Saga Elementos - Capítulo 88
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Capítulo 88: El Pasado Siempre Vuelve
Todos sintieron que la noche pasó demasiado lento. Casi no pudieron dormir. Solo Matthew, Laura, Lucía, Martha y el equipo de Tatiana descansaron debidamente. Toda la experiencia que tenían encima hacía que, de cierta forma, estuvieran acostumbrados a este tipo de situaciones. Cuando el sol finalmente salió, los más jóvenes del grupo se notaban exhaustos. Claramente no habían dormido bien.
El autobús saldría a las 6 de la tarde y el vuelo a Nepal partiría a las 7:30 PM, por lo que tuvieron todo el día para prepararse, dormir un poco más, empacar y comer bien antes de partir. Sin embargo, todavía había un asunto que seguía abierto para todos. ¿Qué pasaría con “Gabriel Mousses” y “Xing Powell”? Pues ellos seguían bajo la custodia de Steve. Bueno, esto se consultó directamente con Bruno y su respuesta fue clara.
—No podemos arriesgarnos a moverlos hasta averiguar quiénes son. Manténlos en custodia hasta que aclaremos todo este tema —fueron las palabras de la Estrella del Fuego.
Así que, por ahora, Gabriel y Xing permanecerían en el Monumental Palace, bajo la custodia de Steve y Constance.
Mientras tanto, el día pasó volando para los chicos y llegó la hora de partir. Se encontraban en la recepción del hotel y Amelia le estaba dando un cálido abrazo a Steve.
—Muchas gracias por todo, Anciano —le dijo entre lágrimas.
—Cuando quieras, Brisita —Steve le devolvió el gesto y luego miró a Jessica—. Me alegro mucho por ti, Amelia. No olvides invitarme a la boda —Amelia rio y se separó del hombre—. Cuídate mucho.
Se subieron al autobús que los llevaría al aeropuerto, no sin antes echarle un último vistazo al Monumental Palace. Los que hicieron esto fueron Amy, Jordan y Jessica. Finalmente, luego de tanto sufrimiento, ahora dejaban atrás su vida en este país y se dirigían a Nepal, donde podrían empezar de cero. Si alguien viera a estos chicos ahora, no creería que eran los mismos de hace un mes y medio. Amy era la menos cambiada del grupo. Esta vez se había teñido el flequillo de color verde. Su cambio más grande era la mirada en sus ojos. Sí, seguía siendo una mirada cálida, pero se notaba que ahora era un poco más fría que antes. No era para menos. Pues tan solo unos días antes mató a un hombre en el centro comercial en remodelaciones. Una experiencia que le enseñó lo cruel de este mundo y de la guerra. Sin embargo, esto no la desanimó. Seguía siendo una chica alegre, pero ahora era mucho más despiadada.
Jordan, por otro lado, había cambiado mucho. Aquel chico tímido e indeciso que tenía problemas para conectar con su hermana se había transformado en un joven fuerte y tenaz. Había ganado tres kilos en puro músculo. Sus brazos bien entrenados y marcados, abdomen definido y sus piernas tonificadas eran la prueba de eso. Además, el muchacho ahora tenía cómo defenderse. No solo había entrenado la Mano de Hierro con Matthew, también había aprendido a usar las espadas y cuchillos para pelear. En su espalda portaba dos katanas largas, mientras que en la parte trasera de su cadera, en el cinturón, llevaba colgadas dos espadas cortas y, en el pecho, dos cuchillos de combate de uso militar.
Vestía un traje especial que Raymond le consiguió. Uno de color negro con partes metálicas que brillaban en plateado. No era de cuero, tampoco de látex, pero sí era de un material resistente y flexible capaz de repeler balas sin quitarle movilidad.
Sin embargo, de los tres, la que más había cambiado era Jessica. La joven pelirroja había crecido y madurado. De la chica rota y quebrada de hace un mes, surgía una joven luchadora con fuego en su mirada. Los tres dedicaron una última mirada al hotel que los había cuidado durante su estancia en la capital antes de subir al autobús y acomodarse.
Con el rugido de su motor, el vehículo partió rumbo a su destino: El Aeropuerto Internacional Dulles, donde aguardaba el avión que los llevaría a Nepal. Jessica decidió descansar un poco en su trayecto de una hora hacia el aeropuerto. Cerró los ojos esperando soñar, pero fue transportada al Todo, cosa que la hizo sonreír.
—De todas formas, quería hablar contigo —volteó la mirada y ahí estaba el Fénix, sentado sobre una piedra, mirándola.
—Han pasado solo dos días en tu mundo, pero vaya que has cambiado, niña —le dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
—Muchas gracias —el Fénix la miró con cierta confusión. Ese no fue un agradecimiento normal—. Gracias por hacerme enfrentar mis miedos. Sin ti, probablemente nos hubieran matado esa noche —Jessica fue sincera con sus palabras, pero el Fénix mantuvo su expresión relajada.
—Aprecio tus palabras, pero yo no hice nada —dijo mientras se levantaba y tomaba un poco de fruta de un árbol cercano—. Tú ya tenías la fuerza para escapar de ahí, yo solo…
—Me pusiste los pies en la tierra —Jessica concluyó por él.
—Sí, bueno, es mi trabajo hacerlo —sus palabras fueron acompañadas por una sonrisa.
Tras esas palabras, regresó a Jessica a su cuerpo. Al abrir los ojos, se encontró nuevamente en el autobús. Solo que esta vez, habían llegado a su destino. Cuando bajaron, Jessica aprovechó para estirar su cuerpo. Podía sentir sus hombros tensos, una señal de su subconsciente que le decía que esto todavía no había terminado. Amelia lo notó, pero eligió no decir nada. No era el momento para coquetear con Jessica. Sí, en la intimidad, en la cama, y fuera de la vista de los demás, era una princesa que disfrutaba los mimos y caricias de su novia, pero durante una misión era una joven centrada y, por momentos, fría a la hora de actuar.
Frente a ellos estaba la imponente terminal del aeropuerto. Con todas las luces apagadas y el estacionamiento vacío, a excepción de un par de autos. Avanzaron con cautela y todos pudieron notar que, de todos los miembros del equipo de extracción, Gregor era el único que utilizaba un arma. Específicamente, un arco. En su espalda llevaba un carcaj lleno de flechas de titanio y aluminio.
Cuando llegaron a la terminal, se dirigieron a una zona exclusiva para los empleados del aeropuerto, una zona que daba a la pista. Caminaron con cuidado de no hacer ruido y se detuvieron en el exterior, junto a un enorme hangar. Tatiana lideraba el equipo y les había pedido que pararan.
—El avión está en el hangar de United Airlines, al sur de aquí. No se separen —ordenó la mujer antes de seguir caminando en una formación cerrada.
Jessica, Amelia, Amy y Jordan se encontraban en el centro, rodeados por todos los demás. Avanzaban manteniendo sus conexiones ocultas para evitar ser vistos. Ya habían recorrido la mitad del camino, pero se detuvieron al sentir un escalofrío recorrer sus cuerpos. Lo siguiente que supieron es que estaban rodeados. Las luces de diferentes autos, camionetas y motocicletas aparecieron alrededor de ellos. Antes eran invisibles en la noche, pero ahora podían verlos gracias a las luces. Cada uno de los vehículos estaba lleno de Oscuros, demasiados como para contarlos. Los habían rodeado.
Gregor llevó su mano al carcaj, sacó una flecha y tensó su arco con todas sus fuerzas, preparándose para disparar. Los demás también estaban listos para pelear. Matthew y Lucía habían envuelto sus cuerpos en electricidad, Robert y Martha envolvieron sus cuerpos en rocas, Brandon y Amelia se pusieron en guardia, Raymond y Jordan desenfundaron sus espadas y Jessica creó varias bolas de fuego para Tatiana, Amy, Laura y Finn.
«¿Dónde están?», se preguntaba Tatiana mientras se aseguraba de no perder de vista a los Oscuros que tenía enfrente. Solo había cuatro personas que podían frenarles el paso. Si lograban encontrar a Mark y a sus Cabezas, sabrían cómo proceder. No tardaron mucho en sentir cuatro conexiones poderosas acercarse a la multitud. «Ahí estás, maldito hijo de perra», pensó Gregor mientras se preparaba para soltar la flecha, pero se detuvo al ver la cara del hombre. Ya la había visto antes.
Saliendo de la multitud, aparecieron Mark, Artem, Daisy y Sebastian. Sin embargo, nada más ver el rostro de Cerbero, Gregor sintió que toda su sangre se congelaba. Mark, por su lado, se encogió de hombros con fastidio.
—No es nada personal, chicos, solo sigo órdenes —dijo con una sonrisa—. Sé que ustedes entienden.
—¡Púdrete! —le gritó Lucía.
—Gracias por los buenos deseos, traidora —respondió Mark con indiferencia antes de darles la espalda—. Acaben con ellos rápido, quiero volver al refugio pronto, tengo a cuatro hermosas señoritas esperándome —comenzó a caminar hasta el auto dando por terminado el asunto.
—Hace 16 años… —Gregor ignoró las palabras de Mark y habló. Su voz temblaba, lo que llamó la atención de Amelia y Finn—. Hace 16 años… estuviste en Nepal, ¿verdad? —Mark volteó a ver a Gregor con cierta curiosidad en sus ojos.
—¿Y qué si es así? —preguntó para luego notar algo en el joven.
A excepción por el color de ojos, este chico era casi idéntico al hombre que le había hecho la cicatriz en su pecho durante el ataque de hace 16 años al pueblo Bái lǎohǔ. Lo recordaba bien porque ese hombre fue el único en herirlo ese día. Claro, lo tomó desprevenido, pero igual contaba.
Sin embargo, sabía que era imposible que este hombre fuera el mismo de aquella vez. Después de todo, él se había asegurado de matar al tipo cortándole la cabeza con la espada de uno de sus compañeros tras perder la suya. Si no quemó su cuerpo hasta los huesos, fue porque no tuvo tiempo de hacerlo. Estaba claro que este chico no era el mismo hombre de ese día, pero el parecido era innegable.
—¡Contesta, Cerbero! ¡¿Estuviste en Bái lǎohǔ hace 16 años?! —Amelia pasó al frente al escuchar el nombre de su pueblo natal.
Cuando Mark la vio, sintió que estaba viendo un fantasma. Esa chica se parecía mucho a la mujer a la que había atravesado con su espada. Una vez más, era imposible que fuera la misma persona, pero el parecido era insólito. Solo se le ocurrió una explicación para esto. Al darse cuenta, se echó a reír y pronto sus risas se convirtieron en carcajadas.
—No puedo creerlo —dijo entre risas, causando que Sebastián y los demás lo miraran sin poder entender nada—. Ustedes… son sus hijos —Amelia y Gregor sintieron que el tiempo se detenía a su alrededor—. Maldición, casi me engañan, pensé que estaba viendo cosas —Amelia finalmente entendió la situación.
—Tú… ¿Qué relación tienes con mis padres? —se animó a preguntar. Mark la miró con una sonrisa antes de sacar su encendedor para pelear contra ella.
—Yo los maté —Mark empezó a reírse sin ningún tipo de control, como si ver la expresión consternada de Gregor y Amelia fuera algo hilarante.
Amelia pudo escuchar que algo se rompía a la distancia. ¿Había escuchado mal? ¿Acaso este hombre estaba jugando con ella? Juzgando por el silencio de todos los demás, ellos también lo habían oído. No había ningún error. Este hombre había confesado ser el asesino de sus padres.
¿Qué sintió la joven en ese momento? ¿Ira, rabia, tristeza, miedo, desesperación, impotencia? No, ella estaba sintiendo todo al mismo tiempo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pudo sentir cómo su corazón comenzaba a latir desenfrenadamente, su visión se tornó roja y apretó sus dientes con tanta fuerza que los demás podían escucharlos rechinar.
—Amelia, sé que te duele, a mí también, pero tienes que tranquilizarte —le instó Finn, pero las palabras de su tío sonaban distantes en la mente de Amelia.
No tardaron en sentir cómo su conexión se volvía mucho más intensa, señal de que nada de lo que le dijeran iba a poder calmarla en este punto. Fue entonces que una fuerte corriente de viento se desprendió del cuerpo de Amelia. Gregor tuvo que retroceder dos pasos para evitar ser lanzado contra un hangar. Todo el grupo veía a Amelia desde atrás. Podían notar la furia en ella, la rabia y la impotencia.
—¡VOY A MATARTE, MALDITO BASTARDO! —el grito de la joven era gutural y profundo, tanto que muchos se preguntaban si seguía siendo la misma Amelia de siempre. Sus ojos brillaban en un blanco puro, mientras derramaban lágrimas por los costados de su cara y su cabello flotaba a sus espaldas. Sin embargo, Cerbero comenzó a reír.
—¡INTÉNTALO SI PUEDES!
Con esas palabras, Amelia se lanzó contra Mark concentrando el aire en sus pies para impulsarse. Cuando chocó contra él, los dos retrocedieron doscientos metros hasta que Mark por fin pudo quitársela de encima. Tras este choque, todo fue un caos y se desató una pelea en el aeropuerto.
Cuando Amelia se lanzó contra Mark, la situación se descontroló. Los Oscuros cargaron sobre todo el grupo, quienes apenas podían contenerlos. Con la ayuda de los usuarios del fuego, pudieron alejar a sus atacantes. Sin embargo, ellos no iban a rendirse.
—¡No se separen! —instó Laura—. Tenemos que… —fue interrumpida por la embestida de Sebastián.
—¡Mamá!
—Preocúpate por ti, niña —Amy recibió un golpe en el costado que le mandó contra un hangar y, sin darle tiempo a reaccionar, una patada que la hizo atravesar la pared.
—¡AMY! —Matthew intentó ir a ayudar a su hija, pero Artem lo embistió antes de que pudiera comenzar la carrera para ayudar a Amy.
—La Lanza Relámpago, el solo hecho de poder enfrentarte es todo un honor —siguió sujetando a Matthew. Su cuerpo estaba cubierto de piedras, todo excepto su cabeza y cuello.
—¡Suéltame, maldito hijo de puta!
Concentró la electricidad en su codo y golpeó a Artem en el espacio entre el hombro y el cuello. Una vez que la electricidad empezó a correr por su cuerpo, soltó a Matthew entre espasmos musculares. Haciendo uso de su velocidad, pateó al hombre en el pecho con todas sus fuerzas. Artem retrocedió sujetándose la zona donde había recibido el ataque. Una sonrisa adornaba su rostro. No pasó mucho tiempo para que la conexión de Artem se intensificara mientras él comenzaba a reír como un maníaco.
—Eso es… esto es justo lo que esperaba —cuando Artem levantó la mirada, sus ojos estaban brillando, indicando que había liberado todo su poder.
—¡Maldita sea! —Matthew hizo lo propio y liberó todo su poder.
Sus manos comenzaron a brillar de color azul, al igual que sus ojos. Adoptó su postura de combate y no pudo evitar lamentarse para sus adentros. «Perdón, chicas, pero tendrán que aguantar hasta que acabe con este infeliz», pensó mientras se lanzaba contra Artem.
La idea era acabar la pelea rápidamente, por lo que Matthew lanzó un ataque con su mano derecha. Obviamente, haciendo uso de su técnica Flecha Destellante, buscaba perforar el pecho de su oponente. Sin embargo, sus dedos chocaron contra unas piedras filosas que se clavaron en su antebrazo. «Oh, no. No caeré dos veces en el mismo truco». Matthew retrocedió rápidamente, buscando evitar que le dislocaran el codo otra vez. No obstante, su mano izquierda y su brazo estaban sangrando.
—Ahora es mi turno.
Artem se lanzó contra Matthew y empezó a lanzar golpes a la cabeza de este último. Matthew no tuvo problemas en esquivar los ataques de su oponente. Para él los ataques de Artem eran lanzados en cámara lenta. Sin embargo, de nada le servía la velocidad si sus ataques no afectaban a su oponente. Esquivó otro golpe de Artem y conectó una patada a las costillas de su oponente, pero entonces una oleada de dolor punzante invadió su pierna derecha. Su tibia había golpeado de lleno contra las rocas que cubrían el pecho de Artem. El subordinado de Mark sonrió al escuchar el gruñido de dolor de Matthew. Giró el torso y lanzó un golpe descendente, buscando aplastar la pierna del hombre.
Matthew apenas pudo esquivar el ataque y ponerse a una distancia segura. El pesado puño envuelto en rocas golpeó el suelo con tanta fuerza que el asfalto se hundió en un pequeño cráter. Su pierna derecha se sentía en llamas. Gracias a su entrenamiento, sus huesos se fortalecieron y esto evitó que se quebraran, pero eso no los hacía irrompibles. «Parece que tengo una fisura en la tibia», pensó mientras volvía a ponerse en guardia. No podía concentrarse en el dolor que golpeaba su pierna, por más insoportable que este fuera.
Artem se lanzó contra él y trató de atacarlo. Con su pierna lastimada, no pudo moverse a tiempo, por lo que levantó los brazos y bloqueó un golpe que, de otra forma, le hubiera aplastado la cabeza. «¡Casi me rompe los brazos!». Matthew retrocedió y plantó los pies en el suelo. Su oponente no tardó en llegar con él una vez más, esquivó el siguiente ataque y trató de usar su técnica en la cabeza de Artem, pues era el único punto de su cuerpo que no estaba cubierto por piedras, pero cuando por fin pudo golpear su rostro con su lanza derecha, se topó con una barrera de rocas que lo bloqueó.
—Dime algo, Simons —Matthew retrocedió, evitando otro golpe—. ¿De qué sirve tener la lanza más fuerte, si no puedes darle a tu oponente? —al escuchar esto, Matthew se cansó.
Intensificó la electricidad que corría por su cuerpo y, antes de que pudiera reaccionar, Artem recibió un golpe directo en la cara que lo hizo retroceder. A sus ojos, Matthew había desaparecido y reaparecido de un momento a otro.
—¿Quién dijo que esa era toda mi velocidad? —preguntó antes de volver a moverse a gran velocidad y golpear a su oponente con todas sus fuerzas en el estómago.
Artem trató de atraparlo, pero Matthew lo esquivó y lo golpeó una vez más, esta vez en las costillas. En lo que el subordinado de Mark se movía para golpear, La Lanza Relámpago ya estaba golpeándolo desde otro ángulo. Matthew empezó a lanzar una lluvia de golpes desde todas las direcciones posibles. Su velocidad, combinada con su gran fuerza y técnica, comenzó a quebrar la armadura de Artem. «Si no puedo atravesarlo con Flecha Destellante, entonces romperé su armadura a golpes. Cuando se cree un espacio, lo apuñalaré». Este era el proceso de pensamiento de Matthew, quien, para este punto, ya tenía las manos ensangrentadas por golpear las rocas que envolvían el cuerpo de su oponente, el cual se había encogido para proteger sus órganos vitales.
Pronto, Matthew abrió un agujero en la armadura de los brazos. Lanzó un ataque dirigido a ese punto expuesto, pero Artem ya lo estaba esperando. Usó su poder para quebrar el suelo y quitarle estabilidad a Matthew, quien tuvo que detenerse para recuperar el equilibrio. El hombre con armadura de piedra aprovechó la inestabilidad de La Lanza Relámpago para golpearlo en el estómago con toda su fuerza. Matthew pudo sentir cómo sus costillas se quebraban ante el golpe de Artem, escupió sangre y fue lanzado hacia atrás. Sin embargo, el hombre no cedió y, cuando tocó el suelo, rodó y se levantó de un salto. Artem se acercó lentamente y pudo escuchar las risas de Matthew, cosa que lo confundió mucho.
—Cuánto tiempo —dijo entre risas bajas—. Ha pasado mucho desde que tuve una pelea así.
Artem tardó en darse cuenta de que la armadura de rayo de Matthew había desaparecido. El Desertor de los Iluminados levantó la mirada. Sus ojos brillaban con euforia y sus manos tenían dos esferas azules del tamaño de una pelota de baloncesto. Extendió las manos y disparó ambas esferas. Artem apenas tuvo tiempo de levantar sus manos y cubrirse. Dos explosiones resonaron en todo el aeropuerto. Una fue provocada por Matthew, pero la segunda no. No obstante, La Lanza Relámpago no tenía tiempo para concentrarse en las peleas de alguien más.
Cuando el humo se disipó, se pudo ver la silueta de un hombre fornido. Las piedras cayeron de su cuerpo al suelo. A su alrededor, había pequeñas llamas y el asfalto estaba totalmente ennegrecido por el calor. El hombre, por su lado, a pesar de tener algunas quemaduras superficiales, estaba perfectamente sano. Bajó los brazos y sonrió. Antes de recibir el ataque de lleno, Artem hizo su armadura de rocas más gruesa para reducir el impacto de la electricidad en su cuerpo. No pudo evitar sufrir daños, pero los efectos fueron mínimos.
Matthew no pudo evitar sonreír. En el fondo, disfrutaba la emoción del combate y llevaba mucho tiempo sin exigirse tanto. No obstante, su cuerpo ya empezaba a sentir los efectos de la fatiga. Él no era tonto, no le puso todo su poder a ese ataque, se aseguró de guardar un poco de electricidad por si la necesitaba, ya que no tenía nada a la mano para recargarse. Amplificó la electricidad en su cuerpo, multiplicándola y enviándola a cada fibra de su ser, y aumentó su voltaje hasta el límite.
—No estuvo nada mal —rio Artem mientras volvía a crear otra armadura de rocas—. ¿Listo para el segundo asalto? —Matthew se puso en guardia con una sonrisa en su cara.
—Listo cuando quieras, bastardo.
Artem se lanzó una vez más a Matthew y el nuevo intercambio fue muy parecido al anterior. Matthew esquivaba todos los ataques de Artem mientras este buscaba aplastarle la cabeza. Artem también intentó golpearlo en las costillas, pero Matthew siempre lo evitaba. No obstante, la Lanza Relámpago estaba retrocediendo hacia un hangar y esto era parte del plan de Artem. Cuando Matthew sintió que algo impedía su avance, ya era muy tarde.
Recibió un golpe que lo hizo atravesar la puerta. Apenas fue capaz de bloquearlo. Cayó al suelo rodando pesadamente. Sintiendo su cuerpo rígido y sin fuerzas. «Este… sí que es fuerte», pensó el hombre mientras intentaba levantarse, pero sus brazos cedieron rápidamente. Artem entró al hangar y fue a donde estaba Matthew, quien ahora tenía un corte en la frente que no paraba de sangrar y respiraba agitadamente mientras escuchaba los pasos de su enemigo acercarse cada vez más. El subordinado de Mark lo tomó por el cuello y comenzó a estrangularlo mientras sonreía con deleite al verlo retorcerse.
—Fue una buena pelea, pero ya es hora de terminar con esto —su tono era sádico y se notaba que disfrutaba la situación. Sin embargo, a pesar de sentir el aire abandonar sus pulmones, Matthew sonrió.
—¿No… te has dado cuenta de dónde estamos? —le preguntó con la voz ronca y apenas aliento—. Esto es un hangar para aviones y… ¿Sabes con qué los construyen? —su sonrisa se ensanchó aún más—. ¡Con metal!
Matthew levantó las manos y expulsó toda la electricidad que tenía acumulada en su cuerpo. El lugar pronto se iluminó con la fuerza de los relámpagos que el hombre estaba lanzando. Se desató una verdadera tempestad de rayos en el interior del hangar. Las paredes, el techo, las piezas, las herramientas, todo lo que estuviese hecho de metal se convirtió en un conductor gigante para sus rayos. El sonido de los truenos y el chisporroteo de los rayos retumbaba en todo el lugar. Al ver lo que estaba pasando, Artem intentó romperle el cuello rápidamente, pero Matthew se adelantó.
Acumuló un poco de electricidad en su cuerpo, dirigiéndola especialmente al cuello, y luego la hizo explotar, dejando a Artem sin más opción que soltarlo. El hombre retrocedió dos pasos y trató de reforzar su armadura de rocas, pero no pudo. Justo cuando las piedras se levantaban del piso, los relámpagos las destruían antes de que siquiera llegaran a su cuerpo. Matthew levantó una mano y miró a Artem con seriedad. El cabello del hombre estaba de punta, sus ojos se iluminaban de azul y el brillo en sus manos se extendió hasta cubrir por completo sus brazos. La energía era tanta que la camisa de Matthew se había rasgado por completo, dejando ver su torso musculoso y atlético.
—¿Sabes cuál es la técnica más poderosa del elemento rayo? —Artem se puso en guardia, a pesar de que sabía que, ante esto, sería inútil.
Detrás de Matthew, la electricidad comenzó a tomar forma, revelando la figura de lo que parecía ser la cabeza de un águila hecha de relámpagos concentrados. Normalmente, los usuarios del elemento rayo tienen un límite de cuánta electricidad pueden almacenar en sus cuerpos, pero, fuera de ellos, podían aumentar la electricidad tanto como quisieran, siempre que pudieran controlar dicha cantidad y se cumplieran las condiciones adecuadas, como ahora. Estando rodeado de metal, en un espacio cerrado, Matthew podía liberar todo su poder sin ningún tipo de límite.
Moldear la electricidad era sencillo para él, al igual que controlar su intensidad y potencia. Lo hacía todo el tiempo cuando utilizaba su técnica característica. Sin embargo, realizar un ataque como este no solo requería de habilidad, también exigía todo su poder para hacerlo. Una vez lanzado este ataque, quedaría totalmente expuesto.
—¡COLERA DE ZEUS! —gritó mientras bajaba la mano con todas sus fuerzas.
El águila terminó de cobrar forma y se lanzó en dirección a Artem, quien no pudo hacer nada para detener el ataque. Lo último que hizo, antes de ser golpeado, fue sonreír. «Así que esto es lo que se siente morir en la dicha. No está nada mal». Artem siempre sintió un gran amor por los combates. Cuanto más difícil o peligroso fuera, mejor para él, y por eso estaba feliz de recibir el ataque de Matthew, así le costara la vida. Nunca le importó la causa de Mark, solo le importaba que era fuerte y que, estando junto a él, podía pelear contra otros. Más que el combate, lo que disfrutaba era matar, pero una buena pelea siempre lo ponía de buen humor.
Cuando el águila impactó contra él, se produjo un enorme resplandor azul en el hangar, seguido de una explosión que destruyó todo el lugar. No hacía falta ser un experto para saber que el cuerpo de Artem se convirtió en polvo tras recibir ese gran golpe. Matthew apenas pudo escapar de ahí, pero no llegó muy lejos.
Había agotado toda su energía en ese ataque y apenas le quedaban fuerzas para permanecer de pie. Terminó colapsando en el suelo mientras jadeaba en busca de aire. En este estado vulnerable, los Oscuros se acercaron a él e intentaron atacarlo. No obstante, no llegaron muy lejos, ya que fueron recibidos por Tatiana, quien logró apartarlos fácilmente.
Rápidamente, Brandon y Cecilia llegaron junto a Matthew y lo ayudaron a regresar con el grupo. Fue ahí que Matthew se dio cuenta de que estaban bajo ataque, pero Lucía, Gregor, Martha y Robert estaban repeliendo a sus enemigos.
—Buen trabajo, Simons —le dijo Brandon mientras revisaba sus heridas—. Diste una gran pelea. Ahora descansa, nosotros nos haremos el resto.
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