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Saga Elementos - Capítulo 76

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Capítulo 76: Capítulo 76: La Sombra en la Montaña Parte 3

Al entrar a la oficina notaron dos cosas cruciales. La primera fue que el lugar estaba extremadamente organizado. Estantes con varios libros, todos ordenados alfabéticamente. Casi todos hablaban sobre estrategia, geografía, política e historia. La primera señal de alarma fue el libro “The Art of War” de Sun Tzu. Un libro mundialmente reconocido por ser un manual de estrategia y tácticas militares, las cuales incluían técnicas de engaño y espionaje.

Todas las Estrellas sabían perfectamente de qué trataba. Por sí solo no significaba nada, pero las recientes acusaciones contra Iván lo volvían una señal preocupante. También encontraron un libro bastante polémico: “The 48 Laws of Power” del autor Robert Greene, el cual era como un manual de autoayuda, pero para los manipuladores. Pues el libro, en las manos correctas, era una guía sobre cómo manipular y controlar a las personas. De hecho, era un libro tan polémico que fue prohibido en cárceles y escuelas.

Este libro era una verdadera señal de alarma, pero Bruno decidió no saltar a conclusiones. Iván era el líder de la unidad de inteligencia de la Orden, por lo que ese libro bien podría servirle como una “guía de estudio” sobre cómo obtener información más fácilmente. Por lo tanto, era una señal preocupante, pero no concluyente.

Mientras Bruno y Marcee revisaban la computadora de Iván, Tara avanzó un poco por la oficina, utilizando sus manos para sentir los libros en los estantes y el Radar para familiarizarse con su entorno. En este proceso, Tara sintió algo extraño en el piso.

—Todo luce normal para mí. Informes de misión, datos de inteligencia, investigaciones en curso, pistas sin confirmar, ubicación de Iluminados y algunas otras cosas, pero nada raro.

—Bueno, si va a tener una operación secreta, no dejará toda la evidencia en su computadora personal —refutó Bruno a Marcee.

—Creo que encontré algo —anunció Tara para después comenzar a golpear el suelo con su bastón—. Suena hueco.

Marcee y Bruno se acercaron a donde estaba Tara para inspeccionar el piso. En la esquina de la habitación, entre dos estantes, notaron una sección que se sentía distinta al tacto. Las tablas estaban cortadas con precisión, formando un cuadrado de aproximadamente setenta centímetros por lado, que había sido colocado cuidadosamente para ocultar un agujero.

Al retirarlo, encontraron un agujero con un cofre cerrado con candado. Lo primero que Bruno pensó fue que esto sí era muy extraño. La Orden de por sí era secreta y entendía la necesidad de tomar medidas para mantener la discreción, pero esconder un cofre en la oficina ya era exagerado por donde sea que se mire.

Marcee, usando una cuchilla de hielo, cortó el candado y abrieron el cofre. Encontraron una laptop de última generación. Lo primero que pensaron fue que necesitarían una contraseña para acceder a la información que contenía, por lo que optaron por guardarla para que la unidad de inteligencia la desbloqueara más tarde. Lo que sí llamó su atención fue una llave escondida al fondo del cajón, junto a una carta. Al intentar leerla, Bruno se mordió la lengua.

—¿Alguna de ustedes sabe hablar alemán? —preguntó el hombre al darse cuenta del idioma en el que estaba escrita.

—Ni idea —respondió Marcee y Tara negó con la cabeza.

—Vale, haré que la traduzcan después —Bruno guardó la carta en su bolsillo—. Ahora, si tuviera que apostar, diría que la cerradura para esta llave se encuentra en la casa de Iván —dijo sosteniendo el objeto.

—Pues creo que ya sabemos a dónde ir ahora —anunció Tara.

Una hora después estaban frente a la casa de Iván con Tobías y un equipo de investigación para examinar la vivienda. Marcee tomó la iniciativa. Utilizando sus poderes y aprovechando la nieve alrededor, creo un látigo de agua con la punta congelada en una hoja afilada. Con un movimiento rápido y preciso cortó las bisagras y la cerradura de la puerta.

Al entrar, se encontraron con algo sumamente extraño. Toda la casa, desde la sala hasta la cocina, incluyendo las paredes y habitaciones, estaba completamente vacía. No es que faltaran los muebles en la sala, porque sí los había, pero no había ningún tipo de decoración. Las paredes estaban pintadas de un gris opaco que generaba una sensación claustrofóbica, como si se cerraran sobre ellos. Ni siquiera había un televisor en la casa. Quizás fuera por la decoración, o más bien por su ausencia, pero Bruno y los demás percibían que el ambiente era muy opresivo.

Examinaron el resto de la casa y no encontraron nada, literalmente. Fuera de la habitación de Iván, los demás cuartos estaban totalmente vacíos. Sin muebles, herramientas, objetos personales, nada. “Si no fuera por la cama del cuarto, pensaría que aquí no vive nadie”, pensaba Tobías mientras miraba a su padre, Bruno, quien pareció llegar a la misma conclusión que él.

—Señor Rogers —llamó uno de los investigadores.

—¿Sí? —Bruno y Tobías respondieron al unísono, dejando al investigador descolocado.

—Bruno Rogers… —aclaró el hombre.

—¿Qué sucede?

—Encontramos algo.

El investigador llevó a Bruno hasta el cuarto de lavandería, el cual estaba tan vacío como el resto de la casa. Aparte de la lavadora, secadora y un par de prendas en la cesta de ropa sucia, no había nada. El investigador se agachó junto al calentador de agua y comenzó a desarmar las baldosas del piso.

Poco a poco, reveló la entrada a un túnel subterráneo, el cual tenía una escalera de metal perfectamente construida. Estaba claro que llevaba ahí un buen tiempo. Tara no tardó en aparecer.

—Imagino que sentiste esto, ¿verdad? —le preguntó Bruno.

—Desde que entramos a la casa —respondió la mujer.

—¿Qué tan grande es lo que hay debajo?

—No puedo darte una medida exacta, pero es tan grande como la casa en sí —Bruno frunció el ceño.

—Ustedes, conmigo —señaló a dos investigadores—. Los demás, quédense aquí arriba y terminen de registrar la casa. Marcee… —Bruno lanzó la llave a la mujer—. Si encuentras la cerradura para esa llave, házmelo saber.

Una vez dio esas órdenes, descendió por la escalera. Al llegar al fondo, utilizó su encendedor de bolsillo para crear una bola de fuego con la cual iluminar el lugar. Mientras los investigadores bajaban a reunirse con él, Bruno avanzó buscando un interruptor, lámpara o cualquier cosa que pudiera proporcionarle una mejor fuente de luz.

Luego de caminar cinco metros, las luces se encendieron. La habitación entera era de color blanco. Las paredes, el piso y el techo estaban pintados de un color claro. Bueno, más específicamente, de un gris claro. Las luces eran frías, de color azul, y estaban fijas a las esquinas y a lo largo de todo el techo. Bruno volteó la mirada a uno de los investigadores.

—El interruptor estaba junto a la escalera —comentó uno de los investigadores. Al parecer, había sido el último en bajar.

Bruno notó una mesa y varias pizarras al final de la habitación. Caminó hasta esa parte del cuarto y lo que encontró hizo que su sangre se congelara. Eran informes que Iván jamás presentó en las reuniones de las Estrellas ni a la unidad de inteligencia. Por ejemplo, ubicaciones de bases de los Oscuros alrededor de todo el mundo, así como las direcciones y domicilios de algunos de ellos.

Bruno encontró más libros de estrategia, psicología y psiquiatría clínica y forense. Además de esos libros que eran normales en alguien con un trabajo como el de Iván, también tenía libros de historia, sobre las mayores tragedias en la historia de la humanidad o, más específicamente, los peores asesinos y genocidas de la historia. La lista no incluía nombres como Jack El Destripador, no. Iván llenó la lista con nombres como Elizabeth Bathory, Fidel Castro, Genghis Khan, Osama Bin Laden, Sadam Huseín, Shirō Ishii, Vlad III de Valaquia, también conocido como Vlad El Empalador, Adolf Hitler, Josef Mengele, Benedicto IX, Josef Stalin, Hibatullah Akhundzada, líder del régimen talibán en Afganistán, Iván IV Vasílievich, el primer Zar de Rusia que recibió el apodo de Iván El Terrible, el Papa Alejandro VI, Mao Zedong, Pol Pot y todos los miembros de la familia Kim, los gobernantes de Corea del Norte.

Esos eran solo algunos de los muchos nombres que aparecían en los libros que adornaban el escritorio de Iván. Los pizarrones en la pared, por otro lado, tenían diferentes ubicaciones marcadas en los mapas con tachuelas de diferentes colores. Sin embargo, Bruno se preocupó mucho cuando vio las fotos de Evelyn, Maxwell y Amelia sobre las diferentes ciudades en las que se encontraban. Lo que más lo alertó fue ver la foto de Amelia con un gran círculo rojo alrededor de su rostro.

Bruno, luchando para no quemar toda la evidencia, volteó a mirar el escritorio y encontró la dirección de un restaurante en Hong Kong con fecha para el día siguiente a las 8:00 PM.

El hombre se movió de su sitio y caminó de regreso por el pasillo. Al llegar a la mitad del camino hacia la escalera, Bruno gritó con tanta fuerza que incluso aquellos que estaban en la casa lo escucharon. Sin darle tiempo a nadie de reaccionar a su grito, Bruno volteó hacia la pared y la golpeó con tanta fuerza que el concreto se agrietó. Fue tan fuerte que el puño de Bruno comenzó a sangrar.

—Registren todo lo que hay aquí —le ordenó a los investigadores y volvió al piso de arriba. Marcee y Tara ya estaban esperándolo afuera.

—¿Qué pasó? —le preguntó Marcee, pero su expresión se oscureció al ver a Bruno con la respiración agitada y el puño sangrante—. ¿Bruno? —insistió la mujer.

La mente de Bruno solo estaba fija en una cosa: todos los libros y material que Iván guardaba sobre los peores monstruos de la historia humana. Asesinos en serie, genocidas, dictadores, psicópatas, terroristas, líderes religiosos extremistas, entre muchos otros monstruos que acabaron con cientos, miles y millones de vidas inocentes. Se volteó a mirar a sus compañeras y habló con el poco aliento que había en su garganta.

—Iván nos traicionó. Es una Estrella Caída.

Todos los presentes se mostraron sorprendidos, consternados y aterrados. No era para menos. Iván tenía acceso a la información de todos los miembros de la Orden. Era justo decir que ese hombre los conocía mejor de lo que ellos se conocían a sí mismos.

—No hay tiempo para asustarnos —Bruno los sacó a todos de su burbuja—. Registren todo lo que hay ahí abajo y…

—¡Señor! —uno de los investigadores llamó a Bruno—. Lamento interrumpir, pero creo que la señorita Green podría estar en problemas. No hemos registrado nada aún, pero hay notas y registros que apuntan a un complot contra su vida —las palabras del hombre hicieron eco en la mente de Bruno.

—Ya veo —el hombre suspiró. Hubiera preferido no convocarlos, pero no tenía opción—. Tara, reúne a un equipo de extracción. Llama a Tatiana.

*****

Al día siguiente, un hombre que aparentaba ser de mediana edad entró a un club nocturno en Hong Kong. En la entrada del club había un letrero escrito en chino con luces de neón púrpuras, rosas y azules. Las palabras en el letrero rezaban: Hēi yuè shèng suǒ. Palabras que, traducidas, significaban: Santuario de la Luna Negra.

Tras cruzar las puertas, el hombre fue recibido por el aroma del deseo, alcohol, tabaco, almizcle, sexo y perfume barato. Iván volteó la mirada solo para encontrarse con un montón de prostitutas con poca, o ninguna, prenda de ropa encima de sus cuerpos. Las mujeres estaban pegadas como chicle a todos los “clientes” mientras los seducían. Entre los clientes había una gran variedad. Había de todo, desde hombres mayores y de mediana edad, jóvenes pandilleros e incluso algunas chicas. Todos estaban ahí con el único objetivo de satisfacer su libido esa noche.

El hombre que acababa de ingresar caminó como si fuera el dueño del lugar. Por supuesto, la presencia de un hombre europeo en un club nocturno chino llamó la atención de todos los clientes, pero las prostitutas parecían no darle importancia. El hombre subió las escaleras al segundo piso, en el cual estaba la oficina del jefe del club y el dueño de todas aquellas mujeres que alquilaban sus cuerpos.

El hombre ni siquiera tocó la puerta antes de entrar. No le extrañó encontrar al jefe sentado en el sillón que había en medio de la sala. Se encontraba afilando una de sus katanas. Al sentir su presencia, el hombre sonrió y enfundó la espada.

—Pensé que nunca llegarías, Iván —habló el hombre para después levantarse y encararlo. Hizo una reverencia al saludarlo, una señal de respeto.

—Ha pasado tiempo, Tenma —le respondió Iván.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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