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Saga Elementos - Capítulo 86

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Capítulo 86: Lágrimas

Jessica quería correr y abrazar a Amelia. Después de todo, ella era su novia. Cierto, apenas habían empezado a salir hace unas horas, pero el hecho seguía siendo ese. Sin embargo, por más que quería detenerse y hablar con ella, sabía que debía enfocarse en el otro problema que tenía entre manos.

—Steve —llamó al hombre, el cual volteó a verla con una cara de pocos amigos. No era para menos. El espectáculo de Gregor enfadó a todos los que lo escucharon—. Necesito un favor.

Luego de explicarle lo que quería hacer, Steve accedió a ayudarla, pero con la condición de que debía haber dos Iluminados fuera de la habitación mientras ella estuviera adentro. Jessica no tuvo problemas en aceptar esto, aunque no consideraba que fuera necesaria la seguridad. Con todo arreglado, Steve, Jessica y un Iluminado bajo el mando de Steve se dirigieron a las habitaciones que servían como celdas para Yunque y La Tigresa del Rayo. Lucía se encontraba en la habitación 123, pero antes de confrontar a su antigua maestra, había alguien con quien Jessica necesitaba hablar antes.

Abrió la puerta de la habitación 120 y encontró a Martha haciendo sentadillas. A diferencia de la última vez, sus pies no estaban atados, lo que significaba que estaba totalmente libre en el cuarto. Desde luego, Steve estaba sorprendido, no tenía idea de que Martha se había liberado o de cuánto tiempo llevaba así. Martha, por su lado, suspiró mientras volvía a bajar.

—¿Me dejan terminar mi rutina antes de volver a esposarme las piernas? —preguntó Martha sin siquiera voltear a verlos.

—¿Desde cuándo…? —Steve estaba sin palabras por lo que veía.

—Desde el día que hablé con usted la primera vez —le dijo Martha mientras realizaba sus sentadillas. Su voz sonaba pesada, lo que indicaba que se estaba esforzando para hablar y seguir con su rutina—. No se ofenda, pero estaba muy aburrida. Ver la pintura secarse hubiera sido más entretenido.

La mujer finalmente terminó y suspiró mientras se dirigía a la mesita de noche, donde había una jarra de agua y un vaso. Se sirvió un poco y luego fijó su mirada en Jessica. Se sorprendió un poco al verla ahora. Físicamente, no había cambiado en nada desde la última vez que hablaron, a excepción de la cicatriz en su rostro. Sin embargo, la joven sin duda alguna estaba diferente de la última vez. Algo en su porte y forma de mirar le decía a Martha que, en el día y medio que no se vieron, había madurado bastante.

Cuando sus ojos se encontraron con los de Jessica, lo supo.

—Ya conoces toda la historia, ¿no? —Jessica no respondió nada—. Tomaré tu silencio como un “sí”.

—Necesito que estés ahí —Martha volteó a mirar a la niña.

—Dudo mucho que Lucy quiera verme —Jessica negó con la cabeza.

—Pero la amas, ¿no? —Martha le dedicó una mirada a Jessica antes de sonreír.

—De acuerdo, vamos a hablar con ella —antes de que Martha pudiera avanzar, la chica pelirroja la detuvo.

—Primero deberías darte un baño.

Martha levantó sus brazos y olfateó, solo para arrugar la cara tres segundos después. Sin perder tiempo, tomó una bata del armario y entró a ducharse. No sin antes encargarle a Steve que lavara su ropa, pues no tenía otro cambio disponible.

*****

«Lo mejor será que los deje matarme. Ya provoqué demasiados problemas. Demasiada muerte. Demasiado dolor. No es justo, todos ellos merecen justicia y mientras yo viva no la tendrán», estos eran los pensamientos de Lucía Johnson, quien seguía sin decir ni una sola palabra. Por más que Steve intentó interrogarla luego de que Jessica y Amelia salieran, no consiguió que ella le dijera algo por más que lo intentaba.

La mujer estaba destrozada. Lo había perdido todo. Su pareja la traicionó y la chica a la que cuidó por seis años como si fuera su hija ahora la detestaba. Ya no tenía fuerza para vivir un día más, ni siquiera vislumbraba un mañana.

Suspiró pesadamente contra la ventana, pensando en todo lo que jamás podría hacer por el simple hecho de no tener el derecho de hacerlas. No podría casarse, tener una familia, tener verdaderos amigos, dejar la Orden de las Sombras y llevar una vida normal. Lucía simplemente no tenía el derecho de hacer esas cosas. No se las merecía. Si se permitió estar con Martha fue porque ella la entendía. Al menos, eso pensó al inicio. Ahora, estaba segura de que la realidad era muy distinta.

—Qué tonta fui —se rio de sí misma—. Por supuesto que toda nuestra relación fue una mentira.

—¿De verdad crees eso? —Lucía volteó solo para encontrarse con Martha.

No había sentido su conexión antes, pero no era porque la mujer se estuviera ocultando. La razón era que ahora su conexión era totalmente cálida. Al estar rodeada de tantos Iluminados con este tipo de conexión, Martha era como un árbol en medio del bosque. Totalmente invisible a menos que prestaras atención.

Al verla, Lucía no pudo sentir otra cosa más que rabia. Fue hacia ella y le dio una bofetada con todas sus fuerzas. Martha, desde luego, no se defendió. Entendía perfectamente el enojo de Lucía. Además, ver a tu pareja entrar con una bata de baño oliendo a shampoo de jengibre mientras tú sufres en silencio enojaría a cualquiera.

No obstante, Lucía sí se sentía aliviada de ver a Martha, pues ella era su único refugio seguro en todo el mundo. Por eso su traición dolía tanto.

—¿Qué diablos haces aquí? —preguntó conteniendo el llanto.

—Lo sabes bien —Martha decidió que no guardaría más secretos ni misterios. Le arrancó los guantes de goma a Lucía, los cuales le impedían usar sus poderes, solo para tomar sus manos—. Las dos sabemos que esta vida no es lo que quieres. Tú no disfrutas matar, Lucy.

—¡No actúes como si lo supieras todo! Tú no tienes idea de todo lo que perdí —Lucía soltó las manos de Martha a la fuerza—. He matado a mucha gente, le arruiné la vida a cientos y me gané el odio de todo el mundo. La Orden es todo lo que me queda y sin eso… no soy nada. ¿No lo entiendes? Mi vida no importa… nunca importó.

—Lucy… —Martha intentó consolarla, pero Lucía se apartó.

—¡No! Tú no sabes lo que es, Martha. No sabes lo que es vivir toda tu vida con dolor, sintiendo cómo las miradas de la gente te desgarran el alma solo por existir. Tú lo superaste, ¡pero yo no! —Lucía se limpió las lágrimas—. Solo… déjame en paz. Aléjate antes de que también arruine tu vida.

—Tú no arruinaste mi vida, Lucy.

—Tampoco la mía.

Al escuchar la segunda voz, Lucía se dio la vuelta solo para encontrar a Jessica mirándola fijamente con una expresión triste y consternada. Lo primero que notó es que ahora era ocho centímetros más alta que la última vez que se vieron. Antes, Jessica tenía una estatura de 165 centímetros y ahora medía 173. No solo eso, al ver a la chica, Lucía solo podía pensar en que ahora parecía una copia en miniatura de Martha, pues la pelirroja había ganado una cantidad decente de músculos.

—Jessica… —Lucía suspiró su nombre. Era la primera vez en mucho tiempo que lo decía en voz alta.

—Leí tu expediente, Lucía, sé lo que hiciste y sé por qué lo hiciste —comenzó a decir Jessica mientras se acercaba lentamente—. No sé qué haría si estuviera en tu lugar, pero tú… sobreviviste y le diste a Barnes lo que merecía. Sí, puede que los demás lo vean como un asesinato desalmado, pero la policía tuvo la oportunidad de actuar y no lo hizo. Tú evitaste que hubiera más víctimas.

—Pero tú… —Jessica rio.

—¿Yo? Por favor, tú salvaste mi vida cuando quise suicidarme a los 10 años.

Steve miró a Jessica muy sorprendido. Sabía que Jessica creció en un hogar muy malo, con una madre fanática religiosa que la odiaba, pero aun así no podía imaginar qué tipo de cosas tenían que suceder para llevar a una pequeña de esa edad a tomar una decisión tan drástica como suicidarse. El hombre comenzaba a dudar si esto era cierto o no. Tal vez Jessica solo estaba exagerando.

—¿Y sabes cómo fue mi vida luego de eso? —preguntó Jessica antes de sonreír—. Fueron los mejores seis años de mi vida. Sí, todavía tenía que soportar a Ana, pero ella no estuvo ahí cuando… —Jessica se detuvo antes de mirar de reojo a Steve. Se la veía un poco sonrojada, cosa que confundió al hombre—. Entré a la pubertad —ahí fue que todo quedó más claro y Steve se abstuvo de hacer comentarios—. Ana tampoco estuvo ahí para ayudarme con mis tareas. Tampoco me preparaba comidas deliciosas, no me enseñó a cocinar, tampoco me llevaba de compras y, si se hubiera enterado de que soy gay, me hubiera matado hace años. Además, Ana no estuvo cuando me enamoré por primera vez y tampoco me apoyó, ni cuando empecé a salir con Emma, ni cuando rompimos porque ella se mudó a otra ciudad —una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Jessica—. La única persona que estuvo a mi lado durante todo ese proceso fuiste tú y, en lo que a mí concierne, mi verdadera madre no es la mujer que me trajo a este mundo, sino la que me cuidó por seis años.

Lucía estaba a nada de ceder, pero no podía permitirse hacerlo. Quizás fuera su orgullo tratando de protegerla, quizás no quería volver a abrir su corazón. Lo que sí quedaba claro es que Jessica estaba rompiendo su coraza poco a poco.

—Todo eso… fue solo un truco. ¡Una actuación! En realidad… ¡Nunca me importaste! —Lucía retrocedió, incapaz de mirar directamente a Jessica.

—¡Mírame, Lucía! Mírame a los ojos y dilo —la joven se acercó a Lucía con lentitud y firmeza—. Dime que todo lo que pasó fue un engaño, que todo ese tiempo que pasamos juntas fue actuado. Adelante, dilo, pero mírame a los ojos. Solo así te creeré.

Lucía levantó la vista, su cara empapada en lágrimas mientras veía a esta niña. La niña a la que vio crecer. Aquella a la que salvó del abismo. La que le enseñó que había luz en el mundo, incluso para ella. Una pequeña luz roja que le dio esperanza de que, tal vez, podía cambiar. ¡No! Ella podía cambiar, podía ser mejor, podía redimirse y, aunque no podía deshacer lo que ya estaba hecho, podía vivir para ser mejor.

Sin poder contenerse más, Lucía se lanzó hacia Jessica. El guardia junto a Steve quiso intervenir, pero el gerente del Monumental Palace lo detuvo, pues no había ningún peligro. Lucía no estaba atacando a Jessica, la estaba abrazando mientras lloraba. Así que no, no había peligro en ese cuarto, solo una madre abrazando a su hija.

—¡Perdóname! ¡Fui una estúpida! —al escuchar estos gritos, Jessica también empezó a llorar y abrazó a Lucía.

Martha se quedó viendo desde atrás. No se sentía con el derecho de participar en ese cálido reencuentro. Sí, ella le dio las pistas a Jessica para que investigara, pero fue la pelirroja quien hizo todo el trabajo y quien encontró la fuerza para perdonar a Lucía. Además, este era un encuentro entre madre e hija. Martha no sería capaz de arruinarlo.

Tras un rato abrazadas, Lucía finalmente soltó a Jessica y le acarició la mejilla. Tras unos segundos, volteó a mirar a Steve. Todo el miedo había desaparecido de su mirada y ahora solo había decisión en su rostro.

—Les diré todo lo que sé —dijo la mujer—. Aceptaré su trato.

Tras arreglar las cosas con Lucía, Jessica dejó a la mujer sola con Martha y Steve para ir a solucionar la otra crisis que había en sus manos: Amelia. La razón por la que no fue antes con ella es sencilla: Jessica quería solucionar todo para permitirle a su chica descansar. Durante todo el viaje, Amelia fue la que buscó las soluciones, pagó por todo y, de paso, soportó el peso de los errores. Todo sin quejarse ni reprochar nada.

Jessica no tenía la experiencia de Amelia, su entrenamiento y menos su conocimiento, pero si podía ayudarla de alguna manera, lo haría. Además, quería darle su espacio para que pudiera tranquilizarse. Ahora que había solucionado su asunto, se dirigía a su habitación para hablar con Amelia y ver si todo estaba bien con ella. «La verdad, dudo mucho que se sienta bien luego de lo que pasó», reflexionó Jessica para sí misma.

—En serio, ¿quién se cree ese imbécil? —Jessica estaba tan enojada que no se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta.

Optó por respirar y tranquilizarse antes de abrir la puerta. Lo último que necesitaba era que Amelia notara su ira y se sintiera culpable. Ella conocía perfectamente el sentimiento. Sabía lo que era ser una víctima de abuso. Al final, la propia Jessica sufrió abusos toda su vida, así que era normal que se identificara con Amelia.

Entró al cuarto y, lo primero que notó, fue que las cortinas estaban cerradas y las luces se encontraban apagadas. Pese a no poder sentir el frío y el calor de la habitación, Jessica sabía que el aire acondicionado estaba al máximo y que la habitación estaba helando. Cualquier otra persona se hubiera congelado ahí, pero para dos Elementales, cuyos cuerpos no se ven afectados por el frío o el calor, esto no era nada.

La habitación estaba vacía, excepto por un pequeño bulto negro que había en la cama. Jessica se acercó y se sentó a su lado antes de acariciar la parte de arriba del bulto. Al sentir el repentino contacto, el bulto se movió y Amelia por fin volteó la mirada. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar y sus mejillas también se pusieron coloradas al darse cuenta de que Jessica la había visto en ese estado tan frágil. Trató de apartarse, pero Jessica la pegó a ella en un abrazo firme, pero gentil.

Amelia no tuvo más opción que rendirse. No tenía energía para resistirse. Además, el tacto de Jessica le hizo sentir que se estaba derritiendo en sus brazos. Se sentía a salvo junto a ella. Bajó sus defensas y, por fin, sus hombros se relajaron.

—Eso, ya todo está bien —le besó la cabeza, causando que Amelia se restregara contra ella—. No te preguntaré nada sobre Gregor o por qué te odia, pero, si vuelve a hablarte de esa forma, yo misma lo quemaré hasta los huesos. No me importa si es un héroe para la Orden, eso no le da el derecho de tratarte como basura —ante aquellas palabras, Amelia sintió su pecho calentarse.

—¿Podrías dejar de hacer eso? —Jessica la miró confundida.

—¿Hacer qué?

—Ser tan linda —Amelia no resistió el impulso de besarla.

Ella siempre hacía esto. El beso no, por supuesto, Jessica era su primera novia. Sino encerrarse en la oscuridad y el frío luego de tener algún encuentro con Gregor, los cuales solían ser iguales a los de ese día. Sin embargo, nunca le habían afectado tanto sus palabras como ahora. ¿Por qué? Simple, porque Jessica y los demás estaban ahí. Ellos no conocían su pasado y tuvieron que escuchar todo lo que Gregor dijo y cómo la humilló. Eso fue lo que más le dolió. Sin embargo, Jessica le estaba dando su apoyo y le decía que no estaba sola.

La pelirroja rompió el beso solo para recostar a Amelia en la cama con ternura y seguir besándola. Había pasión, pero la lujuria no existía en ese momento. Todo lo que había era pureza detrás de ese beso. Jessica le estaba diciendo a la joven peliblanca «Tranquila, estoy aquí» con sus acciones.

Se estuvieron besando durante un buen rato, hasta que Amelia se quedó profundamente dormida a su lado. Al ver esto, Jessica se levantó de la cama, ajustó el aire acondicionado y encendió el televisor mientras se acostaba junto a Amelia y le hacía compañía.

*****

Pasaron cuatro horas hasta que Amelia despertó. Eran las 10:00 PM y lo primero que sintió fue la conexión de Jessica junto a ella. Al abrir los ojos, la encontró viendo una película en la televisión. Se levantó lentamente mientras bostezaba.

—Diablos, ¿podrías dejar de ser tan linda por solo cinco minutos? —Amelia sonrió antes de levantarse.

—Lamento que hayas tenido que verme así —dijo sin poder mirar a Jessica—. Yo… normalmente, no dejo que nadie me hable de esa forma, pero con Gregor…

—Tranquila, conozco el sentimiento —Jessica sabía de primera mano que los insultos dichos por tu propia sangre duelen mucho más.

—Claro —fue ahí que Amelia recordó que Jessica también experimentó este tipo de cosas durante toda su vida. Lo que la hizo reír un poco antes de tirarse en la cama y pegarse a su lado—. Somos un par de casos perdidos —Jessica rio en respuesta.

—Así parece.

Mientras estaban cómodamente abrazadas en la cama, escucharon que alguien tocaba la puerta, pero no sintieron ninguna conexión del otro lado. Amelia se levantó para abrir y encontró a Raymond del otro lado.

—Señor Kue, ¿en qué lo ayudo? —preguntó Amelia.

—Steve llamó a una reunión.

—¿A esta hora? —preguntó Jessica desde atrás.

—Las esperan en la suite del penthouse —fue todo lo que dijo el hombre antes de irse.

Amelia suspiró y fue a cepillarse los dientes antes de asistir a la reunión. Llegaron a la suite y lo primero que notaron es que era extremadamente grande y lujosa. Fácilmente podría ser un salón para fiestas o la recepción de un castillo de cuento de hadas. Steve notó la presencia de las chicas y les hizo señas para que se acercaran y se unieran al grupo.

En la habitación estaban Jordan y la familia Simons, pero también Lucía, Martha, Finn, Raymond, Constance, Gregor y todo el equipo de extracción que la Orden había enviado para llevar a las chicas a Nepal a salvo. Al ver entrar a Amelia, Gregor endureció su expresión, cosa que Jessica notó y, cuando llegaron con el resto del grupo, se aseguró de dedicarle una mirada furibunda al hombre. Solo con ver sus ojos, Gregor supo que esa chica no se lo pensaría dos veces para atacarlo si decía algo equivocado.

Amelia también lo notó y no pudo evitar sentir algo de culpa, pero también se sentía halagada de que Jessica se pusiera al frente para protegerla. Steve se aclaró la garganta al notar la tensión en el ambiente.

—Su atención, por favor —pidió el hombre—. Los llamé a esta hora porque considero que es necesario idear un plan ahora que tenemos la información completa de nuestros enemigos —Steve miró a Constance y esta presionó un botón del control remoto perteneciente al gran televisor detrás de Steve.

—Nos enfrentamos a Mark Jobs, mejor conocido como Cerbero, eso ya lo sabíamos. Sin embargo, también hay que considerar que este hombre está acompañado de Sebastián, Daisy y Artem, mejor conocidos como Las Tres Cabezas. Los cuatro están al nivel de un Cometa —en el televisor aparecieron las fotos de los tres—. Además de ellos, Mark tiene bajo su mando a más de cien Oscuros —se escuchó cómo alguien chasqueaba la lengua entre la multitud.

—¿Qué importa si son cien o doscientos? Solo en este hotel tenemos a 500 peleadores listos para acabar con ellos.

La persona que habló era Brandon, uno de los miembros del equipo de extracción. Se trataba de un joven moreno de cabello negro y ojos marrones, bastante atractivo y popular entre las mujeres. Era un luchador cuerpo a cuerpo sobresaliente, manejaba el elemento agua y era un experto en Muay Thai y Judo. Su cuerpo atlético dejaba ver que entrenaba constantemente.

—Sin embargo, con cuatro peleadores de nivel Cometa, las cosas podrían ponerse difíciles.

La persona que habló era Tatiana Bertineli, la líder del equipo. Una mujer al final de sus treinta años de cabello negro y ojos grisáceos. Era bastante atractiva, con un aire maduro y una expresión seria en la mirada. Peleaba utilizando el estilo ruso del boxeo, pero también era conocida por su uso del estilo Systema. Un arte marcial desarrollado por el ejército ruso que consiste en sorprender al oponente con el uso de contraataques, los cuales salen a partir de una postura relajada y sin ningún tipo de patrón coreográfico, como en otras artes marciales. Complementando todo con el uso de su elemento, el fuego, la hacían una peleadora con la que no querrías meterte.

—Además de eso, les ruego que intenten no pedir ayuda por radio. Si los emboscan, intenten ganar la pelea por su cuenta —todos miraron a Steve sin entender a qué se refería—. Lo lamento, pero con la amenaza de las Luces Fantasmas no puedo arriesgarme a comunicar esto por la radio. Pondré a gente de mi confianza cerca del aeropuerto, pero los refuerzos tienen que ser su última opción.

—Tiene sentido —la voz de una mujer joven se oyó en la sala—. Técnicamente, las Luces Fantasmas forman parte de la Orden, por lo que tienen acceso a todas nuestras comunicaciones.

La mujer que habló era Cecilia, una joven de piel oscura, cabello largo amarrado en una cola de caballo, ojos verdes con grandes ojeras y expresión cansada. Tenía un acento bastante marcado al hablar, lo que indicaba que probablemente era una chica cuyo idioma natal era el portugués, probablemente el portugués brasileño. Manejaba el elemento rayo y no se especializaba en el combate cuerpo a cuerpo. Su especialidad estaba en ser la hacker del equipo. Si necesitabas hackear las cámaras de seguridad de un edificio, ella lo haría sin pensarlo. Se veía que era una chica que pasaba largas noches en vela frente a la computadora. Las bolsas bajo sus ojos eran una prueba de ello.

—Entonces estaremos solos, mejor para mí.

El último en hablar era Robert, el último miembro del equipo de Gregor. Un hombre alto y musculoso, de piel bronceada, cabello rubio y ojos marrones. Se notaba que era el típico hombre que prefería usar los puños en vez de la cabeza. Manejaba el elemento tierra y su estilo de combate era el Lethwei, también conocido como Boxeo Birmano. Considerada una de las artes marciales más brutales del mundo, el Lethwei se caracteriza por permitir golpes con el codo, patadas, rodillazos e incluso cabezazos, además de los clásicos puñetazos del boxeo tradicional.

Se le considera peligroso no solo porque prácticamente permite todo, excepto morder, atacar la entrepierna y picar los ojos del rival, sino porque los peleadores del lethwei prácticamente no bloquean los golpes, recibiendo impactos de lleno en todo su cuerpo y atacando como berserkers enfurecidos. Lo que les rompe los huesos y, a largo plazo, puede causar daño cerebral. Sin embargo, Robert no tenía esta preocupación, ya que él utiliza las rocas de su entorno para cubrirse el cuerpo en una armadura de piedra, lo que aumenta su defensa y vuelve sus ataques más letales. No por nada sus enemigos prefieren huir antes de que él les aplaste la cabeza. Lo cual explicaba su actitud confiada.

—Tranquilízate, Robert —le dijo Gregor—. Llevamos un cargamento muy valioso, no podemos perderlo solo por tu impulsividad —Robert silvó antes las palabras de Gregor antes de tomarlo por el hombro.

—Ya, ya, no seas aguafiestas, Gregor —le dijo con burla.

—Entonces, estaremos entrando al aeropuerto a riesgo de que los Oscuros nos ataquen y que Las Luces Fantasmas aprovechen la situación para emboscarnos —concluyó Matthew.

—Suena sencillo, ¿verdad? —Amy bromeó con su padre.

—Con algo de suerte, no será necesario pelear —Constance continuó—. El avión del equipo de extracción se encuentra estacionado en un hangar al sur del Aeropuerto Internacional Dulles. El dueño del aeropuerto es un miembro de la Orden y aceptó cerrar el aeropuerto mañana para nosotros. Oficialmente, se debe a que le están dando mantenimiento al radar. Así que solo es cuestión de entrar rápido, subir al avión y largarse cuanto antes del país.

—Por supuesto, el riesgo de una pelea sigue estando presente. Por lo que, en vista de la situación y al cambio que hubo en ellas, La Tigresa del Rayo y Yunque irán con ustedes —la cara de Gregor se puso fea al escuchar lo que Steve proponía.

—¿Pretendes que llevamos a dos Oscuras a la Orden? —preguntó furioso.

Steve entendía perfectamente de dónde venía esa ira. Todos conocían la historia de Gregor y Amelia y de cómo él había sido testigo de la masacre mientras se escondía en los escombros. En ese sentido, Amelia había sido afortunada porque era demasiado pequeña como para recordar lo que pasó, pero Gregor, quien tenía siete años en ese momento, lo recordaba perfectamente. Era normal que sintiera rencor hacia los Oscuros. Sin embargo, cualquier pizca de empatía que la gente pudiera sentir por él se iba por el caño cuando lo veían insultar y culpar a su hermana, que también fue una víctima de aquella masacre, por lo sucedido aquel día.

—Gregor, solo estás aquí como una mera cortesía profesional, pero tú no tienes ni voz ni voto en este asunto. La decisión está tomada. Si no te gusta, puedes regresar al templo y pedirle a Bruno que envíe a alguien más —las palabras de Tatiana fueron lapidarias.

Si las miradas pudieran matar, entonces la líder del equipo hubiera muerto mientras Gregor la miraba. El hombre se sentía insultado y humillado por lo que le habían dicho. Sin embargo, todo el grupo de Amelia sintió una inmensa satisfacción al ver cómo alguien ponía en su lugar a Gregor luego de haber insultado y humillado a la joven de cabello blanco. Incluso los otros miembros del equipo de extracción sonrieron para sus adentros al verlo sufrir.

La reunión concluyó. El plan ya estaba hecho y se resumía en lo siguiente: Amelia y todo su equipo estarían completamente solos una vez entraran al aeropuerto. Si se desataba una pelea, tendrían que arreglárselas por su cuenta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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