Saga Elementos - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 Cuando la Oscuridad Respira Calor
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39: Cuando la Oscuridad Respira Calor 39: Cuando la Oscuridad Respira Calor —Y… ese es el resumen —terminó de explicar Amelia.
Durante los últimos 10 minutos, Amelia, Matthew, Laura y Amy se sentaron con Elizabeth en el comedor del hotel para explicarle con lujo de detalles lo sucedido con Lucía, el despertar de Jessica y la emboscada de Alfonso y sus compañeros.
Amelia también aprovechó para contarle sus dudas sobre Lucía.
Elizabeth bebió un sorbo de café mientras suspiraba.
—Sí, entiendo y comparto tus dudas, Amelia —declaró Elizabeth, lo que sorprendió a Amelia; no esperaba que la tomaran en serio—.
Me parece muy extraño que no hayan aprovechado la oportunidad de matar a Jessica cuando pudieron.
Además, la chica no presenta signos de heridas recientes más allá de la cicatriz de su brazo izquierdo causada por la puñalada que su madre le dio.
—¿Qué insinúas, Eli?
¿Qué Johnson cambiará de bando?
—preguntó Matthew en un tono algo fuerte.
—No lo sé, amigo.
Lo que sí sé es que sigue por ahí y no tenemos idea de lo que hará ahora —Elizabeth dejó su café a un lado—.
Por ahora, lo mejor será ir a descansar.
Mañana tendremos un día muy ajetreado.
—Sí, es verdad —convino Amelia.
La mañana siguiente sería decisiva; tendrían que decirles la verdad a los hermanos Anderson y nadie sabía cómo iban a reaccionar al enterarse del tremendo embrollo en el que estaban metidos.
***** En el bar al norte de la ciudad.
Apareció una figura maciza y encapuchada.
Sus hombros eran anchos y sus brazos eran fuertes.
Medía aproximadamente 178 centímetros de alto.
Cargaba una mochila de viaje en la espalda, la cual parecía estar cargada al máximo.
La figura entró al bar donde estaban varios hombres y mujeres murmurando sobre los sucesos recientes.
Su charla se detuvo al ver a la figura; nadie sabía quién era.
Un valiente se levantó y encaró a la figura encapuchada.
—Oye, amigo, este lugar está cerrado.
Este es un evento privado, así que… —la figura ignoró al valiente y siguió caminando.
El valiente se irritó—.
¡Oye!
Te he dicho… —el valiente dejó de hablar cuando su mano tocó algo suave, pero firme.
El valiente había levantado la mano para ponerla en el pecho de la figura con el fin de detenerla, pero aquella sensación era diferente de lo que esperaba.
Lo que estaba tocando era suave, pero muy firme.
Duro y blando a la vez.
Solo había una cosa que estaba en el cuerpo y que tuviera ese tacto: los pechos de una mujer.
El valiente levantó la mirada, incrédulo, solo para recibir un potente derechazo que lo envió contra la barra donde estaba el cantinero.
El valiente quedó inconsciente al instante.
La figura se acercó y se inclinó sobre la barra; nadie se atrevió a acercarse a buscar pelea.
Aquella figura desprendía una conexión fría que solo era comparable con la de su líder.
Buscar pelea con esa persona sería un suicidio.
La figura encapuchada habló, dirigiéndose al cantinero.
—Estoy buscando a Lucía —la voz de la figura sonaba algo rasposa, pero estaba claro que era la voz de una mujer, cosa que impactó a todos los presentes.
Por el tamaño de aquella persona, nadie imaginó que fuera una mujer.
—En la parte de atrás —dijo el cantinero.
Todos sabían que, si alguien preguntaba por Lucía, era o un tonto que buscaba desafiarla, o alguien que quería hablar con ella.
En cualquier caso, Lucía podía encargarse de cualquiera de estos dos asuntos, matando a quienes la molestaran y atendiendo a quienes valían la pena.
La mujer misteriosa se retiró de la barra y fue a la parte trasera del bar.
No tardó en escuchar gritos, gemidos y gruñidos provenientes del cuarto; eran de Lucía.
La mujer estaba siendo operada por el doctor Powell, quien mantenía una burbuja de agua en el área donde Lucía había sido atravesada por la barra de hierro, todo mientras luchaba para no retorcerse de dolor.
De repente, se escuchó como alguien tocaba la puerta del quirófano improvisado.
Gabriel, quien se hallaba presente, fue a atender.
—¡Les dije que no molestaran, montón de…!
—dejó su insulto a medias cuando vio de quién se trataba.
No pudo evitar esbozar una sonrisa—.
Adelante, pasa —el cambio de actitud llamó la atención de Powell.
—¿Quién es?
—preguntó mientras continuaba reparando el cuerpo de Lucía.
—Algo mejor que un par de analgésicos baratos.
Al principio, ni Powell ni Lucía entendían de qué estaba hablando Gabriel, hasta que voltearon la mirada para encontrarse con la mujer misteriosa que estaba quitándose la capucha.
Powell esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
Lucía, de un momento a otro, dejó de sentir dolor.
—¡Hola, Martha!
Te daría un abrazo, pero, como puedes ver, estoy ocupado con tu chica —bromeó el doctor.
—Eso veo —Martha dedicó una mirada pícara a Lucía, tomó una silla y se sentó frente a ella—.
Más te vale no dejarle ni una sola cicatriz, Xing —advirtió Martha en un tono jovial mientras miraba a Lucía—.
Parece que la vida aquí te trata bien —Lucía no pudo evitar reír.
—No me quejo —Martha sonrió un poco más.
—¿Ella te hizo eso?
—la pregunta de Martha era más de curiosidad que de preocupación.
—No, fue su despertar —aclaró Lucía.
—La explosión mandó a volar una varilla y se clavó en su hombro —explicó Gabriel.
—Ya veo —la expresión de Martha era relajada.
Por supuesto que Lucía le contó a Martha sobre Jessica.
La mujer sabía perfectamente que Lucía y Jessica tenían una relación muy especial.
Por eso, se apresuró a terminar su misión para llegar a Kansas City y poder reunirse con Lucía y ayudarla.
Sin embargo, había llegado un poco tarde.
—Parece que esa chica es bastante salvaje —bromeó la mujer.
—Sí, un poco —ambas rieron.
—¡Terminé!
—anunció el doctor Powell.
Lucía se levantó, cubriendo sus pechos con una manta, mientras movía su hombro y chequeaba que todo estuviera bien.
Powell desechó el agua que había usado en la cirugía; ahora era inservible.
Al sentarse en la mesa de operaciones improvisada, Martha se levantó y puso su dedo en el mentón de Lucía, levantando su vista y obligándola a mirarla.
Estaban tan metidas en su burbuja, que se olvidaron de la presencia de Gabriel y Xing, quienes veían todo desde un rincón.
—Pasé seis años esperando para volver a ver este rostro —Lucía sonrió antes de levantarse y robarle un beso apasionado a Martha.
Sí, Lucía y Martha eran pareja y ni siquiera se molestaban en disimular.
Ver a dos Oscuros en una relación estable, funcional y monógama era casi imposible.
Era más probable encontrar siete millones de dólares tirados en la calle que ver a dos Oscuros en un noviazgo.
Más improbable aún era ver que la relación era saludable, que ninguno engañaba al otro y que ambas partes sentían un cariño genuino por la otra.
La mayoría de los miembros de La Orden de las Sombras preferían tener aventuras de una sola noche, noviazgos cortos o una relación de “amigos con beneficios”; esto se debía a que la gran mayoría prefería enfocarse en sí mismos para avanzar y obtener más poder, utilizando a otras personas en el proceso.
Sin embargo, Lucía y Martha eran un caso muy especial.
Ellas se conocieron en sus primeros años como reclutas de la Orden.
Al principio, empezaron como rivales, pero poco a poco se convirtieron en amigas y, más adelante, en amantes.
La pareja llamó la atención de más de uno, pero ambas eran tan poderosas que nadie se atrevía a molestarlas.
No solo Lucía era una mujer letal en combate; Martha también era un monstruo en las peleas.
Usuaria del elemento tierra, era conocida por cubrir partes de su cuerpo con rocas y luchar de cerca contra sus enemigos, abrumándolos y aplastando sus cuerpos sin que los pobres desgraciados tuvieran oportunidad de tocarla.
Al igual que su novia, Lucía, Martha también tenía su propio apodo: El Yunque.
Sobrenombre que se le dio porque sus víctimas terminaban aplastadas, como si les hubiera caído un yunque encima de sus cuerpos, especialmente sus cabezas.
Lucía se separó de Martha y sintió aquella mirada que tanto había echado en falta: una mirada de deseo, hambre y lujuria.
Las manos de Martha se movían tentativamente a su cadera, explorando su espalda como si fuera la primera vez que la tocaba.
Estaba claro que ambas necesitaban un rato a solas, quizás toda la noche, para… ponerse al corriente.
Gabriel y el doctor Powell se miraron con complicidad; sabían muy bien cómo terminarían las cosas esa noche.
Lucía se dio la vuelta y tomó su sostén y camisa para volver a vestirse.
Tomó la mano de Martha y se dirigió a Gabriel.
—No quiero que me molesten esta noche —le dijo—.
Martha y yo tenemos mucho de qué hablar —Gabriel levantó una ceja.
—De acuerdo —Powell no pudo evitar reírse—.
Nos vemos mañana.
—Lucía caminó y se paró al lado de Gabriel.
—Asegúrate de que no puedan salir de la ciudad —le dijo a Gabriel en un tono repentinamente serio.
—Ya me encargué de eso —Lucía asintió, agradecida con su segundo al mando.
Lucía se marchó con Martha y regresó a su hogar.
No había señales de los Iluminados, lo que la hizo sonreír.
«Fue buena idea cambiar de casa con Xing», se felicitó a sí misma.
Había anticipado un escenario donde los Iluminados la descubrirían e irían a su casa por la noche, por lo que intercambió su vivienda con el doctor Powell para poder despistar a sus enemigos.
Al llegar a la casa, y nada más entrar, Martha se lanzó sobre Lucía y la llevó al cuarto entre besos y tumbos, mientras la ropa de ambas era dejada de lado.
Ambas sentían que las prendas estaban en llamas y buscaban apagar ese fuego cuanto antes.
Al llegar al cuarto, Martha empujó a Lucía en la cama y se puso sobre ella, dispuesta a disfrutar esa noche tanto como pudiera.
Lucía no estaba diferente y no podía dejar acariciar a Martha.
Los dedos de Lucía, temblorosos pero decididos, se deslizaron por los hombros de Martha, bajando lentamente por sus brazos hasta detenerse en su espalda.
Notó que Martha tenía algunas cicatrices nuevas.
Lucía no pudo evitar reír, preguntándose cómo habrían quedado los pobres diablos que se atrevieron a desafiar a su chica.
La textura de su piel era cálida, firme, con las líneas de sus músculos marcadas bajo las yemas de sus dedos, una mezcla perfecta entre poder y ternura.
Esos músculos eran suyos, al igual que Martha.
La amaba y, aunque no era posesiva, no estaba dispuesta a permitir que Martha se alejara de ella.
Esa noche, Martha era suya.
Martha se inclinó más cerca, y el contraste entre su fuerza física y la delicadeza con la que la tocaba desarmó por completo a Lucía.
Había algo profundo y apasionado en el modo en que sus cuerpos encajaban, como si hubieran nacido para esto, para estar juntas.
Cada roce de sus manos, cada susurro entrecortado, hablaba de años perdidos y palabras no dichas en mucho tiempo.
Finalmente, volvían a estar juntas.
Poco a poco, la boca de Martha fue bajando más, dispuesta a desnudar a Lucía y recordarle que, así como Martha le pertenecía a Lucía, Lucía le pertenecía a Martha.
***** Eran las 2:00 AM en el hospital Saint Luke’s.
Afuera del recinto, se podía ver a un doctor, comiendo una bolsa de frituras mientras esperaba a la persona que había citado esa noche; tardó mucho en llegar.
Un hombre hispano que rondaba los cuarenta se acercó al doctor a paso resuelto.
Envueltos en la oscuridad, el doctor habló.
—Llegas tarde, Mousses —le dijo el doctor.
—Me costó salir de ahí, no todos tenemos una fachada civil, Powell —protestó Gabriel— ¿Y bien?
¿De qué querías hablar?
—Xing suspiró.
—Creo que sabes muy bien de qué se trata —Gabriel bajó la mirada—.
Lucía se está volviendo cálida.
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