Saga Elementos - Capítulo 27
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27: El Eco de la Lava 27: El Eco de la Lava En medio de la noche, en un callejón a tres cuadras del pequeño hotel donde se hospedaban los Iluminados, Alfonso fue estampado contra la pared por su compañera.
No, no era una sesión de “amor rudo y duro”; en realidad lo estaban interrogando por su actitud en el hotel de Elizabeth.
Gracias a su arrebato, los habían trasladado a otro hotel a veinte kilómetros del anterior.
Sus compañeros, desde luego, no estaban para nada contentos, pues esto afectaba el cumplimiento de su misión.
—¡Eres un completo idiota!
—gruñó su compañera, Sofía, una mujer de 39 años y de tez morena, usuaria del elemento agua y experta en combate a cuerpo a cuerpo.
Era una mujer de contextura atlética y con brazos bastante firmes debido a su entrenamiento físico—.
¿En qué diablos pensabas?
—¿Todavía lo preguntas?
Es un maldito Desertor.
No podía quedarme de brazos cruzados.
Seguramente él fue quien filtró la información a los Oscuros —la réplica de Alfonso casi era ahogada mientras su compañera lo mantenía sujeto a la pared con firmeza.
—En eso tienes razón —intervino Zhao, un hombre de 45 años, de ascendencia china, usuario del elemento fuego y contextura robusta; se notaba que entrenaba constantemente, su espalda era amplia y sus bíceps tenían el tamaño de una toronja—.
Alguien debió filtrar la información de la vigilancia que haríamos esta noche.
—De ser ese el caso, ¿por qué no hubo más muertos?
—cuestionó Carl, último miembro del equipo, hombre de 47 años, usuario del elemento tierra y oriundo de Alemania.
Era un hombre de tez blanca y era el más grande de todos ellos, midiendo 189 centímetros y pesando 102 kilogramos de puro músculo.
Nada más verlo, dejaba en claro que era mejor no hacerlo enfadar—.
Si esa niña fue lo bastante tonta como para contarle a un Desertor el plan para vigilar a la elemental de fuego, entonces debieron haber más bajas de nuestro lado, pero no.
Solo perdimos a siete de los nuestros.
—¿Dices que solo fue una coincidencia?
—preguntó Zhao—.
De ser así, entonces los Oscuros debían saber dónde vivía la chica de antemano.
—Creo que tiene que ver con esa mujer —intervino Alfonso—.
Lucía Johnson, La Tigresa del Rayo, estuvo en la operación de tráfico humano en Haití, hace 20 años.
—Cierto, estuviste ahí cuando eras un novato —recordó Sofía—.
Fue tu testimonio lo que hizo que expulsaran a La Lanza Relámpago y a su novia.
—Sí, pero el punto sigue siendo que, si no fue ese Desertor el que filtró la información, entonces la tigresa seguro ya tenía vigilada a la chica desde antes —aventuró Carl.
—Concuerda con la información de nuestros espías —apoyó Sofía a su compañero.
—En cualquier caso, la situación es la misma.
La elemental de fuego está comprometida —concluyó Zhao.
—Así es —apoyó Carl—.
Hay que seguir con el plan original: Ejecutaremos a la elemental de fuego antes de que pueda unirse a los Oscuros.
Tras esa reunión en el callejón, regresaron al hotel, dispuestos a dormir un par de horas.
Alfonso estaba por entrar a su habitación, la 17, cuando sintió la presencia de alguien fuerte a su lado.
Reconoció la conexión; era de Sofía.
Esto le pareció raro, pues a ella le habían asignado la habitación 23, la cual se ubicaba en otra zona del hotel.
La mujer se acercó a él a paso firme y lo miró con el ceño fruncido.
Sin previo aviso, lo tomó de la camisa y lo besó para después obligarlo a entrar al cuarto para una sesión de sexo que Alfonso no rechazó.
Cuando terminaron, Sofía estaba en la cama sintiendo su cuerpo relajado y flácido después de su encuentro con Alfonso, quien la abrazaba de forma cálida, pero su mirada se mantenía distante.
El hombre siempre fue alguien ambicioso; constantemente buscaba ser más fuerte y solía desafiar constantemente a sus compañeros de entrenamiento a pelear solo para demostrar que podía derrotarlos y, con el tiempo, fue volviéndose arrogante al ver que nadie podía vencerlo.
Su actitud no tenía una razón clara; él nació y se crió bajo las alas de la Orden de la Luz.
Sus padres siempre fueron personas muy humildes que, pese a hacer misiones constantemente por todo el mundo, nunca lo descuidaron y siempre le habían dicho que la ambición podía ser peligrosa si se dejaba consumir por ella, pero Alfonso nunca escuchaba y continuó retando a sus compañeros hasta que finalmente cruzó una línea.
Un día, Matthew había sido invitado a una sesión de entrenamiento con el objetivo de enseñar a los jóvenes, usuarios del elemento rayo como él, la técnica Perforación.
Esta técnica consiste en concentrar tanta electricidad como sea posible en el brazo, para después golpear al oponente con fuerza, atravesando el cuerpo del enemigo como si fuera mantequilla.
Matthew era, y sigue siendo, un experto en el uso de esta técnica que, aunque básica, era letal y Matthew no solo la dominó, también la mejoró, creando una variante muy poderosa y letal a la que bautizó como Flecha Destellante y la cual le hizo ganarse su apodo y reputación.
Al ver esto, Alfonso, cegado por su arrogancia y ambición de poder, decidió desafiar a Matthew frente a toda la clase.
Sin embargo, el hombre pudo ver las verdaderas intenciones del muchacho, por lo que su respuesta fue clara y contundente.
—Me temo que no puedo aceptar tu desafío —dijo con una expresión seria—.
No aceptaré un desafío de alguien que solo busca poder.
Además… —sus ojos se clavaron directamente en los de Alfonso.
—No levanto mi puño contra los débiles, es injusto.
Así que olvídate del desafío.
Aquella respuesta no buscaba humillar o insultar a Alfonso; Matthew había recibido un entrenamiento en artes marciales a la vieja escuela.
Su maestro, el hombre que lo instruyó en La Mano de Hierro, había sido muy claro desde el inicio: Este conocimiento solo debía ser usado para servir a la Orden y para proteger a los seres más preciados de Matthew, nunca para atacar a otros.
Así como también inculcarle un código moral muy claro: “Los más fuertes deben proteger a los más débiles.
Abusar de alguien más débil nunca será una opción”.
Por eso Matthew había dado aquella respuesta tan directa al joven Alfonso, pero el chico no lo tomó bien.
La inmadurez de la juventud le jugó una mala pasada, así como los comentarios sarcásticos y las risas de sus compañeros de entrenamiento, quienes estaban hartos de sus constantes desafíos y su actitud arrogante.
Alfonso, en ese tiempo, solo tenía 14 años, mientras que Matthew acababa de cumplir 21.
La diferencia era enorme, tanto en edad como en poder, pero el joven no podía verla; su orgullo lastimado y su ego desmedido lo cegaron, pero nadie se esperaba que envolviera su cuerpo en electricidad y se lanzara a toda velocidad contra Matthew.
El hombre apenas envolvió su cuerpo en electricidad; no necesitaba demasiado voltaje para esquivar al joven, solo el suficiente para estimular su cerebro y seguirle el ritmo.
Alfonso tenía talento, eso era obvio, pero estaba ciego por el mismo y no lo trabajaba para crear nuevas técnicas o para evolucionar como peleador, mucho menos como persona.
Matthew lo esquivó sin siquiera molestarse en moverse de su sitio.
No lo estaba bloqueando, solo lo esquivaba; para él, Alfonso era demasiado lento.
El arrogante muchacho recibió un golpe de realidad cuando, cansado de tener que esquivar a un mocoso impulsivo, Matthew lo derribó con un barrido de pierna.
El muchacho estaba tan concentrado tratando de golpearlo que olvidó por completo moverse de su lugar para hacerlo un blanco más difícil de atrapar.
Cuando lo tenía en el suelo, Matthew dejó caer su puño y se escuchó un tremendo golpe.
Alfonso estaba temblando; todos pensaban que Matthew le había roto el cráneo con ese golpe, pero en realidad, el puño del hombre pasó a solo centímetros de su oreja, estampándose contra el suelo de piedra, creando grietas en la roca con forma de telaraña.
Matthew se levantó del lugar y miró al joven con un ceño fruncido que dejaba claro que solo sentía lástima por él.
Alfonso sintió miedo al verlo; si ese golpe hubiera llegado un poco más cerca de su cara, se habría quedado sin oreja.
Estaba aterrado de la fuerza y el poder que Matthew poseía en sus manos.
—Tienes talento, niño —dijo Matthew finalmente—.
Es una lástima que no quieras, ni sepas, explotarlo.
Matthew se despidió del instructor de combate y Alfonso fue suspendido de los entrenamientos por un tiempo indefinido.
Desafiar a Matthew era lo de menos; la verdadera gravedad del asunto radicaba en que no solo lo desafió, sino que, cuando Matthew se negó y le explicó sus razones para rechazar el duelo, Alfonso igual lo había atacado.
Esto ya no calificaba como un duelo; aquello era un asalto.
Por lo que su instructor de combate lo suspendió y le ordenó asistir a sesiones regulares de asesoramiento psicológico para determinar si era apto para volver a entrenar.
Fue durante este tiempo de suspensión que Alfonso recibió la visita de Iván, la estrella del aire, quien le ofreció un trato: Iván arreglaría todo para que Alfonso volviera a entrenar, pero a cambio Alfonso tendría que informarle de todo cuando comenzara a hacer misiones a los 15 años, así como cumplir con ciertas tareas.
Alfonso aceptó sin pensarlo demasiado; él quería poder y ahora una de las Estrellas se lo estaba dando en bandeja de plata, desde luego que aceptaría.
Gracias a este trato fue que, dos años después del incidente con La Lanza Relámpago, Alfonso le informó a Iván que Matthew, junto con Laura, pretendían llevar a los niños de Haití a la Orden.
En otras palabras: Alfonso fue quien provocó la expulsión de Matthew y Laura.
Ahora, veinte años después, estaba en un hotel abrazando a una hermosa mujer luego de haber tenido sexo con ella de forma apasionada.
¿Qué importa si Matthew tuvo que irse?
Eso le pasó por no seguir órdenes.
Mientras Alfonso obedeciera a Iván, tendría todo el poder que siempre deseó; su vida ahora era perfecta.
***** Jessica estaba profundamente dormida.
La joven era totalmente ajena a todo.
Ajena a que la vigilaban, ajena a que Amelia entró en su cuarto y miró sus dibujos y, desde luego, ajena a la tremenda pelea que se estaba desarrollando frente a su casa.
La joven estaba totalmente absorta en su sueño.
Desde hace una semana tenía un sueño recurrente.
Soñaba que despertaba de pie frente a una pequeña playa; parecía encontrarse en el borde de una costa y, detrás de ella, había un enorme volcán, el cual desprendía humo desde la punta.
Todo alrededor del volcán parecía muerto; las plantas estaban quemadas y negras por el fuego.
Detrás de ella, el mar estaba en completa calma; las olas rompían con suavidad en la costa y mojaban sus pies.
Jessica ya había estado aquí, no solo en sus sueños; ella sentía una conexión extraña con este lugar.
Al igual que con Amelia, sentía que había estado aquí mucho antes de nacer.
Jessica notó la entrada a la cueva.
Una tenue luz naranja la iluminaba desde el interior.
Esta cueva siempre aparecía en sus sueños, estaba en la base del volcán y parecía estarla llamando.
La joven dio un paso al frente y se adentró en la cueva.
Como siempre, sintió el calor del lugar, pero había algo extraño.
Con cada sueño que tenía de este lugar y por cada vez que se adentraba en la cueva, Jessica sentía que el calor disminuía un poco más.
Caminó por la entrada de la caverna y notó los dos pasadizos, pero uno estaba bloqueado, aunque Jessica podía sentir que había algo detrás de la pared de piedra.
Parecía la entrada a una cámara escondida; siempre que la veía, sentía la curiosidad por saber qué había del otro lado de la piedra.
Siguió su camino por el único túnel que estaba abierto.
Descendió por un pasillo de piedra que, aunque se notaba irregular, parecía haber sido construido de forma artificial.
La primera vez, este túnel era demasiado pequeño y angosto, muy irregular, pero cada vez que regresaba a la cueva, este túnel se hacía más y más amplio, hasta el punto de permitirle pararse para descender caminando; era como si alguien hubiera tallado la piedra hace no mucho tiempo.
La chica descendió y encontró lo que no pudo descubrir hasta su quinta visita, un estrecho túnel con solo un puente angosto hecho de roca volcánica.
A cada lado había dos piscinas de lava, las cuales emitían una luz parpadeante y pulsante, como los latidos de un corazón o el ritmo de una respiración.
Jessica había llegado hasta ahí en su quinta visita, pero aún no podía soportar el calor, por lo que no pudo avanzar hasta ahora.
En su novena incursión a la cueva, sentía que podía cruzar.
La joven miró hacia el final del puente y volvió a sentir cómo algo la llamaba.
Comenzó a dar un paso tras otro, buscando mantener el equilibrio para no caer.
Ya había recorrido la mitad del puente y podía ver con más claridad lo que había del otro lado.
Era una especie de bulto suave y afelpado de diferentes tonos de naranja, desde algunos oscuros que parecían rozar el color rojo hasta otros tan claros que dejaban de ser naranjas para ser amarillos.
Cuanto más se acercaba, más detalles podía vislumbrar y más sentía el llamado de aquella cosa.
Estaba a punto de llegar cuando de pronto todo el lugar comenzó a temblar.
La joven intentó mantener el equilibrio en el puente, pero fue inútil y terminó cayendo a la lava.
—¡AHHH!
—Jessica se despertó en su cama empapada en sudor.
Sorprendida, no por el sueño, sino por el temblor en su habitación.
Una luz naranja iluminó su ventana desde afuera, todo mientras se escuchaban los gritos de sus vecinos aterrorizados—.
¿Qué demonios…?
Jessica se levantó de la cama y se asomó por la ventana, solo para ver el verdadero infierno desatarse en su vecindario.
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