Saga El Deseo del Alfa - Capítulo 128
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
128: 128 128: 128 —Creí de verdad que eras diferente —dijo Damien, con la voz inquietantemente serena—.
Pero todo lo que me mostraste no fue más que una actuación.
Dejó escapar un chasquido de lengua, seco y burlón.
—Dices que quieres a tu hermano y, sin embargo, a sus espaldas te metes en la cama de su padre.
Jacqueline apretó la mandíbula.
Cerró los ojos un instante fugaz y exhaló lentamente, forzando a la tormenta en su interior a calmarse.
—¿Por qué estás tan alterado?
—preguntó ella, con una leve y deliberada sonrisa curvando sus labios mientras lo miraba con unos ojos grandes y luminosos—.
¿Será que estás…
interesado en mí?
Él rechinó los dientes, con la furia bullendo bajo la superficie.
La impecable compostura de ella, su actuación tan natural, no hacía más que alimentar su rabia.
Dio un paso hacia ella, reduciendo el espacio entre ellos hasta que apenas unos centímetros separaron sus cuerpos.
—Me das asco —masculló él, con las palabras cargadas de desprecio.
Algo se quebró en su interior, pero la sonrisa no desapareció.
Su insulto fue como un golpe salvaje en el estómago.
—¿Y quién eres tú para juzgarme?
—espetó ella, con la voz afilada como el ácido, reflejando el veneno de él.
Había ignorado su existencia más veces de las que ella podía contar.
¿Y ahora, de repente, le importaba?
¿Qué se había retorcido en su interior?
Aunque su imponente figura se cernía sobre ella, intimidante y sofocante, se mantuvo firme y le devolvió la mirada sin pestañear.
—¿A qué vino esa pequeña actuación en el ascensor?
—exigió él—.
Todos esos discursos patéticos sobre la vida, ¿qué intentabas demostrar?
Damien juntó las manos a la espalda para contenerse.
Ya había visto la leve marca que su agarre le había dejado antes en la muñeca, aunque ni siquiera se había dado cuenta de que la había sujetado con tanta fuerza.
—No lo entiendo —dijo ella, con la voz más baja pero firme—.
¿Por qué no puedes simplemente volver a ignorarme como haces siempre?
A él se le escapó una risa amarga.
—¿O quizá intentabas engatusarme a mí como engatusaste a Julien?
¿Por qué si no un hombre respetable se rebajaría a acostarse con su hijastra?
—¡Jódete!
—escupió ella, intentando apartarlo para pasar.
Él volvió a bloquearle el paso, esta vez apoyando la palma de la mano en la pared junto a la cabeza de ella, acorralándola.
—¿Así que eso es lo que querías?
—dijo él con sorna—.
¿Follarme a mí también?
Nunca imaginé que fueras tan pu…
El restallido de su bofetada lo interrumpió.
Había puesto hasta la última onza de su fuerza en ella, pero la cabeza de él ni siquiera se giró.
Permaneció perfectamente inmóvil.
—El puto eres tú —siseó ella, con las lágrimas nublándole la vista—.
Eres un asqueroso puto.
Un gilipollas.
Lo empujó en el pecho, pero fue como empujar una pared de piedra.
Él no se inmutó.
—Lo siento por tu hermano —dijo él fríamente—.
No se merece una hermana como tú.
—Y yo lo siento por ti —replicó ella, con la voz temblorosa pero implacable—.
Me alegro de que la mujer a la que amabas te dejara.
Nunca la mereciste.
En un instante, la mano de él se cerró en torno a su mandíbula, obligándola a mirarlo.
—Que.
Te.
Calles.
—Las palabras salieron en un gruñido peligroso que hizo que el corazón de ella diera un vuelco de miedo.
Por un brevísimo instante, creyó ver sus ojos destellar en un tono dorado, pero la ilusión se desvaneció tan rápido como había aparecido.
—¿Por qué?
—susurró ella, con los labios temblando en una sonrisa frágil—.
La verdad siempre duele.
Sus palabras lo golpearon con una precisión brutal, reabriendo heridas que él nunca había permitido que sanaran.
—¿Escuece?
—insistió ella—.
Te dejó porque esto… esto es lo que eres en realidad…
La mano de él le tapó la boca, silenciándola, pero los ojos de ella siguieron quemándolo con la mirada.
—Así que tenía razón —escupió él—.
Te acuestas con tu padrastro.
—Así es —replicó ella en cuanto él la soltó—.
¿Y qué vas a hacer al respecto?
La mandíbula de él se tensó.
—Ahora entiendo por qué siempre estabas revoloteando a mi alrededor —dijo él con voz rasposa—.
También me deseabas a mí, ¿verdad?
¿Solo otro juguete con el que entretenerte?
Sin previo aviso, el brazo de él se enroscó alrededor de la cintura de ella y tiró de ella hasta pegarla contra su cuerpo.
Ella abrió los ojos como platos.
Forcejeó, empujándolo, arañándole el brazo, pero fue inútil.
La fuerza de él empequeñecía la suya.
El pánico recorrió sus venas; ni siquiera podía gritar.
Negó con la cabeza frenéticamente mientras la sangre abandonaba su rostro.
Su respiración se volvió superficial y entrecortada.
Todo su cuerpo temblaba sin control.
Sus manos le arañaron el cuello y los hombros, clavándole las uñas en la piel, casi hasta hacerle sangrar.
Con un gruñido ahogado, él la arrojó lejos de sí.
Chocó contra la pared y apenas pudo evitar desplomarse en el suelo.
—No me interesan las zorras como tú —dijo él con desdén.
Luego salió furioso, dando un portazo tan violento que las paredes parecieron temblar.
Jacqueline se deslizó lentamente por la pared hasta el suelo, respirando de forma entrecortada, luchando por serenarse.
Él no era nada para ella.
Nadie.
Entonces, ¿por qué sus palabras la hirieron tan profundamente?
¿Quién le había dado el derecho a juzgarla?
¿A interrogarla?
¿A herirla de esa manera?
Ya le dolía la espalda por los moratones, y ahora el dolor en el pecho amenazaba con asfixiarla.
Algo cálido resbaló por su mejilla.
Se lo tocó.
Lágrimas.
¿Por qué estaba llorando?
Él la había hecho llorar.
Ahora entendía por qué la había ignorado antes: en algún lugar de su ser, él sabía exactamente qué clase de hombre cruel y roto era.
—Lo odio —susurró con ferocidad.
Se abrazó las rodillas contra el pecho y empezó a sollozar como una niña, repitiendo una y otra vez cuánto lo despreciaba, lo horrible que era.
Pero por mucho que permaneció sentada allí, el dolor se negaba a disminuir.
La puerta volvió a chirriar al abrirse.
Ella se estremeció con violencia, con los ojos muy abiertos de miedo, aterrorizada de que él hubiera vuelto para destrozarla una vez más, pero solo era el conserje, que la miraba estupefacto.
—¿Qué hace usted aquí?
—preguntó el hombre.
En silencio, Jacqueline recogió los libros que se le habían caído y pasó a su lado.
Se secó las mejillas de camino al aparcamiento, donde la esperaba el Sr.
Loïc.
Se metió en el coche sin decir palabra.
El vehículo se alejó del recinto universitario.
No les había dicho a sus amigos que se iba, así que envió rápidamente un mensaje a su chat de grupo.
Me encontraba mal, así que me voy a casa.
Dejó el móvil a un lado y se quedó mirando por la ventanilla, observando cómo el mundo pasaba borroso.
—Soy fuerte —se susurró a sí misma, como si repetirlo suficientes veces pudiera hacerlo realidad.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com