Saga Elementos - Capítulo 64
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64: Tigresa Enjaulada 64: Tigresa Enjaulada Todas las miradas del gimnasio estaban posadas sobre aquella hermosa joven de cabello blanco.
Todos conocían su poder y su talento, pero nadie imaginó esto.
Durante dos horas, Amelia había estado golpeando el saco de arena con las palmas de sus manos y, en su último golpe, cuando sintió que había memorizado el tiempo en el que tenía que liberar la fuerza del viento, agregó aire comprimido.
¿El resultado?
La bolsa de arena se rasgó en un espiral y toda la arena se esparció en el suelo.
El nuevo ataque de Amelia estaba listo y todos eran testigos de su poder.
Un golpe giratorio que, además de golpear con la palma de la mano, liberaba una poderosa ráfaga de aire cortante en espiral desde el centro de la misma.
Al ver cómo quedó el saco de arena, Matthew sonrió, mientras que Raymond negó con una sonrisa.
Algunos Iluminados no parecían para nada sorprendidos, pero la mayoría de los presentes en el gimnasio tragaron saliva mientras se hacían la misma pregunta: ¿Qué pasaría si ese golpe conectara contra un cuerpo humano?
Amelia suspiró mientras relajaba su mente.
Durante las últimas dos semanas, había estado perfeccionando este ataque y, finalmente, tras horas de esfuerzo constante, lo había logrado.
Era un golpe capaz de otorgarle una victoria instantánea en cualquier combate.
A diferencia de la esfera de aire comprimido, este ataque no requería tanto tiempo de preparación y podía activarse en cualquier momento.
Además, su consumo de energía era mínimo, lo que le permitía usarlo repetidamente sin agotarse.
A este ataque lo llamó: Palma de Vacío.
Amelia se sentó en una banca cercana y se puso la toalla en el cuello mientras bebía agua.
Estaba exhausta y merecía un descanso.
Sin embargo, las puertas del ascensor se abrieron y entró Steve.
—¡Amelia!
—llamó el hombre; el rostro del hombre transmitía preocupación y urgencia.
—¿Qué sucede, Steve?
—preguntó la joven, sin prestarle demasiada atención.
Steve se acercó a ella con algo de molestia y la miró directo a los ojos.
—Te necesito arriba.
Ahora —aquellas palabras le dejaban en claro a la joven de cabello blanco que su día estaba a punto de empeorar—.
Tú también, Simons.
—Steve volteó la mirada para ver a Matthew—.
Será mejor que suban.
Al escuchar esto, Amelia y Matthew dejaron lo que estaban haciendo para acompañar a Steve.
Después de salir de los subniveles, tomaron el ascensor regular del hotel y fueron hasta el tercer piso.
Al llegar se encontraron con una escena particular.
Cuatro habitaciones, todas custodiadas por dos guardias armados con espadas y hachas.
Las habitaciones en cuestión eran la 120, 121, 122 y 123.
Los guardias de las puertas 120 y 123 parecían ser los más fuertes y nerviosos en comparación con los demás: —Steve… ¿Qué sucede?
—el hombre se volteó hacia Amelia.
—La Tigresa del Rayo, Lucía Johnson, y Yunque, Martha, están bajo custodia.
Aquellas palabras les helaron la sangre a Amelia y Matthew.
¿Cómo era esto posible?
¿Qué sucedió?
Steve luego suspiró, agotado, y procedió a explicar lo que había pasado.
Contó la misma historia que Laura, Amy y Jessica le relataron y del trato que Martha solicitó.
Al terminar, Amelia y Matthew estaban en silencio, procesando lo que acababan de escuchar.
—No me hace nada de gracia tener a dos asesinas en mi hotel, pero tampoco puedo negar que ellas tienen información que podría ser de utilidad para nosotros.
En mi opinión, deberíamos aceptar ese trato —Matthew parecía algo molesto al escuchar esas palabras ¿En serio aceptarían perdonar a esas dos con tal de obtener información?—.
Como sea, yo no puedo tomar esa decisión solo.
Esta noche me reuniré con los líderes de los estados vecinos y discutiremos qué hacer.
Mientras tanto, interrogaremos a los cuatro para ver qué nos pueden decir.
Por ahora, deberían ir a la enfermería a ver a las chicas.
Steve no dijo nada más y se fue, dejando solos a Matthew y Amelia.
***** Después de una caminata de tres horas, Sebastián logró regresar a su base.
Al llegar, fue recibido por miradas cargadas de desconfianza.
Para entonces, todos estaban al tanto de lo ocurrido en el centro comercial, aunque carecían de detalles precisos, y los rumores se propagaban rápidamente como un incendio forestal.
Sin prestar atención a las sospechas, Sebastián continuó su camino hacia la oficina.
—Será mejor que tengas una buena explicación para lo que pasó.
Mark no está para nada feliz —se burló Artem Ivanov, usuario del elemento tierra, arrogante y presumido.
—En esto le doy la razón —habló Daisy Thompson, usuaria de elemento rayo, de personalidad calmada y fría.
—Ahora no estoy de humor para lidiar con ustedes dos —advirtió Sebastián.
—¿Crees que eso nos importa?
—Artem puso la mano en el hombro de Sebastián y lo detuvo de seguir.
Sebastián levantó la mirada; la intención asesina era evidente en sus ojos.
—Suéltame.
Antes de que estas dos bestias empezaran a pelear, se sintió una presencia imponente en el pasillo.
Artem soltó a Sebastián y se calmó.
El hombre que salió al pasillo era Mark, más conocido como Cerbero.
El perro de tres cabezas, guardián del Inframundo en la mitología griega y mascota del dios griego Hades.
Lo llaman así por su estilo de combate feroz y salvaje.
Artem, Daisy y Sebastián eran conocidos como Las Tres Cabezas, en referencia a las tres cabezas de Cerbero en los mitos.
Siempre estaban junto a Mark y se encargaban de realizar el trabajo sucio por él.
Al ver a Sebastián, Mark endureció su expresión.
El hombre era el más eficiente del grupo.
Artem era un bruto que prefería golpear primero y preguntar después.
Daisy, por su lado, prefería no trabajar demasiado; ella elegía no investigar mucho y mataba al primer sospechoso que aparecía en su lista.
Sin embargo, Sebastián era todo lo opuesto a los otros dos.
Meticuloso y sutil a la hora de trabajar.
Era el mejor de los tres y verlo fallar era curioso, por no decir inaceptable.
—¿Qué pasó allá, Sebastián?
—el tono de Mark dejaba muy en claro que estaba molesto.
Una palabra equivocada y Sebastián moriría.
—Nos traicionaron —soltó el hombre con su típico tono frío.
Mark, Daisy y Artem levantaron una ceja.
—¿Quién haría algo tan estúpido?
—la pregunta de Artem venía cargada con desdén y burlas.
Claramente, no lo podía creer.
—Yunque, Mousses y Powell.
Los dos últimos son Camaleones de La Orden de la Luz —explicó Sebastián; se pudo escuchar cómo Artem se reía por lo bajo—.
Y se llevaron a Johnson —Mark observó a Sebastián con intriga.
—¿Cómo es eso?
—Sebastián suspiró.
—Yunque dejó inconsciente a Johnson y luego se entregaron a los Iluminados —Mark provocó una llama desde el cigarrillo en su boca.
Ninguna de las tres cabezas se inmutó por eso.
Pasaron un par de segundos para que Mark pudiera calmarse.
Normalmente, esto no le molestaría.
Después de todo, muy pocos sabían el lugar exacto de su base de operaciones, pero Lucía, Martha, Gabriel y Xing eran la excepción a la regla; eso era un verdadero problema.
—Empaquen todo, nos moveremos al Refugio B —miró a los tres de forma amenazante—.
Nos vamos esta noche.
***** La cabeza le dolía un montón y no podía recordar nada sobre lo que pasó.
Lucía fue despertando poco a poco, sintiendo la cabeza palpitar.
«¿Qué pasó?», se preguntaba.
Solo podía comparar la sensación con la resaca que tuvo siete años atrás, un año antes de ser asignada a Missouri.
Había bebido más de la cuenta y, en medio de su borrachera, terminó teniendo sexo con Martha.
A la mañana siguiente tenía marcas de mordiscos y chupetones por todo su cuerpo, la habitación estaba hecha un desastre y la resaca fue tal que casi la hace dejar la bebida, casi.
La sensación era similar a la de aquel día, pero ligeramente más intensa.
El dolor parecía concentrarse en la parte posterior de su cabeza, cerca de la nuca, por lo que intentó llevarse la mano a ese lugar para verificar qué estaba pasando.
Su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió que su mano tenía manga de goma que cubría su brazo desde sus dedos hasta el hombro.
Giró la cabeza y descubrió que el otro brazo también tenía la misma manga.
Al voltear a ver sus piernas, la historia era la misma.
Dos botas de goma envolvían sus piernas.
Estas prendas de goma tenían cremalleras plásticas, las cuales estaban aseguradas hasta arriba, impidiendo cualquier intento de abrirlas.
Lucía sintió que la sangre abandonaba su cuerpo.
La goma y el plástico eran materiales que no conducían electricidad y le impedían absorberla, haciendo que sus poderes fueran inútiles.
Era la misma situación de ese día… el día que se unió a los Oscuros.
—¡No!
Lucía intentó quitarse aquellas prendas que limitaban sus poderes, pero fue inútil.
Ahí cayó en cuenta de que no estaba en su modesta habitación de hotel.
Ahora estaba en un cuarto que parecía sacado de un castillo.
Una cama grande y cómoda, almohadas suaves y un aroma a menta invadía el lugar.
Mientras luchaba por comprender qué estaba sucediendo, la puerta de la habitación se abrió y un hombre afroamericano entró en compañía de otros dos.
Uno tenía una espada corta en la cintura y el otro portaba un nunchaku en la mano derecha.
Ambos desprendían una conexión cálida, pero Lucía no podía percibir nada del hombre afroamericano frente a ella, lo que generaba un aura de misterio a su alrededor.
—Buenas tardes, señorita Johnson —habló el hombre con un tono suave y neutro—.
Mi nombre es Steve.
Soy el gerente de este hotel y líder de los Iluminados en esta parte de la ciudad.
Quiero hacerle algunas preguntas.
Sin mediar palabra alguna, Lucía intentó atacar a este hombre.
Creyó que sería fácil; Steve no parecía ser una persona fuerte.
Sin embargo, fue recibida por un lariat al cuello que la derribó.
Al principio, pensó que había sido uno de los hombres detrás de Steve, pero estaba equivocada.
Se levantó rápidamente y se puso en guardia.
Su oponente mantenía las manos detrás de su espalda y su expresión era serena; estaba claro que no la consideraba un reto.
Los otros dos intentaron atacarla, pero Steve levantó la mano.
—Sin sus poderes no es peligrosa.
Esas palabras enfurecieron a Lucía y trató de atacar, pero Steve la sometió en cuestión de segundos.
La mujer cayó a la cama, aturdida por un golpe en la mandíbula.
Steve tomó una silla y se sentó frente a la mujer.
—¿Con quién trabaja, señorita Johnson?
—preguntó el hombre.
Lucía se mantuvo en silencio.
Steve chasqueó la lengua—.
Señorita Johnson, no tiene que guardar silencio.
No tiene sentido.
Sus compañeros no vendrán por usted y su pareja, la señorita Martha, fue quien la entregó —la expresión en el rostro de la mujer era de incredulidad.
—Imposible… ella jamás… —los hombres detrás de Steve se rieron por lo bajo.
No era un secreto para nadie que los Oscuros no eran buenos en las relaciones románticas.
Para ellos, ninguna relación entre Oscuros era otra cosa más que sexo sin más.
Por eso sus risas; se burlaban de Lucía.
Steve les lanzó una mirada severa por encima del hombro, instándolos a callarse.
Los dos sujetos rodaron los ojos, molestos por no poder seguir molestándola.
—La señorita Martha nos ofreció un trato.
A cambio de perdonar sus vidas y admitirlas en un programa de rehabilitación, nos daría toda la información que poseían.
Aceptamos, pero solo si las dos hablaban —Lucía escuchaba en total silencio—.
Es un buen trato, señorita Johnson.
—Es más de lo que ustedes merecen, malditas asesinas.
—Estás en la cuerda floja —advirtió Steve al hombre de la espada—.
Les aconsejo que cierren la boca antes de que pierda la paciencia.
Steve entendía perfectamente cómo se sentían.
Lucía y Martha tenían una larga lista de cuerpos a sus espaldas.
Muchas de sus víctimas eran Iluminados y ahora las estaban protegiendo.
A ojos de los demás, protegerlas era simplemente inconcebible.
No obstante, Steve era un hombre justo y trataba a todos por igual, sin importar su afiliación.
Al escuchar las advertencias de Steve a los otros dos, Lucía comenzó a reír.
El gerente del hotel la miró intrigado.
—Déjelos —dijo Lucía entre risas—.
Es verdad, matamos Iluminados porque se lo merecían.
Ustedes no son más que unos hipócritas.
Dicen proteger a la gente, pero no es verdad, solo se protegen a ustedes mismos —Steve movió la cabeza y chasqueó la lengua.
—La dejaremos para que considere sus opciones —Steve se levantó y caminó hasta la puerta.
Los otros dos salieron antes que él—.
Le recomiendo aceptar el trato —continuó Steve; Lucía solo desvió la mirada.
Sin poder hacer más, Steve se retiró de la habitación, dejando a Lucía sola con sus pensamientos.
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