Saga Elementos - Capítulo 72
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Capítulo 72: Catonsville
Dejaron la casa de la familia Clark; con Abel y Roger estaban devastados. Claramente no esperaban tener que revivir ese oscuro capítulo de sus vidas, especialmente Abel. Las chicas salieron del lugar y tomaron el autobús. Ninguna se atrevía a decir nada. Las dos estaban tensas por la historia que acababan de escuchar. Además, era hora del almuerzo y tenían hambre.
Bajaron del autobús en una cafetería para comer algo. Ordenaron dos especiales del día, pero además de eso no dijeron nada más allá de su pedido al camarero. Cuando finalmente llegó la comida, las dos comenzaron a degustarla.
—Eso fue… —Jessica finalmente rompió el silencio, el cual se estaba volviendo insoportable.
—¿“Intenso”? —aventuró Amelia.
—Iba a decir “revelador”, pero “intenso” también sirve —ambas rieron por el comentario de Jessica. Por su lado, el semblante de Amelia se tornó serio.
—Su testimonio prueba que había abuso sexual en ese lugar y que Barnes era el líder de todo —concluyó Amelia—. Sin embargo, todavía necesitamos el testimonio de los otros dos —Jessica volteó a mirar a la chica de cabello blanco.
—¿No es suficiente con lo que Abel nos dijo? —Amelia negó mientras masticaba.
—Es cierto que su testimonio es impactante, cuanto menos. También es creíble porque Abel se fue de la Orden en buenos términos, así que no tiene razones para mentir, no cuando sabe que su esposo e hijo podrían verse afectados si lo hace. Sin embargo, debes entender que este es un tema muy delicado —Jessica rio con sarcasmo y desdén.
—Claro, los sacerdotes y las monjas son Santos en la Tierra y jamás harían algo así —Amelia rio por lo bajo.
—Muchos en la Orden son católicos o cristianos. Puede que sean conscientes del problema, pero no deja de ser un tabú que prefieren ignorar —explicó Amelia—. Además, Lucía no es precisamente una buena persona. Te recuerdo que mató a 15 Iluminados.
—Sí, pero ese doctor dijo que ellos no eran su objetivo.
—No importa, mató a varios de los nuestros. Nadie querrá aceptarla, sin importar cuáles sean sus razones. Si queremos que entre al programa de rehabilitación, necesitamos un caso a prueba de tontos. Algo que ni el mejor abogado del mundo pueda refutar —Jessica suspiró.
—Vale… ¿Qué hace falta para lograr eso? —Amelia se llevó una papa frita a la boca mientras pensaba.
—Necesitamos tres cosas. La primera es confirmar que algo sucedió en ese orfanato —Amelia comenzó a contar con sus dedos—. Segundo, testimonios de las víctimas —Amelia hizo una pausa y su expresión se oscureció un poco.
—¿Y tercero? —se animó a preguntar Jessica; la peliblanca suspiró antes de responder.
—El testimonio de Lucía Johnson —nada más decir eso, Jessica titubeó.
—Eso podría ser difícil.
Las dos sabían perfectamente que la posibilidad de que Lucía hablara sobre lo que pasó era muy baja. Principalmente, porque si Lucía fue abusada por Barnes y su gente, difícilmente diría algo. Las víctimas de violación no suelen hablar sobre los abusos. La culpa, vergüenza y el miedo los mantenían callados y sus abusadores lo sabían. Además, los Oscuros entrenaban a los miembros de su Orden para guardar silencio ante cualquier tipo de interrogatorio. No iba a ser fácil hacerla hablar.
—Con algo de suerte, se quebrará al confrontarla con toda la información que tenemos —aventuró Amelia de enderezar su postura y volvió a su almuerzo—. Terminemos de comer y vámonos. El siguiente en la lista está en Maryland. Será un viaje largo en autobús.
—Sí —finalmente, Jessica comenzó a comer su almuerzo.
Al terminar, salieron de la cafetería y tomaron el primer autobús a Maryland. Se sentaron en los asientos de la parte trasera, dispuestas a disfrutar del viaje. Jessica no dejaba de mirar a la derecha, por el lado de la ventana, mientras Amelia estaba sentada a su izquierda, por el lado del pasillo del autobús. «Sé que esta es una situación seria y que debería concentrarme, pero cada vez que estamos solas…» Jessica ni siquiera podía pensar claramente. Había un cosquilleo en su estómago y su pecho se sentía caliente. La joven estaba enamorada, eso era innegable, pero no sabía cómo actuar en esta situación.
Un recuerdo fugaz llegó a su mente. Un consejo que le dio Lucía cuando empezó su primera relación, Emma Michaels. Un par de semanas después de que ambas niñas empezaran a salir.
—Sé atrevida. Si quieres conquistar a una chica, y que caiga a tus pies, no puedes esperar a que ella venga a ti. Tienes que lanzarte y cortejarla —le dijo Lucía ese día.
—¿Cómo hago eso? —preguntó la niña de forma inocente. Lucía pensó por un momento antes de responder con tono juguetón.
—Primero tienes que observar el ambiente. Si sientes que puedes decirle algo lindo, hazlo. Por ejemplo: acércate a Emma y dile algo como “Oye, hermosa. Luces radiante el día de hoy” —Jessica volteó a mirar al suelo y se revolvió incómoda en su sitio, totalmente sonrojada. Lucía no pudo evitar reír—. Vale, si te sientes muy incómoda para dedicarle algún cumplido, entonces intenta con algo de contacto. Puedes tomarla de la mano o besarle la mejilla cuando se despidan. Solo recuerda no exagerar para no asustarla.
Ese fue el consejo que Lucía le había dado cuatro años atrás. Por aquel recuerdo, y muchas cosas más, es que Jessica quería ayudar a la mujer con tantas ganas. Lucía había sido su guía en muchas situaciones difíciles a lo largo de su vida. Si iba a hundirse, Jessica trataría de salvarla, aunque fuera en vano. «Me ayudaste durante muchos años, Lucía…» Jessica miró de reojo a los asientos. Justo en medio de ella y Amelia, sus manos estaban muy cerca. «Tal vez sea hora de poner en práctica esos consejos», incluso en su mente, su voz sonaba baja y tímida.
Primero empezó moviendo su dedo meñique, rozando levemente la piel de la mano de Amelia, quien sintió los toques, pero se mantuvo en silencio, aunque sus mejillas empezaron a ponerse rojas. «¡¿Qué diablos está haciendo?!» Amelia quería gritar lo que estaba pensando, especialmente cuando los toques de Jessica se volvieron un poco más intensos. Amelia se estaba sonrojando cada vez más.
Jessica fue un poco más atrevida al no sentir resistencia o negación de parte de Amelia. Posó sus dedos sobre la mano de la chica de cabello blanco y, con sus dedos índice y medio, comenzó a frotar el dorso de la suave mano de la joven. Su piel era lisa y tersa, casi sin imperfecciones. Jessica sintió cómo Amelia se estremecía ante sus acciones. La pelirroja cerró los ojos, sintiendo un enorme peso sobre su pecho.
—Jessica… —la voz de Amelia era un susurro, uno muy bajo—. ¿Qué…? ¿Qué estás haciendo?
—Nada —el tono de Jessica era de alguien que se había rendido—. No estoy haciendo nada.
«Soy una estúpida, claro que no soy su tipo. ¿Qué podría ver alguien como ella en una chica como yo?» Jessica suspiró y trató de retirar su mano, pero Amelia no lo permitió. Tomó la mano de Jessica y entrelazó sus dedos con los de ella. Esta acción dejó confundidas a las dos. Claramente, ni Amelia se esperaba esta acción de su parte. Sin embargo, ninguna de las dos se atrevía a voltear la mirada.
—Amelia… —ahora el tono de Jessica no era diferente al de un gatito asustado—. ¿Qué estás haciendo?
—Lo mismo que tú —la joven de cabello blanco afirmó un poco más su agarre sobre la mano de Jessica—. No estoy haciendo nada —esas simples palabras tomaron por sorpresa a la pelirroja, pero ella también apretó su mano y usó su pulgar para acariciar el dorso de la mano de Amelia. La joven de cabello blanco divisó su parada al final del camino—. Es nuestra parada.
Ambas chicas bajaron del autobús. Ninguna podía mirarse a los ojos, pero las dos llegaron a un entendimiento silencioso. Con solo una mirada se dijeron todo. «Hablaremos más tarde».
Caminaron por el vecindario, buscando algo que las distrajera de lo ocurrido en el autobús. No tardaron en encontrar algo que apartó esos pensamientos de sus mentes. Notaron la vestimenta particular de las personas que caminaban a su alrededor. Las mujeres utilizaban túnicas que les tapaban el cabello; algunas incluso tenían un trozo de tela cubriendo su nariz y boca. Otras tantas iban acompañadas por hombres jóvenes o de mediana edad, pero la gran mayoría de las mujeres estaban solas, salvo unas cuantas que estaban acompañadas de niños pequeños.
—Esta es… ¿Una comunidad musulmana? —preguntó Jessica incrédula por lo que veía.
—Sí, estamos en Catonsville, Maryland —Jessica silvó.
—El autobús nos llevó muy lejos del hotel —comentó la pelirroja.
Washington D.C. estaba justo en medio de los estados de Maryland y Virginia. Abel Clark vivía en Virginia, mientras que el siguiente en lista para interrogar residía en Maryland.
—La persona a la que interrogaremos se llama Ghali Thompson —Amelia estaba revisando la información en su teléfono—. Estuvo en el orfanato Sacred Heart Home y fue adoptado a una edad tardía, a los 15 años. Algo poco común. La mayoría de parejas prefieren a los niños porque son más fáciles de criar que un adolescente. Aquí dice que era católico, pero se convirtió al Islam a los 25 años. Actualmente tiene 34 años, está casado y tiene 7 hijos —eso último sorprendió a Jessica.
—¿Y quién fue la víctima de ese monstruo? —el tono de Jessica era sarcástico.
No era ajena a la reputación de los hombres musulmanes y al machismo extremo de muchos de ellos, pero tampoco quería dejarse llevar por estereotipos. Si fuera así, entonces todos los habitantes de Oriente Medio serían terroristas. Sin embargo, al escuchar que el hombre estaba casado y tenía 7 hijos, lo único que Jessica podía pensar era que esa mujer era muy resistente, que el hombre era un monstruo en la cama o que la mujer simplemente dejaba que su esposo hiciera lo que quisiera con su cuerpo.
—No lo dice, pero sí tengo su dirección. Por aquí.
Amelia guio a Jessica por el lugar hasta un gran edificio de apartamentos, uno muy lujoso. Y aunque tuvieron algunos problemas en recepción para entrar, para su suerte, uno de los recepcionistas resultó ser miembro de la Orden. Por lo que, apenas se descuidó su compañero, les entregó una tarjeta de acceso para el ascensor.
Se escabulleron en silencio al aparato y le dieron la orden de subir hasta el penthouse, en el último piso. Mientras se acercaban a su destino, sintieron cuatro conexiones cálidas. Tres de ellas eran de menor intensidad que la de Laura. La cuarta era ligeramente más fuerte que la conexión de la esposa de Matthew.
Al abrirse el elevador encontraron una escena que no esperaban. Había tres mujeres, todas vestidas con hijab que cubrían sus cabezas. Ellas eran las dueñas de las conexiones más débiles. Todas eran hermosas. El penthouse era un desastre. Había muñecas, figuras de acción, bloques de Lego, plastilina, tres Nintendo Switch y dos autos a control remoto regados por el piso. Parecía que un tornado hubiera pasado por toda la vivienda. Las tres mujeres estaban tratando de organizar el lugar lo mejor que podían, pero el ambiente quedó en silencio cuando vieron a las chicas saliendo del ascensor en su sala.
—Buenas tardes —saludó Jessica torpemente, quiso hacer una reverencia, pero no sabía si eso era correcto. No conocía su cultura, por lo que optó por abstenerse.
—Buenas tardes —saludó una de ellas. Parecía ser la mayor de las tres y traía puesto un hijab de color verde—. ¿En qué podemos ayudarlas?
—Estamos buscando al señor Thompson —anunció Amelia, causando que otra de las mujeres diera un paso al frente.
—¿Para qué buscan a Ghali? —por su tono, estaba claro que era la más tímida. Ella usaba un hijab azul.
—Es… por un asunto de trabajo —Amelia no sabía quiénes eran estas mujeres, por lo que no podía dar demasiada información, pero dos segundos después quería golpearse la cabeza por dar una excusa tan mala. Claramente, no tenían la edad suficiente para trabajar con Ghali.
—Si es un asunto de la Orden, entonces también nos concierne —la tercera mujer habló, se notaba que su carácter era el más fuerte de las tres, llevaba un hijab rojo—. ¿Para qué buscan a nuestro esposo?
—¿Ah? —Jessica y Amelia no daban crédito a lo que estaban escuchando.
—Disculpen, ¿“nuestro”? —preguntó Jessica.
—Sí, nuestro. Las tres estamos casadas con el mismo hombre —la primera mujer suspiró.
—Kamra, tranquila —pidió la primera. Kamra suspiró y cruzó los brazos bajo su pecho—. Verán, el Corán y nuestra religión permiten que un hombre pueda tomar hasta cuatro esposas.
—Y ustedes tres son las esposas de Ghali, ¿correcto? —preguntó Amelia buscando confirmar las cosas.
—Así es —asintió la mujer, luego procedió a señalarse a sí misma mientras hacía una reverencia—. Yo soy Maryam, ella es Zahira —Zahira, la mujer tímida, hizo una reverencia al ser presentada—. Y bueno, ya conocieron a Kamra —la última también hizo una reverencia—. Somos las señoras de Ghali Thompson.
—Yo soy Amelia Green.
—Jessica Anderson.
—Bien, ahora que todas nos conocemos, ¿nos pueden explicar para qué buscan a Ghali, niñas? —Kamra seguía con su actitud hostil.
—Bueno…
—¡Chicas! ¿Vieron mi laptop? No la encuentro por ningún lado.
Un hombre entró a la habitación desde la parte trasera del penthouse. Nada más ver a Jessica y Amelia, frunció el ceño Era obvio que no esperaba ver a nadie en su casa, además de sus esposas, por supuesto. Maryam suspiró y se volteó a mirar a las jóvenes visitantes.
—¿Puedo ofrecerles un poco de té?
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