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Saga Dynastia: Lazos De Sangre. - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 La Batalla De Gavle
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15: La Batalla De Gavle 15: La Batalla De Gavle Todo había desembocado en el día de aquella batalla en Gavle.

Las tropas finlandesas despertaron por la mañana, frescos y listos.

Formando a sus mejores soldados, la guardia blanca, en el centro.

Cinco mil soldados de elite preparados para dar la vida por el rey; sus armaduras brillaban bajo el sol de la mañana, dando un aspecto de esplendor y poder.

Las tropas regulares formaron en los flancos, soldados con armadura de cota de malla y placas, cascos vikingos y sus escudos redondos característicos.

Detrás de esas filas de infantería se encontraban los arqueros, todos los que Antonio pudo reunir.

La caballería no podía ser usada así que formaba parte de la tropa personal del rey, en el centro detrás de la guardia blanca.

Los estandartes ondeaban frente a un viento de mañana helado, y fue en esos momentos que desde el campamento danés surgieron tres grandes grupos de manera escalonada, uno detrás del otro.

Incluso sus pasos se escuchaban al avanzar, eran numerosos, el mayor ejercito que había visto el norte, que había puesto de rodillas a todo el norte de Europa y había hecho temblar hasta la propia Bizancio.

Aunque ya muchos habían retirado sus servicios, había muchos otros que eran jóvenes cuando todo sucedió y aun seguían allí.

El ejercito enemigo se detuvo a una distancia prudente, y de entre sus filas, salió un grupo de poco más de cinco hombres, a caballo, los únicos que los usaban.

El rey avanzo a su encuentro, entendiendo que se trataba de los lideres del ejercito que querían negociar, Kristian y sus amigos avanzaron junto a los demás lideres llegando frente a frente con los enemigos.

Un hombre de cabello rubio se abrió paso entre los daneses, con una mirada y una sonrisa macabra, mirando directamente al rey, quitándose el casco en el proceso.

–Vaya vaya vaya… parece que después de todo, el pequeño niño malcriado que deje en las costas de Suecia se ha vuelto un guerrero, uno que al parecer ha tenido una suerte irritante.

Antonio lo miró fijamente, entendiendo quien era el líder, la voz carraspeante del danés era sumamente irritante, tenía armadura de placas típica de los soldados escandinavos y escudo que estaba sostenido a su costado en el caballo.

–Si salieron a nuestro encuentro –Dijo el rey sin apartar la mirada– Significa que tienen algo que decir.

–Si, una oferta de rendición, jamás podrán vencernos, los superamos en número y en experiencia, ustedes ganaron usando lo que había en el bosque, ahora están en nuestro terreno, ni siquiera pueden usar su preciada caballería.

Así que evita más sangre, rey Antonio.

Rinde a tus hombres, y considerare que soy piadoso.

El finlandés mantuvo su mirada fija y penetrante en su rival, este solo sonreía, pareciendo inmune a lo que sea, incluso cualquier intento de intimidación, el rey solo soltó una breve carcajada.

–No hemos derrotado a tu gente con menos soldados para venir a rendirnos frente a una escoria como tú.

Te ofrezco a ti la rendición, antes de que mis hombres conquisten este reino aquí y ahora, general Einar.

Una carcajada estallo de parte del general, duro varios segundos, irritantes para Kristian, Caleb y Karl.

–Sin duda… disfrutare tu muerte, lo único malo es que no tendré una presa con quien jugar… al menos me divertí con tu perra sueca.

Los amigos se quedaron quietos, congelados, pensando que la reacción de su majestad seria explosiva, sin embargo, se mantuvo quieto, solo observándolo, con una mirada tan fulminante que el calor de la misma podría haberla sentido los que estaban presentes.

El finlandés espoleo su caballo hacia sus hombres declarando: –Yo mismo te asesinare.

Los grupos se retiraron a sus ejércitos, Kristian bajo de su caballo colocándose junto a sus soldados y junto a Karl.

Caleb paso las primeras filas y el rey galopaba frente a sus tropas, desenfundado su espada, empezando a arengar a sus tropas.

–Hijos de Finlandia!

Toda su vida se han preparado para este día, hoy demostraran al mundo que Finlandia no es más un reino débil, hoy demostraran a los daneses el error que cometieron al pisar nuestra tierra… Un oficial danes se puso al frente de sus tropas y levanto su espada en señal de avanza, las tropas danesas empezaron a marchar contra los finlandeses, dando gritos de guerra.

Los finlandeses sintieron sus piernas temblar y la duda se apodero de ellos, pero su rey se mantuvo frente a ellos, firme, galopando frente a ellos, como si fuera inmune a los gritos daneses.

–No teman hijos míos –Dijo Antonio mirando por un momento el avance danes y luego volteándose hacia sus hombres– La gloria esta adelante, detrás de ustedes solo hay muerte y deshonra, la vida eterna será suya si me siguen este día la gloria los bañara… ¿¡ESTAN CONMIGO!?

Antonio hizo que su caballo se levantase sobre sus dos patas traseras elevando su espada en señal de lucha, una imagen imponente, casi divina cuando los rayos del sol impactaron en su espada, la espada del rey, los soldados sintiéndose renovados dieron un poderoso grito de guerra golpeando hachas espadas y lanzas contra sus escudos, un estruendo que inundo el campo de batalla.

Los daneses solo continuaron avanzando, imparables.

Antonio levanto su espada y Caleb, en inglés y finlandés, ordeno a los arqueros avanzar hacia el frente.

Arqueros largos ingleses y fineses, entrenados por los primeros, tomaron las flechas y las colocaron en sus arcos, esperando la orden de su capitán para tensarlos.

El monarca espero a que los daneses se acercasen, y mantuvo la espada en alto, los nórdicos pasaron de marchar a ir a la carrera contra los finlandeses.

Cuando estuvieron en la distancia justa, Caleb ordeno tensar los arcos apuntando sus flechas e instantes después el rey bajo la espada y las flechas zumbaron cortando el aire a gran velocidad.

Los daneses recibieron una lluvia de flechas que los sorprendió desprevenidos, la cantidad de flechas era impresionante más de tres mil arqueros dispararon contra ellos.

Gritos de dolor inundaron el campo de batalla, la primera línea fue masacrada, el resto de nórdicos subió los escudos buscándose proteger de los proyectiles, pero apenas lo hicieron virotes de ballesta fueron clavados en sus torsos.

La Guardia Blanca tenía dos líneas de ballesteros detrás de ellos, disparando a los desprevenidos vikingos, lo mismo sucedió desde las tropas irregulares, quienes destrozaban los flancos enemigos con sus proyectiles.

El rey bajo de su caballo y le dio una palmada para que se fuera de allí, se colocó junto a Kristian, este le paso un escudo al rey mientras él tomaba el suyo.

–GUARDIA BLANCA EL REY LOS ESTA OBSERVANDO!

–Grito mientras los virotes seguían siendo disparados– LUCHEN HASTA EL ULTIMO RESPIRO!

¡HASTA EL ULTIMO HOMBRE!

¡POR EL REY Y POR FINLANDIA!

Cuando las ballestas dejaron de disparar y los vikingos con sus escudos avanzaron, la Guardia Blanca tomo sus jabalinas y cuando los vikingos rompieron la formación para cargar, La Guardia, como un inclemente castigo que se sumaba a la lista, lanzaron sus jabalinas para después por fin iniciar el combate.

El choque, incluso con las bajas provocadas por los proyectiles, fue como si un trueno metálico hubiera sacudido el campo.

Gritos y gemidos de dolor no se hicieron esperar, la Guardia blanca resistió la mayor parte del golpe, gracias a su entrenamiento y la subida de moral que suponía la presencia del rey entre sus filas.

Por si fuera poco, los llamados demonios sin rostro estaban junto al Rey, Kristian y Karl, causando caos y terror entre los daneses por su ferocidad y aparente invencibilidad.

Kristian desvió el golpe de hacha de un enemigo hacia un lado y aprovecho el momento para cortarle el brazo y y luego apuñalarlo con su espada, un enemigo a su costado derecho intento un corte a traición, aprovechando su distracción, pero Karl lo detuvo con su hacha y una patada que lo mando a chocar contra sus propios compatriotas, ocasionando un poco de desorden en esa zona, cosa que aprovecho la guardia para ganar terreno.

Kristian asintió agradeciendo a Karl y siguió combatiendo, empujando con su escudo para mantener la línea.

Algunas flechas pasaban por encima de ellos dándole a los demás nórdicos que estaban detrás, buscando debilitar sus fuerzas, sin embargo, la masa era gigantesca.

El rey demostraba su gran habilidad con la espada enfrentándose a dos enemigos.

Uno intento apuñalarlo, pero el rey bloqueo con su espada empujándolo a un lado anteponiendo su espada para bloquear el tajo vertical que le lanzaba el otro.

Sosteniendo la espada con una mano saco su daga y apuñalo en el cuello a su enemigo.

Sintió como el otro intento hacerle un corte en la parte trasera de su abdomen, pero la armadura lo detuvo y Antonio, aprovechando la distancia que había recortado el propio vikingo, tomo su espada con una mano en el mango y la otra en el filo, aprovechando sus guanteletes, y giro apuñalando justo en el costado a su enemigo, todo con una rapidez tan alta que su oponente no pudo reaccionar a tiempo y murió por la puñalada.

Los nórdicos empujaron en masa con furia e ímpetu a los fineses, a quienes les costaba mantener la línea, hombro con hombro, Kristian, el rey y Karl intentaban mantenerse con vida, fue entonces cuando Caleb ordeno ejecutar la segunda fase: los arqueros aprovecharon la confusión y se diseminaron en los flancos, avanzando escondiéndose entre los árboles comenzando a disparar cuando se colocaron detrás de los arboles, detrás de ellos iban los caballeros a pie, entre gritos y distracciones del combate era imposible notar el movimiento de las tropas por los flancos.

Los arqueros dispararon sus flechas y los caballeros dispararon otra nueva ola de virotes contra los daneses en los flancos, causando un daño catastrófico en estos, para posteriormente cargar contra ellos, caballeros y arqueros.

Estos últimos no iban tan mal armados, conta de malla y gambesón y otros con ligeras corazas de hierro.

El caos se apodero de los costados de Dinamarca, los soldados regulares aprovecharon para contraatacar con furia y persistencia.

Caleb apuñalo a un enemigo en el costado mientras pateaba a otro, el pasto se llenaba de sangre, cada uno de sus pasos hacia un sonido grotesco entre sangre, pasto y carne.

Un soldado mucho mas grande que el pequeño capadocio se abalanzo, con furia, atacando con cortes rápidos de su espada.

Caleb bloqueo y esquivo como pudo, nadie intervenía por estar todos ocupados en sus propias batallas.

El danes bloqueo un contraataque de Caleb, y dio un puñetazo al rostro del capadocio, que lo dejo aturdido, pero no lo suficiente como para no esquivar el corte, agachándose, que lanzo el danes intentando decapitarlo.

Caleb lo empujo con su cuerpo tumbándolo al suelo y luego le clavo su espada en el cuello, matándolo.

El joven jadeo e intento levantarse, pero sintió como el peso muerto de un hombre caía sobre su espalda, luego otro y otro.

Varios cuerpos cayeron sobre él.

Sintió una enorme presión sobre todo su ser, rápidamente intento estirar el brazo a través de los cuerpos suplicando ayuda, escuchando los gritos que venían desde fuera, y por si fuera poco había propios quejidos moribundos de los que estaban cayendo y siendo aplastados, algunos se agitaban y pataleaban intentando liberarse mientras la asfixia les arrebataba la vida.

El capadocio sentía como la falta de aire hacia arder sus pulmones, su cabeza daba vueltas y todo se volvía oscuro mientras estiraba todo lo que podía la mano, pidiendo auxilio, pero nadie lo escuchaba.

Sus parpados se volvieron pesados y sintió que la vida se iba de su cuerpo.

Fue cuando una mano lo arrastro con fuerza sacándolo de entre los cuerpos.

Una bocanada de aire desesperada y profunda salió de entre sus labios, con las pupilas dilatadas y con un profundo dolor en el pecho.

Sus hombres lo cubrieron, lo habían salvado al ver su mano entre los cuerpos.

–Señor!

–Grito uno– Puede pelear?

Caleb asintió mientras tosía, levantándose y sacando su espada de entre los cuerpos.

–No se detengan, hay que ganar esto.

Los finlandeses empezando a ganar terreno, entre flechas y los ataques a los flancos, los daneses estaban cediendo, su confianza estaba siendo su perdición, en especial en el centro, donde Antonio y Kristian estaban a pocos metros de los jefes del ejército enemigo.

Karl lanzo una de sus hachas arrojadizas contra un enemigo que cargaba contra el rey, mientras que este último bloqueo el ataque de uno y Kristian lo remato clavándole una daga en el cuello, y otra que lanzo contra otro enemigo y la clavo directo en su ojo.

Los tres se encontraron frente a frente con los tres lideres enemigos restantes, Kristian se hizo cargo del de la derecha, Karl del de la izquierda y el del centro era el general Einar.

No hubo palabras iniciales, al general danés se le dibujo una sonrisa en el rostro al ver al rey de Finlandia frente a él, y rápidamente cargo contra él.

Empezando el combate.

Karl se enfrentaba a un enemigo similar en tamaño y fuerza, ambos oponentes utilizaban hachas y escudos.

El choque de ambos fue imponente, los dos escudos temblaron en las manos de ambos al chocar, sus hachas buscaban el abdomen del otro pero solo conseguía golpear ya que la armadura los protegía, con un empujón Karl lo aparto de si y hubo un breve intercambio de golpes que acabo cuando su hacha se clavo en el escudo enemigo, este intento aprovechar para intentar matarlo, pero Karl fue más rápido deteniendo los ataques con su escudo y aprovechando el ovalo de metal en el centro para propinar un golpe contundente en su oponente en el rostro, este soltó el escudo que portaba y Karl aun con la mano en el hacha clavada, le dio con todas sus fuerzas, con todo y escudo, para tumbarlo al suelo cayendo sobre uno de los cadáveres.

Eso no lo mato, lo que acabo con la vida del general fue que uno de sus propios compatriotas pisaría su cara por accidente y por la elevación de su cabeza le rompió el cuello.

Al mismo tiempo Kristian intercambiaba cortes y estocadas con su oponente, uno de estos intento atacar su espalda, pero Kristian levanto sus brazos y bajo su espada apuntando hacia abajo detrás de su espalda bloqueando el ataque, volviéndola a subir rápidamente, imitando a su hermano tiempo atrás.

Su oponente intento una estocada a lo que Kristian antepuso su espada y usando el mango de la misma engancho la espada de su oponente y con un giro lo desarmo y finalmente le lanzo un corte perfecto en su cuello dejándolo morir desangrado.

Antonio estaba en una situación similar, pero esta vez los ataques eran veloces, frenéticos y con una furia que incluso sus propios ataques provocaban chispas en las espadas al chocar violentamente, su oponente retrocedía ante los ataques tan poderosos de su enemigo, el rey mantenía una mirada sombría, con los ojos fijados directamente al rostro de su enemigo, el cual estaba sudando, jadeante y con una pizca de miedo, con sus pupilas temblando, pero aun así una carcajada salió de su boca.

–Maldigo el día en que te deje con vida.

–Maldigo el día en que los daneses llegaron y me arrebataron todo.

Einar apretó el mango de su espada y lanzo un tajo de derecha a izquierda sobre su rival, pero Antonio solo tuvo que contraponer directamente a su espada, y fue tal la fuerza de la colisión que la espada de su enemigo se rompió.

Los ojos del general se abrieron de par en par y la mano de Antonio se puso en su cuello, apretando con una fuerza tal que parecía que su frágil cuello se rompería en mil pedazos, pero no lo rompió, en cambio lo estrello contra el suelo, tomo su casco y puso un cadáver sobre él, inmovilizándolo además con una pierna mientras levantaba el casco con su espada.

Todos entendieron el mensaje, los daneses vieron con horror el casco de su líder y los cadáveres del resto de oficiales, además ahora una masa motivada de guerreros finlandeses avanzaba imparables sobre ellos.

Los gritos de sorpresa y miedo de los soldados alrededor que observaron primero la escena, provoco el pánico entre las filas enemigas, extendiendo el rumo de la muerte del líder, como los persas en Gaugamela, la moral se destruyo y las piernas empezaron a ceder.

La retaguardia fue la primera en empezar a retirarse, le siguieron los demás y el desastre fue general, los finlandeses dispararon flechas, las ultimas que quedaban, matando a los que pudieron.

Antonio estaba con una pierna sobre el cadáver y su enemigo, jadeante por el dolor que respirar le suponía debido al cuerpo sobre él.

Los soldados a su alrededor vieron incrédulos como los daneses huían, luego sus miradas se fijaron en su rey, muchos lloraron de alegría y el grito colectivo de victoria retumbo en todo el lugar, como había sucedido antes, también dirían que se escucharía más allá del campo de batalla, incluso quizás hasta Gavle.

La victoria era magnifica: doce mil bajas danesas frente a las dos mil finlandesas, de las cuales doscientas era de la guardia.

El rey saco de debajo del cadáver al general, tomándolo por el cuello.

–Desearas que te hubiese roto el cuello.

Einar no sabría que significaba esas palabras, lo sabría más adelante.

Los tres amigos se reunieron, suspirando aliviados de encontrarse todos con vida, miraron a su alrededor, encontrando algunos cadáveres conocidos, la Guardia tomaba los cadáveres y los preparaba para el entierro adecuado.

–Eran… –Murmuro Caleb, sin poder decir más.

–Buenos hombres –Dijo Karl–.

Hay que honrar su memoria ganando esta guerra, brindando por ellos, ahora que están en el Valhalla en los salones junto a Odín.

–Es Difícil, lo sabemos desde el primer día, no se dejen abatir por la tristeza –Arengo Kristian volviéndose hacia la Guardia Banca–.

¡Esta es la victoria más grande, brindemos por los caídos y vivamos un día más en su honor!

Al día siguiente, al amanecer, las tropas finlandesas se detuvieron frente a la ciudad de Gavle, ahí estaban los refuerzos y lo que quedaba del destruido ejercito danés.

Sus lideres, más suecos que daneses, al igual que las tropas, apenas daneses eran los lideres y unos centenares, quienes estaban temerosas y aun más cuando la imagen del ejercito que había derrotado a los invencibles daneses se asomó a la distancia.

Una estructura extraña montada en una carreta estaba acompañando a los finlandeses, tenia una manta encima, midiendo unos cuatro metros y medio de altura.

El rey junto a su cúpula se acercó a los lideres enemigos.

–No vengo a pelear –Declaro– Vengo a reclamar la ciudad.

–Bajo que autoridad?

–Espeto el danes líder– Si quieres esta ciudad tendrás que derrotarnos Antonio lo miro mientras una sonrisa torcida se dibujaba en su rostro, al mismo tiempo que reía entre dientes.

–El ultimo Danes insolente no acabo muy bien.

–Sus amenazas no nos aterrorizan.

–Ah, pero es que no quiero asustarte a ti, solo vengo a mostrarles… tu destino, con una… llamémosle… escultura popular entre tu gente.

El rey aplaudió dos veces y fue entonces que la Guardia Blanca, desde las filas del ejercito hizo avanzar la carreta dejándola frente al ejército sueco, a la vista de la ciudad, a la vista de todas las tropas.

Los guardias procedieron a quitar la manta.

Con horror en sus rostros los presentes vieron a Einar, sus brazos extendidos en hacia los lados sujetos a dos troncos de madera, su cara con los ojos en blanco, y su piel de la parte trasera de sus costillas estiradas, simulando ser un ave, era el Águila de Sangre.

Su torso desnudo ensangrentado y la mancha de sangre aun estaba visible en el suelo de la carreta.

El monarca finlandés volvió su cara hacia el danés, quien se había paralizado, y con un breve caminar de su caballo hacia un lado, con un movimiento rápido, desenfundo y lo decapito y el caballo al escuchar el cuerpo caer se agito relinchando, los demás oficiales se quedaron atónitos.

Su cabeza rodo por el suelo, para finalmente volverse hacia los suecos, quienes ni siquiera se molestaron en moverse, hablándoles ahora en perfecto sueco.

–Soy Antonio II De Suomi, Rey De Finlandia, nuevo señor de Gavle y todas las tierras de aquí hasta Sundsvall y pronto rey de toda Suecia, y bajo esta autoridad, les exijo lealtad a mi persona, a Finlandia y a su propia tierra y que asesinen a los criminales daneses que hay entre sus filas.

Todo danes que niegue mi autoridad, deberá ser asesinado inmediatamente, quien los ayude o no cumpla la orden, pagara con su vida.

La espada de Antonio, con sangre de su última víctima apuntaba hacia ellos, como una amenaza clara, el sol iluminaba un lado de su rostro, el otro estaba sombrado, como una figura fría, como si fuera la muerte encarnada.

Los suecos mas que asustados no tardaron en tomar a los daneses, una pelea se inicio entre sus filas, gritos y suplicas se escuchaban entre sus filas mientras los daneses ampliamente superados eran acuchillados hasta la muerte.

Antonio solo observo como un testigo impasible, mientras las gotas de sangre caia sobre el pasto, hasta que todo acabo y los soldados tiraron los cadáveres frente a ellos, aun con sangre y con caras que mostraban el dolor y el sentimiento de traición.

Nadie se atrevió a oponerse, cuando las puertas se abrieron para Antonio la multitud celebro, es difícil saber si lo hacían por alegría pura de ver a su salvador, o por el miedo de no hacerlo y sufrir las consecuencias, o quizás ambas.

Fueron recibidos como héroes y la población abrió sus brazos a ellos.

Desde los cuarteles eran arrojados los daneses que aún se escondían, en los hospitales donde se atendían a los heridos, por temor, los propios pacientes buscaban las maneras de suicidarse, los propios suecos entraron y asesinaron a los daneses.

Antonio no dijo palabra, solo intervino en nombre de las familias inocentes, poniendo control para evitar un exceso de caos.

Solo los daneses nacidos en Suecia después de la invasión fueron perdonados, además de las mujeres y los niños.

Karl, Kristian y Caleb estaban en el salón del castillo de la ciudad, un lugar espacioso con una chimenea y tapices rojos, la Guardia lo había tomado para el rey y el rey ya se encontraba en sus aposentos, administrando.

Los tres amigos se sentaron en el sofá de terciopelo.

–Mira nada más, que caro que es esto –Comento Karl.

–Mejor que las barracas –Murmuro Caleb observando el candelabro.

El Gran Maestre solo observo por las ventanas como la Guardia mantenía el orden, mientras sostenía documentos en sus manos, algunos informando de una victoria en las costas suecas por parte de la flota finlandesa.

Firmo algunos con una pluma en la mesa cercana y los entrego a un emisario.

–La ciudad por poco asesina a personas inocentes… –Dijo Kristian.

–Creo que los suecos son sanguinarios –No, no son los suecos –Repuso Karl–.

Los suecos solo obedecieron al temor y su propia lógica, además de tomar la orden dada los soldados fuera de la ciudad, se habrán dicho así mismos: si no obedecemos al rey, es probable que nos mate.

Cualquier persona podría haberlo pensado.

Piensen que vieron como el rey asesinaba a sangre fría al gobernador de la ciudad, y luego hace que los propios soldados masacren a los daneses… Cualquiera pudo haber pensado que lo mejor era seguir el ejemplo si querían preservar la vida.

–Viéndolo así… Caleb guardo silencio y vio de nuevo por la ventana, observando como el sol de la mañana iluminaba la ciudad, el ejercito empezó a celebrar en tabernas y en el propio castillo la victoria, cosa que no habían hecho anteriormente por enterrar a sus camaradas caídos.

–Es mejor… ser temido que amado… –El tono serio de Kristian revelaba una profunda inquietud– Alguna vez lo dijo mientras cabalgábamos hasta aquí.

Karl soltó una breve risa, en parte nerviosa y en parte con ironía.

–Parece que funciona.

Un emisario entro, tocando la puerta, a los aposentos del rey, este se encontraba viendo a través de la ventana hacia la ciudad, con los papeles en la mesa y todo hecho un desorden por los dueños anteriores, aunque al rey parecía no molestarle.

–Majestad, hay mucha duda sobre el destino de los daneses –Dijo el soldado con duda en su voz– ¿Qué nos ordena hacer?

Antonio guardo silencio, observando a través de la ventana, con la mirada perdida en las casas de la ciudad.

Cuando el emisario abría la boca para volver a preguntar, el rey se giro.

Intentando mantener una postura erguida y su habitual magnificencia, pero era evidente, al menos para el ojo mas perceptible, que su espíritu no estaba tranquilo, aun así, miro al emisario con sus ojos encendidos con el fuego del odio y declaro.

–Avisen a cada región que controlamos que cada danes que este dentro de sus dominios que haya llegado con la invasión, sea asesinado, no hay piedad para criminales.

El rey se volvió a sentar, el emisario dejo caer una gota de sudor por su mejilla, inquieto por aquella orden.

–Denle a Kristian –Agrego el rey– las listas de nombres de los criminales que recolectaron los espías, además de mapas del oeste de Suecia con los poblados daneses.

Que asesine a cada nombre en esa lista y a todo danés que haya llegado con la invasión.

El emisario asintió y se retiro.

Volvió a estar sentado en su escritorio, paralizado, sin moverse, esta vez viendo al suelo con la ventana detrás de el.

Sentía… nada, no podía sentir nada, pensaba que después de asesinar a otro general por fin sentiría algo, pero lejos de eso, no sintió nada.

Su mente lentamente se llenó de recuerdos, pero no eran de su prometida, tampoco del día en que la perdió, algo que lo había perseguido continuamente hacia tiempo, si no que veía a su esposa.

La imagen de ella en el suelo, llorando y sangrando por su culpa se había grabado en su mente al rojo vivo.

Cuando finalmente pudo sentir algo, solo sintió una profunda culpa que lo carcomía por dentro.

Voces en su cabeza hicieron acto de presencia, susurros de la gente que había muerto para llegar a donde estaba: Los duques, oficiales y los generales que había matado.

Lo culpaban, le increpaban y los daneses le demostraban el camino que estaba siguiendo, el mismo que ellos, uno de muerte y soledad, gloria a costa de una vida miserable.

Antonio se llevo las manos a los oídos, pidiendo que se callaran, sus suplicas cayeron en saco roto hasta que por fin se detuvieron, sudaba y su corazón estaba acelerado.

Miro sus manos, y aunque lo mas sensato hubiera sido enviar a Estocolmo un ultimátum, no pudo hacerlo.

La ira y la venganza lo volvieron a consumir, más que asustarlo, esto lo enojo aun más.

No durmió hasta muy tarde, solo bebiendo algunos tragos de vino mientras miraba a la nada con su pelo aún más revuelto de lo acostumbrado y su uniforme arrugado.

Cuatro días más tarde el ejercito partió de Gavle cuando hubo repuesto sus provisiones y fuerzas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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