Saga Dynastia: Lazos De Sangre. - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Lazos De Sangre
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19: Lazos De Sangre 19: Lazos De Sangre En el palacio, la Guardia Blanca incluyendo a los enmascarados se encontraban en la entrada del mismo luchando contra otro regimiento de la Livgardet.
El palacio alguna vez fue de piedra, hermoso por dentro decorado con tapices azules, pero ahora solo quedaba el recuerdo, todo estaba cubierto por cenizas y cadáveres, manteles y cortinas quemadas y ventanas rotas, mas alla, en una escalera llena de cadáveres, estaba la puerta que daba a la sala del trono, en la puerta estaba una mano marcada con sangre.
La lucha era encarnizada, uno de los enmascarados fue derribado, su oponente estaba a punto de rematarlo, pero entonces el hacha de Karl fue incrustada en su pecho, haciéndolo volar un metro hacia atrás por el impacto.
Cuando todos voltearon se encontraron a su Gran Maestre.
Su armadura ya no era blanca, estaba cubierta de sangre que goteaba manchando el suelo, su rostro también lo estaba, su cabello apenas tenia mechones rubios entre tanta sangre, respiraba como una bestia, estaba mirando al suelo, tomando algo de aire.
Todos se paralizaron, no solo por la imagen macabra que estaban viendo, sino porque detrás de el una gran cantidad de cadáveres descuartizados delataban como había llegado hasta ahí.
Cuando levanto la mirada, el fuego en sus ojos estaba más vivo que nunca, con pasos rápido se abalanzo sobre la Livgardet.
No hay manera de describir lo que estaba sucediendo, sus gritos parecían ser más fuertes que los de sus enemigos, no solo los apuñalaba, los cortaba, los destruía, no era un solo corte o una sola estocada, eran múltiples contra uno solo, cuando acababa de apuñalarlo lo usaba para cubrir algun ataque enemigo y luego lo soltaba atacando con su espada y la de Caleb en cada mano, su ira lo había cegado por completo, sus movimientos casi inhumanos no dejaban tiempo de reacción, varios intentaron huir pero la guardia lo evito matándolos ellos mismo, la propia guardia estaba paralizada, los enmascarados, generalmente fríos y nunca emocionales, les temblaron las piernas y las manos, sentían terror de que aquella bestia indómita se desquitara con ellos.
En un momento, el recuerdo del barco en el que habían zarpado llego a la mente de Kristian, lagrimas volvieron a salir mientras seguía golpeando.
La espada de Caleb se rompió y el hacha se clavo profundamente en uno de sus enemigos después de recogerla y destruir varios cráneos con ella.
Quedaban tres guardias que intentaron aprovechar el momento de debilidad para intentar matarlo.
Uno lanzo una estocada que Kristian desvió con sus brazales dándole un poderoso puñetazo al rostro, arrebatándole la espada y clavándosela en el cuello, cayendo de rodillas al suelo junto al cadáver.
El otro no tardo y lanzo un tajo del lado derecho, pero Kristian lo detuvo cubriéndose con el mismo brazo y con el brazo libre golpeo el codo de su enemigo rompiéndole el brazo, tomo la espada del enemigo y lo apuñalo varias veces bajo su axila, destrozando sus pulmones y matándolo.
El ultimo estaba tan aterrado que soltó su espada y se arrodillo, suplicando piedad en danes.
Kristian, jadeante, dejo caer el cuerpo de su enemigo al suelo y camino lentamente hacia el ultimo.
Las suplicas se hicieron mas fuertes, junto ambas manos, incluso lloraba por piedad.
El príncipe camino, se colocó a su lado y lo observo, puso la mano en el hombro del danes y se coloco de tras de él.
Sintió como las gotas de sangre caían sobre su espalda y cabello.
Con una voz grave y fría, el príncipe hablo.
–Ustedes la tuvieron?
El danes se paralizo y con los ojos como platos, pero antes de que pudiera hacer algo Kristian tomo su cabeza y le rompió el cuello.
El finlandés se detuvo entonces, miro sus manos, la cantidad de sangre que tenia en ellas era exagerada, goteaban como si hubiera estado sumergido en un estanque de sangre.
Aun recordando a sus amigos, cayo de rodillas al suelo.
Mas lagrimas se deslizaron por sus mejillas mezclándose con la sangre en su rostro.
La Guardia Blanca no dijo nada, se encargo de atender a sus heridos.
Entones las puertas del palacio se abrieron.
En una imagen similar el rey Antonio salía de la sala del trono, tenia salpicaduras de sangre en su rostro y armadura, incluso en su cabello blanco, pero la corona del rey de Suecia estaba en su mano izquierda.
Todos lo miraron, hubo silencio, entonces uno de los guardias alzo el puño y grito.
–EL REY DANES ESTA MUERTO LA VICTORIA ES NUESTRA!
La celebración inicio, todos los presentes saltaron y gritaron de alegría, la guerra en Suecia había terminado.
Antonio bajo por las escaleras y vio a su hermano menor, quien estaba quieto arrodillado en el suelo, aun sin reaccionar, la mirada del rey encontró las armas de Caleb cerca de él, entendiendo, en parte, lo que había sucedido, pero no dijo nada, su mente y su corazón ahora estaban en pleno cambio, agradeció a los soldados y los felicito por su esfuerzo, dejando que todos descansaran mientras él se retiraba al jardín.
Los enmascarados se acercaron al Gran maestre.
Kristian sintió las manos en sus hombros, y la mirada de uno de los soldados, aunque la mascara dejaba poco que ver, pudo notar la compasión en sus ojos cuando sus miradas se encontraron.
Abrazo al soldado sin importar el momento, como un hermano abrazaría al otro al lastimarse.
Llorando.
Horas más tarde, en el jardín del palacio, aunque con su distancia del mismo, Kristian, ahora más limpio, aunque aun con salpicaduras de sangre en su pelo y rostro, fue a reunirse con el rey, quien estaba ordenando que excavaran en un lugar desprolijo con la tierra que había en todo el patio del palacio.
–¿Majestad, puedo hablar con usted?
–Pregunto Kristian con seriedad.
Antonio asintió y se alejaron un poco de los excavadores.
–Que sucede Gran Maestre.
–Valió la pena?
El rey levanto una ceja, confundido.
–Valió la pena dejarnos atrás, perdiendo hombres mientras tu cumplías tu cruzada personal?
Si no nos hubieras dejado, si tan solo hubieras estado ahí….
Hubieras detenido a la Livgardet… y hubiéramos entrado al palacio todos juntos… La reclamación de Kristian no sorprendió al rey, una parte de el esperaba que en algún momento se lo dijese, respiro profundo, agotado en todos los aspectos de todo lo que había sucedido.
–Había un objetivo, como tu dijiste antes de entrar a la ciudad, uno más grande que todos nosotros.
–Se excuso el rey.
–MENTIRAS!
–Grito Kristian–.
Nos usaste… Nos usaste a todos para cumplir tu estúpida venganza… a la más mínima oportunidad nos dejaste morir, como herramientas…
como si ya hubiéramos perdido utilidad…
y para que?
Tu estúpida corona y un cadaver?.
Antonio frunció el ceño y respondió con voz grave con un claro tono que detonaba lo irritado que lo puso las palabras de Kristian.
–Así es la vida real, hermanito, sirves a un rey que tiene motivaciones personales y hace lo que sea para cumplirlas, si debo desechar a todo aquel, lo hare.
–No eres diferente a los daneses.
–Y tu sí?
Kristian se quedó callado, mirando a su hermano parpadeando varias veces.
–Tu seguiste mis órdenes y mataste a los daneses que no portaban armas, los ejecutaste cumpliendo mis ordenes, masacraste a tantos como fueron necesarios bajo la directriz de otra persona… ¿Qué crees que te dirían los daneses que has matado?
El Gran Maestre apretó sus puños, pero Antonio no se calló.
–Así funciona el mundo, obedeces a intereses que van más allá de tu poder, así es la guerra, ¿crees que era como las historias que les enseñamos?
¿Dónde surgen héroes legendarios?
¿Cómo crees que llegaron allí cesar o Alejandro?
Cesar asesino a su amigo Pompeyo a quien admiraba, Alejandro posiblemente se deshizo de su propio padre y mato a su medio hermano para tener el poder.
Eres solo un medio para alcanzar una meta de alguien más, eso son los soldados y eso siempre serán.
El Gran Maestre miro a su hermano, con lágrimas de impotencia, y con la voz entrecortada hablo.
–Aunque todo eso sea cierto… nos dejaste… –No me culpes de tu error, tu estabas con ellos, tu tenías que proteger a Caleb y Karl, ellos no llamaron mi nombre cuando estaban muriendo, llamaron el tuyo.
Te necesitaban a ti.
El príncipe no tuvo fuerzas para responder, muy en el fondo sabía que era cierto, el enojo desvió la culpa hacia el rey, cuando a quien tenía que culpar era a el mismo.
Los sollozos no se hicieron esperar.
Antonio, sin embargo, observo una imagen muy familiar, como un espejo, sus propias palabras resonaron en su cabeza, se recordó a si mismo cuando llego a las costas de Britannia y observo su reflejo en el agua, se repetía a si mismo que había sido su culpa.
Cuando Kristian intento marcharse, Antonio hablo una última vez.
–No sé qué sucedió allí, pero, culparte el resto de tu vida no funcionara… lo digo por experiencia… Lamento que así haya sido tu encuentro con la realidad.
Esa disculpa final resonó en Kristian, se detuvo y miro de reojo a Antonio.
–Yo también lo siento… siento haberme dado cuenta tarde de todo lo que tenia, y que ahora he perdido, he abierto los ojos, pero cuando lo harás tu?
Kristian siguió su camino, Antonio miro sus manos, aun tenían sangre seca, y cuando penso en todo lo que había pasado, en todo lo que había sucedido en esos meses de guerra, sus manos temblaron.
Sacudió la cabeza, intentando evitar que empezaran a sonar las voces y camino detrás de Kristian, guardando la distancia.
Ambos hermanos se reunieron otra vez en el sitio de la excavación, cada uno separado.
Tenían que procesar todo lo que había transcurrido durante ese día.
Era el atardecer, cuando los excavadores dieron un golpe con sus palas a algo de madera, un ataúd.
Desenterraron tres de los mismos.
Cada uno con el símbolo de la antigua casa real sueca.
Todos se miraron, atónitos.
El rey se acercó al más pequeño, y lo abrió.
Un cuerpo esbelto envuelto en una manta blanca.
Cualquiera pensaría que el olor a putrefacción inundaría la zona, sin embargo, había perfumes que lo cubrían o quizás nunca había existido, probablemente nunca estuvo, por que ni el cuerpo ni las mantas blancas con las que fue envuelto estaban podridas o viejas.
La figura era femenina, se notaba en sus curvas en la mitad de su cuerpo.
En el pecho, algo revelador.
Un collar de plata con una estrella del norte con un pequeño diamante incrustado en el centro.
Una lagrima rodo por la mejilla del rey mientras acariciaba la frente de aquel cuerpo, mientras sonreía con tristeza, con lagrimas que rodaban por sus mejillas sin parar.
–He aquí los reyes católicos de Suecia.
Pronunció, ante esto, Kristian, mirando a su hermano y un lado que jamás había visto en él, fue el primero en arrodillarse.
Lo mismo hicieron el resto de los presentes.
El rey saco de su brazal el pañuelo con la flor que había traído desde Finlandia, pensó que estaba marchita, pero para su sorpresa, de alguna manera, se había mantenido intacta, no había manera de explicarlo, no había forma, sin darle muchas vueltas, solo sonrió y la dejo en ataúd con su amada.
Esa tarde un funeral digno de reyes se celebró en el palacio, enterrando los cuerpos de los reyes anteriores al frente del mismo, donde se alzaría un monumento años más tarde.
Cuando los cuerpos fueron enterrados la corona, en una almohada de terciopelo azul con bordes dorados, fue llevada por el Gran Maestre hacia su hermano, era circular y de oro, bastante similar a las coronas de Europa mediterránea con tres rubíes rojos incrustados en el centro.
Ambos intercambiaron una mirada, Kristian asintió lentamente mientras se arrodillaba y entregaba la corona a su hermano.
Este la tomo con ambas manos con cuidado y la coloco en su cabeza.
Los Guardias enmascarados tomaron sus espadas y se arrodillaron como cuando se hizo el juramento de la guardia mientras el más alto decía.
-Larga vida al Rey Antonio I De Suecia.
Todos repitieron el “Larga Vida al Rey” arrodillándose ante el nuevo monarca de Suecia.
Antonio en ese momento se convirtió en rey de dos naciones, y en el hombre más poderoso del norte.
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