oficina en…
—Me dijo que, si decías eso, te advirtiera que es de vital importancia —me interrumpió Lira, tragando saliva—. Sus palabras exactas fueron: “Dile a esa elfa terca que, si no baja de inmediato, no habrá un mañana para ninguna de las dos”.
Dejé escapar un suspiro de frustración, cerrando los ojos por un segundo. El dolor de cabeza detrás de mis sienes palpitaba al ritmo de mi corazón.
—Bien. Vete a dormir, Lira. Yo me encargo.
Acepté de mala gana y me di la vuelta, cambiando mi ruta hacia las escaleras de servicio. A medida que descendía, el calor sofocante y el aroma a incienso barato y perfume del burdel se fueron desvaneciendo, reemplazados por un frío húmedo y el olor denso a tierra mojada, madera vieja y vino añejado. El sótano era un laberinto de barriles y cajas apiladas, iluminado apenas por un par de antorchas que parpadeaban perezosamente.
Caminé entre los pasillos de piedra hasta que vi una luz diferente, un resplandor verdoso y tenue que provenía del fondo de la bodega principal.
Allí estaba Madame Zafiro, de pie con los brazos cruzados y el rostro tenso como una cuerda de arco. A su lado, envuelta en una túnica de cuerpo completo que arrastraba por la piedra húmeda, había una figura encapuchada. Era de una estatura tan baja que resultaba inusual incluso para un enano; apenas me llegaba a la cintura.
Me detuve a un par de metros de ellas, cruzándome de brazos.
—Si esto es por el batallón de Vorden que viene en camino, no sé cómo carajos lo supiste tan rápido, pero no me sorprende —dije, yendo directo al grano, esperando que Zafiro ya estuviera moviendo sus hilos para nuestra defensa.
Madame Zafiro descruzó los brazos y rodó los ojos con un desprecio absoluto, su máscara de control resquebrajándose por un instante.
—¡Idiota! No, no lo sabía —siseó, pasándose una mano por el cabello perfecto—. Y gracias por la terrible noticia. Pero lidiaremos con ese maldito ejército después. Ahora mismo, Aldariel, necesito que mueras.
El silencio cayó en el sótano, pesado y asfixiante. Las palabras tardaron unos segundos en procesarse en mi mente.
—¿Qué? —respondí, soltando una risa seca, incrédula. Mis manos cayeron a mis costados, rozando instintivamente la empuñadura de la daga que llevaba oculta—. ¿Es una puta broma, Zafiro? Acabo de decirte que tenemos catorce días antes de que nos masacren y tu brillante plan es…
—Confía en mí, niña —me cortó Zafiro. Su voz ya no tenía la arrogancia habitual, sino una urgencia que rayaba en la desesperación—. No te lo pediría, no lo haría, si no fuera completamente necesario. Hay algo más que debo saber. Algo que podría cambiar todo esto. ¿Puedes hacer eso por mí?
La miré a los ojos. Busqué traición, busqué miedo egoísta, pero solo encontré una preocupación genuina y oscura. Luego bajé la mirada hacia la pequeña figura encapuchada que la acompañaba.
—Sabes que confío en ti, Madame Zafiro —dije, mi voz temblando ligeramente por la adrenalina que empezaba a correr por mis venas—. ¿Pero morir? ¿Aquí? ¿Ahora?
—Volverás en un parpadeo, ¿no es así? —respondió Zafiro, dando un paso hacia mí.
—Sí, supongo —admití, recordando la decapitación en las ruinas—. Pero no estoy segura de si el acto de volver es lo que llama a los Despojados. Si rasgo el vacío aquí abajo, podríamos tener a un monstruo de sombras devorando a tus chicas en cinco minutos.
—Estamos preparadas para cualquier eventualidad, joven elfa —intervino una voz rasposa, antigua, como el crujir de hojas secas bajo la bota.
La pequeña criatura dio un paso al frente. No se quitó la capucha, pero levantó las manos. Me quedé sin aliento. No eran manos humanas. Estaban formadas por una piel que parecía corteza de árbol nudosa y grisácea, con dedos largos y huesudos. De las palmas de esa criatura irradiaba la tenue luz verdosa que había visto desde lejos.
—Mierda… —murmuré, pasándome una mano por el rostro, sintiendo el cansancio de mil vidas cayendo sobre mis hombros—. Supongo que está bien. Haz lo que tengas que hacer.
La pequeña criatura se acercó a mí lentamente. No hizo ningún movimiento amenazante, simplemente se quedó parada frente a mi, observando meticulosamente. Levantó sus pequeñas manos huesudas y las acercó a mi cuerpo sin llegar a tocar mi ropa. La luz en sus palmas brilló con un poco más de intensidad, bañando la piedra del sótano con un tono esmeralda enfermo. La criatura ladeaba la cabeza de un lado a otro, como si estuviera escuchando un sonido que yo no podía percibir.
—¿Qué me estás haciendo? —pregunté, sintiendo un leve cosquilleo en la piel, justo debajo del ombligo.
—¡Listo! —respondió la criatura de forma abrupta, retrocediendo un paso y bajando las manos.
No tuve tiempo de procesar la palabra.
Zafiro se movió con una velocidad que no le conocía. Un destello de acero frío captó la luz de las antorchas. Había estado ocultando una espada corta detrás de su espalda bajo los pliegues de su vestido.
No hubo advertencia. No hubo tiempo para cerrar los ojos.
El filo cortó el aire. Sentí el impacto frío y brutal contra mi cuello. El sonido del acero atravesando carne, cartílago y hueso fue ensordecedor en mi propia cabeza.
El dolor duró una fracción de segundo, seguido por una desconexión total. El mundo giró violentamente mientras mi perspectiva caía hacia el suelo de piedra. Vi las botas de Zafiro, y luego… la nada. El vacío. El frío sepulcral y el silencio absoluto que ya empezaba a conocer demasiado bien.
¡THUMP!
La realidad se quebró como un espejo estrellado. El olor a agua estancada y hierro frío inundó la bodega.
Mis botas golpearon la piedra con fuerza. Estaba de pie exactamente en el mismo lugar, intacta. Mis manos volaron instintivamente a mi garganta. La piel estaba suave, lisa, sin una sola gota de sangre en mí, solo un charco de sangre bajo la suela de mis botas. Frente a mí, Zafiro sostenía la espada ensangrentada, con el pecho agitado. A un metro de distancia, la cabeza que me acababa de cortar se disolvía en una neblina oscura antes de desaparecer por completo, asimilada por el tejido de la realidad que me había reconstruido.
—¡Mierda, Madame! —grité, retrocediendo un paso, con el corazón latiendo a punto de reventar—. ¡Podrías haber avisado!
—Te dije que te mataría —respondió Madame Zafiro, bajando la espada, con el rostro pálido pero implacable.
Antes de que pudiera insultarla de nuevo, la pequeña criatura volvió a invocar su magia. Levantó sus manos de corteza, acercándose a mí una vez más. La luz verdosa parpadeó rítmicamente mientras seguía observando y analizando mi cuerpo recién tejido por el Manantial.
—¿Quién es ella y qué carajos está haciendo? —exigí saber, apartándome de la criatura, sintiéndome repentinamente expuesta de una manera mucho peor que si estuviera desnuda.
—Solo puedo decir que viene a confirmar sospechas, niña —dijo Zafiro, tirando la espada al suelo con un ruido metálico sordo—. Confía en mí.
La luz en las manos de la criatura se apagó lentamente. El ser bajó los brazos y se giró hacia la dueña del burdel.
—Ya puedo confirmarlo, Madame —dijo la voz rasposa desde el interior de la capucha—. Su protegida estaba embarazada al momento de entrar al Manantial. Y la inmortalidad… la inmortalidad funciona de manera diferente en el cuerpo que lleva dentro.
El aire abandonó mis pulmones como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Las paredes de piedra del sótano parecieron cerrarse sobre mí.
—¿De qué mierda estás hablando? —Mi voz salió como un susurro ahogado, un hilo de sonido que apenas pude reconocer como propio.
Tras la capucha, pude distinguir dos ojos pequeños y brillantes que me observaban con una mezcla de lástima clínica y fascinación.
—Entraste al Manantial embarazada, elfa —explicó la criatura, acercándose un paso más, sus palabras golpeándome como piedras—. No sabría decir cuanto tiempo tenías en ese momento, tu saca cuentas de la última vez que…bueno, tú sabes. La cueva te deshizo y te volvió a tejer. Preservó tu estado exacto. Asumo que moriste hace aproximadamente una semana en esas ruinas, pues llegaste a este sótano así, con una semana de embarazo, después de que Madame Zafiro te cortó la cabeza hace un segundo, volviste rompiendo la realidad… aún embarazada, pero en el día uno de tu embarazo.
Negué con la cabeza, retrocediendo hasta chocar contra un barril de roble. Mi mente viajó a la cueva helada en las montañas, después de la emboscada. La adrenalina, el frío, el peso del cuerpo de Vorden sobre el mío. Fue la última vez. La única vez que pudo haber sucedido.
—No… no puede ser. Si el Manantial me cura, si rechaza las anomalías… ¿por qué no lo eliminó? —balbuceé, llevándome una mano al vientre plano.
—Porque no es una herida, niña —intervino Zafiro, su voz cargada de un tono sombrío—. Es vida. Y el Manantial preserva la vida en su punto más álgido.
—Pero ya que estás en el día uno nuevamente —continuó la criatura, sin inmutarse por mi colapso mental—. Cada vez que mueres, tu cuerpo se reinicia a la configuración exacta que tenía cuando el agua mágica te tomó. Pero tu embarazo se reinicia por completo, no vuelve al punto en el que estaba cuando accediste a la inmortalidad.
La criatura ladeó la cabeza, y aunque no podía ver su boca, supe que estaba anunciando una sentencia.
—Pero si logras evitar la muerte… si vives lo suficiente sin que te corten la cabeza o te atraviesen el corazón por nueve meses continuos… tendrás un mestizo de elfa y titán.
Me deslicé por la madera del barril hasta caer de rodillas sobre la piedra húmeda.
La semilla del monstruo. La sangre de Vorden. Estaba creciendo dentro de mí. Y estaba anclada a mi propia inmortalidad, atrapada en un bucle temporal y biológico macabro. Cada vez que me asesinaban, el parásito volvía a empezar. Si quería deshacerme de él, tenía que morir cada pocas semanas. Pero si quería sobrevivir, si lograba ganar esta guerra y vivir en paz… inevitablemente daría a luz al heredero del Titán que me había masacrado.
Miré a Zafiro, con la vista nublada por las lágrimas de rabia y terror. Ella me devolvió la mirada en silencio, confirmando lo que ambas sabíamos.
El verdadero castigo del Manantial no era la persecución de los Despojados. Era la carga eterna que latía, invisible y reiniciada, en mi propio vientre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com