Saga Elementos - Capítulo 67
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67: Salvadora 67: Salvadora —Porque ella salvó mi vida —la voz de Jessica se había quebrado y otra lágrima más salió de sus ojos.
—Disculpa, pero… no entiendo qué quieres decir —Jessica normalizó su respiración antes de responder.
—Es una larga historia.
Al escuchar esto, Amelia se sintió ligeramente sorprendida.
Se acomodó mejor en la cama y dio algunas palmaditas en el colchón invitando a Jessica a sentarse a su lado.
Aunque al principio dudaba, finalmente acabó por sentarse junto a la joven peliblanca, quien le dio un empujón con el hombro a la pelirroja, todo mientras tenía una ligera sonrisa en su rostro.
—Tengo tiempo para escucharla —ante estas palabras, Jessica sonrió.
Nunca le gustó mostrarse vulnerable.
La última vez que lo hizo terminó recibiendo una golpiza en la escuela.
Desde ese día, eligió actuar de forma distante y hostil hacia cualquiera que se le acercara.
Sin embargo, desde que la conoció, Amelia constantemente había logrado saltar sus muros y encontrar esa parte de ella que tanto buscaba esconder.
La hacía sentirse segura y protegida.
Un apoyo que solo había encontrado en Lucía, hasta ahora.
Lo cual provocaba un cosquilleo en su estómago, un cosquilleo que se hacía más frecuente e intenso conforme avanzaban los días y más tiempo pasaba con Amelia.
Jessica, ignorando aquella sensación en su vientre, tomó aire y comenzó a contar su historia.
***** Seis años antes, el domingo 21 de abril de 2019.
En la residencia Anderson, se podían escuchar unos ruidos desgarradores provenientes de una habitación en el segundo piso.
—¡EL PODER DE LA SANGRE DE CRISTO TE OBLIGA A SALIR DE ESTA CASA!
Gritaba Ana Anderson mientras le arrojaba un balde de agua helada a Jessica, quien yacía acostada en su cama sin oponer resistencia.
Luego de lanzarle el agua a su hija, John Anderson tomó el cinturón y azotó el cuerpo de Jessica.
La espalda de la pequeña era su objetivo principal, pero algunos azotes cayeron en su trasero y muslos.
Tal vez fue intencional, o quizás fue accidental.
Eso no importaba.
Aquella era la rutina anual de Ana.
Todos los años, al final de la Semana Santa, el Domingo de Resurrección, Ana llenaba siete baldes con agua helada y entraba al cuarto de Jessica para comenzar a rociar a su hija con agua y, con ayuda de su hijo mayor, la azotaba con el único objetivo de “Sacar al Demonio de la casa”.
Comenzó cuando Jessica tenía siete años y, luego de dos años, la pequeña dejó de resistirse.
De hecho, ya no podía sentir dolor por los golpes.
—Terminamos, ojalá que vuelva al Infierno para el próximo año —sentenció Ana mientras salía del cuarto—.
¿Por qué, Dios?
He seguido tus designios toda mi vida.
Entonces, ¿por qué dejaste que Satanás me usara para traer a este engendro al mundo?
Otra herida más que sufría Jessica, pero el dolor ya era algo familiar para ella.
Ya no podía sentirlo.
No, no es que no pudiera sentirlo, simplemente estaba tan acostumbrada a él que ya no le afectaba cuando alguien la lastimaba.
Al menos, así se veía por fuera.
Por dentro, la pequeña estaba gritando desesperadamente por ayuda, pero nadie podía escucharla.
Su mente divagaba por lugares oscuros y turbios.
«¿Qué sentido tiene vivir así?», pensaba la joven.
Con mucho esfuerzo, e ignorando todo el dolor en su espalda y trasero, se levantó de la cama y fue hasta su armario.
Apenas tenía ropa decente, pero escogió un par de jeans, una chaqueta derruida y unos zapatos negros con las suelas a nada de desprenderse.
Una vez vestida, salió de la casa en total silencio.
Mezclándose en la absoluta negrura de la noche.
Caminaba encorvada, debido al dolor de las heridas en su espalda, y con frecuencia tropezaba mientras caminaba.
De forma inconsciente, llegó a la zona más peligrosa de la ciudad.
Había tomado el camino a la escuela sin darse cuenta.
Pasó junto a mucha gente que la veía y seguía su camino con cruel indiferencia.
No le preocupaba ser asaltada, no le importaba el peligro, solo le importaba caminar, caminar más y seguir caminando hasta ya no poder más.
Continuó su marcha bajo las miradas de algunas personas que se mostraban un poco más preocupadas por ella.
Algo completamente normal, pues estaba saliendo de la zona peligrosa de la ciudad y la gente era diferente, menos drogada y más empática.
Sin embargo, seguía sin haber alguien dispuesto a hablar con ella.
Todos sabían que había algo mal con esta niña.
En este tiempo, Jessica todavía mantenía su cabello largo y era fácil reconocerla como una niña.
Sin embargo, a pesar de que no era para nada normal que una niña de seis años estuviera sola en la calle a las 1:15 A.M., nadie hizo algo para hablar con ella.
Sí, a pesar de tener 10 años, debido a la malnutrición, aparentaba tener 6.
No obstante, pese a lo serio de la situación, nadie hacía nada porque pensaban: “No es mi problema” o “Alguien más la ayudará, no tengo que ser yo”.
A esta actitud se le llama “Efecto Espectador”, también conocido como “Síndrome Genovese”.
Llamado de esa forma en honor a Kitty Genovese, una mujer que fue asesinada a puñaladas afuera de su apartamento en 1964.
Se refiere al fenómeno psicológico en el que, cuantos más testigos presencien un peligro importante, menos probable es que alguien actúe, y justo eso sucedía alrededor de Jessica.
Todos la veían, pero nadie hacía nada porque pensaban que otra persona se haría cargo.
Y así fue como Jessica continuó su camino, sin nadie que la ayudara.
Caminó hasta llegar a una pasarela sobre la autopista, la cual servía para que los peatones cruzaran la carretera de manera segura.
No tenía idea de cómo llegó hasta ahí, pero la vista de los vehículos pasando a toda velocidad se le hacía muy tentadora.
Sería muy fácil para ella liberarse de todo el sufrimiento.
Solo tenía que saltar la barandilla en el momento apropiado.
Si la caída no la mataba, un auto atropellándola sin duda lo haría.
—Oye —el sonido de una voz lejana la llamaba.
«¿Qué sentido tiene vivir así?», se volvió a preguntar Jessica.
Estaba en lo que solo podía describirse como un estado de trance.
Trepó la barandilla y estaba a punto de saltar, cuando una mano la tomó del brazo y la obligó a bajar.
Al voltear la mirada, se encontró con una hermosa mujer de cabello rubio y ojos marrones, Lucía Johnson.
Quien la miraba con preocupación y confusión.
La pequeña reconocía a la mujer.
Era la señorita Johnson, maestra de matemáticas en la escuela secundaria Maple Grove.
Todos decían que era una mujer muy hermosa, pero también fría y estricta.
Sin embargo, a pesar de tener una mirada severa en su rostro, había preocupación en sus ojos.
Algo completamente nuevo para Jessica.
Todos sus maestros en la escuela le dedicaban miradas despectivas cada que tenían la oportunidad.
Nunca se esforzaban por revisar o corregir sus trabajos, por lo que las calificaciones dependían enteramente del humor del maestro ese día y cuánto le agradara, o pagara, el estudiante.
Sin embargo, la mirada de Lucía hacia Jessica era de preocupación genuina.
No era para menos.
Jessica estaba demacrada y estuvo a punto de suicidarse.
Para que una niña de 10 años piense que suicidarse es siquiera una opción, las cosas tienen que estar realmente mal.
Sin decir una palabra más, tiró del brazo de Jessica.
—¡Ahhh!
—Jessica gritó de dolor cuando sintió que Lucía la tomó del brazo.
La mujer notó esto y su mirada cambió.
Parecía haber una especie de extraña comprensión en su mirada, como si se identificara con Jessica o eso parecía.
La mujer respiró hondo y su rostro, normalmente severo, se suavizó para luego agacharse junto a Jessica para después tocar su mejilla con ternura, algo que desconcertó a la niña.
Nunca había sentido un toque tan cálido y suave como este.
Pese a ser una asesina despiadada, Lucía entendía bien este tipo de dolor.
Ella misma lo había experimentado en su infancia cuando estuvo en el orfanato Sacred Heart Home.
Incluso antes de que la descubrieran a ella y a Rose, Lucía había experimentado cómo las monjas golpeaban sus manos con reglas de madera cuando no respondían correctamente a sus preguntas durante las clases.
Aquellos niños que cometían el sacrilegio de reprobar sus exámenes eran puestos al frente del salón y forzados a bajarse los pantalones, o subirse las faldas en el caso de las niñas, y despojados de su ropa interior para luego ser azotados frente a todos sus compañeros.
Lucía sufrió este castigo dos veces durante su estancia en el orfanato.
Toda aquella tortura le había hecho desarrollar un sexto sentido para detectar a niños abusados y Jessica era una de las peores.
Su instinto se volvía loco solo con verla.
A pesar de no conocerla mucho, principalmente porque Jessica aún no estudiaba en secundaria.
Luego de sentir el suave toque de Lucía por un rato, Jessica se tranquilizó.
—¿Tienes hambre?
—preguntó Lucía.
A pesar de permanecer en silencio, sus ojos se iluminaron brevemente al escuchar esas palabras, pero luego negó con la cabeza.
—¡No!
¡No tengo hambre!
—Lucía miró a Jessica y notó que solo estaba fingiendo.
—Qué pena —dijo Lucía encogiéndose de hombros—.
Iba a comprarte una hamburguesa con queso extra —Jessica inclinó la cabeza y miró con renovado interés a Lucía.
La pequeña parecía un cachorrito interesado en un juguete nuevo.
—¿Qué es una… hamburguesa?
—la pregunta de Jessica provocó una calidez en el pecho de Lucía.
—Ven conmigo.
Lucía le ofreció su mano a Jessica y la niña, aunque dudosa, la aceptó.
Cruzaron la calle tomadas de la mano y llegaron a una parada de motociclistas.
Lucía sentó a Jessica en una mesa y ordenó una hamburguesa con queso extra.
Mientras esperaban a que llegara la comida, Lucía notó que Jessica tenía dificultades para sentarse, especialmente cuando tenía que apoyar su espalda contra el respaldo de la silla.
La mujer sintió una punzada en el estómago al ver esto.
¿Qué había escondido debajo de esa chaqueta vieja y sucia?
Lucía no pudo seguir pensando en ello cuando apareció su orden.
La mirada de la niña era una inocente y confusa.
Claramente, no tenía idea de qué era lo que tenía enfrente.
Parecían dos pedazos de pan, suave y redondo, con semillas de ajonjolí encima de la parte superior.
En el centro había algo oscuro, parecía ser carne molida.
Por arriba y por debajo de la carne había cebolla y tomate cortados y rebanados.
Finalmente, había una absurda cantidad de queso arriba y abajo de la carne.
La joven no sabía cómo comer esto y tardó un rato en descubrir que tenía que aplastar los dos panes para luego llevárselos a la boca.
El primer bocado fue suficiente para hacer que Jessica se volviera loca y comenzara a devorar la hamburguesa como si fuera un perro que no había sido alimentado en días.
Al final, Jessica terminó su hamburguesa y pidió otra más, a lo que Lucía con gusto ordenó una más para la niña, quien la devoró encantada.
***** —Pasé la noche en su casa, me di una ducha y me fui a dormir nada más llegar.
Al día siguiente, no tuve clases y Lucía me llevó de compras.
Dijo que todo lo que usaba estaba en muy mal estado o apestaba —Jessica no pudo evitar reírse de sí misma—.
No se equivocaba.
Jessica terminó de contar su historia y derramó algunas lágrimas a manera de desahogo.
Amelia solo escuchaba en silencio, sin atreverse a interrumpirla.
Se tomó su tiempo para analizarlo todo.
Si es cierto que Lucía salvó a Jessica cuando esta tenía 10 años, entonces es posible que no supiera que Jessica era la elemental de fuego, al menos al principio.
Lo que significa que Lucía hizo todo por caridad.
Algo que le resultaba difícil de creer viniendo de una mujer con un recuento de 87 víctimas a sus espaldas, pero… ¿Y si era cierto?
Mientras Jessica terminaba de limpiarse las lágrimas, Amelia se levantó y comenzó a buscar algo entre su maleta hasta encontrarla.
Una laptop de última generación, o como mínimo de la generación pasada, y una libreta de anotaciones.
Sin embargo, eso no era lo que importaba, lo verdaderamente importante fue lo que Amelia hizo después.
Abrió la laptop y la encendió, utilizaba el sistema Windows 11 y era rápida, no tardó más de treinta segundos en encenderse.
Primero se conectó a la red Wi-Fi del hotel para después abrir el navegador Opera y activar la VPN integrada al mismo.
Luego, sacó un papel de su libreta de anotaciones.
En este trozo de papel había una serie de números, solo eran secuencias de unos y ceros, un código binario.
Amelia comenzó a escribir el código en la barra de búsqueda, número por número, teniendo cuidado de no equivocarse con ninguno.
Cuando finalmente terminó, pulsó la tecla “Enter” y una página nueva apareció.
Era mayormente negra, pero había un pequeño cuadro donde pedían colocar un nombre de usuario y contraseña.
Cosa que extrañó mucho a Jessica.
—¿Qué es eso?
Amelia sonrió y comenzó a escribir en las líneas.
En el nombre de usuario colocó “Wild Wind” y la contraseña era imposible de ver porque cada número o letra estaba oculto por un punto negro.
Una vez puso todos sus datos, Amelia volvió a pulsar “Enter”.
La página cargó nuevamente, revelando una web parecida a Facebook, pero Jessica dudaba que solo sirviera para chatear con desconocidos o enviar solicitudes de amistad a extraños.
—Vamos a averiguar si Lucía tiene algo bueno.
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