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Saga Elementos - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 Un Amargo Despertar
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41: Un Amargo Despertar 41: Un Amargo Despertar Amelia sentía una mezcla entre rabia y admiración hacia Jessica.

Por un lado, la admiraba por haberse lanzado de la azotea solo para confirmar la existencia de los usuarios.

«Seguramente dedujo que era demasiado importante para nosotros.

Sabía que no la dejaríamos morir», concluyó Amelia mientras usaba sus poderes para elevar a Jessica y devolverla a la azotea.

Una vez en suelo firme, Jessica se tomó un momento para recuperar el equilibrio y, nada más estabilizarse, recibió un fuerte golpe en el hombro por parte de Amelia.

La admiración venía acompañada por la rabia que la joven peliblanca sentía por las acciones imprudentes de Jessica.

—¡Argh!

¿Qué te pasa?

—¿Y todavía lo preguntas?

—Amelia tomó a Jessica de los hombros y comenzó a sacudirla; de haber traído puesta una camisa, la hubiera tomado por el cuello—.

¿Cómo se te ocurre saltar así?

—Vale, está bien, ya entendí —Jessica trataba de tranquilizar a Amelia.

Mientras tanto, los Iluminados en la azotea no pudieron evitar bromear al verlas.

—Oigan, váyanse a un cuarto si tienen ganas —dijo uno.

—¡Esperen!

¿A Amelia le gustan las chicas?

—cuestionó otro.

—El otro día dijo que le gustaban los chicos y las chicas —aclaró un tercero.

Amelia se detuvo y soltó a Jessica; sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas.

—Basta de tanta charla, volvamos adentro —Amelia ni siquiera esperó a que alguien replicara y arrastró a Jessica de vuelta al hotel.

Una vez adentro, llevó a Jessica al cuarto donde había despertado y la empujó contra la pared.

Se la notaba muy molesta y Jessica podía apreciar la fuerza que Amelia tenía.

Una nueva admiración hacia la peliblanca surgió en la joven Anderson.

Sabía que, en una pelea, Amelia la destrozaría.

—¿En qué pensabas?

—volvió a preguntar Amelia.

Sin embargo, Jessica no pudo responder porque ambas escucharon el sonido del estómago de la pelirroja.

Amelia suspiró.

Fue hasta su maleta y sacó una camisa blanca—.

Ten, ponte esto —le lanzó la prenda a Jessica—.

Vamos a comer algo mientras hablamos.

Amelia no había tenido oportunidad de terminar su almuerzo cuando Jessica subió al techo, pero no se quejaba; poder repetir un plato de esa ensalada de pollo era una oportunidad de oro para ella.

Fueron al comedor del hotel y Amelia ordenó lo mismo de antes, pero Jessica no sabía cómo ordenar.

Aquella era una situación totalmente nueva para ella; Lucía nunca la llevó a comer a ningún lugar, no por falta de dinero, más bien por falta de tiempo.

Siempre estaba ocupada en su trabajo y no podía llevar a Jessica a ninguna parte.

Ahora, Jessica sabía qué mantenía tan ocupada a la mujer.

La joven Anderson se quedó paralizada al ver el menú, sin saber qué hacer exactamente.

Decidió imitar lo que había visto en películas y series; terminó ordenando un vaso de jugo de uvas, un tazón de sopa de verduras, una gran porción de pasta, papas fritas y un trozo de pechuga.

La camarera anotó todo y fue a traerle a Jessica y Amelia su orden.

La peliblanca notó la actitud de Jessica y no pudo evitar sonreír; le hacía gracia ver a la pelirroja sin saber qué hacer.

«Será toda una fiera por fuera, pero por dentro solo es una niña», pensó mientras la observaba.

Jessica notó la mirada de Amelia: —¿Qué?

—Nada —Amelia levantó las manos—.

Solo me hace gracia que la chica más ruda de la preparatoria Maple Grove no sepa cómo ordenar en un restaurante —el rostro de Jessica se puso tan rojo como su cabello.

—¡Te voy a…!

—¿Pudiste confirmar lo que querías?

—la pregunta de la peliblanca detuvo a Jessica.

La joven Anderson suspiró.

—Sí, pero eso no significa que confíe en ti —Amelia se encogió de hombros ante la respuesta.

—No espero que seamos amigas, pero sí espero que me escuches.

—Antes de eso, necesito que me ayudes a buscar a mi hermano.

Me preocupa y… —Él está aquí —soltó Amelia; Jessica no podía creerlo—.

Anoche, entramos a tu casa y lo encontramos.

Tu madre lo apuñaló en el pecho, pero pudimos salvarlo —Jessica luchaba para no estallar en llanto.

—Quiero verlo —la voz de la joven se rompió por un momento.

—Y lo harás, pero antes… —la camarera trajo la orden de las chicas—.

Necesitas comer algo.

Jessica devoró todo lo que había en su plato.

No porque estuviera desesperada por ver a su hermano, en realidad moría de hambre.

Eran pocas las ocasiones en donde Jessica podía decir que estaba realmente satisfecha después de una comida y se podía confirmar fácilmente al ver su cuerpo.

Jessica y Amelia tenían prácticamente la misma edad; Amelia solo era mayor por unos meses, por lo que deberían tener una estatura similar, pero Jessica apenas medía 165 centímetros y no era porque su cuerpo no pudiera crecer más o porque sufriera enanismo o algo parecido.

En gran parte era debido a la falta de una dieta apropiada.

Al estar sin camisa, Amelia pudo ver que Jessica era demasiado delgada, no al punto de poder contar sus costillas, pero sí se notaba que no comía bien y su cuerpo no se había desarrollado como debería; era fácil saberlo con solo ver lo holgada que le quedaba la camisa de Amelia.

La única razón de que no estuviera en los huesos era Lucía, pues aquella mujer solía darle dinero a Jessica para que ella pudiera comprar un desayuno y un almuerzo todos los días.

Ahora, Jessica devoró su almuerzo no una, sino dos veces, pues había ordenado otra porción de pechuga y pasta con más jugo de uvas.

Amelia notó cómo, de forma disimulada, pero evidente, el estómago de Jessica estaba ligeramente hinchado.

Sin embargo, la joven pelirroja tenía una expresión de alegría y relajación en su rostro; estaba claro que ya no podía comer más.

«¿Acaso nunca había comido hasta quedar satisfecha?», se preguntó Amelia asombrada.

Jessica suspiró, estaba totalmente llena.

—No puedo comer más —dijo la joven Anderson.

—Me sorprendería que pudieras —respondió Amelia con sarcasmo—.

Bueno, vamos —Amelia se levantó de su asiento—.

Quieres ver a tu hermano, ¿no?

Jessica sonrió y se levantó.

Caminó junto a Amelia por los pasillos del hotel hasta llegar a la habitación con el número 14.

Amelia abrió la puerta y lo primero que encontraron fue a Amy almorzando mientras veía una serie animada de peleas en el televisor de la habitación.

Amelia no la reconocía de nada, pero podía notar que la animación de la serie era en 3D en los combates y 2D en las escenas donde los personajes hablaban.

—¿Qué estás…?

—¿Ya llegaste a la parte donde Ohma se transforma?

—preguntó Jessica.

—No, pero falta poco —de pronto, en el televisor, se vio lo que parecía ser una explosión de viento de color rojo oscuro y uno de los personajes se levantó de la arena con la piel enrojecida—.

Ahí está.

—Esta es la mejor parte —apoyó Jessica, mientras Amelia las miraba a ambas sin poder entender nada—.

¿Qué?

—Nada, solo… —Amelia no sabía ni qué decir—.

¿Cómo se llama la serie?

—Kengan Ashura —le respondió Amy, puso en pausa el capítulo y miró a Jessica—.

Es bueno ver que ya estás despierta, Jessica.

—Gracias —la mirada de Jessica se posó en Jordan, quien seguía inconsciente—.

¿Cómo está?

—Amy suspiró.

—Sigue dormido, el doctor dijo que podría tardar en despertar, pero que no hay peligro de que muera.

Jessica se acercó por el costado y tomó a Jordan de la mano, apretó con fuerza y lo miró a la cara.

El dolor de ver a su hermano mayor en ese estado, hizo que una culpa enorme creciera en su interior.

¿Cómo había sucedido aquello?

¿Acaso Jordan quedó así por su culpa?

Preguntas de ese estilo surgieron en la mente de Jessica.

Una lágrima rodó por su mejilla; Jessica la limpió mientras trataba de ser fuerte.

Amy suspiró y dejó su almuerzo de lado.

Volteó a mirar a Jordan y pudo notar que su novio había cumplido su promesa de arreglar las cosas con Jessica y, a pesar de que solo habían convivido unos días, se podía notar la preocupación que Jordan expresaba hacia Jessica; era correspondida.

—Él te ama, ¿sabes?

—Jessica se volvió a ver a Amy—.

Le dolía tener que actuar como si no te conociera y se sentía atrapado.

No quería desobedecer a su madre, pero tampoco quería ser un idiota con su única hermana —Jessica rio al escuchar aquello.

—Ya se me hacía raro que de pronto quisiera acercarse a mí —dijo Jessica con una sonrisa—.

¿Te contó que le di una cachetada el día que me desmayé?

—Amy negó con la cabeza—.

Me sentía asustada, pensé: “Aléjate de él porque podría traer problemas” —Jessica suspiró—.

Al final, fui yo la que lo metió en problemas.

—Jessica, esto no fue tu culpa.

Fue de tu madre —Amy la tomó del hombro—.

Con todo respeto, tu madre está totalmente loca.

Estoy segura de que Jordan intentaba calmarla, pero ella perdió el control —Otra lágrima escapó de los ojos de Jessica.

—Espero que así haya sido.

—Me alegra ver que las dos se llevan bien —Jessica y Amy voltearon a la cama sin poder creerlo.

Jordan había despertado.

Sin pensarlo mucho, Jessica se lanzó a abrazarlo, mientras Amy lo miraba desde su asiento—.

Ven aquí, puedo abrazarlas a ambas.

Amy dio la vuelta a la cama y se recostó al lado de Jordan, envolviéndose en su abrazo.

Jordan respiró aliviado de saber que seguía vivo y podía abrazar a dos de las personas más importantes en su vida: su novia y su hermana.

No pudo resistir el impulso y le dio un beso en la cabeza a Jessica; estaba feliz de poder volver a verla.

Amy lo miró con una sonrisa.

—Te daría uno a ti también, pero creo que mi aliento no es precisamente el mejor —Amy se rio y besó a Jordan en la mejilla.

—Mejor prepárate, porque cuando te hayas lavado los dientes, juro que no te soltaré por una hora —Jordan sonrió al escuchar la promesa de Amy.

—Mucho cuidado con esas manos, muchacho —la voz de Matthew resonó en la habitación.

Jordan volteó a verlo.

—Ya déjalo en paz, Matt.

Tú tampoco eras un santo cuando tenías su edad —respondió Laura antes de mirar a Jordan—.

Nos alegra que hayas despertado, Jordan —Jessica y Amy se alejaron de Jordan para darle espacio.

—También me alegra seguir vivo, señora Simons —entonces alguien más entró a la habitación; Amelia lo reconoció por su olor.

—Y a mí, esto me facilitará las cosas, muchacho.

—¿No puedes esperar, Malcolm?

Acaba de… —Entre más esperemos, su memoria se irá distorsionando con el tiempo.

Es mejor hacerlo ahora que el recuerdo está fresco —interrumpió el detective Taylor a Elizabeth, quien entró detrás de él—.

Me presentó, chico.

Soy el detective Malcolm Taylor del Departamento de Policía de Kansas City, en Missouri.

Trabajo en la División de Homicidios y me encargo del condado de Jackson —el detective Taylor suspiró antes de continuar—.

Lamento informarte que tu hermano, John Anderson, ha muerto.

Malcolm le dio un momento al chico para que pudiera asimilar la información.

Jordan se puso pálido al escuchar aquellas palabras.

No podía creerlo.

Es cierto, John era una basura con Jessica, pero siempre fue bueno con Jordan.

No le guardaba rencor, a pesar de que claramente su madre lo prefería a él por sobre John.

Jordan trató de reprimir las lágrimas, pero en pocos segundos comenzaron a salir sin control.

Jordan comenzó a llorar frente a todos.

Obviamente, le dolía la muerte de su hermano.

Jessica, por otro lado, se sentía culpable.

Ella no podía llorar por la muerte de John.

Principalmente, porque aquel hombre siempre la trató como algo menos que un perro sarnoso.

La humillaba, insultaba y hasta golpeaba cada vez que tenía la oportunidad, todo mientras Ana festejaba y decía cosas como: “Eso es lo que mereces, maldito Demonio”.

Nunca tuvo un vínculo con John más allá de aquellos abusos.

Sin embargo, otra razón por la que Jessica no podía llorar, era porque fue ella la que había matado a John.

Claro, fue en defensa propia y no estaba orgullosa de haberlo hecho, pero Jessica tenía miedo de que Jordan, la única familia que le quedaba, la rechazara al enterarse de lo ocurrido.

—Yo… —Jessica habló, para sorpresa de Jordan—.

Sé que el señor Simons seguramente le contó todo, pero quisiera volver a explicar qué fue lo que pasó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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