Saga Elementos - Capítulo 23
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23: Infierno Urbano 23: Infierno Urbano —¡Mierda!
¡Cúbranse todos!
Matthew agarró a su esposa, a su hija y a la elemental de aire y corrió a toda velocidad al resguardo que la separación entre las casas ofrecía.
El resto de Iluminados siguieron su ejemplo y salieron de la calle a toda velocidad, pero algunos reaccionaron demasiado lento y fueron alcanzados por la explosión; uno incluso tuvo la mala suerte de estar parado sobre la tapa de una alcantarilla cuando esta salió volando, partiendo su cuerpo en vertical desde la ingle para luego consumirse por las llamas.
Por si lo anterior no fuera suficiente, Laura y Amy sintieron como el asfalto comenzaba a burbujear.
Parecía una especie de sopa hirviendo, hasta que finalmente colapsó.
Toda la calle se hundió, inundando las alcantarillas con asfalto a medio derretir y pedazos de roca.
Mientras esto sucedía, se escucharon varios estruendos, uno tras otro; eran los diferentes tanques de gas que había en las casas, los cuales estaban explotando debido al calor extremo.
Un grito desgarrador sonó calle abajo; a tres casas de distancia de la residencia Simons, en la casa junto a la de Jessica, se encontraba una mujer junto a sus dos hijos pequeños.
Amelia alzó la mirada y se encontró con varios pilares de fuego que ascendían por el techo.
El mar de fuego provocado por los Oscuros había encontrado un camino por las tuberías abiertas y había subido hasta salir por los lavaplatos, inodoros, lavamanos y cualquier cosa que estuviera conectada a la alcantarilla principal.
Amelia notó que esa no era la única casa afectada por este fenómeno; logró contar otras nueve casas con columnas de fuego saliendo por los techos.
Sus dueños salieron a tiempo para escuchar algo más: el sonido de madera y cristal rompiéndose con unos crujidos aterradores.
En las intersecciones de la calle, sobre todo en las esquinas, el suelo colapsó y las casas comenzaron a caer al pozo infernal en el que se había convertido la calle principal.
Amy pudo escuchar cómo las pobres personas adentro gritaban desesperadas por salir antes de que sus voces se apagaran por completo, silenciadas en un pozo de fuego ardiente.
Lo más aterrador fue que escuchó cómo un niño llamaba a su madre antes de morir abrasado por el fuego.
Como cereza sobre el pastel, Amelia escuchó una explosión a lo lejos, probablemente a siete u ocho casas de distancia de la residencia Anderson.
Al enfocar la vista, vio una casa explotando en llamas; cualquier persona dentro seguro estaba muerta.
—¡Maldita sea!
—Amelia rompió una cerca de una patada de lo molesta y frustrada que estaba.
Se llevó la mano al comunicador de su oído.
—A todos los equipos, regresen al hotel ahora mismo.
Nos veremos allá.
—¡¿Qué hay de la chica?!
—preguntó alguien por el comunicador.
Amelia guardó silencio mientras pensaba.
—No vendrán más por esta noche, no cuando este lugar se volverá un hormiguero de bomberos y policías.
Con tantos testigos, será imposible para ellos hacer algo sin ser vistos.
Regresen al hotel, atiendan a los heridos e informen a Elizabeth de la situación —ordenó la joven.
—Entendido —respondieron todos al unísono.
Amelia se volvió hacia los Simons.
—Ustedes también vendrán al hotel —Matthew se estremeció al escuchar eso.
—¡Wow!
Para el carro, niña, nosotros no… —Señor Simons, usted conoce a la mujer que nos atacó; cualquier información que pueda darnos sobre ella será vital.
Además, ella también lo reconoció a usted y sabe dónde viven.
Con las calles destruidas, no tendrán oportunidad de escapar de ella y mucho menos enfrentarla —le advirtió Amelia mientras Matthew se preguntaba si de verdad estaba hablando con una niña de 16 años—.
Todos sentimos lo poderosa que es esa mujer —Laura le puso una mano en el hombro a su esposo.
—Cariño, tiene razón.
—Matthew lo sabía.
—Vale, bien.
Vamos a empacar todo antes de que la casa se venga abajo.
Media hora después, Matthew y su familia estaban listos.
Subieron a la camioneta de Matthew y, con extremo cuidado, maniobraron sobre las aceras para poder salir del vecindario, llevándose por delante cada buzón de correos que había en los jardines delanteros de las casas.
Les tomó media hora, pero finalmente consiguieron salir del vecindario por algunas calles que no se habían derrumbado por completo, pero siempre con el miedo de que colapsaran bajo el peso del vehículo.
Amy volteó hacia atrás en el asiento y pudo observar cómo los bomberos corrían a los diferentes incendios para tratar de sofocarlos, mientras se producían más explosiones.
—Mierda, esto se parece al inicio de The Last of Us —comentó Amy.
Sin embargo, Amelia pudo notar que, en comparación con el resto del vecindario, había una calle que estaba relativamente intacta y por la cual pudieron salir de ahí.
La calle en cuestión era la intersección de la esquina suroeste de la cuadra, es decir, la calle a la izquierda de la casa de Jessica.
La cual estaba dañada, pero a diferencia del resto, esta no se derrumbó y permanecía firme.
Tanto como para soportar el peso de dos camiones de bomberos.
Esto le decía a Amelia que había Oscuros en la alcantarilla debajo de esa calle que regularon el paso de las llamas para impedir que esa sección se destruyera, seguramente para evitar que la casa de Jessica cayera al fuego y ella muriera en el proceso.
Una hora después, llegaron al hotel de Elizabeth, el cual tenía su letrero de «ABIERTO LAS 24 HORAS» apagado.
El lugar estaba lleno y había gente corriendo de un lado a otro.
Matthew ingresó al estacionamiento, lo que atrajo la mirada de varios hombres que hacían de guardias en el lugar.
Se acercaron con sus conexiones activas y listos para pelear en caso de ser necesario.
Matthew notó esto y miró a Amelia, buscando ayuda.
—Niña.
—Tranquilo, baje la ventana y actúe normal.
Les explicaré la situación cuando nos estacionemos —Matthew no estaba convencido, pero accedió—.
Todos, activen sus conexiones y permanezcan calmados —pidió la joven elemental.
Al sentir las conexiones cálidas, sobre todo la de Amelia, los guardias se relajaron y se acercaron a la ventana de Matthew.
—Buenas noches —dijo Matthew.
—No tan buenas, viejo.
Los malditos Oscuros decidieron que era buena idea… – El guardia se calló cuando su compañero le puso la mano en el hombro.
El hombre, un poco más viejo, no reconoció a Matthew ni a la mujer que había junto a ellos.
—¿Quiénes son ustedes?
—Amelia rodó los ojos y se asomó por el medio de los asientos de Laura y Matthew—.
¿Niña?
¿Quiénes son ellos?
—Es una larga historia.
Déjanos pasar y Elizabeth te dará los detalles después.
—El guardia asintió, sabiendo que si Amelia estaba con ese hombre, entonces no había razón para preocuparse.
Se estacionaron como pudieron y bajaron de la camioneta, pero no bajaron las maletas.
Matthew primero quería asegurarse de que les darían hospedaje antes de cualquier otra cosa.
Amelia lo entendía; seguro que sería fastidioso tener que volver a subir todo al auto.
Entraron al hotel y vieron una escena de caos.
Los sanadores atendían a quienes habían resultado heridos durante la explosión de la calle, pero había tantos que estaban sobrepasados.
«La factura del agua subirá hasta las nubes», pensó Amelia.
No se enfocó en eso; los sanadores tenían su trabajo y ella tenía el suyo; la mejor forma de ayudar era cumplir con su rol.
Buscó a Elizabeth con la mirada, pero no pudo encontrarla por ningún lado.
—Vengan conmigo —ordenó Amelia a los Simons.
Comenzaron a caminar por los pasillos del hotel en dirección al comedor, el único lugar donde Elizabeth podría organizar a todos los Iluminados eficientemente.
Mientras avanzaban, Matthew y Laura comenzaron a sentirse nostálgicos.
Jamás habían imaginado volver a un sitio con tantos Iluminados juntos, nunca pensaron que volverían a sentir aquel calor tan familiar.
Amy, por otro lado, no paraba de sentirse extraña; estar en el centro de todas aquellas conexiones cálidas la hacía sentir como si estuviera rodeada de un cálido abrazo.
Sin embargo, los tres tenían clara una cosa: No pertenecían a ese lugar.
Amy podía entenderlo; ella había nacido fuera de la orden, pero sus padres habían nacido, crecido y luchado dentro de la Orden de la Luz.
Para ellos, volver a involucrarse en sus asuntos era como ir a una reunión familiar sin ser invitado, luego de haberse peleado con toda la familia.
Finalmente, llegaron al comedor y encontraron a Elizabeth, quien estaba bastante ocupada tratando de organizar a un equipo para investigar el origen de las explosiones, así como la mejor manera de tratar a los heridos, pues no era algo fácil; algunos habían sufrido quemaduras de segundo y tercer grado y necesitaban ir a un hospital, pero necesitaban decidir si los trasladaban a Saint Luke’s o los llevaban a otro lugar.
—Elizabeth, nosotros podemos atender a los que tengan quemaduras de segundo grado, pero los de tercer grado son otra historia.
No tenemos el equipo para… —Elizabeth levantó la mano, interrumpiendo a la doctora a la mitad de su oración.
—Atiendan a los heridos con quemaduras de segundo grado y trasladen a los más graves al hospital Saint Luke’s; en cuanto al equipo de reconocimiento, coordínenlo con los líderes de los equipos este y norte que estuvieron con Amelia; ellos no resultaron heridos —las órdenes de Elizabeth recibieron una respuesta afirmativa y el grupo se dispersó.
—Elizabeth —llamó Amelia y la mujer finalmente se percató de su presencia, pero no se percató de la familia Simons junto a la joven de cabello blanco.
—Niña, tu pequeña misión de vigilancia nos tiene como locos aquí —se quejó Elizabeth mientras bebía de su café.
—Solo para aclarar, no fue mi culpa.
Nos emboscaron y, al escapar, le prendieron fuego al lugar —explicó Amelia.
—Sí, eso me contaron —dijo Elizabeth—.
Mira, honestamente, no hay nada en lo que puedas ayudar aquí, así que ve a dormir.
Necesitarás tu fuerza mañana.
—Voy a fingir que eso no me dolió —el sarcasmo de la chica era palpable—.
En realidad, tengo a alguien que tiene información sobre la Oscura que lideró la emboscada —esas palabras terminaron de captar la atención de Elizabeth—.
Te presento a la familia… Amelia se quedó a media frase cuando Matthew fue tomado del cuello y lanzado contra una mesa por un Iluminado envuelto en una armadura de rayos.
El hombre se levantó y se puso en guardia.
Evitó un ataque mortal a su corazón y logró conectar una patada en las costillas de su oponente, que lo miraba furioso.
—Tienes agallas al venir aquí, Desertor —dijo el Iluminado con desdén.
—Tan lento como siempre, niño.
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