Saga Elementos - Capítulo 61
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- Capítulo 61 - 61 Los Fuertes Gobiernan a los Débiles
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61: Los Fuertes Gobiernan a los Débiles 61: Los Fuertes Gobiernan a los Débiles Al sentir la sacudida que indicaba que Martha había saltado, Jessica apretó los ojos.
La sensación de vértigo se apoderó de ella mientras sentía cómo caían.
La joven sintió un cosquilleo invadir su cuerpo.
De repente, sintió otra sacudida, seguida de un chirrido metálico, y después se detuvieron.
Se atrevió a abrir los ojos y se encontró con Martha colgada en la pared.
La mujer había utilizado la garra de piedra para perforar la pared con sus dedos y agarrarse al concreto.
La mirada concentrada de Martha hizo despertar algo en Jessica, una extraña calidez en su estómago y en su pecho que la hacía sentir segura.
Cualquiera que fuera la razón de esto, se sintió más segura y no volvió a cerrar los ojos.
Los mantuvo abiertos cuando Martha saltó al otro lado, sujetándose de la pared con su garra.
Repitió este proceso dos veces más hasta que estuvieron en el suelo.
Las acciones de Martha hicieron que Jessica la mirase bajo una nueva luz.
Ahora, veía a Martha con admiración y un nuevo tipo de respeto.
—Ya te puedes soltar, chica —las palabras de Martha sacaron a Jessica de sus pensamientos.
—Sí, perdón —Jessica se soltó y volvió al suelo, no se atrevió a mirar a Martha a los ojos, pero la mujer podía ver que las mejillas de la pelirroja estaban levemente sonrojadas.
—Bueno, hay que movernos, Lucía llegará pronto —la joven pelirroja no se opuso.
Martha cambió la naturaleza de su conexión, volviéndola totalmente fría.
—Pregunta rápida: ¿Cómo haremos para que piensen que iré contigo?
—Martha sonrió.
—Fingirás que te capturé —aunque su conexión era fría, la mirada de Martha era cálida y amistosa, por lo que Jessica sentía que podía confiar en ella—.
Si las cosas se salen de control, yo me encargaré de protegerte —Jessica cruzó los brazos e infló su pecho.
—No necesito protección —refunfuñó molesta—.
Sé cuidarme sola —Martha no pudo evitar reír.
—Sí, esos tipos estaban a tus pies hace rato —el rostro de Jessica enrojeció de ira y vergüenza.
—Eres una… —¡Silencio!
—Martha la detuvo y miró por el pasillo—.
Algo pasa ahí fuera.
***** Amy salió de su escondite y se asomó para ver qué estaba pasando.
Aquel estruendo de hace rato fue una explosión.
Se acercó poco a poco, ocultando su conexión y asegurándose de hacer el menor ruido posible.
Un hombre hispano a mediados de sus treintas se acercó a la humareda que salía de una de las tiendas.
De entre el humo, salió un hombre tambaleándose y luchando para mantenerse de pie, pero sus esfuerzos fueron en vano.
El hombre cayó al suelo y miró, con su único ojo sano, al hombre hispano que lo veía desde arriba, como si fuera un insecto asqueroso.
Su figura era imponente y exudaba poder.
El hombre tuerto sintió un repentino arrepentimiento por sus acciones pasadas.
Conocía al hombre hispano que lo estaba observando.
Su nombre era Sebastián y el tuerto se había burlado de él años atrás.
—Tendrías que haber muerto el día que naciste —le había dicho años antes—.
Eres débil y solo estorbas.
Ojalá te mueras en tu próxima pelea, miserable pedazo de mierda.
Ese tipo de insultos solían salir de su boca hacia Sebastián.
¿La razón?
Su elemento.
Sebastián era un usuario del aire.
Este elemento, si bien podía usarse para pelear contra cualquiera, el entrenamiento para lograr tal hazaña era bastante específico y exigente.
La Orden de las Sombras valoraba más la fuerza y el poder que la versatilidad, por lo que la mayoría de sus miembros eran usuarios de fuego, tierra y rayo, y los usuarios de agua y viento eran tratados con desdén y marginados entre los Oscuros.
Considerándolos más como apoyo o carne de cañón según fuera el caso.
Debido a esto, los sanadores y luchadores de apoyo eran muy escasos entre los Oscuros y pocos usuarios de aire y agua destacaban, y Sebastián, con el tiempo, demostró ser uno de ellos.
En sus años de entrenamiento, soportó burlas y caídas, pero supo levantarse.
Escogió un maestro, un usuario de elemento rayo, que se especializaba en Kung Fu y aprendió el estilo de la mantis.
Obteniendo también conocimientos de anatomía humana, memorizando los puntos vitales de sus oponentes y volviéndose un verdadero monstruo en combate, escalando poco a poco en las filas de los Oscuros, convirtiéndose en alguien temido y respetado por todos.
Tanto, como para llamar la atención de Mark, también conocido como Cerbero, convirtiéndose en su segundo al mando y mantiendose en este puesto los últimos 10 años.
Sebastián era visto como alguien desalmado que no toleraba a los débiles, desde su punto de vista, los débiles que se creen fuertes, son basura que debe ser eliminada.
Ahora, el hombre tuerto estaba frente al sujeto del que se había burlado años atrás, pensando que se veía mucho más grande que antes.
Sebastián lo miró con una expresión estoica.
—¿Qué pasó?
—preguntó Sebastián; el tuerto tardó en responder.
—Incendiamos la tienda y… —el tuerto recibió una patada en la cara antes de poder continuar.
—¿Incendiaron una tienda sabiendo que había una usuaria de fuego dentro?
—el tono de Sebastián era frío, pero se notaba su molestia.
—No pensamos que tuviera el poder para… —Sebastián le pisó la cabeza antes de que pudiera seguir hablando.
—¿Dónde está esa mujer?
—preguntó.
Su voz era tan fría y afilada que parecía poder cortar el alma de quien la escuchara.
El pie de Sebastián seguía presionando su cabeza contra el suelo.
—No… No lo sé —respondió el tuerto en el suelo.
El dolor empeoraba a cada segundo—.
No la vi salir, pero… seguramente está muerta.
Nadie podría sobrevivir a esa explosión.
—También creyeron que no podría controlar las llamas del incendio, pero lo hizo —la presión de su pie aumentó y pisó más fuerte al tuerto contra el suelo—.
No pasó por aquí y hacia allá está la salida.
Lo que significa que pudo haber escapado —Sebastián no había puesto gente para vigilar la salida porque no tenía suficientes hombres.
Además, no se suponía que esto tardara tanto—.
En serio, eres estúpido.
—¡Por favor!
No volverá a suceder —suplicó el hombre tuerto—.
Necesito… a un sanador —su tono era miserable, pero Sebastián no sentía ningún tipo de compasión por él.
—¿Por qué gastaríamos recursos en un inútil como tú?
Sin decir una palabra más, Sebastián usó una ráfaga de aire comprimido para abrir un agujero en el torso del tuerto, matándolo al instante.
Amy, que se encontraba escondida, resistió el impulso de gritar y la posterior sensación de náuseas que la invadió.
Se hallaba escondida detrás de unos costales de cemento, viéndolo todo.
—¿Te gustó el espectáculo, niña?
—habló Sebastián mientras la miraba por encima del hombro.
Amy sintió cómo la sangre abandonaba su cuerpo.
Aquel hombre, que no tuvo reparos en matar a su compañero, sabía que ella estaba ahí.
El hombre no le dio tiempo de pensar.
Envió una ráfaga de aire a los costales de cemento y mandó a volar a la joven dos metros hacia atrás; varios costales cayeron sobre ella, limitando su movimiento.
Dos Oscuros aparecieron junto a ella y la levantaron, registraron su cuerpo y le quitaron el encendedor, dejándola totalmente desarmada.
La llevaron con Sebastián y la hicieron arrodillarse; uno de ellos la golpeó en la mandíbula con tanta fuerza que la hicieron sangrar.
Sebastián levantó la mano, impidiendo que sus hombres siguieran golpeando a Amy.
Se acercó a la chica y la tomó del mentón, forzándola a mirarlo, pero Amy apartó su rostro con una mirada desafiante.
Sebastián no pudo ocultar una sonrisa.
—Sin duda eres su hija —dijo el hombre con un tono frío y carente de emoción—.
Dinos en dónde está la elemental de fuego y tu muerte será rápida y sin dolor —la respuesta de Amy fue escupir en el zapato de Sebastián.
El hombre ni siquiera frunció el ceño—.
Como quieras —se volteó hacia sus hombres—.
Tráiganla.
—¿Alguien me puede explicar qué está sucediendo aquí?
Al voltear la mirada, Sebastián se encontró con Martha, también conocida como Yunque, quien estaba saliendo entre el polvo y el humo del incendio que Laura había causado, pero lo que más llamaba la atención era la chica que estaba cargando en su hombro y quien parecía inconsciente.
A pesar de sus rasgos andróginos y contar con una apariencia masculina, se notaba que era una chica debido a las discretas, pero aún visibles, montañas que habían crecido en su pecho.
Amy estaba totalmente impactada; habían atrapado a Jessica y no podía hacer nada.
Lo más seguro es que, ahora que ya la tenían, matarían a Amy y se llevarían a Jessica a otro lugar.
Sebastián se concentró en Jessica.
No había dudas de que era la elemental de fuego.
Su conexión, a pesar de su corta edad, era más intensa que la de la mayoría de los presentes en el lugar.
El propio Sebastián era un usuario de nivel Cometa con una conexión que llegaba a rivalizar con la de los Cometas 9 y 10.
Por otro lado, Martha era más fuerte que Sebastián; su conexión estaba en un nivel que iba desde el séptimo hasta el sexto Cometa y solo Lucía y Mark la superaban en poder bruto.
Jessica, si bien no estaba cerca de ese nivel, sí que podía ser tan poderosa como cinco o seis usuarios juntos, lo que no era poca cosa.
—Ya podemos irnos —dijo Sebastián.
—¿Qué hacemos con ella?
—preguntó uno de los hombres que sujetaban a Amy.
Sebastián se volvió a la chica y la miró con frialdad.
—¿Acaso eres estúpido?
—preguntó Sebastián al hombre que acababa de hablar—.
Ella se dejó capturar, no pudo con nosotros.
No tiene sentido que viva.
Es natural que la matemos —dijo mientras le daba la espalda y se encogía de hombros—.
Los fuertes siempre van a mandar sobre los débiles.
Esa es la ley natural.
El hombre que hizo la pregunta sonrió y miró a Amy.
Sacó un cuchillo y lo puso en su garganta, pero antes de que pudiera rebanarle el cuello, se escuchó un chispazo y el sujeto con la navaja ahora tenía un puño atravesándole el pecho.
Sebastián se volvió a mirar y se encontró con una figura rubia que reconocía bien.
Lucía había llegado al lugar y no estaba para nada contenta.
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