Saga Elementos - Capítulo 24
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24: Sombras Desde Haití 24: Sombras Desde Haití Amelia estaba totalmente atónita por lo que veía.
Sin embargo, se vio obligada a salir de sus propios pensamientos cuando vio a tres Iluminados más acercándose a ella.
No, en realidad se acercaban a Laura y Amy.
Madre e hija vieron esto y sacaron sus encendedores, listas para una pelea.
Matthew también había presenciado esto y estaba furioso con su oponente.
—Si les ponen las manos encima… —¿Qué?
¡No puedes hacer nada!
Eres un Desertor, escoria que traicionó a la Orden.
Podemos hacer lo que queramos con ustedes —escupió el oponente de Matthew—.
Además, ¿qué importa si la prostituta de tu esposa muere?
Aunque admito que sería una lástima si esa chica también estira la pata.
Seguramente su madre le enseñó cómo moverse bien.
Las provocaciones tuvieron el efecto deseado; Matthew se lanzó contra su oponente en un grito gutural y desgarrador.
Podía soportar que lo insultaran a él, pero su esposa y su hija eran sagradas, eran su tesoro y nadie podía atreverse a lastimarlas o amenazarlas.
Su oponente ya lo estaba esperando y Matthew tenía su Lanza preparada para matarlo.
Sin embargo, una mano desvío el ataque y Matthew terminó golpeando la barra del restaurante, abriendo un agujero en la misma, dejando claro que no estaba conteniendo su fuerza en lo más mínimo.
Volteó la mirada; buscaba descargar su ira contra el pobre desgraciado que se atrevió a detenerlo, pero lo que encontró fueron los ojos preocupados y comprensivos de una vieja amiga.
—Eli —fue todo lo que dijo Matthew.
—¡¿Qué crees que haces, Elizabeth?!
—gritó el oponente de Matthew, pero la mirada de Elizabeth dejaba muy en claro que no estaba para juegos.
La mujer soltó a Matthew y miró a los otros tres hombres que se acercaban a Laura y a su hija.
—Si se atreven a dar un paso más, les cortaré las piernas a todos —la mujer desenfundó el arma colgada en su espalda: una hoz de media luna con un mango de cuero.
Los hombres miraron cómo Elizabeth aumentaba el voltaje de su cuerpo y pasaba una gran cantidad de electricidad a la hoja de su arma, lo que asustó a los atacantes y los hizo retroceder.
Al ver esto, Elizabeth puso su arma contra el cuello del hombre al que Matthew por poco mata.
—Vas a responderme con la verdad, Alfonso —el tono de Elizabeth dejaba claro que no toleraría ninguna broma—.
¿Por qué atacaste a este hombre?
—Es un Desertor, nos traicionó —respondió el hombre—.
La Orden le permitió vivir y aun así se atreve a venir a nuestro hotel en medio de esta crisis.
Eso amerita la muerte —todos en la sala sintieron un leve escalofrío en sus cuerpos; la conexión del hombre delataba sus verdaderas intenciones.
—Hablas como si él fuera menos que humano —dijo Elizabeth y luego le hizo señas a los hombres más fuertes del lugar—.
Llévenselos al hotel en el lado oeste de la ciudad —les ordenó.
Sacaron a los cuatro atacantes del hotel a rastras, mientras Elizabeth disipaba la electricidad en su cuerpo y guardaba su arma.
Matthew por fin pudo verla bien, por primera vez en veinte años.
La mujer ahora tenía algunas canas, ojeras bajo sus ojos, había subido de peso ligeramente y sus pechos estaban caídos, pero aun así seguía siendo bastante atractiva y Matthew podía notar su poder y su fuerza.
Después de todo, fue capaz de desviar un embate de la Lanza de Matthew, aunque no salió limpia del ataque.
Los dedos meñique y anular de su mano derecha estaban claramente rotos y había sangre manchando su palma por completo.
Sin embargo, el hecho de poder desviar un ataque de su Lanza era digno de admirar.
Elizabeth volteó a mirar a Matthew y luego a su mano derecha, evaluando sus heridas.
Después le dio una mirada cómplice a Matthew mientras sonreía.
—Tal parece que esta vieja lanza no ha perdido su filo —dijo para después ofrecerle su mano izquierda a Matthew.
El hombre aceptó y Elizabeth lo atrajo para un fuerte abrazo—.
Me alegra volver a verte, Matt —el hombre correspondió el abrazo con cariño.
—Lo mismo digo, Eli.
Una vez que todo se calmó, Amelia y la familia Simons se sentaron junto a Elizabeth en una mesa del comedor, mientras los adultos bebían café y las más jóvenes bebían Coca Cola.
Amelia podía notar cierta tensión en el aire, pero ¿por qué?
¿Acaso eran celos de parte de Laura por haber visto a su esposo abrazar a otra mujer de forma tan cariñosa?
No, en realidad, Laura mantenía una expresión serena y hasta mostró alivio cuando Elizabeth abrazó a Matthew.
¿Eran las miradas inquisitivas de los demás Iluminados por ver a una familia de Desertores?
Tampoco, pues en realidad todos estaban muy ocupados recuperando el aliento luego de la crisis en el vecindario de Jessica.
Entonces, ¿cuál era la causa de la tensión en la mesa?
Bueno, la causa no era otra que la mirada enojada de Tony, el hijo de Elizabeth, quien se encontraba curando la mano de su madre.
El chico, de apenas 13 años, era todo un prodigio con el elemento agua, en especial con la sanación.
Gracias a que el cuerpo humano está conformado en un 70% por agua, este elemento podía usarse para sanar heridas que iban desde cortes hasta huesos rotos para un sanador promedio, mientras que un doctor especializado y con el equipo adecuado podía usar este elemento para reimplantar extremidades amputadas.
Estimulando la zona de la herida y las células del cuerpo para que la creación natural de nuevas células fuera más rápida, también permitiendo que la inflamación se redujera y los huesos volvieran a unirse.
Un buen sanador tenía que ser capaz de hacer esto y tener la llamada “Vista de Murciélago” ¿Qué era esto?
Simple: La capacidad de sentir las heridas internas a través del líquido que corría por todo el cuerpo y detectar qué estaba bien y qué no.
Tony era un experto en esto; a su corta edad ya era todo un genio en el campo de la sanación.
Sin embargo, este talento escondía algo en particular sobre Tony.
—Listo, mamá —la mujer movió la mano para asegurarse de que no tuviera nada roto.
—Gracias, hijo.
Puedes irte a dormir, los demás pueden encargarse de los heridos —Tony no dijo nada, su mirada de pronto parecía pérdida.
El niño se levantó en silencio, tomó el balde con el agua que había usado para sanar a su madre y cuando pasó junto a Matthew, usó sus poderes para rociarle toda el agua encima.
Ninguno de los presentes lo podía creer; el niño corrió en silencio a toda velocidad huyendo de la escena.
Elizabeth se levantó con la cara roja de rabia y vergüenza.
—¡Tony!
¡Vuelve aquí!
—El niño desapareció en el pasillo y a los pocos segundos se escuchó un portazo.
Un Iluminado, amigo de Elizabeth, le alcanzó una toalla—.
Lo siento muchísimo, Matthew.
—Está bien —el hombre comenzó a secarse como podía—.
Tu hijo es muy listo; además, me lo merecía por lo de tu mano —Matthew pareció no darle importancia, pero Elizabeth se sentía culpable.
—Aun así, lamento mucho esto —la mujer se mostraba muy apenada, se dejó caer en la silla, cansada—.
No es fácil, ¿saben?
Criar a un niño autista es todo un reto —Matthew y Laura miraron a Elizabeth sorprendidos.
—Ahora todo tiene más sentido —reflexionó Laura—.
Esos niños suelen ser muy complicados.
—Sí, investigamos un montón cuando Laura quedó embarazada de Amy, queríamos estar preparados para lo que sea —Amy miró a sus padres, sorprendida por aquella declaración—.
Por suerte, solo nos salió rebelde e hiperactiva —Elizabeth sonrió, pero Amy podía notar cierta química entre sus padres y la administradora del hotel.
—Ustedes dos fueron pareja, ¿verdad?
—declaró la chica.
Sus padres miraron a Amy sorprendidos de sus palabras.
—De hecho, sí —confirmó Matthew.
—Tu padre y yo salimos antes de que fuera expulsado de la Orden, pero las cosas no funcionaron entre nosotros.
Al final, quedamos como amigos —explicó la mujer.
—¿Conocías a mamá antes de que dejaran la Orden?
—Laura suspiró, conocía bastante bien a su hija y sabía que ella siempre disfrutaba de un buen drama.
—¿Quién crees que los presentó?
—preguntó Elizabeth con ironía y una sonrisa de orgullo.
—Por cierto, Elizabeth, no quiero entrometerme, pero ¿dónde está el padre de tu hijo?
—preguntó Matthew con curiosidad.
La expresión de Elizabeth se oscureció.
—Murió en una misión hace nueve años —dijo la mujer—.
Un par de meses después de que recibiéramos el diagnóstico de autismo.
—Lo lamento, no quise ser grosero.
—Está bien, Matt —Elizabeth no estaba molesta con su amigo.
—Disculpen —Amelia, quien se había mantenido en silencio, finalmente habló—.
No quiero interrumpirlos, estoy segura de que querrán ponerse al día, pero tenemos una situación preocupante que debemos discutir.
Amelia procedió a dar un resumen detallado sobre el ataque y del nivel de poder que tenía Lucía Johnson.
Sin embargo, al escuchar ese nombre, Elizabeth se quedó helada.
No lo había oído en 20 años, desde aquella noche en Haití.
Instintivamente se llevó la mano al abdomen.
Casi podía sentir su respiración cortarse, la sangre en la garganta, ahogándola mientras un dolor punzante y quemante recorría su abdomen y pecho.
Todos lo notaron y Matthew se mostró muy preocupado por su amiga.
—Señor Simons, no entiendo nada —Amelia no quería ser grosera, mucho menos insensible, pero necesitaba saber contra quién estaba peleando—.
¿Quién es esta mujer?
¿Cómo es que la conocen?
—Matthew suspiró, miró a Elizabeth, buscando su permiso para continuar.
—Te contaré todo lo que sé sobre ella y lo que pasó en Haití hace veinte años.
***** Al norte de Kansas City, una hermosa mujer rubia entró a un bar de mala muerte.
La mujer fue recibida por una asquerosa mezcla entre alcohol barato, vómito seco, sudor y orina.
Caminó cojeando hacia la barra y miró al cantinero con unos ojos desalmados y fríos, pero cansados debido a la pérdida de sangre causada por la herida en su costado.
«¡Maldita niña!», pensaba la mujer.
El cantinero, que se hallaba limpiando un vaso, miró a la recién llegada y supo lo que quería.
—Gabriel y Powell están atrás.
La mujer no dijo nada y caminó por detrás de la barra en dirección a la parte trasera del local.
Entró a una habitación pequeña y encontró a sus dos colegas jugando cartas y apostando.
Powell mostró sus cartas con una sonrisa triunfante, una Escalera de Color.
—Parece que yo gané, Gabriel —celebró el doctor para después dejar las cartas sobre la mesa e ir a atender a Lucía.
—No cantes victoria antes de tiempo, Doc —Gabriel le mostró sus cartas: una Escalera Real.
Gabriel se apresuró a recoger su botín mientras Powell se lamentaba.
—¡Carajo!
Este tipo me quitó trescientos dólares —señaló el doctor.
Atendió las heridas de Lucía y, en pocos minutos, la mujer estaba como nueva, salvo por una cicatriz en forma de punto que había en su costado.
Gabriel, ahora sentado a su lado, se dispuso a darle la información más reciente sobre la situación.
—Fuiste la única en volver.
Los demás o están muertos o los capturaron; como sea, no importa.
Las calles del vecindario fueron destruidas, excepto la calle junto a la casa Anderson.
Justo como lo pediste —Gabriel revisó en sus notas antes de continuar—.
Oh, y los viejos llamaron hace una hora —Lucía volteó a mirarlo; lo que menos necesitaba era a esos viejos detrás de ella—.
Tranquila, les dije que estabas ocupada y los mandé a la mierda —Lucía no pudo evitar reír.
—Gracias, Gabriel —dijo con sinceridad.
—Sigo sin entenderlo —interrumpió Powell—.
¿Por qué sacrificar así a nuestros hombres?
—Número uno: Porque ya me tenían harta.
En serio, no podía caminar dos pasos sin que alguien mirase mi trasero o mis tetas —se notaba la rabia y odio de la mujer—.
Número dos: Porque no necesito a gente débil para esta misión.
Y número tres: Porque necesitaba crear una ruta de escape para Jessica —su tono de voz cambió—.
Ahora sabemos hacia qué dirección correrá.
Podremos acorralarla fácilmente.
Además, conseguimos evaluar a la elemental de aire y sus aliados —Lucía dejó escapar varias risas—.
Lo admito, esa niña sabe escoger a sus amigos.
La Lanza Relámpago está con ella —esto llamó la atención de Gabriel.
—Había oído de él, pero pensé que había dejado a los Iluminados —comentó el hombre.
—Bueno, al parecer no lo hizo —Lucía sonrió mientras reía un poco más—.
Esto se pondrá bueno.
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