Saga de hueso y plata. - Capítulo 64
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- Capítulo 64 - 64 El Rostro de la Eternidad
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64: El Rostro de la Eternidad 64: El Rostro de la Eternidad En cuanto solté la daga me di la vuelta, impulsándome con cada gramo de fuerza que me quedaba en las piernas.
Esperaba escuchar el ¡Clang!
de su espada bastarda desviando mi acero.
Contaba con ello.
Ese sonido sería mi señal de salida.
Tendría un par de segundos —quizás tres si los dioses eran misericordiosos— para entrar en la cueva, en esa grieta en la realidad que ya se había abierto para mí, invisible para el mundo, pero palpitante y cálida para mi sangre.
Un paso…
mis botas resbalaron y traccionaron en la nieve.
Dos pasos…
el aire frío quemaba en mis pulmones.
El sonido de metal contra metal fue inconfundible.
Agudo.
Brutal.
Lo bloqueó, pensé.
¡Corre!
El sudor rodó invasivo por mi columna, helándose al instante.
Tres pasos…
cuatro…
Solo un poco más.
Entonces, escuché un sonido que no esperaba.
No fue un rugido de furia.
No fueron pasos pesados persiguiéndome.
Fue un golpe seco.
Pesado.
Definitivo.
Como cuando se derrumba un árbol gigante en mitad del bosque y la tierra tiembla en señal de duelo.
Y después…
silencio absoluto.
El viento dejó de soplar.
El bosque contuvo el aliento.
Me detuve en seco, clavando los talones en la nieve.
La inercia casi me tira de boca, pero me estabilicé y giré mi cuerpo lentamente, con el corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro atrapado.
Ahí estaba él.
Vorden.
El Comandante.
El Titán invencible.
Estaba tirado boca abajo en la nieve, inmóvil como una montaña caída.
Y clavada en su espalda, justo entre las placas de su armadura, había una daga negra que yo no había lanzado.
Alcé la vista.
Brent estaba de pie junto al cuerpo caído, limpiándose las manos enguantadas con una tranquilidad aterradora.
Me miraba a los ojos, no con la burla de antes, sino con una apreciación fría.
—Valiente, pero estúpido, Colmillo —dijo, su voz suave cortando el aire helado—.
Eso fue increíble.
Caminó hacia mí.
Me tensé, retrocediendo un paso hacia la entrada invisible de la cueva.
Mi mente no podía procesar lo que veía.
El desgraciado había derribado a un Titán de un solo golpe, por la espalda, sin esfuerzo alguno.
Como si matara moscas.
—Tú…
—tartamudeé, buscando mi propia voz—.
Tú sabías lo que él buscaba.
Me dijiste que debía compartirlo…
¿De alguna forma sabías que lo debía compartir?
Brent sonrió.
Dio otro paso.
—¿No me digas que tú también quieres la inmortalidad?
—le grité, levantando los puños desnudos—.
¡No des un paso más, Brent!
El hombre se detuvo.
Su sonrisa se ensanchó, volviéndose algo…
antiguo.
El aire escapó de mis pulmones en un silbido doloroso cuando lo vi repetir el truco de la cara.
Levantó la mano derecha y se la pasó por el rostro, moldeándolo cual cera caliente.
Pero esta vez, no se detuvo en una nariz diferente o una cicatriz falsa.
Al tiempo que sus facciones cambiaban, volviéndose angulosas, perfectas y terriblemente hermosas, su estatura lo hacía con él.
Su cuerpo se espigó, creciendo, estirándose como una sombra al atardecer.
La ropa pareció ajustarse mágicamente a su nueva forma, más alta, más regia.
Y entonces, vi sus orejas.
Puntiagudas.
Afiladas como cuchillos.
—Mi nombre es Rozen Brentwood —dijo, y su voz resonó con un eco de mil voces superpuestas—.
Puedes dejar de luchar, Aldariel.
Abrió los brazos, mostrando su verdadera forma gloriosa y terrible.
—Aun si me matas.
Yo ya soy inmortal.
Bueno…
casi.
Mientras el pozo siga congelado, mi alma quedará suspendida en este plano miserable, atrapada en cuerpos prestados.
Pero si el pozo despierta…
—Miró hacia la entrada invisible detrás de mí con hambre pura—.
Si despierta, tejerá un cuerpo nuevo para uno de sus verdaderos hijos Fae.
Me quedé paralizada.
No era un soldado.
No era un mago humano.
—Eres uno de ellos —susurré—.
Un Fae original.
—El último que queda despierto para guiarte a casa, pequeña Llave —respondió Rozen, extendiendo una mano larga y elegante hacia mí—.
Ahora…
¿abrimos la puerta?
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