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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 9

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9: Capítulo 8: Reclamada 9: Capítulo 8: Reclamada No hubo preámbulos.

No hubo caricias para ablandar la realidad.

Cuando él entró en mí, sentí como si me partiera en dos.

Era inmenso.

Una invasión de acero fundido y carne dura que me llenó por completo, estirándome más allá de lo que creía posible, borrando cualquier otro pensamiento que no fuera la presión absoluta de su existencia dentro de mi cuerpo.

Ahogué un grito mordiendo la almohada, mis dedos clavándose en las sábanas de seda hasta que sentí que las uñas se me romperían.

—Respira —gruñó él contra mi cuello, su voz vibrando a través de mi columna vertebral.

No me moví.

Me quedé rígida, un cadáver bajo su peso, decidida a convertir esto en un trámite, en una transacción médica para sobrevivir.

Es solo fricción, me repetí mentalmente, cerrando los ojos con fuerza hasta ver estrellas.

Es solo biología.

Es el enemigo.

Pero él no me permitió la desconexión.

Empezó a moverse.

Lento.

Terriblemente lento.

Cada embestida era una marea de lava.

Se retiraba casi por completo, dejándome fría y vacía por un segundo agónico, solo para volver a hundirse en mí con una fuerza implacable y pesada que me arrastraba por el colchón.

No era sexo; era una colonización.

Estaba reclamando cada terminación nerviosa, saturándome con su calor sobrenatural de Titán.

Sentí el sudor —el suyo y el mío— mezclándose en mi piel, volviéndola resbaladiza.

Su aroma, esa mezcla embriagadora de violencia, especias oscuras y peligro, llenó mis pulmones, asfixiándome, mareándome.

—Relájate, Aldariel —ordenó, mordiendo suavemente el tendón tensó de mi hombro.

—Cállate —siseé entre dientes.

Él soltó una risa baja, oscura, y cambió el ángulo.

Sus manos, enormes y callosas, se deslizaron bajo mis caderas, levantándome, acercándome más contra él para profundizar el contacto.

Y entonces, golpeó ese punto exacto.

Fue un error de cálculo de mi cuerpo traidor.

Una descarga eléctrica subió desde mi vientre bajo, recorriendo mi columna como un latigazo de fuego puro.

Mi resolución se hizo añicos.

Un gemido se escapó de mis labios.

No fue un sonido de protesta.

Fue un sonido roto, húmedo, innegable de placer.

El sonido quedó suspendido en el aire, una confesión de derrota.

Mis ojos se abrieron de golpe, horrorizados.

Pero mi cuerpo no escuchaba a mi mente.

En lugar de apartarse, mi espalda se arqueó por instinto, una curva tensa y desesperada que buscaba más fricción, que invitaba a la violencia de su empuje.

Me ofrecí a él como un sacrificio en un altar pagano.

Él se detuvo un milisegundo, sintiendo mi reacción, sintiendo cómo mis paredes internas se contraían alrededor de él, abrazándolo, suplicándole.

Levantó la cabeza, el sudor brillando en su frente, sus ojos negros ardiendo con una satisfacción salvaje y posesiva.

—Ahí estás —ronroneó, con una voz que era pura grava y triunfo—.

Sabía que tu cuerpo era más honesto que tu boca.

—Te odio —jadeé, las lágrimas de frustración pinchando mis ojos mientras mis caderas, malditas sean, se movían al ritmo de las suyas.

—Lo sé —respondió él, y volvió a embestir, esta vez más fuerte, más rápido, sin piedad—.

Ódiame todo lo que quieras, Aldariel.

Pero mientras lleves mi esencia…

eres mía.

Me perdí.

La vergüenza fue incinerada por el placer.

Mis manos, que debían empujarlo, subieron por su espalda, trazando las cicatrices, clavando las uñas en sus hombros de granito, aferrándome a la tormenta mientras él me destrozaba y me reconstruía con cada golpe de sus caderas.

No había terminado conmigo.

Ni de lejos.

Antes de que pudiera recuperar el aliento, sus manos grandes me agarraron por la cintura.

Con un movimiento brusco, que no admitía resistencia, me volteó.

El mundo giró y mi cara se hundió en las almohadas de seda.

Me obligó a ponerme a cuatro patas, levantando mis caderas como si estuviera exhibiendo un trofeo.

Me sentí expuesta.

Vulnerable de una manera antigua y aterradora.

Ya no podía verle la cara, no podía leer sus intenciones.

Solo podía sentirlo detrás de mí, una presencia masiva que bloqueaba el aire de la habitación.

—Arquea la espalda —ordenó.

No esperó a que obedeciera.

Su mano plana bajó con fuerza sobre mi espalda baja, hundiéndola, forzándome a adoptar la postura.

Y entonces, embistió.

Esta vez no hubo ritmo humano.

Fue salvaje.

Entró en mí desde atrás con una profundidad que me cortó la respiración, golpeando tan hondo que sentí que tocaba mi alma.

Me aferré a las sábanas, mis nudillos blancos, mientras él me tomaba con la ferocidad de una bestia reclamando su territorio.

Cada golpe hacía que mi cuerpo se sacudiera hacia adelante.

Mi frente golpeaba el colchón, mis dientes de metal y hueso rechinaban.

Era puro impacto.

Pura fricción.

El sonido de nuestra piel chocando llenó la habitación, mezclado con mis gemidos ahogados y sus gruñidos guturales.

Me sentí como una yegua siendo montada por un semental de guerra.

No había ternura, solo la fuerza implacable de un Titán que tomaba lo que quería, cuando quería.

El calor en la habitación se volvió sofocante.

De repente, su ritmo se rompió.

Se volvió errático, desesperado.

Sus dedos se clavaron en mis caderas, dejándome moretones que, estaba segura, tendrían la forma de sus manos mañana.

Con un rugido bajo que vibró contra mi trasero, se retiró de golpe.

Sentí el vacío frío por un instante, y luego, el calor líquido.

Su semilla caliente se derramó sobre mi espalda baja, bajando por mi columna, manchando mi piel y las sábanas inmaculadas.

Me quedé allí, temblando, jadeando, sintiendo el rastro húmedo y pesado de su liberación recorriendo mi piel.

Era una marca visual.

Un desastre deliberado.

Él se quedó detrás de mí un momento, su respiración agitada sonando como fuelles en una fragua.

Luego, su mano, ahora más relajada pero igual de pesada, se posó en mi nuca.

Sus dedos se enredaron en mi pelo sudado, tirando suavemente hacia atrás hasta que tuve que levantar la cabeza.

Se inclinó sobre mi espalda, su boca rozando mi oreja.

—Vorden’gom Zazgolam.

El nombre sonó antiguo.

Resonó con una vibración oscura, como piedras chocando en el fondo de una cueva.

Un nombre de poder.

Un nombre que los humanos no deberían pronunciar.

—Ese es mi verdadero nombre —susurró, y sentí sus labios curvarse en una sonrisa contra mi piel—.

Pero tú…

tú puedes llamarme Vorden.

Especialmente cuando grites mi nombre en la cama.

Me soltó, dejándome caer de nuevo sobre las almohadas.

Escuché el sonido de la ropa siendo recogida.

El susurro de la tela, el tintineo de la hebilla del cinturón.

Me giré lentamente, apoyándome en un codo, sintiendo el líquido escurrirse por mi costado, pegajoso y vergonzoso.

Él ya estaba vestido.

Impecable.

Como si no acabara de devastarme.

Se estaba ajustando los puños de la camisa con esa frialdad militar que tanto odiaba.

Caminó hacia la puerta, pero se detuvo con la mano en el pomo.

Me miró por encima del hombro.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo, deteniéndose deliberadamente en el desastre que había dejado en mi espalda.

—Vendré por ti para la cena —dijo, su voz volviendo a ser la del comandante frío—.

Y Aldariel…

Su mirada se endureció.

—No te duches.

Abrí la boca para protestar, la indignación subiendo por mi garganta, pero él me cortó.

—Deja que se seque.

Deja que mi olor se impregne en cada poro de tu piel.

Quiero que cuando entres en ese salón mañana, hasta el último Titán sepa exactamente a quién perteneces con solo respirar tu aire.

Sin esperar respuesta, abrió la puerta y salió, dejándome sola en el silencio, desnuda, marcada y cubierta de él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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