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Saga Elementos - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 Proverbios 261-6
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53: Proverbios 26:1-6 53: Proverbios 26:1-6 La noche era joven y, en una modesta casa ubicada en los suburbios de Altus, el Padre Barnes se preparaba para dormir.

Bebió un poco de whisky mientras observaba las fotos en su estudio.

Encontró una del orfanato en Idaho, seis meses antes de que se incendiara.

Actualmente, el lugar había sido cerrado permanentemente.

La razón del cierre no fue el incendio, pues el lugar siguió abierto otros seis meses luego de aquel evento.

La verdadera razón del cierre fueron las múltiples denuncias a los servicios sociales de parte de varios de los niños que antiguamente vivieron ahí.

Niños que ahora eran adultos y contaron sobre los abusos de los maestros, las monjas y los curas a cargo del lugar.

Los niños que habían recibido “ayuda” del Padre Barnes para curar su “enfermedad”.

Dichas acusaciones nunca pudieron ser probadas ante la corte, gracias a que el Vaticano y el Papa intervinieron para encubrir el escándalo.

En cualquier caso, Barnes había salido bien librado del asunto.

Su historia y sus heridas lo convirtieron en un mártir a ojos de su congregación, librándolo de cualquier duda o sospecha que pudiera haber sobre él.

Sin embargo, el costo por todo eso fue muy alto.

Había perdido su mano izquierda, quedó totalmente ciego del lado izquierdo y su vista del lado derecho estaba bastante nublada.

Durante sus sermones, Barnes dependía de sus acólitos y monjas para leer el versículo del día para después tomar la palabra y continuar predicando.

El lado izquierdo de su cara parecía una rebanada de pizza recién salida del horno.

Su piel se había derretido y las cirugías reconstructivas a las que se sometió apenas habían conseguido arreglar su cara.

Su ojo izquierdo, antes de un hermoso tono verde que podría enamorar a cualquier mujer, ahora no era más que un orbe de color lechoso en su órbita.

Durante años, Barnes dio gracias a Dios por haber sobrevivido al incendio de ese día.

Incluso si su cara y cuerpo habían sido destruidos, estaba agradecido por seguir vivo y nadie podía quitarle esa alegría.

Salió del estudio mientras una antigua inquietud volvía a presentarse en su mente.

Se preguntaba qué había sido ese destello y esos relámpagos que salían del cuerpo de la niña.

Había sentido esa curiosidad los últimos nueve años.

Sin embargo, tampoco era algo que le quitara el sueño.

Él estaba vivo y aquellas dos niñas, las cuales habían cometido un pecado mortal, estaban muertas.

Barnes solo podía rezar para que Dios concediera el perdón a sus almas.

Subió las escaleras y se dirigió a su cuarto, pero se detuvo en seco nada más llegar a la puerta.

Había una joven sentada en su cama leyendo la Biblia.

No parecía tener más de 25 años y su figura era atlética y fuerte.

Su hermoso cabello rubio caía en cascada por sus hombros, vestía una blusa que resaltaba su figura y belleza y unos jeans que se ajustaban perfectamente al contorno de sus piernas.

Barnes sintió miedo y lástima al verla.

Miedo porque… bueno, había una mujer desconocida en su casa, sentada en su cama.

Y lástima porque aquella chica parecía confundida.

Una mujer no debería tener un cuerpo tan entrenado como ella, mucho menos debería vestir una ropa tan ostentosa.

Todo lo contrario, debería vestir ropa modesta, ropa que no despertara la pasión y la lujuria en los hombres.

Como decía el capítulo dos del primer libro de Timoteo en el Nuevo Testamento: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda.

Asimismo, que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad.

La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción.

Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio.

Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión.

Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia”.

La Biblia era muy clara: las mujeres debían permanecer sumisas y agachar la cabeza ante los hombres.

Mientras el Padre Barnes pensaba en todo aquello, la mujer comenzó a hablar.

—”Como no conviene la nieve en el verano, ni la lluvia en la siega, así no conviene al necio la honra.

Como el gorrión en su vagar, y como la golondrina en su vuelo, así la maldición nunca vendrá sin causa.

El látigo para el caballo, el cabestro para el asno, y la vara para la espalda del necio.

Nunca respondas al necio de acuerdo con su necedad, para que no seas tú también como él.

Responde al necio como merece su necedad, para que no se estime sabio en su propia opinión.

Como el que se corta los pies y bebe su daño, así es el que envía recado por mano de un necio” —la mujer había leído en voz alta una parte del capítulo 26 del libro de Proverbios.

Sin embargo, el tono en el que lo leyó, asustó a Barnes, parecía algo personal—.

¿Le suena de algo, Padre?

– Barnes tardó un momento en responderle.

—Proverbios 26, versículos del uno al seis —respondió Barnes con voz firme, pero calmada y compasiva, tal vez aquella chica necesitaba su ayuda—.

Es un pasaje que nos enseña que hay que guiar a los necios y darles disciplina cuando lo requieren —la mujer sonrió, una sonrisa peligrosa.

—Siempre odié este pasaje —respondió—.

El hombre con el que crecí me hizo recitarlo mientras me azotaba —la mujer miró directamente a Barnes, sus ojos color marrón, le eran muy familiares—.

No se detenía, ni siquiera cuando comenzaba a sangrar.

Seguía y seguía hasta que estaba a punto de desmayarme, solo ahí me dejaba descansar un poco —la mujer cerró la Biblia y se levantó de la cama.

Dejó la Biblia en la mesita de noche y se volvió hacia Barnes—.

¿Lo recuerda… Padre?

De pronto, el cuerpo de la mujer quedó envuelto en una capa de electricidad, el Padre Barnes sintió el verdadero terror al ver esto.

Había visto lo mismo el día del incendio.

—No… ¡Es imposible!

Pero Barnes sabía que no era cierto.

La edad que aparentaba la mujer coincidía con la edad que esa niña tendría después de tantos años.

Sin embargo, pese a que la tenía enfrente, Barnes se negaba a creerlo.

—¡Tú estás muerta!

—Casi muero ese día, pero por suerte, o por desgracia, sobreviví —respondió la mujer—.

Pero no puedo decir lo mismo de Rose —fue ahí que Barnes entendió la razón de la ira de Lucía.

—¿Aún sigues con eso?

—preguntó con desdén, su cara mostraba una expresión de asco y repudio—.

¿Sigues sintiendo esos… deseos repugnantes hacia otras mujeres?

Barnes cayó al suelo cuando sintió un puñetazo directamente en la boca del estómago.

Ni siquiera la vio moverse.

«¿Cómo llegó hasta mí tan rápido?», pensó Barnes en el suelo, el golpe fue tan fuerte que lo hizo incarse.

Barnes miró a Lucía desde abajo, la mujer lo miraba con rabia y odio.

—Me das asco.

—No, tú eres la que camina en la inmundicia —le dijo Barnes; sus palabras amables fueron reemplazadas por sus verdaderos pensamientos—.

Dios creó al hombre y a la mujer para procrear y poblar la Tierra.

Que un hombre se acueste con otro es un pecado, pero una mujer que se acueste con otra mujer es una blasfemia —Lucía pateó a Barnes, esta vez no se contuvo, la patada estaba cargada con electricidad.

—Nosotras no le estábamos haciendo daño a nadie —le dijo Lucía, su voz se quebró por un momento—.

¡Solo éramos unas niñas!

—Barnes comenzó a reír, burlándose de ella.

—Eran unas necias y unas pecadoras.

Intentamos ayudarlas y guiarlas por el buen camino —dijo el hombre mientras se levantaba con dificultad.

—¿Azontándonos y violándonos?

—Barnes sonrió un poco más.

—Necesitaban conocer de lo que se perdían.

Lucía lo entendió.

Barnes nunca intentó “ayudarlas”, él siempre fue un hombre enfermo.

Un pedófilo que utilizaba la Biblia y la religión para justificar sus actos aberrantes, al igual que los curas que murieron ese día.

En cuanto a las monjas y a la Madre Superiora, o eran unas sádicas que disfrutaban ver sufrir a los niños, o eran demasiado estúpidas, fanáticas o ciegas como para darse cuenta de lo que estaba pasando.

Sea cual sea el caso, Barnes había mostrado su verdadera cara y Lucía podía ver que le quedaba muy bien.

—Yo podré ser una pecadora, pero al menos no estoy podrida por dentro —dijo la mujer mientras observaba al Padre Barnes.

Su rostro desfigurado le sentaba como anillo al dedo, esa era su verdadera cara: un hombre de apariencia y pensamientos repugnantes, retorcidos y enfermos.

Sin embargo, como si tuviera algún poder sobre todo aquel asunto, Barnes miró a Lucía con confianza.

—¿Y qué harás?

—preguntó desafiante—.

¿Vas a matarme?

—Lucía tomó al hombre de la camisa y lo levantó del suelo.

—Sí, pero cuando termine contigo, desearás jamás haber nacido —Barnes sonrió.

—Dios no te dejará matarme, él siempre me protegerá.

—Averigüémoslo.

Tras decir eso, Lucía comenzó a atacar a Barnes.

Cortó cada parte que pudo, teniendo cuidado de no dar en puntos vitales.

Lo golpeó, apuñaló, cortó y electrocutó.

El hombre estuvo consciente en todo el proceso, gritó con fuerza, lloró mientras sangraba y rezaba sus plegarias buscando una ayuda que nunca llegó.

Cuando Lucía terminó, Barnes estaba irreconocible.

Con cortes en todo el cuerpo y rodeado de su propia sangre.

Lucía se había manchado la ropa y el cabello, pero su trabajo estaba lejos de terminar.

Todavía faltaba la mejor parte.

Lucía tomó al Padre y lo puso sobre sus hombros.

Envolvió su cuerpo en electricidad y corrió hacia la iglesia donde Barnes predicaba.

Entró a toda velocidad y dejó al hombre en el piso.

Luego fue a buscar otras cosas que necesitaría.

Barnes intentó levantarse y escapar, pero fue inútil.

Lucía le había cortado el tendón de Aquiles de ambos pies, lo que le hacía imposible caminar.

Al ver esto, comenzó a arrastrarse mientras que Lucía entraba y salía de la iglesia dejando tablas de madera de tamaño considerable, cuerdas y clavos.

Una vez terminó, Barnes sintió cómo su sangre comenzaba a congelarse.

Él sabía perfectamente lo que Lucía le haría.

Intentó escapar, pero la mujer lo atrapó y ató al madero más corto por los brazos.

Barnes intentó forcejear, pero no podía escapar.

Cuando intentó gritar, la mujer lo amordazó.

Lucía tomó un clavo y el martillo, los puso en el muñón izquierdo, donde se suponía que debía estar su muñeca, levantó el martillo y golpeó con fuerza.

Barnes gritó contra la mordaza mientras el clavo penetraba su piel y la sangre salpicaba en todos lados.

Tres golpes fueron los que hicieron falta para clavar a Barnes al madero.

Lucía repitió el proceso con la mano derecha y luego, con una fuerza impresionante para una mujer de su tamaño, colocó a Barnes en el madero más largo, esta vez en posición vertical, y le clavó los pies al madero.

Después puso la cruz de madera, con Barnes clavado en ella, contra una pared de modo que quedara sostenida contra la misma.

Se aseguró de atar la parte superior de la cruz con cuerdas para que no se cayera.

Después escribió una nota de papel y le ató una cuerda delgada.

Tomó su cuchillo y apuñaló a Barnes una sola vez en el pecho y colgó la nota en su cuello como un collar.

—Vamos a ver si Dios te salva de esto, Padre —dijo Lucía mientras tomaba una lona de gran tamaño.

—Dios me salvará… —le dijo el hombre; su voz apenas era más que un susurro y tenía la mirada perdida.

Para este punto, la mordaza era inútil, porque Barnes no podría gritar por más que lo intentara—.

Él sabe que no he hecho nada malo.

—Claro, violar niños y matar a puñaladas a una chica de 16 años es un acto de misericordia —el sarcasmo era palpable en Lucía—.

No eres más que un monstruo, un hombre enfermo que disfruta profanando y abusando de niños.

Dios no te salvará, porque él entiende que es mejor dejar morir a personas como tú.

Dichas esas palabras, Lucía cubrió a Barnes con la lona y se fue de la iglesia sin dejar rastro alguno.

A la mañana siguiente, las monjas, acólitos y curas que atendían la iglesia llegaron y, lo primero que notaron, fueron las manchas rojas en el piso de la iglesia.

Instintivamente, todos sabían que aquello era sangre.

Al ver la lona en la pared, uno de los curas se acercó con cautela y descubrió lo que había debajo.

Los gritos aterrados y desgarradores de las monjas llenaron el lugar.

El Padre Mateo Barnes había sido crucificado y en su cuello había una nota con un pasaje de la Biblia: “Proverbios 26:1-6”.

El pasaje que Barnes le hacía recitar a todos los niños que atrapaba en el orfanato mientras los azotaba sin parar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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