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Saga Dynastia: Lazos De Sangre. - Capítulo 9

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9: Amanecer De Sangre 9: Amanecer De Sangre Un iluminado campo por antorchas y carpas, rodeados por muros de madera construidos ahí mismo, con cierta premura, se notaba en la ligera inclinación que algunos poseían, tanto por la nieve como por el mismo afán por tener protecciones listas a tiempo, quizás por el ánimo de entrar en combate, o solo por salir del paso.

Era el campamento de daneses y noruegos.

Hombres vigilaban los muros, bien armados, con sus escudos redondos en la espalda portando lanzas.

Caminando, hablando en su lengua.

Dentro de los muros los demás soldados se organizaban, descansaban o, los pocos que había, patrullaban.

Había silencio, el campamento estaba asimilando la derrota reciente, los oficiales en la carpa principal evaluaban las bajas y preparaban la siguiente ofensiva.

Dos soldados caminaban armados entre las carpas, tranquilos, con cierta pesadez por el cansancio que causaba la guardia nocturna.

Sus pies se hundían en la nieve debido al peso de sus cuerpos y su armadura, dejando un camino de dos pares de pisadas humanas por toda su ruta de patrullaje.

Una rama sonó, un crujido, señal de alerta para los guardias, ambos miraron a los dos lados y su mundo se apagó lentamente en los brazos de sus enemigos, no pudiendo avisar, no pudiendo alertar, en silencio, se fueron de este mundo, retorciéndose, intentando pelear inútilmente al abrazo frio de la muerte Sus cuerpos fueron arrastrados hacia las carpas, sus asesinos estaban completamente vestidos de negro, apenas se les veía los ojos bajo sus capuchas negras.

Entre ellos, liderándolos, estaba Caleb, atento, vigilante y con su arco en mano.

Sus ojos estaban fijos en las antorchas y las sombras que se movían entre las carpas, cuidando que nadie los emboscase.

Dos soldados detrás de él tomaban rápidamente las armaduras y los ropajes de los soldados caídos, derramando cerveza sobre ellos para aminorar cualquier sospecha que tuviesen.

Después los soldados salieron marchando y patrullando como si nada, pasando por las carpas como heraldos de la muerte.

Los oficiales de menor rango que estuvieran dentro fueron asesinados silenciosamente, con sus gargantas cortadas, o con la punta de la espada atravesaban el cuello, cortando sus cuerdas vocales y muriendo de manera silenciosa.

Eran acciones rápidas, sigilosas.

Los oficiales morían en sus tiendas sin hacer nada, los guardias morían sin ver venir su muerte, atravesados por los virotes, silenciosos y mortales.

habían logrado entrar después de haber vigilado durante días las guardias danesas.

Sabían que los daneses subestimaban la amenaza finlandesa y haciendo que la guardia fuera mínima, después de todo nadie se atrevería a atacar a un ejercito tan grande y poderoso siendo inferior en número, los finlandeses solo tuvieron que visualizar los puntos ciegos, las patrullas y poco más para poder establecer un plan.

Subiendo por las paredes aprovechando la oscuridad total, al subir eliminarían a los guardias, cambiando de lugar con ellos los que pudieran hacerlo, siendo cubiertos por virotes precisos y mortales desde el suelo, disparadas por sus camaradas.

Cuando hubo tomado la zona que estaba cerca de la puerta del campamento, Caleb tomo una antorcha y la agito como si fuera una bandera, señalando a los soldados de las puertas para que la abrieran.

Cuando eso sucedió Caleb se acercó a las carpas y lanzo la antorcha a una, provocando que se incendiara.

Sus aliados le siguieron empezando un incendio en esa zona que alarmo a los enemigos.

Sin embargo, no fue la única zona: los demás arqueros infiltrados desde las murallas dispararon flechas incendiarias al campamento.

El caos se apoderó de las tropas danesas, y desde las puertas relinchos y el galopar de los caballos finlandeses se hizo presente, el rey a la cabeza de sus tropas, una vez más.

La matanza comenzó.

El rey atravesó el muro de fuego, indomable, imparable, directo hacia sus enemigos.

Los daneses y noruegos miraron a los jinetes atravesar el fuego, pensando que el Ragnarok había llegado y ellos eran los jinetes de Odín, que iban a terminar con sus vidas en el fin del mundo.

Las llamas y las figuras espectrales de fuego eran lo último que veían antes de ser decapitados o degollados por los sables de sus enemigos.

La Guardia Blanca entro después, como el golpe final a las mermadas fuerzas danesas.

Caleb disparaba con su arco a los daneses que huían o peleaban inútilmente para intentar dar un final heroico a sus vidas.

Kristian contemplo al entrar la masacre: hombres siendo arrastrados y asesinados, otros siendo descuartizados y otros tantos sucumbiendo a sus heridas, los alaridos de dolor que se escuchaban retumbaban en los oídos del joven general, este se distrajo lo mejor que pudo peleando contra los que encontraba en su camino, eran tan fáciles de matar que hasta una parte de el sintió lastima, no se habían podido armar, apenas tenían dagas o espadas a la mano, sin armaduras, sin nada, objetivos fáciles para las espadas y lanzas de la Guardia Blanca.

Karl buscaba pelea justa, por lo que solo asesinaba a quien estaba armado al menos con una espada, aunque no tuviese oportunidad, al menos el campesino al menos le otorgaba una muerte digna bajo su hacha.

Todos cumplían la explicita orden del rey: Sin prisioneros.

Los daneses en pánico, empezaron a huir en masa, más aún cuando vieron la tienda de los oficiales en llamas y varios de ellos en el suelo muertos, con los ojos abiertos en una horrenda mueca de desesperación y miedo.

Los soldados salieron por la puerta sur, aun sin ser tomada por los finlandeses, pero estos ya habían enviado a su caballería regular contra ellos.

La matanza continua unos kilómetros más al sur, cuando los otros grupos de soldados que habían partido en busca de refuerzos y provisiones, vieron las masas de hombres desesperados y pidiendo auxilio, los reunieron y frenaron a la caballería regular que tuvo que retirarse por la superioridad numérica enemiga.

Aun así, la victoria fue total: doce mil soldados daneses yacían muertos y otros quinientos fueron hechos prisioneros mientras que los finlandeses solo habían perdido trecientos soldados regulares y quince guardias blancas habían resultado heridos.

Antonio elevo su sable victorioso y sus hombres lo siguieron levantando sus arcos, lanzas, hachas, espadas, o sus propias manos dando un poderoso grito, celebrando la victoria.

Caleb se quitó la capucha y se acercó a Kristian quien estaba limpiando su espada.

Respirando aliviado de ver a su amigo con vida, dijo.

–Lamento haberme adelantado, pero tenía que limpiarles el camino.

Kristian rio entre dientes.

–No querías dejar ninguno eh?

–Contesto guardando su espada– Fue una victoria magnifica.

–Estos malditos daneses no saben quién los golpeo.

Karl interrumpió a sus dos amigos, limpiando su hacha con un enemigo muerto.

–Mis flechas no les dio tiempo a reaccionar.

–Presumió Caleb sonriendo y poniéndose la mano en el pecho.

–Meh, estaban medio muertos, no los mataste, creo que te falta puntería.

–Puedo clavarte una entre los ojos eh.

Kristian sonrió, y solo puso su mano en los hombros de sus camaradas.

–Calma.

Disfrutemos de la victoria, merecemos eso.

Todos celebraban, tomando de entre los restos del campamento bebida y comida que habían dejado los daneses, además de barriles de cerveza y las armas de los mismos.

Varios soldados regulares jugaban con los cascos daneses, haciendo burla de los enemigos derrotados, La Guardia no se quedaba atrás, bromeando junto a los tres amigos.

El monarca era aplaudido y alabado por sus hombres.

Aun así, se conservó modesto, felicitándolos a ellos por la victoria con una sonrisa de orgullo genuina en sus labios, decreto repartir el botín entre sus hombres y estos celebraron con otro grito.

Sin embargo, el rey Antonio y sus tropas fueron interrumpidos por su escolta, cuando trajeron a un hombre, el cual forcejeaba.

El silencio inundo a las tropas finlandesas, y el rey Antonio dejo de sonreír.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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