Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Saga Elementos - Capítulo 36

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Saga Elementos
  4. Capítulo 36 - 36 El Precio de Salvarla
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

36: El Precio de Salvarla 36: El Precio de Salvarla Jessica seguía corriendo por las calles, buscando seguridad.

Ver a Matthew usar sus poderes le dejó claro que no estaba loca.

Su mente seguía bombardeándola con imágenes de ese volcán.

La joven solo tenía un destino a la vista.

A diez minutos de su casa, se encontraba la casa de la mujer que más la ayudó en todos estos años.

Llegó a la puerta y, con el único brazo que podía mover, comenzó a golpear desesperadamente mientras tocaba el timbre con insistencia y miedo.

—¡LUCÍA!

—gritó la joven mientras miraba por encima de su hombro mientras seguía tocando—.

¡Por favor, abre!

¡Necesito ayuda!

—sollozó.

Finalmente, tras unos segundos de silencio, la puerta se abrió.

—¡Hijos de…!

—Lucía detuvo su insulto al ver a Jessica en su puerta—.

¡Cielo santo!

¡Jessica!

La mujer no perdió el tiempo y metió a Jessica a su casa.

Al observarla más detenidamente, pudo notar la puñalada en su brazo izquierdo; la joven estaba empapada en sudor y su cuerpo estaba temblando.

Lucía sentó a Jessica en el sofá y le quitó la chaqueta y la camisa, exponiendo su torso y permitiéndole ver la herida.

Era profunda y no paraba de sangrar, pero, a juzgar por la cantidad de sangre que salía de la herida, no parecía tener una arteria perforada.

De todas formas, Lucía debía parar la hemorragia rápido.

Fue por su botiquín y un trozo de tela resistente que usaría para hacer un torniquete en la herida; el botiquín era para poder la zona herida.

—Jess —Jessica estaba demasiado asustada, no podía mirar a Lucía y solo quería irse de ahí.

—Lucía, por favor, llévame con la policía —suplicó la joven entre lágrimas—.

Necesito decirles lo que pasó y… ¡Jordan!

¡No!

¿Dónde está?

Tengo que… —¡Jessica!

—Cuando Lucía alzó la voz, Jessica dejó de hablar—.

Ya habrá tiempo para eso, pero primero tengo que tratar tus heridas antes de llamar a una ambulancia, ¿de acuerdo?

—la chica asintió y guardó silencio mientras Lucía comenzaba a trabajar—.

Ahora, cuéntame qué demonios sucedió.

Mientras Lucía hacía el torniquete y desinfectaba la herida de la joven, Jessica le contó absolutamente todo.

No se guardó ningún detalle.

Lo que había visto, lo que le habían dicho.

Jessica no se guardó nada.

Al terminar, Lucía acabó de hacer el torniquete, desinfectó la herida y vendó lo mejor que pudo el brazo de la chica, pero estaba claro que necesitaría un doctor.

—Llamaré al doctor Powell.

Lucía se levantó y fue a su habitación; su laptop estaba encendida sobre la cama, por lo que la apagó y luego la desconectó de la pared.

Tras esto, absorbió algo de electricidad del enchufe y tomó una bocanada de aire, buscando el valor.

Realmente no quería hacerlo.

De verdad quería a Jessica, la amaba como a una hija, pero si no lo hacía, los Iluminados se la llevarían y… ¿Qué pasaría después?

Lucía no era capaz de imaginárselo.

Jessica era solo una niña, no debía involucrarse en este mundo y en esta guerra, no era justo.

Volvió con Jessica y, sin darle tiempo a reaccionar, le dio una descarga que la dejó inconsciente en el sofá.

La joven pelirroja no supo qué la golpeó.

Lucía sintió su corazón latiendo a mil por hora, pero no podía detenerse.

Tomó su teléfono y llamó al doctor Powell.

—¿Qué quieres, Johnson?

—preguntó el doctor al abrirse la línea.

—Powell… Xing… es Jessica, su madre perdió el control.

Está en mi casa y tiene una herida de puñal en su brazo izquierdo —Lucía pudo escuchar cómo el doctor Xing Powell se levantaba—.

Hice un torniquete y desinfecté la herida, pero parece profunda.

—Voy para allá.

—¡No!

No vengas aquí —interrumpió Jessica—.

Sus poderes están a punto de despertar; si vienes a mi casa, será un desastre.

—¿Dónde quieres que la atienda entonces?

—Lucía lo pensó por un momento antes de responder.

—El viejo edificio de oficinas en Eastwood Hills, búscame en el tercer piso.

Lucía colgó la llamada y puso a Jessica en el asiento trasero de su auto.

Podría haberla llevado en brazos, pero no podía arriesgarse a llamar la atención de los Iluminados, así que optó por algo más discreto.

Subió a la chica y arrancó el motor.

Salió de su casa y se dirigió al lugar en cuestión.

Al llegar, se tomó un momento para respirar.

«¡Debo hacer esto!» se decía a sí misma.

Bajó del auto y subió a la chica al tercer piso.

La recostó en una mesa vieja que había en una de las oficinas, amarró sus brazos y piernas firmemente para que no pudiera moverse y esperó a que llegara Xing Powell; no tardó mucho en aparecer.

El doctor destacaba por ser un hombre de ascendencia china y americana, remarcado por sus rasgos asiáticos y su piel morena.

Hijo de un hombre chino y una mujer estadounidense que resultó ser solo la amante de paso del hombre.

Powell nunca conoció a su padre biológico y toda su infancia la pasó en las calles.

Al menos, eso era lo que Lucía sabía.

Powell no hablaba mucho de su pasado: —De acuerdo, veamos qué tenemos aquí —dijo el doctor mientras comenzaba a examinar a Jessica—.

Sí, una puñalada en su brazo izquierdo y algunas venas perforadas; por lo demás está bien —Powell sacó dos botellas de agua y comenzó a usar sus poderes para curarla.

Así es, Xing Powell era un usuario del elemento agua—.

Esto no tomará mucho.

Hizo que el agua envolviera el brazo de Jessica para comenzar a sanarla.

En poco tiempo, Powell había curado las venas dañadas y la piel de la chica.

Solo quedaba una pequeña cicatriz donde antes había una herida.

Al terminar, Powell llamó a Lucía al pasillo para poder hablar con ella.

—Mira, gracias por hacer esto —Powell solo sonrió de lado.

—Es mi trabajo, Johnson —dijo mientras se recostaba en la pared y se cruzaba de brazos—.

Dime, ¿qué harás ahora?

—Lucía se mantuvo en silencio unos segundos antes de responder.

—Eso es obvio, la sacaré de la ciudad antes de que los Iluminados la encuentren —la voz de Johnson era firme, pero su conexión parecía fluctuar entre el frío y el calor.

Es cierto que una conexión sirve para saber qué tipo de persona tienes delante, pero no todo es tan simple como blanco y negro o cálido y frío.

En realidad, las conexiones de un usuario pueden revelar sus intenciones en ese momento y su naturaleza.

Si tienes una conexión fría, entonces serás una persona peligrosa que solo busca su propio placer por encima de cualquier otra cosa.

Probablemente, disfrutarás de causar dolor y sufrimiento en los demás, serás sádico y desalmado por naturaleza, sin importarte lo que le pase a los demás.

Si eres una persona cálida, serás todo lo opuesto.

Te preocuparás por los demás y querrás darles hasta la ropa que llevas puesta con tal de ayudar.

Sin embargo, pese a lo simple que pueda parecer este concepto, hay matices.

En este momento, la conexión de Lucía era tibia.

Algo bastante común en los llamados Errantes.

Los Errantes son usuarios que no trabajan ni para los Iluminados ni para los Oscuros, prefiriendo vivir sus vidas sin preocuparse por la guerra entre las dos facciones.

No obstante, ver a una Oscura como Lucía Johnson presentando una conexión tibia solo podía significar una de dos cosas: tenía dudas respecto a su misión o estaba planeando traicionar a los Oscuros.

Powell quería saberlo y parece que era un poco de ambas cosas.

—Johnson, sabes bien que te apoyo en todo esto, por eso te daré un consejo —Lucía miró al doctor con curiosidad—.

Si de verdad te preocupa esa chica, entonces debes hacer lo mejor para ella —tras esas palabras, Powell comenzó a alejarse—.

Iré al bar a informarle a Gabriel lo que sucedió.

Llámanos si se presenta algo más —la mujer no pudo evitar reír.

—¿Desde cuándo tú das las órdenes aquí?

—Powell le devolvió una sonrisa antes de marcharse.

Lucía se quedó un momento en el lugar.

«”Lo mejor para Jessica”, ¿eh?» pensó mientras repetía las palabras de Powell en su cabeza.

Sí, ella quería a Jessica y la amaba como si fuera su propia hija.

¿Por qué?

Porque Lucía veía en esa chica lo que ella fue en el pasado: una niña indefensa a la que nadie ayudó.

Lucía venía de un orfanato, no sabía nada sobre su familia biológica; fue abandonada en un orfanato católico en Idaho cuando solo tenía tres años.

Sin embargo, lejos de lo que la gente pudiera pensar al ver a las monjas y a los curas del lugar, la vida en el interior era un completo suplicio.

Lucía perdió la cuenta de cuántas veces vio a un cura entrar a uno de los tantos cuartos que había en el lugar solo para después salir mientras aplanaba las arrugas de la sotana.

Algunas veces, Lucía estaba lo suficientemente cerca como para percibir un olor desagradable emanar de sus cuerpos luego de salir de la habitación, olor que podría identificar muy bien años más tarde.

Fue en ese orfanato, a la edad de 14 años, que descubrió algo nuevo sobre sí misma.

Había una chica en el orfanato, Rose, quien era un año mayor que Lucía.

Eran bastante cercanas, pasaban mucho tiempo juntas jugando cuando eran niñas y siguieron siendo cercanas cuando llegaron a la adolescencia.

Sin embargo, cuando Lucía recién cumplió los 15 años, Rose le regaló algo muy especial: su primer beso.

Lucía siempre supo que prefería estar con otras mujeres, desde muy temprano lo supo, pero en el orfanato esto era un pecado mortal.

Había historias de que a los niños que se declaraban abiertamente homosexuales dentro del orfanato, recibían una visita de la Madre Superiora y del sacerdote encargado del lugar, visitas en las cuales desaparecían por días y, cuando regresaban, no volvían a ser los mismos.

Lucía conocía perfectamente los riesgos, pero no le importó y le devolvió el beso a Rose; ese día iniciaron una relación secreta, la cual permaneció así durante cuatro meses.

Al quinto mes, Lucía recibió una visita de la Madre Superiora y el sacerdote, el Padre Barnes, quienes le pidieron acompañarla.

Lucía sabía exactamente lo que pasaba.

Sin decir nada más, Lucía dejó lo que estaba haciendo y los acompañó a un lugar apartado del orfanato; ahí se encontraban Rose y Lenny, un joven de 13 años, amigo de ambas, que las miraba con una expresión culpable en los ojos.

—Gracias por avisarnos, Lenny, puedes irte —las palabras del sacerdote dejaban muy claro lo que había pasado.

Lenny las delató; él era uno de los pocos que conocía el secreto de Lucía y Rose, y había soltado la lengua.

Lucía estaba tan impactada que no pudo reaccionar.

No fue hasta que las monjas y los curas empezaron a desvestirla que finalmente recobró el control sobre su cuerpo, pero era tarde.

Pasaron tres días encerradas en ese cuarto, apenas las alimentaban y todos los días la rutina se repetía.

Por las mañanas y las tardes las azotaban y por las noches abusaban de ellas hasta estar satisfechos.

Al final de cada noche les preguntaban: “¿Se arrepienten de sus pecados?

¿Entienden que lo que hacen es antinatural?”.

No obstante, ni Lucía ni Rose, a pesar de estar maltratadas, cedieron ante los abusos.

Sin embargo, todo cambió la noche del cuarto día.

Esa noche volvieron a preguntarles lo mismo, solo que esta vez tuvieron una respuesta de parte de Rose.

—¿Creen que haciendo esto son dignos de Dios?

—preguntó Rose—.

Ustedes solo son un montón de cobardes que nos golpean y abusan solo porque jamás los vamos a desear —aquellas palabras enfurecieron al Padre Barnes, quien procedió a sacar una daga de su bolsillo—.

Parece que tenía razón.

Barnes apuñaló tres veces en el pecho a Rose, todo mientras Lucía observaba la situación sin poder hacer nada, ya que las monjas la estaban reteniendo.

Cuando finalmente la soltaron y pudo ir con Rose, no pudo contener el llanto.

Lloraba a mares mientras el cuerpo sin vida de Rose yacía muerto ante ella.

—¿Ahora entiendes las consecuencias de un pecado tan repugnante como el tuyo, Lucía?

La pregunta del Padre Barnes solo obtuvo una respuesta: un grito desgarrador, seguido de una ola de destellos y relámpagos.

Lucía había despertado sus poderes y, para mala suerte de Barnes y los demás, había sido cerca de un enchufe.

El despertar de Lucía provocó una gran explosión eléctrica que incendió todo el lugar, matando a la Madre Superiora, a las monjas y a los curas del lugar.

El Padre Barnes sobrevivió por muy poco, perdiendo un brazo y un ojo, a la vez que sufrió quemaduras de segundo grado en el lado derecho de su cara, quedando gravemente desfigurado.

Lucía escapó del orfanato aquel día.

—¿Dónde estoy?

—la voz de Jessica sacó a Lucía de sus pensamientos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo