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Saga de hueso y plata. - Capítulo 80

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  4. Capítulo 80 - Capítulo 80: El Precio de los Secretos
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Capítulo 80: El Precio de los Secretos

Había pasado una semana desde el ataque del Despojado en las ruinas. Una semana de silencio tenso, de mirar las sombras esperando que cobraran vida.

Madame Zafiro, paranoica y pragmática, nos tenía confinados en el burdel. “Por su seguridad y por la de mi negocio”, había dicho, aunque sospechaba que le importaba más lo segundo.

Nuestra “cobertura” era humillante. Rozen, el majestuoso Fae que podía desviar flechas con el pensamiento, ahora usaba una capucha de lana basta para ocultar sus facciones y sus orejas puntiagudas, sirviendo como gorila de seguridad en la entrada de las zonas privadas VIP. Se pasaba las noches de pie, inmóvil como una estatua, tragándose su orgullo milenario mientras veía entrar a los nobles borrachos.

Yo no estaba mucho mejor. Me dedicaba a rellenar copas de vino y dejar bandejas con bocadillos grasientos para los clientes que miraban a las chicas bailar antes de elegir una para la noche.

Pasar desapercibida era mucho más difícil —y humillante— de lo que esperaba. Tener que aguantar, e incluso sonreír, ante una mano larga o un pellizco en el trasero un par de veces al día me revolvía el estómago. Pero no podía moler a golpes a los clientes, mucho menos intentar despertar ese poder que Rozen insistía que llevaba dentro. No podía ser un faro para la oscuridad que nos buscaba, ni una carga más para Madame Zafiro.

Así que simplemente cumplía con mi papel durante el día y me encerraba en mi habitación por las noches. Zafiro fue lo suficientemente amable —o inteligente— para darle al Fae su propio cuarto en el ático. Mucho espacio, menos lujos, y lo suficientemente lejos de mí.

La noche avanzaba como cualquier otra, entre risas falsas y música de laúdes. Me acerqué a la mesa principal para rellenar la copa de un hombre obeso envuelto en túnicas de seda púrpura: un miembro respetado del consejo eclesiástico local.

Mientras servía el vino tinto, sentí su mano sudorosa darme una palmada sonora en el trasero.

—¿Estás en el menú, linda? —preguntó, relamiéndose los labios manchados de grasa.

Aburrida de sentir asco o rabia, solo respondí con frialdad mecánica:

—No podría manejarme, Su Excelencia.

El hombre soltó una carcajada ronca, haciendo temblar su papada.

—Los diezmos han sido buenos esta semana. Di tu precio y lo pagaré al doble, preciosa.

Le guiñé un ojo, ocultando el deseo de clavarle el abrecartas en la mano.

—No quiero lastimarlo. Gracias.

Me retiré del lugar con la bandeja vacía, viendo cómo el cerdo de inmediato elegía a otra chica, una rubia que apenas tendría dieciocho inviernos. Los niveles de corrupción que desfilaban por el burdel no dejaban de sorprenderme. Aquí las chicas bailaban sin ropa, pero los hombres entraban sin máscaras. Sus pecados eran públicos y pagados con oro bendecido.

Llegué a la barra y dejé la bandeja con un golpe seco, buscando una jarra nueva de cerveza.

—¿El asqueroso obispo no es tu tipo?

Me giré. Una chica estaba recargada en la barra, observándome. No era una de las bailarinas; su ropa era de cuero fino, ajustada, práctica. Llevaba una capa de viaje de buena calidad y una daga en el cinto que no parecía decorativa. Era una clienta.

Solté una risa corta.

—No. Además, no soy parte del menú.

La chica sonrió, y había algo afilado en esa sonrisa. Dio un sorbo a su copa sin dejar de mirarme a los ojos.

—Todo el mundo tiene un precio, linda. No todo precio se paga en oro, pero todo el mundo lo tiene. ¿Cuál es el tuyo, Colmillo de Plata?

Me tensé de inmediato. La bandeja en mis manos crujió bajo la presión de mis dedos. Ese nombre pertenecía a una vida que había muerto en la montaña.

—¿Dónde escuchaste ese nombre? —pregunté en un susurro peligroso.

—Eres famosa en los pueblos del norte —respondió ella con casualidad, jugando con el borde de su copa—. Lo suficiente como para que un perro de guerra pagara una fortuna por transporte especial solo para buscarte.

El aire se me heló en los pulmones.

—¿De qué hablas?

—¿Te suena el nombre de Raymond, lindura? —dijo, disfrutando de mi reacción—. El desgraciado que le pagó a mi Señora por un pasaje más… “directo”. No me digas que no te pareció demasiado repentina su llegada tan al sur.

La miré, evaluando la amenaza. Sabía demasiado. Sabía quién era Raymond, sabía cómo había llegado aquí tan rápido —¿magia, portales o algo similar?— y sabía quién era yo.

—¿Qué quieres? —exigí.

La chica dejó unas monedas de oro sobre la barra, se apartó el cabello del cuello y me hizo un gesto hacia el pasillo del fondo.

—Acompáñame a las habitaciones privadas y seguiremos hablando. ¿Te parece?

Asentí lentamente. Necesitaba esa información. Necesitaba saber quién más estaba moviendo fichas en este tablero.

—Ves, todos tienen un precio —murmuró ella, pasando por mi lado.

—Cállate y camina —respondí, saliendo de detrás de la barra.

Cruzamos el salón principal hacia la zona VIP, donde las luces eran más tenues y el incienso más pesado. En la entrada del pasillo, apoyado contra el marco con los brazos cruzados, estaba Rozen.

Bajo la capucha, vi cómo sus ojos violetas se abrían con sorpresa al verme llegar acompañada de una clienta, dirigiéndome a los cuartos de alquiler.

Se enderezó, dando un paso al frente, bloqueando el camino por instinto.

—¿Aldariel? —Su voz era una mezcla de confusión y advertencia—. ¿Qué estás…?

Lo frené con un gesto seco de la mano, sin detenerme.

—Dedíquese a su trabajo y cuide la entrada —le ordené con frialdad profesional, tratándolo como al guardia que fingía ser—. No deseamos ser molestadas.

Rozen se quedó paralizado, con la boca ligeramente abierta, incapaz de procesar la orden o la situación.

La joven a mi lado soltó una risita baja y ronca, mirando al Fae encapuchado y luego a mí.

—Vaya… me gusta esa voz de mando. No puedo esperar a estar a solas contigo.

Pasamos junto a él. Sentí la mirada perpleja y herida de Rozen quemándome la nuca mientras avanzábamos por el pasillo.

Abrí la puerta de la habitación asignada, dejé que la chica entrara primero y luego cerré la puerta en la cara del mundo exterior, dejando al Fae y sus preguntas al otro lado de la madera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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