Saga Elementos - Capítulo 42
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42: Familia Rota 42: Familia Rota El detective sacó su anotador y bolígrafo; estaba preparado para tomar la declaración de Jessica.
—Empieza cuando estés lista, niña —le dijo el hombre.
Jessica tomó aire antes de empezar a hablar.
—Cuando regresé a casa, luego de… —Jessica se detuvo un momento, quería escoger cuidadosamente sus palabras.
La situación era delicada y prefería revelar la información de lo ocurrido la noche anterior a Jordan con cuidado—.
Reunirme con Amelia —dijo finalmente—.
Noté que todo estaba oscuro; solo la luz de la cocina estaba encendida.
Mi madre y John me recibieron en la entrada; les dije que me había reunido con unas amigas, no me creyeron, traté de irme a mi cuarto, pero no me dejaron hacerlo.
—¿Fue entonces cuando te atacaron?
—preguntó Malcolm.
Jessica asintió.
—Sí, John se abalanzó sobre mí con un cuchillo y me derribó.
Hizo una oración que me dio escalofríos e iba a apuñalarme.
Entonces, recordé que tenía una navaja suiza en mi bolsillo.
La saqué y se la clavé en el cuello a John —Jordan no podía creer lo que estaba escuchando—.
Sé que pude haberlo apuñalado en el estómago o en la pierna, pero no pensé, solo… —Jessica se apretó el estómago mientras llevaba una mano a su boca, luchando para contener las náuseas; Amelia le puso la mano en el hombro—.
Solo quería que me soltara.
Jessica luchó para tranquilizarse.
Estaba claro que, pese a no sentir ningún tipo de afecto por John como hermano, tampoco sentía placer por haberlo matado.
El hecho es que Jessica vivirá con el peso de saber que le quitó la vida a alguien con sus propias manos, fuera su intención o no.
Sin embargo, Amelia sabía que era necesario que asimilara la idea.
Ya que ahora, muchas personas buscarían matarla, en especial su antigua maestra de matemáticas, Lucía Johnson, quien también la buscaba y nadie sabía cuáles eran sus intenciones.
«Tendremos que tratarla como a cualquier otro Oscuro», concluyó mientras consolaba a Jessica.
Malcolm Taylor, por su lado, confirmó lo que el forense le había dicho.
El reporte forense reveló que John Anderson había muerto por un shock hipovolémico, causado por una puñalada que había perforado la arteria carótida, lo que había provocado una hemorragia masiva que lo llevó a la muerte.
El detective había visto miles de escenas del crimen antes, había interrogado a muchas personas, tanto víctimas como victimarios.
Sabía reconocer cuando un victimario se hacía pasar por víctima y Jessica Anderson no era el caso.
La joven se veía muy afectada por la situación.
Además, John Anderson era un hombre de 108 kilogramos.
¿En qué situación, podría Jessica defenderse de alguien así?
El testimonio de Matthew y los Iluminados que vigilaban la casa esa noche también dejaba constancia de que Jessica entró y, en solo un minuto, volvió a salir luego de que se escucharan gritos desesperados viniendo de la residencia Anderson.
Malcolm concluyó que era más probable que Jessica hubiera matado a John en defensa propia que de forma premeditada.
Sin embargo, aún quedaba algo sin resolver.
—Niña, necesito que continúes —le dijo el detective—.
¿Qué pasó después de que John muriera?
—Jessica se recompuso lo suficiente para continuar.
—Luego de apuñalar a John, él cayó al suelo.
Me levanté y Ana… mi madre, me atacó.
Me apuñaló en el brazo y yo, tomé el cuchillo que John tenía y se lo clavé en el estómago.
Luego salí corriendo y no supe qué pasó con ella después —el detective corroboró rápidamente la información y después se volvió para mirar a Amelia.
—Todo concuerda, pero necesito saber qué pasó contigo —señaló a Jordan—.
Te apuñalaron en el pecho; estabas casi muerto cuando te encontramos.
¿Qué fue lo que sucedió?
Aunque todavía estaba digiriendo la muerte de su hermano mayor, Jordan tomó aliento para contar lo ocurrido esa noche.
***** No le gustaba para nada la idea de que Jessica saliera en medio de la noche con sus amigas.
Sin embargo, no se sentía con suficiente autoridad para detenerla.
Apenas habían comenzado a convivir juntos y a reconstruir su relación, por lo que Jordan sintió que tratar de imponerse sería demasiado.
La idea de acompañarla también cruzó su mente, pero tampoco quería sobrepasarse con ella; sentía que Jessica era la que debía invitarlo a salir a algún lugar.
«Esto es muy complicado», pensó el joven.
Jordan optó por ponerse sus audífonos y escuchar música, mientras jugaba en la Nintendo Switch que Amy le había prestado antes de que la calle se derrumbara.
El joven se encontraba en medio de una batalla muy difícil contra la líder de gimnasio Tulip y sus pokémon de tipo psíquico.
Ya había perdido tres veces y aquél era su cuarto intento.
Sin embargo, también perdió.
—Maldición —Jordan estaba muy frustrado por haber perdido en el juego—.
Esto es imposible —el chico escuchó que alguien tocaba a la puerta de su cuarto.
Al girar, se encontró con John.
El joven se quitó los audífonos y miró a su hermano—.
¿Qué pasa, John?
—Mamá nos necesita —el tono de John dejaba claro que era un asunto muy serio.
—De acuerdo, ya voy —Jordan apagó la consola y acompañó a John a la cocina.
Nada más asomarse, se encontró con una escena sacada de una película de terror.
Solo la luz de la cocina estaba encendida; podía distinguir un olor a incienso de jengibre y se escuchaba una emisora de radio religiosa en la que se encontraban rezando el rosario.
Su madre se encontraba orando.
Sus plegarias apenas eran susurros, pero Jordan podía distinguir algunas palabras; la frase que más se repetía era: “Dios, mi señor.
Que todo lo ves, todo lo sabes y todo lo puedes.
Por favor, danos fuerzas para cumplir tu voluntad y perdona nuestros pecados”.
Jordan sintió escalofríos al escuchar esas palabras, pero el terror comenzó a crecer dentro de él cuando vio los tres cuchillos que había perfectamente alineados en la mesa.
¿Por qué su madre estaba orando por fuerzas?
¿Para qué eran esos cuchillos?
Todo era muy extraño.
«¿Qué es lo que sucede?», se preguntaba el joven mientras su corazón no paraba de acelerarse.
Un sudor frío recorrió su nuca y bajó por su espalda.
Ana, al ver a su hijo menor, terminó la oración y encaró a sus muchachos.
La mujer estaba muy delgada, casi desnutrida, había manchas extrañas en su camisón de pijama y desprendía un hedor muy fuerte; estaba claro que la mujer no se había bañado en semanas.
Sus ojos estaban hundidos y tenían unas ojeras muy notorias; parecían bolsas de supermercado llenas hasta reventar.
Jordan tragó saliva, sabía que algo no estaba bien.
—Niños, el día de hoy seremos los guerreros de Dios —comenzó a decir la mujer—.
Cada uno debe tomar un cuchillo.
Vamos a mandar a ese asqueroso Demonio de vuelta al Infierno —Jordan sabía perfectamente lo que su madre quería decir.
Ana Anderson había perdido completamente la cordura.
Quería cometer filicidio, matar a su propia hija, y quería obligarlo a él y a John a participar.
La sangre de Jordan se congeló, no podía creerlo.
Él sabía que su madre no estaba bien, pero no esperaba que su locura y enfermedad llegaran tan lejos.
Jordan volteó a ver a John, esperando que su hermano mayor tuviera algo de conciencia y rechazara a su madre.
«No es que John se lleve bien con Jessica, pero dudo mucho que quiera matarla», pensó Jordan.
Sin embargo, John tomó el cuchillo sin titubear; ahí supo que tenía un problema muy grande entre manos.
Jordan sintió un sudor frío empapar su frente.
Sabía que tenía que avisarle a Jessica para que no volviera a la casa, ¿pero cómo?
Él no sabía en dónde estaba su hermana; para colmo, había dejado su teléfono cargando en su cuarto, lo que indicaba que no tardaría en llegar.
Por un momento, la idea de tomar el cuchillo y fingir estar de acuerdo con su madre cruzó su mente, pero rápidamente la dejó de lado.
—Jordan, hijo —el joven volteó a mirar a su madre—.
Toma el cuchillo —ordenó la mujer, pero Jordan no se movía.
Su madre no entendía nada—.
¿Qué pasa?
¿Acaso no quieres entrar al paraíso?
¿Quieres ir al infierno?
—esas preguntas hicieron que el cuerpo de Jordan empezara a temblar.
—Mamá —la mujer miró a Jordan, una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro—.
Estás enferma —la sonrisa en el rostro de la mujer se desvaneció—.
Ya no puedo más con esto.
¡No voy a ayudarte a matar a mi hermana!
Cuando Jordan levantó la voz, lo hizo con dos propósitos: hacer reaccionar a su madre y avisarle a cualquiera que estuviera afuera de la casa.
Tenía la esperanza de que alguien escuchara y llamara a la policía.
Sin embargo, nadie lo escuchó y muy en el fondo lo sabía.
Su única posibilidad era tratar de hacer reaccionar a su madre.
—Por favor, mamá.
Necesitas ayuda, baja el cuchillo para poder llamar a alguien y… —John le conectó un golpe al estómago a Jordan; el joven no lo vio venir.
Se hincó en el suelo tratando de recuperar el aire.
—¡No le hables así a mamá!
—le espetó John.
—Tranquilo, hijo —la voz de Ana sonaba extrañamente tranquila, no auguraba nada bueno—.
No es su culpa.
Fue ese Demonio.
Su influencia corrompió a tu hermano —Ana tomó el cuchillo y lo empuñó con firmeza—.
Tranquilo, Jordan.
Mamá, te salvará.
Jordan se levantó rápidamente, tiró una silla entre él y John, para después salir corriendo escaleras arriba.
La silla logró retrasar a su madre y hermano lo suficiente para permitirle llegar a su cuarto y cerrar la puerta con llave.
No tenía nada más para bloquear el paso y tampoco tiempo.
Necesitaba salir de ahí rápido.
Por suerte, la ventana de su cuarto daba al patio trasero de la casa, pero tendría que saltar desde el segundo piso para poder salir, acción que podría partirle las piernas.
Sin embargo, al escuchar a John tratando de tirar la puerta, supo que era mejor correr ese riesgo que enfrentarse a la alternativa.
El joven tomó su teléfono, abrió la ventana y se preparó para saltar, pero unos brazos grandes y gruesos lo sujetaron por la espalda justo cuando estaba tomando impulso.
Jordan luchó para liberarse del agarre de su hermano, pero no podía hacerlo.
Luchó y pateó tanto como pudo, pero no podía soltarse.
Su madre se acercó a él en un ritmo lento, pero constante.
Se detuvo a solo centímetros y lo tomó de la mejilla.
—Mamá, por favor, reacciona —suplicó el muchacho mientras comenzaba a llorar.
—Tranquilo, hijo.
Fuiste un niño muy bueno; Dios te tendrá en su gloria.
Justo después de esas palabras, la mujer apuñaló a Jordan en el pecho y comenzó a dibujar una cruz en el torso de su hijo.
El joven escupió sangre mientras sentía el frío helado del cuchillo perforar su piel, acompañado de un dolor penetrante y punzante.
La mujer sacó el cuchillo del pecho de su hijo y John lo soltó.
Jordan, ahora sin fuerzas, cayó al suelo mientras un charco de sangre comenzaba a formarse alrededor de él.
Lo último que vio, antes de desmayarse, fue a su madre y hermano salir de su habitación, cerrar la puerta con llave y dejarlo ahí para morir.
Sin embargo, lo último que sintió, fue rabia, ira e impotencia por no haber podido proteger a su hermana menor.
Sus párpados se hicieron cada vez más pesados, hasta que finalmente se desmayó por la pérdida de sangre.
Solo para ser encontrado por Amy y Amelia media hora más tarde.
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