Saga Elementos - Capítulo 40
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40: Un Salto de Fe 40: Un Salto de Fe Gabriel suspiró.
No estaba para nada sorprendido por aquella declaración.
En los últimos años, ambos hombres notaron cómo la conexión de Lucía se iba volviendo más y más cálida conforme pasaban los años.
La transición fue lenta, pero constante, y ambos hombres pudieron notarla.
—Esa niña le hizo bien a Lucía —Powell asintió al escuchar esas palabras—.
¿Cómo estaba cuando la viste?
—desde luego, Powell le había avisado a Gabriel sobre la llamada de Lucía.
—No era tan grave como parecía —afirmó el doctor, antes de suspirar—.
Por cierto, el jefe pidió un reporte de la situación —Gabriel suspiró.
—No me sorprende, ese idiota falló en matar a la chica después de todo —Powell convino mientras comía otra fritura.
—¿Has sabido algo de él?
—Gabriel negó con la cabeza.
Powell volvió a suspirar con cansancio—.
Hombre, Iván estaba furioso cuando me llamó.
—Sí, lamento eso, estaba ocupado cerrándole el paso a esa niña —explicó Gabriel—.
En fin, la única forma en la que podrán salir de aquí será abordando un avión en otra ciudad.
—¿Crees que Lucía sea capaz de matar a esa niña?
—la pregunta del doctor hizo que Gabriel se encogiera de hombros.
—Sinceramente, no lo creo —Powell se mostró ligeramente sorprendido—.
Esa mujer no es la misma persona de hace seis años.
—Cierto —reconoció el doctor mientras terminaba sus frituras—.
Bueno, debo volver, estoy de guardia.
—De acuerdo, adiós.
Y así finalizó la reunión de estos dos espías de La Orden de la Luz.
***** A la mañana siguiente, en el hotel de Elizabeth, había bastante movimiento.
Los Iluminados entraban y salían del edificio, recibiendo órdenes de a dónde ir y qué hacer en la ciudad.
Desde un reconocimiento en la preparatoria Maple Grove, hasta una exploración en Eastwood Hills, tratando de encontrar alguna pista sobre el paradero de los Oscuros y averiguar cuánto sabía la prensa exactamente.
Mientras tanto, en un almacén de suministros en la parte trasera del hotel, Matthew Simons había comenzado su rehabilitación.
Primero, recibía una inyección de Complejo B para fortalecer sus tendones y ligamentos, los cuales estaban delicados después de que Alfonso le dislocara el codo.
Luego, los sanadores le aplicaban un tratamiento de agua para reforzar sus huesos y músculos y, finalmente, realizaba ejercicios de estiramiento y de fuerza para recuperar la movilidad en su extremidad lesionada.
Una vez terminado, volvía a colocarse la codera ortopédica para limitar el movimiento de su brazo y seguir con su día.
Laura había ido a la empresa familiar para administrarla en lo que Matthew se recuperaba.
Amy, por su lado, se había quedado junto a Jordan a esperar que despertara, aunque parecía que el joven no abriría los ojos en un buen rato.
Amelia estaba en la misma situación que Amy; permanecía junto a Jessica, esperando a que Jessica recobrara la consciencia.
«Esto va para largo», pensó Amelia mientras se acomodaba en la silla y se disponía a jugar Clash of Clans en su teléfono.
La mañana transcurrió sin incidentes.
Sin embargo, fue en la tarde donde las cosas comenzaron a complicarse.
El teléfono de Amelia se había quedado sin batería y su estómago le estaba exigiendo comida.
Se levantó de su asiento y fue directamente al comedor para almorzar.
Mientras disfrutaba de un delicioso plato de ensalada de pollo, papas cocidas, bistec a la plancha y un vaso de limonada fría, un olor a ceniza, tabaco y colonia barata llegó a su nariz.
—¿Podrías ir a otro lado?
Trato de almorzar —dijo la joven peliblanca con fastidio.
El detective Taylor se sentó frente a ella.
—Niña, te ves horrible.
¿Has dormido bien últimamente?
—preguntó el hombre.
Debajo de los ojos de Amelia se podían apreciar unas bolsas bastante evidentes, a pesar de que la chica había usado algo de maquillaje para ocultarlas.
También se podía notar en su semblante cansado.
—Apuesto a que no viniste a verme solo para decirme eso —Amelia mandó a volar el cigarrillo del detective con una ráfaga de aire; el humo la estaba irritando demasiado—.
¿Qué quieres?
—el detective Taylor rodó los ojos.
—Vine a informarte acerca del estado de la madre de esos dos —de pronto, Amelia se interesó en lo que Malcolm tenía para contarle—.
Bueno, para empezar… —Malcolm se quedó a media frase al ver que todos estaban corriendo hacia adentro del edificio.
Amelia también lo notó.
—¿Qué sucede?
—preguntó la peliblanca mientras veía a la gente correr.
—¡Esa niña se subió al techo!
—le gritó uno mientras corrían al exterior a preparar todo por si “esa niña” decidía saltar.
—No me digas que… Amelia dejó su plato de comida y corrió al techo, abriéndose paso entre sus compañeros.
Corrió y corrió hasta que llegó a la azotea del edificio, encontrándose con Jessica.
***** Al despertar, lo primero que Jessica sintió era que no estaba en su cama.
Su cama no era suave, sus sábanas no se sentían tan cálidas, sus almohadas eran duras y faltaba lo más importante: el olor de su colchón pudriéndose por la mañana.
Al abrir los ojos se encontró con un techo que no era el de su habitación y estaba envuelta en unas sábanas que no eran las suyas.
Estas sábanas eran de un azul celeste y olían muy bien; estaban limpias.
Jessica se sentó en la cama tan rápido como pudo, notando rápidamente que seguía sin camisa; únicamente traía puesto su sostén, sus pantalones y calcetines.
Al bajar la mirada, encontró sus zapatos junto a otro par que no era suyo.
Su cabeza pulsaba en un dolor martillante que había desde el interior de su cráneo.
—¿Dónde estoy?
—preguntó para sí misma—.
¿Acaso… lo de anoche fue…?
Jessica seguía negándose a creer en todo lo que había vivido la noche anterior.
Sin embargo, al voltear a su brazo izquierdo, notó la cicatriz que le había dejado su madre cuando la apuñaló, pero… eso no tenía sentido.
«¿Por cuánto tiempo estuve inconsciente?», se preguntaba.
Era imposible que una herida de puñal como esa sanara en una noche.
Jessica vio un teléfono sobre un mueble junto a la cama.
Estaba conectado a la pared, por lo que asumió que estaba cargando.
Tomó el dispositivo y presionó el botón del costado.
Al instante, la pantalla se iluminó y le mostró el teléfono bloqueado por una contraseña, pero el reloj digital en el centro de la pantalla mostraba la fecha de ese día: 4 de abril.
Con todas estas pruebas, Jessica finalmente aceptó que lo vivido la noche anterior fue real.
La joven pelirroja se sentó mientras asimilaba la realidad.
Luego de tres minutos pudo empezar a profundizar más en el asunto.
Para empezar: sus heridas habían sanado en tiempo récord y había visto a Matthew usar sus poderes.
Por lo tanto, era muy posible que estas personas también tuvieran gente con el poder para sanarla.
Ahora, si lo ocurrido la noche anterior fue real, entonces Lucía estaba detrás de ella, persiguiéndola con motivos totalmente desconocidos.
Sin embargo, una parte de ella seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo.
Creía que todo podía ser una pesadilla de la que no podía despertar.
Jessica suspiró, necesitaba comprobar que todo aquello era real.
Al observar la habitación en la que estaba, se dio cuenta de que era la habitación de un hotel.
No era especialmente lujosa, pero tampoco era una pocilga.
Las paredes estaban pintadas de un color amarillo pálido y parecían tener una textura lisa.
Su cama era bastante grande; fácilmente podían dormir dos personas en ella.
A cada lado de la cama había dos mesitas de noche con lámparas de mesa y una jarra de agua con un vaso encima de cada una.
La ventana también era grande, con macetas y plantas que adornaban el marco.
Jessica también notó el televisor de cuarenta y dos pulgadas que había frente a la cama, el cual parecía ser un modelo Smart TV de la marca LG, los cuales no son precisamente baratos.
La joven se levantó, decidida, y se colocó los zapatos.
Estaba claro que no estaba en su casa.
Al mirar por la ventana no encontró nada; no reconocía el lugar en donde estaba.
Suspiró antes de moverse hacia la puerta.
Tomó la perilla y la giró; sorprendentemente, la puerta no estaba cerrada.
Jessica podía moverse libremente por todo el hotel.
Una vez confirmó que no era prisionera, tomó una bocanada de aire y abrió la puerta para encontrarse con un pasillo con otras cinco puertas a lo largo de él.
«Parece que sí estoy en un hotel después de todo», pensó la joven para sí misma.
Avanzó hacia el interior del hotel.
¿Por qué entrar en lugar de tratar de salir?
Porque podía escuchar el bullicio que había cerca de la puerta de entrada, tratar de salir por ahí no tendría caso.
Además, escapar no era su objetivo.
Subió unas escaleras que llevaban a la azotea del pequeño hotel y, en el camino, agarró una vieja lata de cerveza que encontró tirada en el suelo.
Una vez que llegó a la azotea, pudo confirmar que estaba en las afueras de la ciudad.
Se acercó al borde y logró divisar a dos hombres en el estacionamiento; charlaban y fumaban, pero no parecía ser una conversación agradable.
Jessica suspiró.
—De acuerdo, aquí vamos.
Lanzó la lata de cerveza y esta le cayó en la cabeza a uno de los hombres, el cual se agachó y se agarró la cabeza en el lugar donde recibió el golpe mientras gemía de dolor.
Desde luego, no estaba contento.
—¡¿QUIÉN LANZÓ ESO?!
—gritó furioso, pero al ver a Jessica en el techo pareció calmarse un poco.
—¿Esa no es…?
—preguntó uno de los hombres.
—¡Vayan al techo!
—ordenó el primero, el que recibió el golpe—.
¡Y preparen algo para atraparla en caso de que caiga!
El bullicio aumentó y, en pocos minutos, ya había personas hablando con Jessica para disuadirla de no saltar.
Desde luego, Jessica no los escuchaba, solo se aseguraba de mantenerse en el borde para asustarlos y que no se acercaran.
Pronto, una cara familiar apareció entre el grupo; Amelia llegó a la azotea y cuando sus ojos se encontraron con los de Jessica, supo que la pelirroja no quería suicidarse.
Aquel acto de subir al techo, fue solo para llamar su atención.
—Sabía que vendrías —dijo Jessica.
—Roja, ¿se puede saber qué haces?
—preguntó Amelia.
Jessica suspiró; parecía estar tomando valor para algo.
Jessica no quería quitarse la vida; su verdadero objetivo era averiguar si estas personas, sobre todo Amelia, tenían poderes.
Sí, ella estaba segura de que vio a Matthew usarlos la noche anterior, junto con las personas que atacaron a Amy y Amelia, pero quería estar totalmente segura.
Claro, podría preguntarle directamente a Amelia, pero ¿cómo podía estar segura de que le diría la verdad?
No lo podía asegurar.
Lucía, quien prácticamente fue su madre, le había ocultado sus poderes de rayo y sus intenciones por demasiado tiempo.
¿Quién le aseguraba que Amelia no lo haría también?
No podía saberlo y por eso necesitaba verlo con sus propios ojos.
La joven pelirroja sabía que la caída desde esa altura seguramente la mataría o, como mínimo, le rompería las piernas, pero estaba dispuesta a correr ese riesgo.
Todavía en silencio y sin responderle a Amelia, la joven pelirroja dio un paso atrás; casi como si estuvieran conectadas, la peliblanca también avanzó otro paso.
Cuando Jessica llegó al borde, la mirada de Amelia se relajó un poco; parecía haber descubierto que Jessica no quería saltar para morir, pero desconocía su propósito real.
Por eso, y ante la mirada atónita de todos, la joven pelirroja se dejó caer de espaldas.
Amelia acumuló aire en sus pies, saltó hasta el borde de la azotea y extendió las manos.
Jessica tuvo una sensación de vértigo mientras caía, pero esta se detuvo luego de solo un segundo.
Al abrir los ojos, se encontró con Amelia.
La peliblanca tenía los brazos extendidos y Jessica podía sentir cómo el viento azotaba su piel; era como estar recostada sobre un colchón de aire que la mantenía suspendida sobre el suelo.
Fue ahí que pudo confirmarlo todo.
—No más juegos —le dijo a Amelia—.
Quiero la verdad.
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