Saga Elementos - Capítulo 87
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Capítulo 87: Plan de Acción
Tras arreglar las cosas con Lucía, Jessica dejó a la mujer sola con Martha y Steve para ir a solucionar la otra crisis que había en sus manos: Amelia. La razón por la que no fue antes con ella es sencilla: Jessica quería solucionar todo para permitirle a su chica descansar. Durante todo el viaje, Amelia fue la que buscó las soluciones, pagó por todo y, de paso, soportó el peso de los errores. Todo sin quejarse ni reprochar nada.
Jessica no tenía la experiencia de Amelia, su entrenamiento y menos su conocimiento, pero si podía ayudarla de alguna manera, lo haría. Además, quería darle su espacio para que pudiera tranquilizarse. Ahora que había solucionado su asunto, se dirigía a su habitación para hablar con Amelia y ver si todo estaba bien con ella. «La verdad, dudo mucho que se sienta bien luego de lo que pasó», reflexionó Jessica para sí misma.
—En serio, ¿quién se cree ese imbécil? —Jessica estaba tan enojada que no se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Optó por respirar y tranquilizarse antes de abrir la puerta. Lo último que necesitaba era que Amelia notara su ira y se sintiera culpable. Ella conocía perfectamente el sentimiento. Sabía lo que era ser una víctima de abuso. Al final, la propia Jessica sufrió abusos toda su vida, así que era normal que se identificara con Amelia.
Entró al cuarto y, lo primero que notó, fue que las cortinas estaban cerradas y las luces se encontraban apagadas. Pese a no poder sentir el frío y el calor de la habitación, Jessica sabía que el aire acondicionado estaba al máximo y que la habitación estaba helando. Cualquier otra persona se hubiera congelado ahí, pero para dos Elementales, cuyos cuerpos no se ven afectados por el frío o el calor, esto no era nada.
La habitación estaba vacía, excepto por un pequeño bulto negro que había en la cama. Jessica se acercó y se sentó a su lado antes de acariciar la parte de arriba del bulto. Al sentir el repentino contacto, el bulto se movió y Amelia por fin volteó la mirada. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar y sus mejillas también se pusieron coloradas al darse cuenta de que Jessica la había visto en ese estado tan frágil. Trató de apartarse, pero Jessica la pegó a ella en un abrazo firme, pero gentil.
Amelia no tuvo más opción que rendirse. No tenía energía para resistirse. Además, el tacto de Jessica le hizo sentir que se estaba derritiendo en sus brazos. Se sentía a salvo junto a ella. Bajó sus defensas y, por fin, sus hombros se relajaron.
—Eso, ya todo está bien —le besó la cabeza, causando que Amelia se restregara contra ella—. No te preguntaré nada sobre Gregor o por qué te odia, pero, si vuelve a hablarte de esa forma, yo misma lo quemaré hasta los huesos. No me importa si es un héroe para la Orden, eso no le da el derecho de tratarte como basura —ante aquellas palabras, Amelia sintió su pecho calentarse.
—¿Podrías dejar de hacer eso? —Jessica la miró confundida.
—¿Hacer qué?
—Ser tan linda —Amelia no resistió el impulso de besarla.
Ella siempre hacía esto. El beso no, por supuesto, Jessica era su primera novia. Sino encerrarse en la oscuridad y el frío luego de tener algún encuentro con Gregor, los cuales solían ser iguales a los de ese día. Sin embargo, nunca le habían afectado tanto sus palabras como ahora. ¿Por qué? Simple, porque Jessica y los demás estaban ahí. Ellos no conocían su pasado y tuvieron que escuchar todo lo que Gregor dijo y cómo la humilló. Eso fue lo que más le dolió. Sin embargo, Jessica le estaba dando su apoyo y le decía que no estaba sola.
La pelirroja rompió el beso solo para recostar a Amelia en la cama con ternura y seguir besándola. Había pasión, pero la lujuria no existía en ese momento. Todo lo que había era pureza detrás de ese beso. Jessica le estaba diciendo a la joven peliblanca «Tranquila, estoy aquí» con sus acciones.
Se estuvieron besando durante un buen rato, hasta que Amelia se quedó profundamente dormida a su lado. Al ver esto, Jessica se levantó de la cama, ajustó el aire acondicionado y encendió el televisor mientras se acostaba junto a Amelia y le hacía compañía.
*****
Pasaron cuatro horas hasta que Amelia despertó. Eran las 10:00 PM y lo primero que sintió fue la conexión de Jessica junto a ella. Al abrir los ojos, la encontró viendo una película en la televisión. Se levantó lentamente mientras bostezaba.
—Diablos, ¿podrías dejar de ser tan linda por solo cinco minutos? —Amelia sonrió antes de levantarse.
—Lamento que hayas tenido que verme así —dijo sin poder mirar a Jessica—. Yo… normalmente, no dejo que nadie me hable de esa forma, pero con Gregor…
—Tranquila, conozco el sentimiento —Jessica sabía de primera mano que los insultos dichos por tu propia sangre duelen mucho más.
—Claro —fue ahí que Amelia recordó que Jessica también experimentó este tipo de cosas durante toda su vida. Lo que la hizo reír un poco antes de tirarse en la cama y pegarse a su lado—. Somos un par de casos perdidos —Jessica rio en respuesta.
—Así parece.
Mientras estaban cómodamente abrazadas en la cama, escucharon que alguien tocaba la puerta, pero no sintieron ninguna conexión del otro lado. Amelia se levantó para abrir y encontró a Raymond del otro lado.
—Señor Kue, ¿en qué lo ayudo? —preguntó Amelia.
—Steve llamó a una reunión.
—¿A esta hora? —preguntó Jessica desde atrás.
—Las esperan en la suite del penthouse —fue todo lo que dijo el hombre antes de irse.
Amelia suspiró y fue a cepillarse los dientes antes de asistir a la reunión. Llegaron a la suite y lo primero que notaron es que era extremadamente grande y lujosa. Fácilmente podría ser un salón para fiestas o la recepción de un castillo de cuento de hadas. Steve notó la presencia de las chicas y les hizo señas para que se acercaran y se unieran al grupo.
En la habitación estaban Jordan y la familia Simons, pero también Lucía, Martha, Finn, Raymond, Constance, Gregor y todo el equipo de extracción que la Orden había enviado para llevar a las chicas a Nepal a salvo. Al ver entrar a Amelia, Gregor endureció su expresión, cosa que Jessica notó y, cuando llegaron con el resto del grupo, se aseguró de dedicarle una mirada furibunda al hombre. Solo con ver sus ojos, Gregor supo que esa chica no se lo pensaría dos veces para atacarlo si decía algo equivocado.
Amelia también lo notó y no pudo evitar sentir algo de culpa, pero también se sentía halagada de que Jessica se pusiera al frente para protegerla. Steve se aclaró la garganta al notar la tensión en el ambiente.
—Su atención, por favor —pidió el hombre—. Los llamé a esta hora porque considero que es necesario idear un plan ahora que tenemos la información completa de nuestros enemigos —Steve miró a Constance y esta presionó un botón del control remoto perteneciente al gran televisor detrás de Steve.
—Nos enfrentamos a Mark Jobs, mejor conocido como Cerbero, eso ya lo sabíamos. Sin embargo, también hay que considerar que este hombre está acompañado de Sebastián, Daisy y Artem, mejor conocidos como Las Tres Cabezas. Los cuatro están al nivel de un Cometa —en el televisor aparecieron las fotos de los tres—. Además de ellos, Mark tiene bajo su mando a más de cien Oscuros —se escuchó cómo alguien chasqueaba la lengua entre la multitud.
—¿Qué importa si son cien o doscientos? Solo en este hotel tenemos a 500 peleadores listos para acabar con ellos.
La persona que habló era Brandon, uno de los miembros del equipo de extracción. Se trataba de un joven moreno de cabello negro y ojos marrones, bastante atractivo y popular entre las mujeres. Era un luchador cuerpo a cuerpo sobresaliente, manejaba el elemento agua y era un experto en Muay Thai y Judo. Su cuerpo atlético dejaba ver que entrenaba constantemente.
—Sin embargo, con cuatro peleadores de nivel Cometa, las cosas podrían ponerse difíciles.
La persona que habló era Tatiana Bertineli, la líder del equipo. Una mujer al final de sus treinta años de cabello negro y ojos grisáceos. Era bastante atractiva, con un aire maduro y una expresión seria en la mirada. Peleaba utilizando el estilo ruso del boxeo, pero también era conocida por su uso del estilo Systema. Un arte marcial desarrollado por el ejército ruso que consiste en sorprender al oponente con el uso de contraataques, los cuales salen a partir de una postura relajada y sin ningún tipo de patrón coreográfico, como en otras artes marciales. Complementando todo con el uso de su elemento, el fuego, la hacían una peleadora con la que no querrías meterte.
—Además de eso, les ruego que intenten no pedir ayuda por radio. Si los emboscan, intenten ganar la pelea por su cuenta —todos miraron a Steve sin entender a qué se refería—. Lo lamento, pero con la amenaza de las Luces Fantasmas no puedo arriesgarme a comunicar esto por la radio. Pondré a gente de mi confianza cerca del aeropuerto, pero los refuerzos tienen que ser su última opción.
—Tiene sentido —la voz de una mujer joven se oyó en la sala—. Técnicamente, las Luces Fantasmas forman parte de la Orden, por lo que tienen acceso a todas nuestras comunicaciones.
La mujer que habló era Cecilia, una joven de piel oscura, cabello largo amarrado en una cola de caballo, ojos verdes con grandes ojeras y expresión cansada. Tenía un acento bastante marcado al hablar, lo que indicaba que probablemente era una chica cuyo idioma natal era el portugués, probablemente el portugués brasileño. Manejaba el elemento rayo y no se especializaba en el combate cuerpo a cuerpo. Su especialidad estaba en ser la hacker del equipo. Si necesitabas hackear las cámaras de seguridad de un edificio, ella lo haría sin pensarlo. Se veía que era una chica que pasaba largas noches en vela frente a la computadora. Las bolsas bajo sus ojos eran una prueba de ello.
—Entonces estaremos solos, mejor para mí.
El último en hablar era Robert, el último miembro del equipo de Gregor. Un hombre alto y musculoso, de piel bronceada, cabello rubio y ojos marrones. Se notaba que era el típico hombre que prefería usar los puños en vez de la cabeza. Manejaba el elemento tierra y su estilo de combate era el Lethwei, también conocido como Boxeo Birmano. Considerada una de las artes marciales más brutales del mundo, el Lethwei se caracteriza por permitir golpes con el codo, patadas, rodillazos e incluso cabezazos, además de los clásicos puñetazos del boxeo tradicional.
Se le considera peligroso no solo porque prácticamente permite todo, excepto morder, atacar la entrepierna y picar los ojos del rival, sino porque los peleadores del lethwei prácticamente no bloquean los golpes, recibiendo impactos de lleno en todo su cuerpo y atacando como berserkers enfurecidos. Lo que les rompe los huesos y, a largo plazo, puede causar daño cerebral. Sin embargo, Robert no tenía esta preocupación, ya que él utiliza las rocas de su entorno para cubrirse el cuerpo en una armadura de piedra, lo que aumenta su defensa y vuelve sus ataques más letales. No por nada sus enemigos prefieren huir antes de que él les aplaste la cabeza. Lo cual explicaba su actitud confiada.
—Tranquilízate, Robert —le dijo Gregor—. Llevamos un cargamento muy valioso, no podemos perderlo solo por tu impulsividad —Robert silvó antes las palabras de Gregor antes de tomarlo por el hombro.
—Ya, ya, no seas aguafiestas, Gregor —le dijo con burla.
—Entonces, estaremos entrando al aeropuerto a riesgo de que los Oscuros nos ataquen y que Las Luces Fantasmas aprovechen la situación para emboscarnos —concluyó Matthew.
—Suena sencillo, ¿verdad? —Amy bromeó con su padre.
—Con algo de suerte, no será necesario pelear —Constance continuó—. El avión del equipo de extracción se encuentra estacionado en un hangar al sur del Aeropuerto Internacional Dulles. El dueño del aeropuerto es un miembro de la Orden y aceptó cerrar el aeropuerto mañana para nosotros. Oficialmente, se debe a que le están dando mantenimiento al radar. Así que solo es cuestión de entrar rápido, subir al avión y largarse cuanto antes del país.
—Por supuesto, el riesgo de una pelea sigue estando presente. Por lo que, en vista de la situación y al cambio que hubo en ellas, La Tigresa del Rayo y Yunque irán con ustedes —la cara de Gregor se puso fea al escuchar lo que Steve proponía.
—¿Pretendes que llevamos a dos Oscuras a la Orden? —preguntó furioso.
Steve entendía perfectamente de dónde venía esa ira. Todos conocían la historia de Gregor y Amelia y de cómo él había sido testigo de la masacre mientras se escondía en los escombros. En ese sentido, Amelia había sido afortunada porque era demasiado pequeña como para recordar lo que pasó, pero Gregor, quien tenía siete años en ese momento, lo recordaba perfectamente. Era normal que sintiera rencor hacia los Oscuros. Sin embargo, cualquier pizca de empatía que la gente pudiera sentir por él se iba por el caño cuando lo veían insultar y culpar a su hermana, que también fue una víctima de aquella masacre, por lo sucedido aquel día.
—Gregor, solo estás aquí como una mera cortesía profesional, pero tú no tienes ni voz ni voto en este asunto. La decisión está tomada. Si no te gusta, puedes regresar al templo y pedirle a Bruno que envíe a alguien más —las palabras de Tatiana fueron lapidarias.
Si las miradas pudieran matar, entonces la líder del equipo hubiera muerto mientras Gregor la miraba. El hombre se sentía insultado y humillado por lo que le habían dicho. Sin embargo, todo el grupo de Amelia sintió una inmensa satisfacción al ver cómo alguien ponía en su lugar a Gregor luego de haber insultado y humillado a la joven de cabello blanco. Incluso los otros miembros del equipo de extracción sonrieron para sus adentros al verlo sufrir.
La reunión concluyó. El plan ya estaba hecho y se resumía en lo siguiente: Amelia y todo su equipo estarían completamente solos una vez entraran al aeropuerto. Si se desataba una pelea, tendrían que arreglárselas por su cuenta.
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