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Saga Elementos - Capítulo 80

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  4. Capítulo 80 - Capítulo 80: Escape Parte 2
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Capítulo 80: Escape Parte 2

Jessica se apresuró a llegar junto a Amelia. Lo primero que hizo fue liberar a la chica de sus cadenas. La tomó entre sus brazos y sostuvo su cabeza con delicadeza. Lo único con lo que podía compararse esta escena era con las típicas escenas en películas donde el héroe salva a la damisela en apuros y la carga en sus brazos.

El cabello de Amelia cubría su rostro. Jessica acomodó sus mechones detrás de su oreja y la sacudió un poco, tratando de despertarla.

—Amelia, por favor, despierta —la voz de Jessica sonaba rota.

Algo que la sorprendió fue que pequeñas gotas cayeron en el rostro de Amelia. Eran las lágrimas de Jessica. La chica no se lo esperaba. Ese día había derramado muchas lágrimas por aquella joven de cabello blanco. Al sentir las gotas en su cara, Amelia apretó los ojos y poco a poco se abrieron, revelando sus hermosos orbes blancos.

Al principio, su visión estaba borrosa, pero al poco tiempo pudo enfocarse y se dio cuenta de que estaba en los brazos de Jessica. Pudo sentir la fuerza en sus brazos, pero también la ternura con la que sus manos le sujetaban la cabeza. Era como si Amelia fuera una gema o algún tesoro que Jessica protegería con todo su ser y, al mismo tiempo, adoraría con admiración. Cuando llegó a esta conclusión, Amelia se sonrojó un poco, pero la vergüenza se desvaneció al ver el rostro de Jessica.

Tenía un corte en la cara, del cual salía sangre, aunque ya estaba seca y el sangrado se detuvo. El resto de su cara estaba sucia y cubierta con manchas negras. «Este olor… es como el de Max», pensó Amelia al percibir el aroma actual de Jessica. Era muy parecido al de Maxwell luego de sus sesiones de entrenamiento diarias. El chico sudaba a mares y su olor podría noquear a un elefante. Justo ahora, Jessica tenía una fragancia similar, pero no era tan insoportable como la de Max.

Al ver a Amelia despierta, Jessica sonrió.

—Casi me matas del susto, Brisita —le dijo en un sollozo.

—¿Jessica?

—¿Puedes caminar? —le preguntó Jessica mientras se limpiaba las lágrimas. Ya tendría tiempo para admirar la belleza de la chica.

—Creo que sí —Jessica ayudó a Amelia a ponerse de pie. Sin embargo, la joven de cabello blanco todavía tenía preguntas—. ¿Cómo llegaste hasta aquí?

Amelia sabía que Jessica todavía tenía mucho camino por delante, por lo que no se creía que ella sola hubiera podido abrirse camino entre un montón de Iluminados bien entrenados. Sin embargo, esas dudas se disiparon cuando salieron al pasillo. Nada más ver los cuerpos de las tres mujeres desparramados en el pasillo, todos con quemaduras severas. Amelia no cabía en su asombro. Al ver las marcas en el cuerpo de Jessica, supo que fue ella quien las había matado y estaba segura de que esos tres cuerpos no serían los únicos desparramados por el edificio.

—¿Tú… hiciste todo esto? —preguntó Amelia mientras veía el pasillo. Un nuevo respeto hacia Jessica nació en su interior. La joven de cabello blanco suspiró—. Tenemos que salir de aquí.

—No puedo sentir a nadie en los pisos de arriba.

—Es porque estamos en el último piso, este hotel solo tiene tres niveles —aclaró Amelia—. Lo que me sorprende es que no haya llegado nadie desde los pisos inferiores —Jessica no había caído en cuenta de eso.

Sí, había destruido el suelo del primer piso, el que daba a las escaleras, pero el acceso del segundo piso al tercero no estaba bloqueado de ninguna manera. Era muy extraño que aún no enviaran a alguien a buscarlas. Al analizar la situación, Amelia llegó a una conclusión.

—Nos están esperando abajo —dedujo Amelia.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Jessica.

—Tendremos que encontrar otra forma de bajar.

—¿Pero cómo? —Amelia sonrió mientras la miraba de reojo.

—Esto es un hotel, ¿no?

*****

Alfonso volvió a bostezar. Era la tercera vez que lo hacía en cinco minutos y la mujer de color ya lo encontraba irritante.

—¡Si sigues haciendo eso, te cortaré las pelotas! —advirtió la mujer.

—Eso sería una pena, porque si lo haces no podríamos volver a divertirnos —la respuesta de Alfonso fue cínica y arrogante, lo que enfureció a la mujer.

—Mira, imbécil…

—Suficiente —el jefe interrumpió la discusión entre estos dos—. Andrea, organiza a los muchachos. Las interceptaremos cuando bajen —Alfonso sonrió.

Sí, desde luego que se había acostado con Andrea, la mujer de color, y no solo con ella. Resulta que ella fue una de las tres mujeres que tuvieron un cuarteto con él noches antes. A pesar de su actitud severa y volátil, Andrea en realidad era sumisa en la cama y prefería que fueran rudos con ella. Le gustaba sentir algo de dolor durante el sexo. Se podría decir que, mientras luchaba por tener el control durante el día, por la noche le gustaba ser domada y, si era a la fuerza, mejor.

Alfonso no podía dejar de sonreír al verla y, claro, tampoco podía apartar los ojos de su trasero, recordando los gemidos que salieron de su boca esa noche.

—Alfonso —llamó el jefe y el hombre por fin se dio la vuelta—. En vez de acosar a Andrea, prepara todo para interceptarlas afuera.

—Sí, sí.

Sin muchas ganas, Alfonso tomó rumbo a la salida. Era alguien popular entre sus compañeros, pero por las razones equivocadas. Todos decían que Alfonso era, entre otras cosas, arrogante, patán, presumido, codicioso, peligroso, volátil, impredecible y ambicioso. Eso sí, todas las mujeres estaban de acuerdo en que era una verdadera bestia en la cama y siempre quedaban satisfechas después de pasar la noche con él.

No obstante, ser un buen amante no era suficiente para ganarse el respeto de la gente. Tal vez lo hacía el objetivo perfecto para el deseo sexual de las mujeres, pero nada más. Muchos se preguntaban por qué Alfonso seguía en la Orden y por qué no lo habían expulsado todavía. Nadie conocía la respuesta. Lo que sí estaba claro es que seguía en la Orden y debían soportarlo hasta que se decidiera lo contrario. Además, la conexión de Alfonso era cálida, un poco más fría que la de la mayoría de la gente, pero cálida a fin de cuentas, así que todos asumieron que solo era un hombre excéntrico y lujurioso, pero que en el fondo, muy en el fondo, tenía buenas intenciones.

Sin embargo, Alfonso pensaba muy diferente. Solo vivía para complacerse a sí mismo. En su mente nada más importaba. Nunca sintió afecto por alguien más que no fuera él. Si seguía en la Orden y realizaba misiones para los Iluminados era porque eso le daba la oportunidad de seducir mujeres, ganar mucho dinero, darse los lujos de un rey y vivir cómodamente. Desde joven siempre había sido así. Tres años atrás, sus padres, preocupados por su comportamiento, le preguntaron si algún día se casaría y tendría hijos, cuáles eran sus planes de vida.

—¿Hijos? ¿Para qué quiero hijos? No voy a desperdiciar mi vida cuidando a un mocoso. ¿Por qué hacer eso cuando podría acostarme con todas las mujeres que quiera o ganar más dinero que un rey?

La respuesta de Alfonso fue lapidaria. No solo mató la ilusión de sus padres de ser abuelos, sino que además confirmó sus peores temores. Alfonso era un hombre egoísta y no tenía salvación y, con todo el dolor de su alma, echaron a su hijo de sus vidas, pero este hombre nunca se sintió triste por esto o reflexionó sobre su conducta. En su lugar, eligió llevarse a cuatro mujeres a la cama en la primera oportunidad que tuvo.

«La vida está para disfrutarla», eso era lo que pensaba Alfonso mientras se dirigía a la salida. En el camino, pasó detrás de Andrea y no tuvo que pensarlo mucho para darle una fuerte nalgada frente a todos. El golpe hizo eco en el lugar y muchos fueron en defensa de Andrea, pero Alfonso solo escapó a gran velocidad con su cuerpo cubierto de relámpagos. La escena fue indignante, pero rápidamente pasó a segundo plano. Todavía tenían que atrapar a Jessica y Amelia. Lidiarían con Alfonso más tarde.

No obstante, sin que nadie se diera cuenta, Andy se mordió el labio inferior mientras intentaba apagar la excitación que sentía en ese momento. «Será un atrevido, pero sabe exactamente lo que hace», pensó mientras terminaba de preparar todo para recibir a las Elementales atrapadas en el tercer piso.

*****

Las chicas ya habían terminado de preparar todo, ahora solo tenían un problema más. ¿Acaso ya las habían encontrado? ¿Alguna estaba lastimada? No. En realidad, el problema era Jessica y su miedo a las alturas.

El plan de Amelia era simple, tomar las sábanas de cada habitación en ese piso, amarrarlas y formar una cuerda para escapar del tercer piso por una ventana, por lo menos bajar a una altura segura para no romperse todos los huesos al caer. Con lo que no contaba la peliblanca es que Jessica tenía pánico a las alturas. Tuvo que descubrirlo justo cuando ya estaban por bajar. Se le hacía adorable que una chica tan ruda como Jessica tuviera un miedo tan básico como ese, pero no tenía tiempo de molestarla con eso.

—Jessica, solo…

—Si dices “No mires abajo” voy a hacerlo —Jessica pasó de ser una bestia furiosa a un gatito asustado.

—Está bien, solo sujétate de las sábanas y no te sueltes. Lo único que tienes que hacer es descender lentamente —Jessica seguía viéndose muy nerviosa. Amelia la tomó de la mano para tranquilizarla—. Bajaré primero y, si caes, yo te atrapo ¿De acuerdo? —la respiración de Jessica se tranquilizó.

Unos flashes aparecieron en su cabeza. Imágenes del mar vistas desde un acantilado a cientos de metros de altura. El recuerdo de un aroma muy particular llegó a su mente. Mezclado con el aroma del mar estaba el aroma del césped recién cortado combinado con el olor de la lluvia. Todo combinado con el sonido de las olas rompiendo en la orilla.

—¿Qué pasa, cariño? ¿Te dan miedo las olas? —la voz dulce de un hombre sonó en cabeza y reflejaba un enorme cariño y adoración por ella—. ¿O es que estamos muy alto? —una ola especialmente grande rompió en las rocas con mucha más fuerza que las otras. La cabeza de Jessica se hundió en el cuello del hombre—. Tranquila, cariño. Si caes al mar, papi irá a salvarte.

—Jason, por favor —suplicó la voz de Ana—. Aléjate de ahí antes de que… te caigas —la mirada de Ana se posó en el pequeño bulto en los brazos del hombre, una niña de tres años.

—Es cierto, este pequeño huracán rojo podría hacerme caer —el hombre comenzó a girar mientras reía y la niña soltaba carcajadas.

Lo último que vio fue el rostro de un hombre de unos cuarenta años, con ojos color ámbar y sonrisa tierna. Ese era un recuerdo de cuando Jessica era una bebé. Se tranquilizó al sentir el calor de ese recuerdo, la nostalgia que le provocaba ese aroma y el tacto de las manos de Amelia sobre las suyas.

—¿Prometes atraparme si caigo? —preguntó, aún nerviosa, pero más tranquila.

Jessica esperaba un “sí” o un “por supuesto, Roja”, pero en su lugar Amelia se acercó hasta besar su mejilla con ternura, cuando se apartó había una gran sonrisa en su rostro. Este gesto la sorprendió, claramente no lo esperaba y se notaba en su expresión. Cuando por fin pudo pensar, se dio cuenta de algo: ¡Sus sentimientos eran correspondidos!

Apartó esos pensamientos de su mente y Amelia la soltó al verla tranquilizarse. La joven peliblanca se adelantó y comenzó a descender poco a poco por la cuerda improvisada. Jessica, luego de tomarse unos segundos para armarse de valor, la siguió.

Al salir por la ventana se sintió aterrorizada, se aferró aún más a las sábanas y trató de no mirar hacia abajo, pero le resultó imposible. Lo único que la tranquilizaba era ver a Amelia esperándola unos metros más abajo. «Si Caes, yo te atrapo», recordó la promesa de Amelia y comenzó a descender, lento pero seguro. Descendieron por la pared del edificio a paso lento, pero constante.

No se detuvieron hasta llegar al final del camino, pero la cuerda no llegaba hasta el suelo. Estaban a tres metros de tocar el suelo, lo que no era un problema en realidad. Amelia se soltó y aterrizó sin problemas miró hacia arriba y pudo ver un adorable mono pelirrojo sujetándose a una liana de seda. No pudo evitar reír al ver esa escena.

—Vamos, Roja. Solo son tres metros —Jessica soltó un chillido luego de solo un vistazo.

—¡No me presiones!

Con movimientos vacilantes Jessica fue soltándose, pero terminó resbalándose en una mala posición, no caería de pie. Se hizo bolita mientras caía y apretó los ojos e infló sus mejillas, esperaba el impacto contra el suelo, pero nunca llegó. Lo que sintió fue lo mismo que el día en que saltó del techo del hotel en Missouri, el viento azotaba su piel y no le permitía llegar al suelo. Cuando finalmente abrió los ojos encontró a Amelia sonriendo mientras un dedo apuntaba en su dirección. La joven había creado un colchón de aire para atrapar a Jessica y su mirada burlona dejaba claro que le parecía muy gracioso esto.

—En serio —Amelia empezó a reír—. ¿Te hiciste bolita mientras caías? —siguió riendo.

Jessica se puso roja e infló sus mejillas. Amelia le tendió la mano y Jessica la tomó para ponerse de pie. Al poco tiempo, Jessica también empezó a reír.

—Vamos, salgamos de aquí.

—Qué bien, nos sacamos un premio doble.

Ambas voltearon y ahora tenían a Alfonso frente a ellas. No solo él, otras cuántas conexiones cálidas las rodearon cortándoles cualquier vía de escape.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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