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Saga Elementos - Capítulo 37

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  4. Capítulo 37 - 37 Erupción Volcánica
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37: Erupción Volcánica 37: Erupción Volcánica —¿Dónde demonios podrán estar?

—se preguntaba Amy; la joven se notaba muy frustrada.

Amelia entendía perfectamente a Amy; la situación se había complicado más de lo que esperaban.

Habían llegado a la casa de Lucía Johnson esperando encontrarla, pero se llevaron una sorpresa.

No solo no estaba allí, sino que los Iluminados que habían sido enviados a vigilar la casa dijeron que nadie había entrado o salido de la casa ese día.

Amelia tenía un mal presentimiento, por lo que entraron a la casa con mucha cautela y se encontraron con algo muy extraño.

Toda la casa estaba decorada de forma minimalista.

Los muebles, las plantas, todo era de ese estilo.

Muy organizado y limpio.

Al explorar la casa, notaron que Lucía no vivía ahí.

¿Cómo llegaron a esa conclusión?

Bueno, porque no había ningún artículo en la casa que pareciera pertenecer a una mujer.

Ni maquillaje, ni ropa, ni siquiera toallas sanitarias.

No había nada.

Por el contrario, toda la ropa en el armario y los cajones era de un hombre.

Fue entonces que Amelia ideó una teoría.

—Esta debe ser la casa de uno de sus amigos —concluyó Amelia—.

Solo piénsenlo: no pueden falsificar la dirección de su casa, pero tener una casa no significa que vivas en ella.

—¿Dices que uno de sus compañeros vive aquí, mientras ella vive en la casa de él?

—preguntó Laura; Amelia asintió en respuesta—.

Debo admitir que es ingenioso.

Sin embargo, la pregunta seguía en el aire: ¿Dónde estaba Jessica?

No lo sabían y eso era muy frustrante.

Salieron de la casa y se reunieron con el resto del equipo.

Amelia les ordenó dispersarse para abarcar el máximo terreno posible.

Necesitaban encontrar a Jessica lo antes posible.

No podían arriesgarse a que sus poderes despertaran en un lugar poblado.

Mientras estaban en el auto, Amelia comenzó a reflexionar en algo que la había estado molestando desde hace un tiempo: la actitud de Lucía.

No la conocía mucho, pero podía intentar especular sobre sus motivaciones, llegando a la conclusión de que esa mujer, a su manera, actuaba para proteger a Jessica.

Esto podía decirlo por varias razones, primero por su cercanía.

Eran tan cercanas como para que Jessica conociera la dirección de la casa de Lucía, su verdadera dirección.

Además, Lucía tuvo la oportunidad de matar a Jessica, pero no lo hizo.

Cuando examinaron las calles derrumbadas aquella noche, notaron que el lugar donde estaba posada la casa de Jessica había sufrido menos daños en comparación con el resto de casas que también se encontraban en las esquinas de la cuadra.

Esto indicaba que había varios usuarios de elemento fuego en las alcantarillas que se encargaban de desviar la llamarada y evitar que la casa de Jessica colapsara como las demás.

Claro, podrían haber querido evitar que Jessica muriera esa noche, pero no tendría ningún sentido considerando la importancia que tienen los Elementales para ambas facciones.

Desde un punto de vista estratégico, los Iluminados ya tenían a dos Elementales, Amelia y Maxwell, por lo que dejarlos hacerse con otro Elemental más era como darle un arma cargada a tu enemigo.

Era preferible dejar morir a Jessica que mantenerla viva, pero eso no pasó.

Amelia suspiró, mientras miraba al exterior por la ventana de la camioneta.

«Tal vez le estoy dando demasiadas vueltas a esto», pensó mientras sacaba su teléfono para enviarle un mensaje al detective Taylor, pidiéndole que buscara algunas cosas en la residencia Anderson.

Justo después de enviar el mensaje, su peor temor se hizo realidad.

***** Lucía llegó a donde estaba Jessica.

La joven luchaba contra sus ataduras, buscando liberarse, pero su lucha cesó cuando sus ojos se posaron en Lucía con un atisbo de esperanza.

La mujer, quien luchaba para no verse afectada por la mirada suplicante de la chica, se acercó a Jessica, quien no perdió el tiempo en hablarle.

—¡Lucía!

¿Qué pasó?

—preguntó, pero no obtuvo respuesta—.

Por favor, desátame —Jessica seguía sin obtener respuesta—.

¿Lucía?

—la mujer suspiró.

—Lo lamento, Jessica, pero me temo que no puedo desatarte —Jessica sintió como su sangre se congelaba.

—¿Qué?

—Todo lo que viste esta noche fue real —continuó Lucía—.

En este mundo hay gente con poderes extraordinarios, personas capaces de controlar los elementos naturales a su antojo —para demostrar su punto, Lucía envolvió su cuerpo en electricidad.

Jessica se estremeció al notar esto—.

Mis superiores querrán verte y probablemente sea lo mejor.

Cuando termine tu despertar, podremos irnos —Lucía se dio la vuelta y se dispuso a salir de la habitación.

—¡Lucía!

¡Por favor!

—sollozó Jessica; su cuerpo y mente estaban al límite.

—Lo lamento en verdad, Jess —Lucía se detuvo en la puerta—.

Créeme, esto me duele, pero es lo mejor.

Lucía se fue y Jessica sintió que su mundo entero colapsaba a su alrededor.

Comenzó a llorar y a patear la mesa, buscando liberarse desesperadamente, pero no lo consiguió.

Lucía estaba afuera escuchando todo y no pudo evitar soltar una lágrima.

Sabía que esto era necesario, pero le dolía tener que hacerlo.

Jessica se sentía totalmente devastada.

Ahora sí estaba sola, sin su hermano, sin amigos y sin la única persona que, durante seis años, fue una madre para ella.

Jessica amaba a Lucía como si fuera su verdadera madre, la quería y pensaba que era mutuo, por eso no podía entender por qué Lucía la había traicionado.

Jessica comenzó a gritar y llorar; su cuerpo temblaba mientras luchaba por liberarse, pero nada funcionaba.

En medio de toda esta situación, Jessica solo tenía una pregunta.

—¡¿POR QUÉ?!

De la nada, sin previo aviso y en un parpadeo, Jessica sintió que sus pies estaban tocando suelo firme.

Bueno, más o menos.

En realidad, lo que la chica estaba sintiendo era la arena entre sus pies descalzos.

Su cuerpo estaba totalmente desatado y ahora se hallaba parada en aquella maldita costa.

Delante de ella se alzaba aquel enorme volcán que, desde su cima, soltaba más humo que antes.

En visitas previas, solo podía ver un pequeño hilo de humo saliendo de la cima del volcán, pero ahora era una humareda que cubría todo el agujero de la montaña y subía hacia el cielo con furia y velocidad.

Jessica, ahora estaba convencida de que todo aquello no era un sueño, pero no le importaba, solo quería una cosa.

Cayó de rodillas y comenzó a golpear la arena y a tirarla hacia atrás mientras lloraba y gritaba.

—¡POR FAVOR!

¡MÁTENME YA!

Jessica no quería sufrir más, solo quería que aquella maldita pesadilla terminara de una vez por todas.

Sin embargo, la pesadilla no podía terminar, porque no estaba soñando; esa era la realidad, su realidad.

Su madre la quería muerta, todos la odiaban y había personas superpoderosas buscándola con propósitos desconocidos.

Jessica no podía más; para este punto, ella solo quería morir y terminar con todo.

De la nada, sintió que el nivel del agua subía; la marea era cada vez más alta, por lo que se vio obligada a ir a tierra firme.

Un sismo comenzó a sacudir la tierra, pero había algo muy raro en todo aquello.

Jessica podía sentir el calor que se acumulaba en el volcán y, finalmente… una gran explosión sacudió toda la tierra.

Jessica no pudo mantener el equilibrio y cayó al suelo con el trasero.

Sus ojos se enfocaron directamente en aquel volcán.

La lava caía por los laterales de la montaña y creaba caminos y surcos que parecían venas llenas de sangre ardiente.

El magma se movía con una gran velocidad y parecía dirigirse directamente hacia ella.

Jessica podía verlo.

La lava se movía y serpenteaba de una forma antinatural.

El sonido de la lava era como un rugido profundo y constante, como un río de fuego.

A medida que la lava avanzaba, se escuchaban crujidos y chisporroteos, como si el suelo se estuviera desgarrando.

Al llegar a la base de la montaña y encontrarse con la hierba, el sonido se intensifica en un siseo violento.

En cuanto a su apariencia, la lava es un río incandescente de color rojo anaranjado, con tonos amarillos y blancos en las zonas más calientes.

A medida que avanza, va dejando tras de sí un rastro de destrucción, líneas de fuego y ceniza que se dirigen directamente a Jessica.

Parecía tener conciencia propia.

La joven quería escapar.

Sí, quería morir, pero prefería hacerlo de una forma indolora.

Sin embargo, antes de llegar a sus pies para quemarlos, la lava comenzó a rodear a Jessica formando un círculo perfecto alrededor de sus pies.

Las otras líneas de fuego que había se dirigieron directamente hacia ella y se conectaron al primer círculo.

El magma brillaba de forma pulsante; parecían los latidos de un corazón.

Jessica sintió una sensación familiar, una conexión profunda y antigua con el fuego.

De repente, escuchó algo, un eco bastante fuerte.

Al levantar la vista, encontró las enormes garras de un ave de presa.

Similares a las garras de un águila, grandes y afiladas, con tres dedos hacia delante, cada dedo terminando en una punta.

La silueta de una enorme ave se alzaba en el borde del volcán, pero estaba totalmente cubierta por el humo.

Sin embargo, Jessica podía distinguir que se trataba de un ave.

Sus ojos verdes y brillantes se asomaban entre el humo y parecían mirarla.

De la nada, esta ave extendió sus alas y soltó un chillido prolongado que sonaba como el grito de un águila, pero elevado a una intensidad sobrenatural.

Jessica tuvo que cubrirse los oídos para evitar dañar sus tímpanos.

La criatura batió sus alas y levantó vuelo, elevándose al cielo entre una enorme nube de humo negro.

Cuando alcanzó su punto más alto, cayó en picada sobre el lateral de la montaña y se dirigió directamente hacia Jessica.

La joven levantó los brazos para tratar de protegerse, aunque sabía que aquello era completamente inútil; sus brazos finos y delgados no podrían protegerla del ataque de semejante bestia.

La criatura se detuvo a solo unos centímetros de la chica.

Si antes la criatura parecía mirarla, ahora no había duda de que Jessica era el objetivo de aquellos ojos verdes.

La expresión de aquellos ojos cambió, se endureció; el ave enderezó su postura, se irguió en sus dos patas, abrió las alas y lanzó un potente grito al cielo.

De nuevo, aquel sonido, parecido al grito de un águila, llenó el aire, pero, en esta ocasión, las líneas de fuego y lava brillaron con mucha más intensidad.

Jessica podía sentir cómo el calor aumentaba, pero era muy extraño; por más que sentía la temperatura aumentar, su cuerpo no sudaba ni se quemaba como debería ser normal; parecía que no era afectado por la temperatura infernal que la rodeaba.

La lava aumentó su intensidad y se formó una burbuja en el círculo alrededor de sus pies.

Cuando la burbuja explotó, mandó una gota de magma que salpicó el brazo derecho de Jessica en la zona del hombro.

La joven pelirroja comenzó a palmear la zona buscando quitarse el magma de su cuerpo, pero se detuvo al notar que no se estaba quemando.

—¿Qué…?

Jessica notó que ahora tenía una marca en su piel, pero no pudo verla bien porque un enorme destello encandiló sus ojos.

Giró la cabeza justo a tiempo para ver cómo el humo negro se quemaba en una enorme nube de fuego que después envolvió el cuerpo de la criatura y, al disiparse un poco, reveló su verdadera forma.

Una enorme ave, con un hermoso y suave plumaje naranja, con áreas más oscuras de color rojo y algunas más claras de color amarillo y blanco.

Su cabeza tenía un patrón de plumas rojizas y naranjas que le daban un aspecto majestuoso e imponente, el cual era resaltado por aquellos ojos verdes.

Su cola era larga y parecía estar compuesta por una combinación de plumas y llamas abrazadoras.

—Este es… —comenzó a decir Jessica; apenas tenía aliento para hablar—.

¡El Fénix!

El ave dejó de gritar y se encogió, cerrando sus alas y escondiendo la cabeza entre las mismas, como si se estuviera dando un abrazo a sí mismo antes de irse a dormir.

El fuego se avivó y envolvió a la criatura en un torbellino ardiente.

En pocos segundos, el vórtice se fue encogiendo poco a poco hasta alcanzar un tamaño de 180 centímetros de altura.

Una nube de humo negro se asomó entre las llamas y finalmente se disipó, revelando la figura de un hombre adulto de unos 34 años, quien estaba bostezando mientras estiraba sus brazos y hacía tronar su espalda; lágrimas de pereza se asomaron del borde de sus ojos.

—¡Tremenda siesta!

No había dormido así de bien en más de trescientos años —dijo el hombre.

—¿Ah?

—Jessica no entendía nada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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