Saga Dynastia: Lazos De Sangre. - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Al Borde Del Abismo
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20: Al Borde Del Abismo 20: Al Borde Del Abismo Sin embargo, la guerra no había terminado, la invasión a noruega fue complicada, un mes más de planeación y preparación, no obstante, antes de que pudiera ejecutarse, recibieron la noticia de Suecia, toda la nación se rindió ante lo inevitable, pero un reducto en Bergen se mantuvo con daneses que secuestraron la ciudad.
Antonio con una flota y su ejercito empezaron el sitio.
Después de dos largos meses, en que los muros fueron castigados, los hombres lucharon hasta el cansancio extremo y las flechas cubrían amplias zonas al impactar contra el suelo, la ciudad cayo.
Antonio estaba en una colina cercana admirando como las tropas entraban en la ciudad, capturando una gran cantidad de daneses y liberándola, además de incorporarla a los territorios de Finlandia, la ciudad había sufrido daños devastadores por la feroz resistencia de los daneses, pero con los años podría reconstruirse.
Kristian apareció detrás de él, con un hombre encadenado.
–Majestad, este es el Huscarle Anders de Jutlandia, lo encontramos en la iglesia de la ciudad.
Antonio se giró, se encontró con un sacerdote, tal cual, con su sotana, una túnicas larga y abotonada, su cíngulo que sujetaba la sotana en la cintura y su capa que usaba para protegerse del mal tiempo, eran sus vestimentas diarias, con su cabeza rapada en el centro.
Era un hombre con la nariz algo grande, barba y pelo de color castaño, tenía una expresión tranquila y pacífica, con ojos marrones; su condición física era bastante gruesa para tener más de cuarenta años, delatando su antigua profesión: La Guerra.
Sus miradas se cruzaron, como buen cristiano, el sacerdote no tardo en hablar, no en suplica, ni perdón, solo con una voz suave y llena de sabiduría y respeto.
–Majestad…
es un gusto verle, lamento que sea en esta situación.
De arriba a bajo el rey lo miro, sin saber que hacer ni que sentir.
–Si esto es una actuación, creo que deberías desistir, mi paciencia se agoto cuando rechazaron la oferta de rendición.
El sacerdote sonrió soltando una pequeña risa.
–Ah, si…
seguro piensa que solo estoy intentando salvar la vida al ver a todos mis antiguos hermanos ser capturados, pero no, realmente mi vida tomo un giro…
divino por decirlo así.
–Encontraste a Dios?
El sacerdote asintió.
–El me llamo, después de…
esa noche, las pesadillas no salían de mi cabeza, no podía evitar recordar…
todo lo sucedido, no tuve la fuerza para evitarlo…
Una noche cuando no soportaba las pesadillas, mientras caminaba, frotando mis manos temerosos de aquellos seres divinos paganos, me encontré en una iglesia, ahí fue donde recibí el llamado divino –El sacerdote estiro los brazos hacia los lados mirando al cielo para luego mirar a Antonio– Seguramente te parezca hipócrita y descarado, sé que no importa cuánto rece, cuando bien haga, nunca podre enmendar lo que he hecho en mi pasado.
Probablemente dios tampoco perdone a mi alma cuando llegue allá…
Antonio desenfundo su espada y la puso debajo de su mentón, pero el monje ni se inmuto, solo sonrió.
–Supongo que lo descubriré pronto, no sabes cuanto me arrepiento de no haber encontrado este camino antes…
Dios cambia la perspectiva de las personas, y las lleva por un camino mejor, uno de amor, donde todos somos iguales.
El rey escuchaba las palabras del sacerdote, mirándolo a los ojos, escudriñando su alma, pero no veía nada en sus ojos, no había odio, solo paz, algo de arrepentimiento y muy en el fondo observaba una profunda tristeza.
Pensó en acabar con el monje allí mismo, pero entonces un niño, abrazo el brazo del monje, y lo intento apartar de la espada.
Antonio la quito para no lastimarlo, otros ciudadanos aparecieron.
–Rey!
¡Por favor le imploramos piedad!
–Clamo una mujer de aspecto anciano–.
¡Este hombre ha cambiado, ya no es el mismo y ha cambiado nuestras vidas!
–Él es como mi abuelo!
Sus misas son la única razón por la que aun rezo todos los días.
¡Predica paz amor y bondad por favor perdónelo!
Exclamo otro hombre y el niño no tardo tampoco en hablar.
–Él me ha dado pan y vino, me ha alimentado y ha sido bueno conmigo…
no sé qué hizo, ¡pero ya no es malo!
¡Es bueno!
La guardia aparto al niño, quien pataleo y lloro por el sacerdote, este miro a la gente y con su característica voz suave les dijo: –No teman, estoy en manos de Dios, él es mi pastor y me guiara a donde el desee, es todo parte de su plan, si he de morir aquí por su voluntad, que así sea, por favor vuelvan a sus casas y nunca pierdan la fe en Dios, es el bueno y lleno de bondad, tomad estas palabras como mis últimos consejos, mi ultima enseñanza.
Los presentes dejaron caer lagrimas y comenzaron a llorar por su sacerdote, otros dijeron amen y apartaron la mirada haciéndose la cruz y juntando sus manos rezándole a Dios, la Guardia, mayormente pagana, miro confundidos a los católicos.
Kristian los observo también, extrañado.
Antonio miro al sacerdote, este se volvió hacia el y continúo mirándolo, con una sonrisa, asintió lentamente y junto sus manos en oración, bajando la cabeza, aceptando su destino.
–Se que no sirve de nada, pero, lamento mis acciones aquel día, y me arrepiento de todo el daño que te hice a ti y a todos.
Que Dios se apiade de mi alma.
El finlandés se puso al lado del sacerdote, con la espada en la mano.
Antes de hacer algo, miro a Kristian, este ahora lo miraba fijamente, como si hubiera un atisbo de esperanza en su hermano menor, como si esperaba que despertase.
Antonio miro al sacerdote, su mano estaba lista para dar fin a la vida de aquel hombre, su mente aun tenia las voces que le instaban a decapitarlo, a acabar con su vida y dar el paso final a su conversión en un monstruo, pero en el fondo muy en el fondo, escucho una voz, la de su esposa, recordó el día en que llegaron a Finlandia, ambos se acostaron en la alcoba real, se miraron y rieron, disfrutando su nueva vida, también recordó a su antigua prometida, también era católica y hablaba de piedad y amor.
Ambas mujeres en su vida hablaban de aceptar su pasado y mas importante, perdonar.
Todo se mezclaba en una espiral de emociones, gotas de sudor corrieron por su frente, apretando el mango de su espada preparándose para asesinarlo, para así callar a las voces, sentía como sus pies estaban parados sobre la pila de cadáveres, todos con lagrimas de sangre en sus ojos putrefactos y con el dolor y el terror en sus facciones podrida, sus ropajes desagarrados también ensangrentados.
Con sus manos huesudas tomaron las piernas de Antonio, queriendo arrastrarlo con ellos.
Entonces sintió algo, en su mano, miro hacia allí, era su mujer.
Su reina, lo miro a los ojos como quien ruega a otro, pidiendo por la vida de aquel sacerdote, no solo por aquel hombre, sino por si mismo.
Si lo mataba, caería en el abismo de violencia del que jamás saldría, la reina toco su mejilla, para con un destello desaparecer.
Cuando volvió en si, Leonor se había ido.
No era real, pero sintió cada fibra de su mano en la suya sujetando la espada.
Con un profundo suspiro miro al sacerdote y guardo su espada.
–No soy quien, para juzgarte, no tengo la potestad para ello, que Dios se encargue de ello.
Dijo el rey dejando al sacerdote, Kristian suspiro, aliviado, y dejaron ir al sacerdote, quien vio marchar al rey, una sonrisa se dibujo en sus labios nuevamente mientras hablaba con el niño, tranquilizándolo y limpiando sus lágrimas.
Antonio hablo con su hermano cuando llegaron a los caballos.
–No se cuanto tarde, pero…
espero que puedas perdonarme, y podamos iniciar de nuevo.
Kristian miro a su hermano, sorprendido.
–Estaba molesto, muy molesto, había fallado a mi madre y tú me lo recordabas, te culpe de algo que ni siquiera sabias.
Lamento haberme dado cuenta tan tarde.
El Gran Maestre se mantuvo callado, unos instantes procesando, pero finalmente, asintió con una leve sonrisa.
–Solo…
dame tiempo, aunque…
también debes disculparte con alguien más.
Antonio entendió a quien se refería y afirmo con la cabeza, marchándose del lugar, curiosamente, nunca volvió a Bergen.
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