Saga Elementos - Capítulo 51
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- Capítulo 51 - 51 Un Golpe de Viento y un Susurro del Pasado
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51: Un Golpe de Viento y un Susurro del Pasado 51: Un Golpe de Viento y un Susurro del Pasado Luego de ver los cuatro subniveles del hotel.
Jessica, Amelia, Laura y Amy regresaron a la planta baja para almorzar.
Laura ordenó el almuerzo de Jessica, asegurándose de que fuera una comida abundante en proteínas, vitaminas, minerales, carbohidratos y nutrientes para que la chica comenzara a ganar algo de peso y pudiera moldear su cuerpo y sus músculos con el entrenamiento.
Jordan regresó al hotel junto a Matthew y pasaron por el restaurante.
Al ver a su esposo, Laura sonrió.
—¿Cómo les fue, chicos?
—preguntó Laura.
Matthew miró a Jordan y le entregó la maleta que le había ayudado a llevar.
—Nos fue bien —respondió Matthew.
—Vengan, siéntense a comer con nosotras —Jordan negó con la cabeza.
—Perdón, señora Simons, pero iré a darme una ducha.
Almorzaré más tarde —el muchacho se fue a su habitación para asearse.
El almuerzo transcurrió con normalidad y, una vez terminó la comida, Amy volvió a la habitación y encontró la ropa que Jordan había utilizado durante los últimos dos días en una cesta.
La puerta del baño estaba abierta y podía escuchar el agua correr.
Amy sonrió, fue a su maleta a buscar algo y, cuando lo encontró, entró al baño.
Jordan se encontraba bajo el chorro de agua, disfrutando de la sensación del agua tibia bajando por su cuerpo.
—Sé que solo pasaron dos días, pero ¡qué bien se siente tomar un baño por fin!
—el joven de verdad necesitaba ducharse.
Tanto para limpiar su cuerpo, que también era prioridad para él, como para relajarse.
Con todas las cosas que habían pasado, la revelación de los usuarios, los Elementales, los Oscuros, los Iluminados y demás, se sentía bien poder relajarse un poco.
Estaba tan inmerso en sus propios pensamientos que no se dio cuenta de que tenía compañía, hasta que sintió unas manos acariciar su espalda.
Obviamente, se sobresaltó, pero al darse la vuelta encontró una imagen que le daría envidia a todos los chicos de su edad.
Amy… desnuda… en la ducha… con él.
La chica se acercó y le robó un beso.
Desde luego, el calor subió por su cuerpo y levantó a su “amiguito”.
—Hola —le dijo Jordan.
—Hola —Amy se pegó más a él y comenzó a besarlo en el cuello mientras sus manos recorrían toda su espalda con necesidad.
Jordan se apartó de ella.
—Espera —le dijo—.
No tengo… —Jordan dejó de hablar al ver el sobre que Amy estaba sosteniendo.
Nada más verlo, su miedo se disipó—.
Olvídalo, no dije nada.
Esta vez, fue Jordan quien se lanzó sobre ella y la puso contra la pared mientras la besaba con locura.
Si Ana se enteraba de lo que estaba haciendo, le daría un infarto.
Y si Matthew se enteraba, se quedaría sin “amiguito”, pero era un riesgo que estaba dispuesto, y feliz, de correr.
Cuando sus manos llegaron a la cintura de Amy, fue cuando comenzó la verdadera diversión.
***** Jessica había pensado en volver a su cuarto.
De hecho, se estaba dirigiendo hacia allí, pero al ver a Amelia en camino al ascensor que habían tomado para acceder a los subniveles, le ganó la curiosidad y decidió seguirla.
Sabía que no podía tomar la misma ruta que ella, por lo que decidió ir a otro de los accesos que había en el hotel.
Encontró una puerta con el letrero de “Solo personal autorizado”.
Entró y vio a dos caballeros viendo una película en un televisor.
Al principio se pusieron a la defensiva, pero al sentir su conexión se relajaron y volvieron a lo suyo.
Jessica se acercó a la pared del fondo y encontró el botón detrás de un cartel gastado de una modelo en bikini.
«Qué guapa», pensó Jessica mientras apartaba el cartel y presionaba el botón.
No tuvo que esperar mucho para que el muro se abriera y revelara un ascensor idéntico al que habían tomado con Constance una hora antes.
Entró e introdujo su llave en la misma ranura que Constance.
Los botones se iluminaron y Jessica presionó el botón número 4.
Las puertas se cerraron y Jessica sintió cómo comenzaba el descenso del aparato.
No tardó mucho en llegar al gimnasio; las puertas se abrieron en un lugar diferente y tardó un poco en ubicarse.
La primera vez, las puertas se abrieron junto a unas colchonetas con dos hombres practicando lucha grecorromana, agarres y llaves, pero ahora se habían abierto junto a tres sujetos que se encontraban entrenando con espadas de madera.
Lo extraño es que dos tenían espadas de madera y uno de ellos tenía un bastón de dos metros de largo.
Estaban teniendo un combate de práctica y, a ojos de Jessica, estaba bastante reñido.
La joven pelirroja avanzó y examinó más a fondo el lugar.
Había de todo, blancos de tiro donde se practicaba con arco y flecha.
Un espacio con maniquíes donde había varias personas entrenando con espadas de madera que intentaban golpear los lugares más vulnerables del maniquí, practicando cómo matar o incapacitar al oponente de la forma más eficiente posible.
Había otro lugar donde estaban practicando el corte con armas reales; uno tenía una espada, otro una lanza y otro una hoz de media luna, como las que se usan en los campos y tierras de cultivo.
El objetivo de todas estas armas eran trozos de madera atados de forma vertical y horizontal.
La joven Anderson siguió su camino hasta llegar a una zona donde había sacos de boxeo y solo había una persona en medio del lugar: Amelia.
La joven peliblanca, quien había recogido su cabello en una cola de caballo, se encontraba golpeando los sacos, pero no realizaba sus ataques con los puños; los estaba golpeando con las palmas de las manos.
El movimiento era el de un golpe giratorio.
Al estirar el brazo para dar el golpe, Amelia giraba la muñeca e impactaba el saco con fuerza.
Inmediatamente después, una ráfaga de aire explosiva salía de su palma en espiral y golpeaba la bolsa.
La joven peliblanca repetía el proceso una y otra vez.
Su postura y forma de lanzar los golpes eran simplemente perfectas.
Lo hacía con una precisión, elegancia y velocidad que dejaba muy en claro cuánta experiencia y dominio tenía sobre las artes marciales.
Sin embargo, a pesar de que parecía estar haciéndolo bien, Amelia se veía frustrada, como si esos golpes no tuvieran el resultado deseado.
La joven peliblanca se detuvo y tomó una toalla que había cerca para secar el sudor de su frente y cuello.
En ese momento, solo utilizaba una camisa sin mangas y un pantalón deportivo.
Jessica la observó desde una distancia que consideró prudente, pero Amelia sabía que estaba allí.
Jessica todavía no sabía suprimir su conexión, por lo que era demasiado fácil para cualquier usuario detectar su presencia.
La joven peliblanca sonrió.
—¿Te gusta lo que ves, Roja?
—al decir esto, Jessica se acercó.
La expresión de Amelia era de confianza y algo de picardía.
—¿Cómo es que…?
—La sutileza no es lo tuyo —Amelia siguió secando su frente—.
¿Y bien?
—Jessica se cruzó de brazos mientras un leve rubor aparecía en su rostro.
—¿Qué estás haciendo?
—Jessica quería cambiar de tema urgentemente.
—Intento perfeccionar este golpe —dijo Amelia, quien colocó su mano en el saco de arena; un segundo después, una ráfaga de viento fue expulsada de su palma.
El saco comenzó a balancearse de un lado a otro sin ningún patrón visible—.
Lo que necesito es soltar una ráfaga de aire justo cuando conecto el golpe, pero todavía no consigo hacerlo en el momento justo —explicó Amelia.
—¿Es una técnica de tu elemento?
—Amelia sonrió ante la pregunta de Jessica.
—Sí, pero es una invención propia —Jessica estaba entre confundida y sorprendida—.
Lo aprenderás con Laura, pero cada elemento es tan flexible como el usuario que lo controla.
Es cierto, tenemos técnicas preestablecidas, como la Armadura de Rayo de Matthew, pero muchos usuarios tienden a crear sus propias técnicas.
Es algo natural; después de todo, nadie tiene el mismo estilo de combate.
A veces, es necesario adaptarse y evolucionar.
—Ya veo —Jessica miró el saco de boxeo, el cual seguía meciéndose de un lado a otro.
—Tengo pensado utilizar aire comprimido para causar más daño, pero no quiero quedarme sin sacos, así que prefiero omitir esa parte por ahora —Amelia le dedicó otra mirada pícara a Jessica, lo que hizo sonrojar a la joven pelirroja—.
Bueno, volvamos.
Mañana continuaré entrenando —Jessica no se opuso y fueron al ascensor para retornar a la planta baja del hotel.
***** Lucía se encontraba en su habitación de hotel.
Martha había ido a un gimnasio cercano para entrenar durante la tarde, algo que solía hacer todo el tiempo.
Le ayudaba a despejar la mente, se mantenía en forma y la hacía feliz, así que Lucía no tenía ningún problema al respecto.
Sin embargo, a Lucía le hubiera gustado tener su compañía ese día, pues era el aniversario número 14 de su venganza, el día que castigó a las personas que le hicieron daño y mataron a Rose.
19 años atrás, un año después de despertar sus poderes y quemar una gran parte del orfanato, Lucía vagó por las calles del estado de Idaho durante semanas.
Robando comida para sobrevivir y durmiendo en callejones por las noches.
Si bien no comprendía sus poderes, sabía que podía absorber la electricidad de los equipos electrónicos a voluntad y usarla para moverse más rápido.
Utilizó esto para entrar a las casas y tiendas por la noche para robar comida, ropa y dinero.
De esta forma logró alimentarse y mantenerse por un año, pero todo tiene un final.
Un día, Lucía atacó a la persona equivocada.
Estaba anocheciendo y Lucía encontró a un hombre que aparentaba ser un blanco fácil.
Un hombre de sesenta y siete años que caminaba con un bastón por un callejón a altas horas de la noche.
Al principio pensó en no atacarlo, pero al ver la cadena de oro que colgaba en su cuello, Lucía cambió de parecer inmediatamente.
Tocó un poste de luz y se cubrió de electricidad.
Debía hacerlo rápido, ya que no podía mantener su velocidad por más de dos minutos seguidos.
Corrió y trató de quitarle la cadena al anciano.
No era la primera vez que hacía esto.
Anteriormente le había robado la cartera a varios hombres y mujeres, pero esta vez fue diferente.
El anciano se dio la vuelta y extendió la mano.
Una ráfaga de viento impactó a Lucía y detuvo su carrera, haciéndola caer.
Al levantarse y mirar al anciano, su expresión dejaba en claro que no podía creerlo.
El anciano sonrió y se retiró la cadena de su cuello, ofreciéndosela a la joven.
—Esto es lo que quieres, ¿verdad?
—Lucía se levantó rápidamente—.
Pues ven por ella.
Lucía se lanzó contra el anciano, pero, a pesar de su gran velocidad, el anciano la esquivaba sin esfuerzo.
El tiempo se le terminaba.
Intentó golpearlo, patearlo e incluso trató de morderlo.
Sin embargo, nada le funcionaba.
Una vez terminaron los dos minutos, su cuerpo comenzó a desprender electricidad sin control.
Lucía comenzó a gritar mientras su cuerpo temblaba en espasmos incontrolables.
Cuando todo terminó, Lucía se desplomó frente al anciano.
Su cuerpo, cansado y flácido, estaba a merced de aquel hombre al que había juzgado mal.
La joven apenas se mantenía consciente.
—Nada mal, niña —le dijo el anciano—.
No está nada mal.
Ahí mismo, Lucía se desmayó.
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