Saga de hueso y plata. - Capítulo 81
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Capítulo 81: El pago por el silencio
El cerrojo de la puerta chasqueó, dejando fuera el ruido del burdel y la mirada herida de Rozen.
La chica se giró, apoyándose contra la madera con una confianza arrogante. Me miró de arriba abajo, evaluando la mercancía.
—Bueno, entonces… —murmuró con una sonrisa torcida—. ¿Eres mía a cambio de información?
Me encogí de hombros, dejando la bandeja sobre una mesa auxiliar con indiferencia.
—No sería la primera vez que uso mi cuerpo para obtener algo.
—Vaya —respondió ella, dando un paso hacia mí—. Dada tu reputación, pensé que intentarías matarme al instante.
La miré con honestidad brutal.
—Si te hubieras acercado a mí en un callejón oscuro hablando sobre Raymond o llamándome “Colmillo”, tu cabeza ya estaría rodando por el suelo. No dudo que Madame Zafiro sea capaz de esconder un cadáver por mí, pero prefiero valerme por mí misma. Y honestamente… prefiero no causarle más problemas de los que ya tiene. Así que no, no planeo matarte. Al menos no en esta habitación.
Ella soltó una risa suave, acercándose más.
—Ahora… —continué, bajando la voz—. ¿Podrías decirme cómo carajo me encontraste?
—Claro, cielo…
La palabra fue un chispazo en un cuarto lleno de pólvora.
Me moví antes de que pudiera parpadear. Mi mano izquierda se cerró alrededor de su garganta, empujándola contra la pared con violencia, mientras mi derecha desenfundaba su propia daga y presionaba la punta contra su hígado.
—¿Quién te dijo que me llamaras así? —siseé, sin rastro de la pasividad de la cantinera. Mi voz era puro hielo y acero.
Los ojos de la chica se abrieron de par en par, el aire atrapado en su garganta.
—Creí… creí que no me matarías aquí… —dijo con voz ahogada.
—¡¿Quién carajo te dijo que me llamaras así?! —repetí, subiendo el tono, apretando el agarre en su cuello.
—Nadie… —respondió ella, levantando las manos en señal de rendición—. ¡Nadie! Es solo una expresión…
La miré un segundo más, buscando la mentira. Al no encontrarla, solté su cuello, aunque no guardé la daga.
—Si vuelves a llamarme así, te cortaré la lengua. Y eso te dejaría sin tu única moneda de cambio para negociar. ¿Entendido?
La chica tosió, frotándose la garganta enrojecida. Me miró con una mezcla de miedo y una excitación nueva, oscura.
—Está bien… lo siento, linda —dijo, con la voz ronca—. No sabía que tocaba una herida abierta. Mierda, sí que estás loca.
Se acomodó la ropa y recuperó la compostura.
—En fin, como decía… cuando alguien le paga a mi patrona por volar en grifos con el precio de “urgencia máxima”, se hacen preguntas. Es algo que Madame Zafiro y mi señora tienen en común: saben proteger sus intereses. Me mandaron tras del tal Raymond para asegurar que el pago no fuera problemático. Lo seguí hasta aquí.
Sus ojos brillaron.
—Vi la pelea en las ruinas. Vi cómo te mató. Y vi cómo volviste. Supongo que por eso ya no traes el “Colmillo” del que tanto hablaban en el Norte; ahora tienes algo mucho más peligroso.
Me quedé helada. Ella era el testigo. O uno de ellos.
—Tranquila… —susurró la chica.
Lentamente, comenzó a desabotonar su blusa de cuero, dejándola caer al suelo, descubriendo unos pechos firmes y pálidos. Se acercó despacio, invadiendo mi espacio, y me besó suavemente en los labios. Un beso de prueba.
—Si entretienes mis labios… permanecerán cerrados —murmuró contra mi boca—. Te diré todo lo que escuché en el Norte, y nadie escuchará de la cantinera que vuelve del más allá.
Comenzó a despojarme de mi ropa, sus manos hábiles deshaciendo los lazos de mi corsé. Quedamos piel contra piel, nuestros pechos rozándose, el calor de sus cuerpos contrastando con el frío de mi magia latente.
—¿Tenemos un trato? —preguntó ella.
La tomé por la nuca y la besé con furia, un beso hambriento, no de amor, sino de necesidad de callar el ruido en mi cabeza.
—Trato —respondí sobre sus labios.
Bajé mi mano, deslizando los dedos bajo la tela de su ropa interior, buscando su calor. Ella jadeó en mi oído.
—Qué dedos tan ágiles, linda…
—¿Cómo carajo me viste morir? —pregunté, sin detener el movimiento de mi mano, usándolo para mantenerla enfocada.
—Como dije… —gimió ella, echando la cabeza hacia atrás— seguí a Raymond. Te vi a ti y al Fae. Incluso al chico escondido en las ruinas, el espía de Zafiro. Eso no fue una pelea, te patearon el trasero…
Apreté los dientes. Jalé su cabello para que me mirara y metí los dedos aún más profundo en ella, arrancándole un grito ahogado.
—¿Cómo sé que no hablarás?
—Sigue haciéndome gemir… —jadeó— y es el único sonido que saldrá de mi boca respecto a ti.
—Muchos hombres me han dado su palabra y ha sido en vano —repliqué con amargura.
Ella me tomó por el rostro y me besó apasionadamente, mordiendo mi labio inferior. Luego, bajó su mano y la metió bajo mi propia ropa interior, encontrando mi humedad con una precisión experta.
—Por si no te habías dado cuenta, linda… no soy un hombre —susurró—. Las chicas como yo tenemos palabra. Al no tener muchas posesiones, es lo único de valor que podemos ofrecer.
Me empujó hacia la cama y caímos juntas, un enredo de extremidades y piel. Nos desnudamos por completo. Me dejé llevar, besando su intimidad, devorándola con un hambre que desconocía, una mezcla de adrenalina y desesperación.
Entre gemidos y espasmos, la chica siguió soltando la verdad.
—Raymond… envió un mensajero… al castillo de Vorden… —jadeó mientras mi boca trabajaba en ella.
Me detuve en seco y levanté la mirada.
—¿Qué?
—No pongas esa cara, linda… tenemos un trato, ¿no? Piel por secretos… y estás haciendo tu parte de maravilla.
Volvió a jalarme hacia ella, y continuamos. El placer se mezclaba con el pánico de la información.
—Raymond envió mensajes para que un destacamento fuera al Norte a buscar al Comandante… —dijo entrecortadamente—. Y uno más… que se dirige al Sur.
Al escucharlo, detuve mis caricias de golpe. Me incorporé, quedando a horcajadas sobre ella.
—¿Vienen hacia acá?
La chica solo sonrió, con los ojos vidriosos por el placer interrumpido.
Me incliné, quedando cara a cara con ella, y la besé profundamente, dejándola probar su propia humedad en mis labios.
—Hice una pregunta —susurré contra su boca.
—Sí, linda… vienen hacia acá.
—¿Cuáles son sus órdenes? —pregunté, bajando la atención a sus pechos, presionando y mordiendo con suavidad, exigiéndole la respuesta con dolor y placer.
—Esperarán a las afueras… —respondió ella entre espasmos, arqueando la espalda—. Llegarán en unos días… si al cabo de una semana no hay señales de Raymond… atacaran la ciudad buscándote.
Me detuve, procesando el dato.
La chica me miró, recuperando el aliento, y deslizó su pierna entre las mías.
—Tienes poco más de dos semanas para prepararte o para huir, linda… —dijo, acomodándose para quedar con las piernas entrelazadas con las mías, frotando su centro contra el mío—. Te recomiendo que termines de pagar mi silencio.
Esbocé media sonrisa, oscura y resignada. El reloj había comenzado a correr, pero por esta noche, el tiempo se detenía en esta habitación.
La besé, y ambas comenzamos a mover nuestras caderas, frotando nuestros cuerpos en un ritmo frenético y compartido, buscando olvidar, aunque fuera por un momento, que la guerra ya estaba tocando a la puerta.
Cuando nuestros cuerpos finalmente se detuvieron, empapados en sudor y con la respiración entrecortada, el silencio volvió a la habitación. Pero ya no era un silencio vacío; estaba cargado de una complicidad densa y pegajosa.
La chica, con el cabello revuelto y una sonrisa de satisfacción felina, se inclinó hacia mi oído mientras yo recuperaba el aliento.
—Por órdenes de mi Señora, me quedaré por aquí —susurró, mordiendo suavemente el lóbulo de mi oreja—. Quiere saber qué es lo que pasa cuando el Norte baja al Sur. Así que… si decides que necesitas más secretos, o más caricias… estaré cerca.
Se levantó de la cama con una agilidad perezosa. No se molestó en arreglarse demasiado. Se puso la blusa dejando los tres primeros botones abiertos, mostrando la piel enrojecida por mis besos, y se ajustó el cinturón con la daga, dejando que su falda quedara ligeramente desalineada. Era deliberado. Quería que se notara. Quería oler a sexo y a triunfo.
Caminó hacia la puerta y la abrió sin mirar atrás.
A través de la rendija, vi a Rozen. Seguía allí, montando guardia, rígido como una gárgola de piedra. Sus ojos violetas se clavaron primero en la chica desaliñada que salía con una sonrisa burlona, y luego, inevitablemente, buscaron el interior de la habitación.
Me levanté de la cama, caminando hacia la puerta sin cubrirme.
Sentí su mirada recorrer mi desnudez, no con deseo, sino con una mezcla de shock y dolor mudo. Podía ver las preguntas agolpándose en su garganta, el juicio silencioso de un ser que no entendía la desesperación.
Me detuve en el umbral. Lo miré directamente a los ojos, con la barbilla en alto, desafiante. No había vergüenza en mí. Solo la frialdad de quien hace lo necesario para sobrevivir una noche más.
Sostuve su mirada hasta que él tuvo que apartar la suya.
Sin decir una palabra, cerré la puerta.
El clic del cerrojo sonó como un disparo, dejándome sola para vestirme y prepararme para la guerra que, ahora sabía, llegaría en dos semanas.
El sonido del cerrojo aún resonaba en la habitación vacía.
Me quedé de pie en el centro del cuarto, desnuda, con el aroma de la chica —almizcle, perfume caro y sudor— todavía impregnado en mi piel. Mis piernas temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la descarga de adrenalina que acababa de vivir.
Me acerqué al espejo de cuerpo entero que había en la esquina.
La mujer que me devolvía la mirada no era la rata callejera que temblaba de frío en los callejones del Norte. Esa niña había muerto.
Me toqué los labios, recordando la suavidad de la boca de la chica. Nunca había estado con una mujer. Era… diferente.
Una risa amarga brotó de mi garganta al ver mi reflejo.
—Maldita la ironía… —murmuré.
En las calles, me había negado a usar mi cuerpo como moneda de cambio. Había pasado hambre, había dormido bajo la lluvia y me había roto los nudillos peleando para que nadie me tocara. Me había aferrado a esa “pureza” estúpida, dándole un valor especial, creyendo que era lo único que nadie podía quitarme si yo no quería.
—Estúpida —le escupí a mi reflejo—. De verdad llegaste a pensar que él querría algo más de ti…
El destino, con su humor retorcido, había guardado mi primera vez para un Titán abusivo. Para Vorden. Me entregué a él no por amor, sino por manipulación, para sobrevivir a una cena, creyendo sus mentiras de grandeza. Él tomó lo que yo había protegido con tanta fiereza y lo convirtió en un trámite antes del postre.
Y luego el Fae…
Cerré los ojos un segundo. El sexo con Rozen había sido otra cosa. Ebriedad, lujuria y una necesidad desesperada de venganza compartida. No hubo amor allí tampoco, solo dos seres rotos buscando olvidar.
Y ahora esto. Piel por secretos.
—En las calles me reservaba porque creía que el sexo tenía valor —me dije en voz alta, endureciendo la mirada—. Ahora lo hago por sobrevivir. Por venganza. Por información.
Me pasé una mano por el vientre plano y perfecto.
Comenzaba a creer que el “sexo por amor” era un cuento de hadas, tan falso como la bondad de los Titanes. Pero había algo nuevo en la ecuación de esta noche.
Con la chica… no fui la víctima. Fue una mutua manipulación.
Una sonrisa fría curvó mis labios al reconocerlo.
Ella usó sus secretos para comprar una noche en mi cama. Yo usé mi piel para comprar su silencio y su información. Ambas jugamos, ambas obtuvimos lo que queríamos. Nadie perdió, nadie lloró.
—Empiezo a disfrutar ser yo quien tiene el control del intercambio —murmuré.
Me gustaba. Me gustaba saber que mi cuerpo ya no era un tesoro que proteger, sino una llave maestra que yo decidía cuándo girar. Me gustaba saber que podía hacer gemir a alguien hasta que me diera lo que yo quería, en lugar de suplicar por mi vida.
Me empecé a vestir con calma. Ajusté el corsé como si fuera una coraza, subí las medias, abroché los botones de la blusa hasta el cuello. Cada prenda era una pieza de armadura para la nueva Aldariel.
—Dos semanas —susurré, calzándome las botas y escondiendo la daga en el liguero—. Tienes dos semanas para dejar de ser la niña que se guardaba para el amor y convertirte en el monstruo que usa todo lo que tiene.
Ya con la ropa puesta, volví a mirarme al espejo.
Levanté la mano y toqué mi rostro a la altura de la nariz, luego bajo el ojo izquierdo. La piel estaba lisa, perfecta y fría. Pero en mi mente, el reflejo tenía la cara destrozada. Podía sentir el fantasma del dolor, el crujido del cartílago roto, la hinchazón que me cerraba el párpado. La memoria de la paliza en el callejón era más real que la imagen impecable que me devolvía el cristal.
Bajé la mano, sintiendo un peso enorme en el pecho.
—Me pregunto qué hubiera pasado si Vorden no me hubiera encontrado… —murmuré a la habitación vacía.
¿Cuánto tiempo más habría tardado en encontrar a alguien más con sangre de Fae? ¿Lo suficiente como para que no fuera mi problema? ¿Y si su destino siempre fue morir en la orilla del Manantial y no dentro de él?
Si yo no me hubiera ahogado, no habría nuevos inmortales… los Despojados seguirían durmiendo en el Vacío. El mundo seguiría siendo una mierda, pero sería una mierda relativamente segura.
Cerré los ojos con fuerza, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. El deseo quemó en mi garganta como un trago de licor fuerte.
—Cómo me gustaría volver… y salvarme a mí misma.
De repente, el aire de la habitación cambió.
No hubo luz dorada, ni cánticos celestiales. Hubo frío. Un frío absoluto, sepulcral, que atravesó mi ropa y caló hasta los huesos. El sonido del burdel desapareció, reemplazado por el goteo constante de agua sobre piedra sucia y el siseo del viento en un callejón estrecho.
—Vaya… entonces sí eres tú, sangre de Fae.
Esa voz.
Abrí los ojos de golpe, aterrada.
El espejo había desaparecido. La cama, las cortinas de terciopelo, la chica… todo se había ido.
Estaba de pie en el callejón del Norte. Olía a basura podrida, a lluvia helada y a sangre cobriza.
Y allí, a dos metros de mí, estaba él. Vorden.
Pero no el Vorden que la cueva devoró. Era el Vorden de esa noche. Enorme, brutal, con su armadura negra brillando bajo la luz de la luna. A sus pies, tirada en el barro como un muñeco roto, estaba yo. Mi yo del pasado. Inconsciente, sangrando, vulnerable.
Vorden sostenía la muñeca de mi yo pasado, a punto de probar la sangre para verificar el mapa. Pero se detuvo. Levantó la vista y me miró directamente a mí, a la Aldariel del presente parada frente a él.
Sus ojos brillaron con reconocimiento y hambre.
—Vaya… —repitió, soltando la muñeca de la chica en el suelo y enderezándose cuan alto era—. Este será un viaje interesante rata callejera.
Dio un paso hacia mí. La presión de su presencia era asfixiante.
—¡No! —grité, dando un paso atrás por instinto, tropezando con una caja que no debería estar ahí. Cai de nalgas al piso.
El miedo, puro y primitivo, estalló en mi pecho. No quería estar ahí. No podía estar ahí.
La realidad crujió como un cristal pisado.
Una grieta luminosa y dentada se abrió en el aire entre nosotros, separando el callejón de la habitación del burdel. El frío del norte chocó con el calor del incienso.
Empecé a ser arrastrada hacia atrás, hacia mi presente, hacia la seguridad.
Pero antes de que la grieta se cerrara, vi a Vorden sonreír. Una sonrisa de depredador que sabe que la presa no tiene escapatoria. No intentó seguirme. No intentó cruzar la grieta.
Simplemente se agachó, levantó el cuerpo inerte de mi yo pasado del piso y se lo echó al hombro como un saco de harina.
Me miró una última vez a través de la ruptura, con el cuerpo de mi pasado cargado sobre su hombro masivo. Sus ojos se clavaron en los míos, ignorando las leyes del tiempo.
—Nos volveremos a ver —dijo con una calma sepulcral.
Y se dio la vuelta, alejándose hacia la oscuridad del callejón, llevándose mi destino con él.
¡CRACK!
La realidad se cerró de golpe con el sonido de un hueso rompiéndose.
Como pude me levante lo suficiente para quedar de rodillas en la alfombra de la habitación privada, jadeando, con el corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro enjaulado. El espejo estaba intacto frente a mí. El silencio del burdel regresó.
Me toqué la cara frenéticamente. Perfecta. Lisa.
Pero el frío del callejón seguía en mi piel, y la sonrisa de Vorden… esa maldita sonrisa… estaba grabada en mi retina.
No había sido un recuerdo. Había estado allí. Y él me había visto.
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