Saga Elementos - Capítulo 71
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71: Abel Clark 71: Abel Clark Las chicas caminaron por la calle en silencio total.
Estuvieron cinco minutos así, hasta que Jessica decidió romper el silencio.
—¿Cuál es nuestra primera parada?
—el tono de Jessica era nervioso.
Sonreía de lado y reía un poco.
Se la notaba algo incómoda y tímida.
Su lenguaje corporal lo decía todo.
La joven pelirroja intentó jugar con su cabello solo para darse cuenta de que su pelo era demasiado corto como para hacer eso, así que optó por meter sus manos en el bolsillo de su chaqueta.
Amelia notó todo esto y también se puso un poco nerviosa.
Había visto actitudes similares en varios chicos, y chicas, que intentaron cortejarla en el pasado.
Al ver aquello, Amelia comenzó a jugar con su cabello, enrollándolo en su dedo índice, soltándolo y volviendo a repetir el proceso, todo mientras su mano serozaba “accidentalmente” con la de Jessica mientras caminaban.
—Iremos a ver a un hombre llamado Abel Clark —informó Amelia, agradecida por poder salir de esa situación—.
Según esto, fue adoptado a los 14 años por una familia de Iluminados, trabajó para la Orden hasta que decidió dejarla, convirtiéndose en Desertor a los 26 años —Amelia resumió toda la información relevante mientras la leía en su teléfono.
—¿Por qué dejó la Orden?
—Amelia revisó la información una vez más.
—No lo dice, pero supongo que lo averiguaremos pronto.
Vive al sur, en Virginia, a veinte minutos en autobús —explicó la chica mientras ambas subían al autobús.
De nuevo, en el autobús, se mantuvieron en silencio durante un buen rato.
Ninguna de las dos sabía qué decir ahora.
Jessica miraba por la ventana y veía los autos pasar.
Su mente no dejaba de divagar.
«Han pasado muchas cosas en muy poco tiempo», pensó la chica con algo de asombro.
En solo cuatro horas había sobrevivido a un ataque de los Oscuros, la novia de su maestra se había entregado y había entregado a Lucía a los Iluminados, había descubierto el pasado de esta última y ahora estaba en busca de confirmarlo todo.
Sin embargo, había algo que no cerraba en toda esta situación: Amelia.
La joven peliblanca la estaba ayudando pese a que, en un principio, se mostraba reacia a hacerlo.
Jessica se sentía intrigada por este repentino cambio en su actitud, ¿a qué se debía?
Sí, tal vez tenía algo que ver con el Grifo, pero Amelia no parecía ser el tipo de chica que obedecería órdenes ciegamente.
Jessica sabía que había algo más en todo esto, pero prefirió guardarse sus preguntas para después.
—Llegamos —se bajaron en la primera estación del sur y comenzaron a caminar al hogar de Abel Clark.
Tuvieron que recorrer las calles por cinco minutos antes de llegar a su destino: una casa modesta de dos pisos y patio trasero bastante amplio.
Había dos niños jugando en el patio delantero.
Una niña y un niño.
Ambos no parecían mayores de 12 años y se estaban correteando frente a la casa.
En un momento, los dos pequeños se detuvieron para descansar.
La niña, que parecía ser la más inquieta y curiosa, se agachó frente a unas hierbas y puso una mirada de emoción.
—Oye, mira esto —el niño se agachó junto a la niña y observó las hierbas.
—¿Qué es esto?
—preguntó el pequeño.
—Son capullos de tulipanes —explicó la niña—.
No sabía que crecían en tu jardín.
¡Qué envidia!
—la niña infló sus mejillas en un puchero adorable.
—Te gustan mucho, ¿no?
—el tono del niño parecía algo nervioso, cosa que Amelia y Jessica notaron inmediatamente.
—¡Es mi flor favorita!
—exclamó la niña—.
Mamá dice que mi abuela llevó tulipanes el día que nací.
Dice que es mi flor de la suerte.
—Bueno… puedes quedarte con las flores… si quieres —Amelia no pudo evitar reírse del niño.
Claramente, estaba enamorado de su amiga.
—No, olvídalo —la pequeña se levantó—.
Todavía no van a florecer, no es temporada —dijo la chica mientras se alejaba.
El chico miró los capullos con interés, volvió a mirar a la niña y luego a los capullos una vez más.
Cuando se aseguró de que la niña no lo estaba viendo, levantó su mano hacia los capullos y, tanto Jessica como Amelia, sintieron una pequeña conexión viniendo del chico, quien hizo un gesto con la mano y, casi al instante, el capullo se abrió.
El niño era un usuario del elemento tierra.
«Parece que llegamos al lugar correcto», pensó Amelia.
El pequeño volvió a ocultar su conexión y se volvió a mirar a la niña.
—Oye, mira.
—¿Qué pasa?
—al voltearse, la chica se encontró con varios tulipanes recién abiertos—.
¡No puede ser!
¿Cómo?
—No lo sé, me di la vuelta y cuando giré a ver ya habían florecido —mintió el niño, antes de cortar un tulipán y ponérselo a la niña en el cabello—.
Te ves muy bonita —el chico tenía una sonrisa de bobo y un sonrojo muy notorio en su cara.
La niña no pudo evitar reírse.
—Gracias —la niña se inclinó y besó la mejilla del niño, empeorando su rubor.
—¡Abigail!
—se escuchó un grito desde el otro lado de la calle—.
¡Ven aquí!
—Es mi mamá, debo irme.
Nos vemos luego —se despidió la niña y salió corriendo a encontrarse con su madre—.
Hola, mamá —la mujer tomó la niña del brazo con algo de fuerza y la llevó a su casa.
—Ya te he dicho que no juegues con ese niño —la mujer ni siquiera se molestó en ocultar su enojo o en bajar el volumen de su voz, como si quisiera que el niño la escuchara.
Entró con su hija a la casa y cerró la puerta con fuerza.
Amelia se preguntaba a qué se debía la actitud de la señora.
Volvió a mirar al niño, el cual parecía triste.
Suspiró y desvió su mirada al suelo, hacia los tulipanes.
Amelia decidió acercarse al chico.
Se aproximó con lentitud antes de hablar.
—Hola —el niño levantó la mirada hacia las chicas—.
Soy Amelia y ella es Jessica —el niño inclinó la cabeza.
—Soy Marcus —respondió el chico con un tono inocente.
—Estamos buscando a Abel Clark.
¿De casualidad lo conoces?
—el niño entornó sus ojos en dirección a Amelia.
—¿Buscan a papá Abel?
Amelia entornó los ojos.
Parecía que este era el hijo de Abel.
Volteó la mirada hacia el buzón de correo y pudo leer el mensaje «Residencia de la familia Clark».
Con todo lo anterior, pudo deducir que estaba en el lugar correcto.
—¿Sabes dónde está?
—insistió al niño.
—Bueno… —¡Marcus!
—llamó un hombre que acababa de salir de la casa—.
¡Los sándwiches están listos!
Parecía estar cerca de los cuarenta años, vestía shorts y una camisa blanca sin mangas, de barba tupida y expresión severa.
Amelia pensó que ese sería Abel Clark, hasta que el pequeño fue corriendo hacia él.
—¡Papá Roger!
—el chico se abrazó a las piernas de su padre.
—¿Quiénes son ellas?
—preguntó el hombre mirando a Jessica y Amelia.
—Están buscando a papá Abel —al escuchar esto, la expresión del hombre se endureció.
Amelia se quedó sin más opción que avanzar.
—Buenas tardes, señor.
Mi nombre es Amelia y ella es Jessica.
Estamos buscando a Abel Clark.
—¿Qué quieren con él?
—preguntó de forma severa.
—Solo queremos hacerle unas preguntas —esta vez la que habló fue Jessica—.
Por favor —su tono ya era suplicante, algo que Amelia no acostumbraba a ver en ella.
El hombre suspiró.
—Pasen.
Al entrar a la casa se encontraron con un completo caos.
Juguetes desparramados por el piso como si un tornado hubiera entrado a la sala y arrasado con todo.
Era la típica casa familiar de los suburbios estadounidenses.
El hombre, Roger, suspiró.
—Marcus, recoge tus juguetes —le ordenó al niño, quien aceptó de mala gana—.
¡Abel!
¡Tenemos visitas!
De la cocina apareció otro hombre.
También parecía cerca de sus cuarenta años, vestía pantalones holgados y camisa sin mangas de color negro.
A diferencia de Roger, este hombre tenía la cara totalmente afeitada.
Nada más ver a las chicas, el rostro del hombre mostró confusión.
—¿Qué hacen ellas aquí?
—preguntó confundido.
—¿Es usted Abel Clark?
—se animó a preguntar Jessica.
—Sí, pero no entiendo, ¿qué quieren con nosotros?
Dejé la Orden en buenos términos y hemos tenido cuidado de no romper las reglas —luego su expresión cambió y miró al pequeño Marcus—.
¿Has estado usando tus poderes en público, Marcus?
—preguntó un poco molesto con el niño.
El pequeño bajó la mirada y se sonrojó—.
Les prometo que no volverá a suceder.
—No estamos aquí por eso, pero admito que el chico es todo un conquistador —bromeó Amelia, causando que el sonrojo de Marcus se hiciera más grande—.
Hizo florecer unos tulipanes y le colocó una de las flores en el cabello a la niña con la que jugaba hace rato —Amelia le lanzó una mirada cómplice a Jessica, quien entendió lo que planeaba la peliblanca.
—Y como agradecimiento, la niña le dio un besito en la mejilla —continuó Jessica con la broma.
Ambos hombres no pudieron evitar reír al escuchar la historia.
—Sí, eso va contra las reglas, pero sucede todo el tiempo y nadie vio nada, así que no hay problema —explicó Amelia con una ligera risa.
—¿Y por qué están aquí?
—preguntó Roger.
—Vinimos a hablar sobre el orfanato Sacred Heart Home y el Padre Mateo Barnes.
El rostro de Abel palideció al escuchar esos nombres, como si hubiera visto a un monstruo.
Roger notó esto, Marcus también, pero no entendía la razón.
—Marcus, ve a tu habitación y cierra la puerta —le ordenó Roger.
—Pero… me dijiste que recogiera mis juguetes.
—Puedes hacerlo después —el tono de Roger era severo y autoritario.
El niño dejó lo que estaba haciendo y fue corriendo a su cuarto.
No tardaron en escuchar como se cerraba la puerta de la habitación en el piso de arriba.
Abel y Roger se sentaron en el sofá.
Jessica y Amelia se sentaron frente a ellos.
Por el lenguaje corporal de ambos hombres estaba claro que eran un matrimonio, un matrimonio gay, por supuesto.
Ahora tenía sentido la actitud de la mujer de hace rato.
Seguramente era una homofóbica a la que no le hacía gracia tener a un matrimonio gay viviendo en su calle.
Mucho menos ver al hijo de estos hombres jugar con su hija.
El solo pensarlo hizo que ambas chicas sintieran un nudo en el estómago.
Jessica se sentía muy molesta y hasta se compadecía de la pequeña.
Ella había vivido con una fanática religiosa toda la vida y sabía de primera mano lo que Ana pensaría sobre Abel y Roger.
—¿Qué quieren saber?
—preguntó Abel.
Su mirada estaba fija en el suelo y su voz sonaba apagada.
Amelia sacó su teléfono y comenzó a grabar la conversación.
—Todo —Abel rio con ironía.
—Claro —el hombre suspiró mientras miraba al techo con expresión pensativa—.
¿Por dónde empiezo?
—Sabemos sobre las denuncias al orfanato y al padre Barnes, pero… —Quieren saber si son verdad —Abel suspiró nuevamente—.
Sí, lo son.
El orfanato era un buen lugar para crecer, si eras heterosexual.
Cuando los chicos llegaban a la pubertad y empezaban a… descubrirse, los sacerdotes y monjas comenzaban a vigilarnos más de cerca.
—¿Para que conservaran su virginidad?
—preguntó Jessica.
—Para asegurarse de que la perdiéramos correctamente —corrigió Abel.
Roger le sostuvo la mano—.
Ser gay en ese lugar era como ser un leproso.
—Y los sacerdotes los curaban —reconoció Amelia.
—Hubiera preferido seguir enfermo.
Cuando me descubrieron, los sacerdotes fueron a mi cuarto y me forzaron a ir a otra habitación.
Al llegar ahí, fui obligado a desnudarme.
Me ataron las manos al techo, azotaron mi espalda mientras me hacían recitar un pasaje de la Biblia.
—¿Cuál era ese pasaje?
—preguntó Amelia.
—Proverbios 26, versículos del 1 al 6 —ambas chicas se miraron, era el mismo pasaje que estaba anotado en el cartel que Barnes tenía en el cuello.
—Continúe, por favor —pidió Amelia con suavidad, dejando claro que no quería forzar al hombre a nada.
—Después de azotarme, Barnes me obligaba a tener sexo con las monjas hasta que… —el agarre de Roger se apretó sobre su mano, con firmeza y a la vez ternura—.
No me soltaban hasta que no eyaculara dentro de ellas —Jessica se sintió horrorizada.
Sin embargo, Abel todavía no terminaba—.
Cuando terminaba con las monjas, tenía que hacerlo con los sacerdotes.
Barnes decía que tenía que experimentar tanto lo correcto del sexo como lo incorrecto —Abel se limpió una lágrima de su mejilla derecha, se notaba que estaba temblando y que luchaba para controlarse—.
Esa fue mi primera vez en todos los sentidos posibles —su voz se quebró al decir esas últimas palabras.
Hubo un momento de silencio mientras ambas chicas procesaban todo.
Amelia sintió asco y repulsión, al igual que Jessica, por personas así, como el Padre Barnes y su grupo de seguidores, es que mucha gente se declaraba atea.
¿Cómo podía alguien creer en Dios cuando sus “ciervos más devotos” cometían semejantes actos de depravación?
Amelia tenía una postura clara: Creía en la existencia de un poder superior, de un creador, pero negaba las reglas, doctrinas y dogmas impuestos por las religiones, una postura filosófica conocida como “deísmo”.
Jessica, por su lado, era católica.
Sí, por mucho daño que Ana le había hecho, la joven creía firmemente en la existencia de Dios, aunque cosas como estas hacían temblar su fe.
Amelia se aclaró la garganta y continuó.
—¿Cómo le afectó esto, señor Clark?
—Abel suspiró, parpadeó dos veces mientras se limpiaba las lágrimas.
—Cuando los Clark me adoptaron, pensé que podría dejar todo atrás, pero supe que algo estaba mal cuando mi cuerpo empezaba a temblar cada vez que veía a un chico que me parecía atractivo.
Era algo tan obvio que mis padres lo notaron y no tuve más remedio que decirles lo que pasó.
Estuve en terapia luego de eso y, cuando creí que lo había superado, conocí a Roger —Abel apretó más el agarre sobre la mano de su esposo—.
La primera vez que estuvimos juntos, que íbamos a… tener sexo, todo iba bien hasta que… —Roger supo que debía intervenir.
—Cuando empecé a besarlo en el cuello, Abel se alejó de mí aterrado, parecía haber visto a un fantasma.
Fue ahí que me contó todo lo que pasó en ese maldito orfanato —Roger soltó una risa apagada que no acompañaba su expresión de molestia—.
Sobra decir que no pasó nada esa noche.
—Tardé tres años.
Tres años de terapia para poder acostarme con el hombre que amo —la voz de Abel se quebró y las lágrimas cayeron de sus ojos como cascada, el hombre se había quebrado—.
¿Por qué?
Yo no pedí nacer así.
Yo no escogí sentir atracción por los hombres.
¡¿Por qué tengo que sufrir cuando Dios me hizo tal y como soy?!
Abel se rompió a llorar, Roger lo abrazó con ternura, tratando de consolarlo.
Jessica y Amelia se dieron cuenta de algo: acababan de abrir una caja de Pandora.
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