Saga Elementos - Capítulo 90
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Capítulo 90: Batalla en el Aeropuerto Parte 2
Laura apenas tuvo tiempo de procesar lo que estaba pasando. Primero, todo se volvió un caos y luego fue embestida por alguien. Se recuperó a tiempo para plantar los pies en el piso y darle un rodillazo a su oponente en el estómago, lo cual lo desestabilizó. Acto seguido, lanzó una patada baja al muslo derecho de su rival y remató con un gancho a la mandíbula.
Tanto su oponente como ella retrocedieron y se pusieron en guardia. Laura adoptó una postura típica del kickboxing, mientras que su oponente cambió a una del kung fu. Al ver su pose, Laura supo con quién estaba lidiando.
—Sebastián —dijo mientras sacaba su encendedor y cerraba una bola de fuego para pelear contra él.
—Me alaga que conozca mi nombre, señora Simons —el hombre se limpió el labio inferior, desde donde le salía un hilo de sangre—. Es una pena que deba matarla.
Sebastián se lanzó contra ella, pero esta vez fue diferente. Laura disparó varios proyectiles de fuego en su dirección, provocando que el hombre tuviera que parar su carrera y retroceder. Sin embargo, la mujer no le dio oportunidad de alejarse. Lanzó un jab que conectó directo en su cara y después un gancho a sus costillas. Sebastián escupió sangre al sentir los golpes. Su nariz no estaba rota, pero sus costillas sí.
Intentó golpear a Laura en el codo para restringir el movimiento de esa extremidad, pero la mujer disparó otro proyectil, esta vez al brazo de Sebastián, y luego tomó la cabeza del hombre y la hizo bajar mientras subía su rodilla. Se pudo escuchar el sonido del golpe, pero Laura sabía que no había impactado la cabeza de su oponente.
Al observarlo mejor, Laura se percató de que Sebastián había colocado el brazo derecho, bloqueando el rodillazo. Usó toda su fuerza para obligar a Laura a bajar la pierna y luego juntó ambas manos y golpeó el pecho de la mujer para expulsar una fuerte ráfaga de aire explosivo que la hizo retroceder. Laura saltó un poco antes de estabilizarse y volver a adoptar su postura de combate habitual.
«Subestimé a esta mujer. Podrá ser débil, pero es hábil para el combate. No me está dando oportunidad de atacar sus articulaciones». Sebastián escupió un poco de sangre mientras analizaba a su oponente. Se notaba que Laura lo estaba abrumando con ataques rápidos y potentes que lo desestabilizaban, obligándolo a retroceder y cubrirse. Además, los ataques realizados con esa bola de fuego venían justo cuando él quería contraatacar.
Una sensación de asco se apoderó de su cuerpo, haciendo que tuviera que aguantar las ganas de vomitar. Esta mujer estaba muy lejos de tener su poder. Ni siquiera estaba al nivel de un Cometa. Es más, un ataque a gran escala sería suficiente para hacerla caer al suelo. ¡Era débil! Sin embargo, le estaba ganando. No, eso era imposible. Los débiles no podían ganar. Solo los fuertes tienen ese derecho. Así funciona el mundo. Que Laura siquiera lo haya lastimado era algo inconcebible. «Es asqueroso».
Sebastián se tranquilizó un poco y volvió a adoptar su pose de combate, pero Laura notó el cambio en su mirada. Ahora, era más fría y podía sentir cómo el hombre liberaba su conexión poco a poco.
—¿Por qué no se rinde, señora Simons? —preguntó Sebastián. Laura se aseguró de mantener la guardia arriba para evitar cualquier sorpresa—. Sabe bien que no podrá ganar. Después de todo, yo soy fuerte y usted es débil. No tiene oportunidad contra mí, así que… ¿Para qué intentarlo? —al escuchar las palabras de Sebastián, Laura se echó a reír.
Le resultaba muy gracioso escuchar a este hombre decir semejante cosa. Tanto que no pudo evitar reírse en voz alta, casi en una carcajada.
—Perdóname —dijo Laura mientras volvía a levantar la guardia—. Es que… que un tipo como tú diga algo así… —Laura miró a Sebastián con una sonrisa burlona y sádica, pero su oponente pudo notar la lástima en sus ojos—. Es muy patético.
Sebastián pudo escuchar que algo se rompía a lo lejos. Su ritmo cardíaco se aceleró y las venas de su cuello comenzaron a palpitar. Laura pudo notar que sus manos, las cuales habían permanecido abiertas con los dedos índice y corazón extendidos, comenzaban a temblar sin ningún control. «¿Qué dijo? “Patético”. ¿Yo? ¡¿Quién se cree esta perra?! ¡Solo es una debilucha! ¿Se cree fuerte solo porque su esposo es alguien poderoso? Sin ese hombre… Sin ese hombre». Aunque no podía oír sus pensamientos, Laura podía escuchar cómo sus dientes rechinaban.
—¡TÚ NO ERES NADA!
Alfonso, con el rostro ardiendo de furia, se lanzó contra Laura una vez más. Esta vez, sus ataques eran más frenéticos que antes. Apuntaba a sus articulaciones, al pecho y al cuello. Claramente estaba atacando con intención de matarla lo antes posible. Sin embargo, Laura esquivó todos los golpes y pudo penetrar su guardia para golpear sus costillas con un gancho izquierdo que impactó justo en el hígado.
El ataque causó que Sebastián retrocediera, pero no bajó la guardia a pesar de tener dificultades para respirar debido al golpe, sin mencionar el dolor agudo y punzante en su abdomen. Laura no le dio tiempo a reaccionar y continuó su asalto. Dio un salto y extendió la rodilla, la cual golpeó a su oponente en el estómago, agravando aún más su dolor abdominal y haciéndolo bajar la guardia, descuido que Laura aprovechó sin pensarlo dos veces. Conectó dos jabs con la mano izquierda, luego un gancho con la derecha, un uppercut con la izquierda y finalizó con una poderosa patada a la cara de Sebastián.
El golpe fue contundente, pero, para la sorpresa de Laura, el cuello de Sebastián seguía intacto. No obstante, el hombre perdió la consciencia por un segundo y, cuando se recuperó, estaba totalmente mareado y sin entender qué estaba pasando. «¿Perdí el conocimiento? ¿Cómo? ¿Acaso… fue culpa de ella? No, imposible. Ella es débil, no debería poder…». Los pensamientos de Sebastián se detuvieron al sentir un golpe llegar directamente a su cara que le rompió la nariz. El hombre pudo sentir unos pequeños objetos duros rebotar dentro de su boca.
Sebastián usó una ráfaga de aire para alejar a Laura y tomar distancia. La mujer, por su lado, se quedó en su lugar y mantuvo su guardia en alto mientras observaba a su oponente, quien escupió al suelo y fue ahí, en la oscuridad de la noche, que Sebastián los vio. Laura le había tirado cinco dientes con ese último golpe. El hombre sintió cómo el miedo y la furia se apoderaban de él. Nunca antes le había pasado esto, ni siquiera sabía que fuera posible que alguien pudiera hacerle tanto daño, pero estaba pasando y Laura no iba a parar hasta verlo en el suelo, totalmente sometido ante ella.
La mujer avanzó a toda velocidad contra su oponente. Luego de unos segundos de observarlo, dedujo que estaba en estado de shock. «Seguramente, esta es la primera vez que alguien lo supera y lo pone en su lugar», pensó mientras una pequeña sonrisa emergía de sus labios. «Qué hombre tan ingenuo». Nada más verla avanzar, Sebastián lanzó dos cortes de aire comprimido, pero estos eran ataques torpes y toscos sin ningún tipo de técnica. Era obvio que el tipo estaba muerto de miedo.
Laura, al ver venir el ataque, lo esquivó con un rápido y ágil juego de pies, el cual le permitió llegar al flanco izquierdo de su oponente, a quien le conectó un jab derecho y luego una patada a la cara. Sebastián no tuvo tiempo de reaccionar a los golpes y terminó cayendo al suelo como un costal de papas. Cuando finalmente pudo levantar la mirada, se encontró con los ojos de Laura, los cuales estaban fijos en él sin ningún tipo de emoción aparente. «¿Cómo es posible? Su fuerza no aumentó en nada desde la última vez que la vi. ¿Cómo es que pudo derrotarme tan fácilmente?». Esta era la pregunta que Sebastián se hacía en su mente. Lo que él no sabía era lo que sucedió unas horas antes.
*****
Más temprano ese día, en el Monumental Palace, Lucía se encontró con Laura en uno de los pasillos y quiso hablar con ella sobre algo.
—Escucha, Johnson. Puede que hayas decidido cambiar y te felicito por ello, pero no creas que se me ha olvidado que casi matas a Elizabeth hace veinte años —le dijo Laura sin pelos en la lengua—. Puede que tu conexión sea cálida ahora, pero eso no significaba que voy a confiar en ti —Lucía suspiró. Ella sabía muy bien que más de uno pensaba igual que Laura.
—Eso lo sé bien, señora Simons, pero no vine aquí para pelear con usted —Laura se cruzó de brazos y la dejó hablar—. No tengo excusas para lo que hice. Yo solo… estaba enojada con todos y con todo. Me enfurecía ver a la gente reír y bromear entre ellos cuando a mí se me negó esa oportunidad. Sé muy bien que no podré reparar ese daño y, aunque no sirva de nada, quisiera disculparme con usted por lo que pasó con su amiga hace veinte años en Haití.
Laura la estudió por un momento, buscando algún rastro de mentira o falsedad en sus palabras, pero no encontró nada.
—Aprecio sus disculpas, pero apuesto a que esa no es la razón para abordarme. ¿Qué sucede? —Lucía se enderezó antes de hablar.
—Sé que usted peleó contra Sebastián en el centro comercial hace unos días —Laura levantó una ceja al escucharla.
—¿Qué pasa con eso?
—Quiero ayudarla a derrotarlo —confesó Lucía—. Verá, él es el más débil de Las Tres Cabezas, pero es el más listo y astuto.
—Eso lo sé.
—Bueno, pues resulta que tiene un ego muy frágil —Laura entornó los ojos al escuchar esto último. Lucía supo que ahora tenía su atención—. Verá, él cree en la supremacía del más fuerte y todo eso, pero la realidad es que, cuando ve que alguien “débil” lo supera, su mente simplemente colapsa.
—¿Y usted cree que yo podría venderlo? —Laura no entendía qué tenía que ver ella en todo esto.
—Es justo lo que creo, sí —Lucía lo confirmó—. Para empezar, su estilo de pelea es el talón de Aquiles del Estilo Mantis de Sebastián. El kickboxing es agresivo y explosivo, por lo que el estilo de la mantis tendrá problemas para contrarrestarlo.
—Sí, pues no me sirvió de mucho la última vez.
—Porque usted estaba cansada luego de enfrentar a los otros Oscuros en el estacionamiento, lo que me lleva al siguiente punto. Sebastián es solo un oportunista y un cobarde que prefiere pelear contra los débiles para que los demás lo perciban como alguien más fuerte de lo que realmente es. No digo que sea débil, porque no lo es, pero, comparado con Artem y Daisy, su poder se queda un poco atrás.
—Entiendo —Laura reconoció que el consejo era útil—. ¿Algo más? —Lucía lo pensó por un momento.
—No le permita defenderse —habló finalmente—. Ataque su cuerpo sin descanso y no le permita descansar ni un momento, porque si lo hace y Sebastián se adapta a su estilo de pelea, usted no podrá derrotarlo.
*****
«Detesto reconocerlo, pero sin el consejo de Johnson no hubiera podido ganarle», pensó Laura mientras se preparaba para darle el golpe final a Sebastián. Preparó su bola de fuego y la hizo crecer un poco para matarlo de un solo golpe. Laura no era una sádica que disfrutaba escuchar los gritos de su oponente mientras ardían en llamas, así que se aseguraba de matarlos lo más rápido posible.
Sin embargo, justo cuando estaba por disparar, sintió una conexión tibia venir en su dirección. Laura reconocía muy bien esa presencia. No tardó en escuchar un zumbido eléctrico acercarse a ella a gran velocidad. Rápidamente, creó un vórtice de fuego y su atacante se detuvo justo antes de golpearla. Sebastián aprovechó la confusión para levantarse y salir corriendo a toda velocidad, escapando del área y dejando a sus compañeros solos. Él no era un tonto, no se quedaría a combatir contra alguien como Laura. En su mente, la mujer era un auténtico monstruo.
—¡Maldita sea! —gritó Laura al ver que Sebastián se escapó. Sin embargo, sus palabras fueron silenciadas por la patada eléctrica en su estómago.
La mujer escupió sangre por el golpe y fue lanzada hacia atrás con fuerza. Pudo sentir que se había roto una costilla. Se recuperó a tiempo para rodar en el suelo y mitigar el daño del golpe. Rápidamente, se puso de pie y adoptó su postura de guardia.
—Señora Simons —la voz burlona de un hombre envuelto en una capa de electricidad resonó por la pista del aeropuerto mientras se acercaba a ella—. Tiempo sin verla. ¿Cuánto ha sido? ¿Veinte años?
—Alfonso —Laura preparó dos bolas de fuego más. Con este hombre no podía confiarse—. ¿Qué diablos haces aquí, maldito bastardo? —el tono de Alfonso cambió, ahora sonaba más inocente.
—¿Cómo? ¿Acaso no es obvio? —detrás del hombre aparecieron más personas, todas con conexiones cálidas, pero más frías de lo normal. Laura sintió que la sangre abandonaba su cuerpo al verlos—. Hemos venido hasta aquí a matarlos.
Alfonso chasqueó los dedos y todos se lanzaron contra Laura.
Amy había recibido muchos golpes a lo largo de su vida. Casi todos fueron dados por su madre. No es que Laura fuera de esas madres que educan a sus hijos con un cinturón. En realidad, era de esas madres que tenían la extraña habilidad de ser estricta y compasiva a la vez.
Cuando sus poderes se manifestaron, Laura le enseñó a su hija todo lo que sabía para que pudiera controlar sus poderes y, cuando Amy se interesó en aprender a defenderse, Laura con gusto le enseñó el kickboxing. Un entrenamiento brutal que, si no fuera por la capacidad de adaptación de los usuarios y su rápido crecimiento, Amy no lo habría soportado.
Su madre era un verdadero monstruo al entrenarla. Amy perdió la cuenta de cuántos golpes recibió en el estómago o cuántos ganchos recibió en la mandíbula por parte de su madre y en su mente todavía estaban frescos los recuerdos de cada uno de ellos, así como la sensación de dolor que le provocaron. Sin embargo, esto era totalmente diferente.
Esta era la primera vez que sentía cómo sus costillas se quebraban bajo su carne, pero no sintió nada en ese momento. Su cuerpo solo reaccionó luego de atravesar la pared. Ahí, tirada en el suelo, sintió cómo su cuerpo era invadido por un dolor punzante, como si un millón de vidrios rotos desgarraran su piel de adentro hacia afuera. Intentaba respirar, pero no era capaz de hacerlo.
Sentía su caja torácica inflamarse y comprimirse, dificultando una acción tan simple como inhalar aire fresco, lo que necesitaba con brutal urgencia. La patada que la hizo atravesar la pared le había sacado todo el aire de los pulmones y, con sus costillas rotas, era todo un reto respirar.
“Vamos, Amy. ¡Levántate! Esta no es la primera vez que te sacan el aire. ¡Arriba!”, se decía a sí misma. Los ojos de la joven se fijaron en los Oscuros que entraban al hangar y se acercaban a ella con sonrisas sádicas en sus rostros. “¡Muévete! ¡MUÉVETE!”, Amy intentaba mover su cuerpo, pero este no respondía a ninguna de sus órdenes.
—Tranquila, niña —le dijo uno de los Oscuros—. Esto acabará rápido.
Justo cuando el Oscuro estaba a punto de tocarla, un cuchillo de cazador atravesó el cuello del hombre, perforando su arteria carótida. El sujeto se llevó la mano a la herida mientras la sangre salía a borbotones. Cayó al suelo y empezó a sacudirse, mientras luchaba por respirar. Los demás Oscuros ignoraron a su compañero moribundo y giraron en busca de aquel que había lanzado el cuchillo. No tardaron en descubrir quién lo hizo.
Jordan y Raymond aparecieron ante los Oscuros con espadas en mano. Amy alcanzó a ver que una de las fundas en el pecho de Jordan estaba vacía. Fue él quien había lanzado el puñal.
El joven Anderson se llevó la mano a la cintura y sacó una de las espadas cortas, empuñando el arma junto a su katana. Hizo girar la muñeca, provocando que la hoja de su espada larga rotara en el aire. La detuvo y cargó contra el Oscuro más cercano a él.
Los Oscuros reaccionaron. El hombre más cercano a Jordan se apartó a tiempo para evitar que el muchacho le cortara el cuello. No obstante, el joven fue lo bastante rápido como para cortarle un pedazo de ropa sin ningún esfuerzo, cosa que sorprendió a todos.
—Oye, chico, ¿no se supone que eras un cobarde? —se burló el hombre mientras veía el corte en su camisa.
Jordan no respondió a las burlas y se puso en guardia una vez más. El muchacho escuchó un zumbido llegar desde su costado derecho y se giró para cortar con la espada corta. Su atacante, un Oscuro usuario del rayo, recibió un corte en la garganta que hizo brotar un chorro de sangre de la herida. El joven, al ver lo que había hecho, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Esa era la primera vez que asesinaba a alguien a propósito, pero no tenía tiempo para lamentarse. Matthew se lo había advertido y él eligió seguir adelante con esto. Ahora era parte de la guerra entre Iluminados y Oscuros.
Esquivó el siguiente ataque, una bola de fuego que apuntaba a su cabeza, pero justo cuando estaba por responderle al Oscuro, Raymond apareció y lo apuñaló en el corazón con su espada. Rápidamente, retiró la hoja del pecho de su enemigo e hizo girar su espada, lo cual asustó al Oscuro que planeaba atacarlo y lo obligó a retroceder. Raymond giró sobre sus talones y cargó contra su oponente.
El Oscuro envolvió sus manos en rocas y destruyó la espada de un puñetazo para después lanzar un golpe a la cabeza de Raymond, quien no se inmutó ante tal acción. Se agachó para evitar el ataque y sacó un cuchillo que tenía guardado en la funda de su cinturón. Ya con el arma en su poder, Raymond apuñaló al Oscuro en el cuello y retiró el cuchillo. El hombre escupió sangre y cayó al suelo retorciéndose. “Siempre es igual”, pensó el hombre con apatía. Cada vez que enfrentaba a un usuario, debía lidiar con el hecho de que lo subestimaban, pues Raymond era un humano normal, un no usuario. Sin embargo, tenía el entrenamiento para pelear y derrotar a varios de ellos.
Desechó ese pensamiento. Ya habría tiempo para lamentarse por su orgullo lastimado. Por ahora debía ayudar a Jordan. Bueno, eso quería hacer, pero el chico parecía estar lidiando bien con sus oponentes. El joven se encontraba peleando con tres Oscuros al mismo tiempo y los estaba dominando. Giró y rotó sus espadas a gran velocidad para confundir a sus atacantes, quienes se mantenían a una distancia prudente, pero Jordan no se detuvo ahí.
Ubicó al Oscuro más cercano a él, el cual quería atacarlo por la espalda. Sin pestañar, el joven hizo girar sus espadas, cambiando el agarre a uno invertido, es decir, las hojas ahora apuntaban hacia atrás. Con una última zancada, Jordan apuñaló a su oponente en el estómago, soltó la espada por un momento y, usando la espada más corta, giró para apuñalar el cuello del segundo. La hoja de su arma perforó la yugular de su oponente como si fuera mantequilla. El muchacho soltó su arma y llevó su mano a la segunda espada que guardaba en su cadera. En un abrir y cerrar de ojos, Jordan le cortó el cuello al tercer y último Oscuro.
Amy, quien apenas se estaba incorporando luego del primer golpe, suspiró de asombro al ver esta nueva faceta de Jordan. Ya no era aquel muchacho tranquilo y apacible que había conocido. Ahora era alguien mucho más despiadado.
Por su parte, Raymond se acercó a Jordan. Sus ojos parecían analizar la situación con la frialdad y calma de un cirujano. Un atisbo de orgullo también se asomaba por sus retinas.
—Nada mal, muchacho. El único detalle es que usaste demasiadas armas para acabar con ellos. La katana y la espada corta deberían haber bastado para acabar con ellos rápidamente —Raymond sonrió con picardía—. No puedo darte los cien puntos, pero aprobaste.
—Es bueno saberlo, señor Kue —respondió Jordan.
El muchacho recogió sus armas y las guardó en sus vainas. Luego de hacer esto, fue a donde estaba Amy y la ayudó a levantarse.
—¿Estás bien? —preguntó el chico.
Ahí estaba el muchacho que Amy tanto amaba, un joven tierno y atento que se preocupaba por ella. La joven Simons forzó una sonrisa antes de pasar su mano por la mejilla de Jordan para limpiarle la sangre. Se relajó lo suficiente como para olvidarse del dolor que martillaba en su pecho.
—Estoy bien, tranquilo —le dijo mientras se apoyaba en él.
Al final, Jordan no había cambiado, solo aprendió a ser despiadado. La joven no pudo resistirse a besarlo en la mejilla. “Tal vez estoy loca por besarlo luego de verlo matar a cinco personas para salvarme, pero… yo también maté a alguien, así que supongo que ambos somos asesinos”. El sonido de Raymond aclarando su garganta interrumpió el momento.
—Lamento interrumpirlos, pero debemos volver con los demás antes de que los Oscuros envíen refuerzos al hangar —informó Raymond antes de hacer un gesto para que lo siguieran.
Mientras caminaban, Amy pudo sentir una buena cantidad de conexiones cálidas llegar al lugar donde estaban, cosa que la confundió mucho.
—Señor Kue —llamó la joven a Raymond, quien se volteó a verla—. ¿No se supone que no podíamos pedir refuerzos? —el hombre frunció el ceño al escuchar la pregunta.
—Así es.
—Entonces… ¿Quiénes son los Iluminados que acaban de llegar?
Al escuchar esta pregunta, Raymond se alarmó. Les pidió que se quedaran adentro del hangar mientras él revisaba. Al asomar la cabeza, pudo ver cómo una multitud de más de cincuenta personas aparecía entre la oscuridad de la noche.
—Esto no es bueno —se llevó la mano a la oreja y activó el comunicador—. ¡Atención a todos! ¡Las Luces Fantasma están aquí!
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de todo el equipo al escuchar aquellas palabras. Gregor estaba tan sorprendido que dejó de disparar sus flechas y no pudo evitar que una roca le rozara la cabeza. Un poco más cerca y hubiera muerto. Retrocedió y se palpó la herida. Al instante sintió un líquido caliente mojar sus dedos y luego su rostro. Estaba sangrando. El dolor no tardó en golpear su cabeza, como un martillo. Una y otra vez, su herida pulsaba en un dolor agudo y penetrante.
Normalmente, un usuario bien entrenado podría soportar algo así y reponerse rápidamente a base de pura adrenalina, pero Gregor era un peleador a distancia. Rara vez se metía en un combate a puño limpio con otra persona. Por eso, su tolerancia al dolor era menor.
Al ver su oportunidad, tres Oscuros corrieron para rematar a Gregor, pero los tres se quedaron sin cabeza cuando Brandon usó su látigo de agua para atacar sus cuellos. Se puso frente a Gregor para cubrirlo de los ataques de sus oponentes, quienes los rodeaban como buitres a un cadáver.
—Te cubro —dijo con una sonrisa mientras creaba una cuchilla de hielo en su brazo.
—Gracias —Gregor se obligó a ignorar el dolor en su frente y sacó otra flecha del carcaj.
No se lo pensó dos veces antes de disparar y atravesarle la cabeza al siguiente Oscuro, pero no paró ahí. Usando el viento, Gregor hizo que la flecha siguiera avanzando. Guiando sus movimientos como si fuera un dron. Atravesó las cabezas, pechos y cuellos de tantos Oscuros como pudo, todo mientras Brandon. Se encargaba de los rezagados.
Mientras hacía esto, sacó otra flecha, la puso en su arco y lo tensó tanto como pudo para después disparar. Ahora, los Oscuros tenían que lidiar con dos proyectiles mortales que volaban a su alrededor.
El resto del equipo, por su lado, estaba manteniendo a raya al resto de sus atacantes. Mientras Finn y Cecilia apoyaban con ataques a distancia, Tatiana y Robert se ocupaban de despachar aquellos que se acercaban demasiado a donde estaban acorralados.
De la nada, un Oscuro recibió una bola de fuego disparada desde su espalda. Se trataba de Laura, quien corría a toda velocidad hacia el grupo, con una multitud detrás de ella. Había conseguido escapar gracias al muro de fuego que había levantado para protegerse, pero esto no detuvo a las Luces Fantasma, quienes no tardaron en atravesar las llamas para después comenzar a perseguirla.
—¡Mierda! —justo cuando Laura estaba llegando a donde estaba el equipo, recibió un golpe por la espalda que la hizo caer al suelo.
—¿Me extrañó, señora Simons? —Alfonso apareció frente a ella con una sonrisa burlona en la cara.
Justo cuando estaba por matarla, sintió un calor infernal golpeando su costado. Se trataba de Amy, quien estaba lanzándole una llamarada desde atrás al hombre, quien, de no tener su armadura de rayo, hubiera muerto calcinado al instante. Sin embargo, incluso con su armadura, podía sentir un dolor insoportable en su costado.
Rápidamente, corrió para apartarse de Laura, pero la mujer no lo dejaría escapar tan fácilmente. Tomó una pequeña cantidad de fuego que había cerca, producto de la batalla campal que acontecía a su alrededor, creó una bola de fuego y se la lanzó a Alfonso. Al ver esto, el hombre disparó un rayo a las llamas y se produjo una explosión. Había rechazado el ataque.
Laura se levantó del suelo y se reunió con el resto del grupo. Jordan, Raymond y Amy ya estaban con ellos. Pronto, se vieron rodeados por las Luces Fantasma y los Oscuros, quienes parecían haberse puesto de acuerdo para atacar solo al grupo de Amelia.
Al ver la situación, Gregor sintió escalofríos.
—¡Retrocedan! —les gritó mientras disparaba una flecha más y la sumaba a las dos que ya estaban volando.
Sin dejar de disparar y contraatacar, todos retrocedieron poco a poco hasta quedar arrinconados frente a un hangar. Ocasionalmente, veían a algunos Oscuros atacar a las Luces Fantasma, pero casi todos permanecían tranquilos mientras se acercaban a ellos. Como si hubieran llegado a un acuerdo silencioso para matarlos a todos antes de empezar a luchar entre ellos.
—¡Maldita sea! —gruñó Tatiana mientras preparaba su siguiente ataque, pero era inútil, había demasiados.
—Hora de terminar con esto —anunció Alfonso mientras cargaba un disparo que apuntaba directo a la cabeza de Laura, quien estaba frente a Matthew, protegiéndolo.
—¡No podríamos estar más de acuerdo contigo, imbécil! —la voz de una mujer resonó a la distancia.
Antes de que alguien pudiera girar para ver de dónde venía esa voz, el cuerpo de una mujer, antes hermosa, cayó frente a todos. La mujer tenía el brazo izquierdo completamente destruido. Los huesos del codo y la muñeca estaban expuestos de tal forma que parecía que la mujer había golpeado algo con tanta fuerza que su brazo había explotado. Los huesos desgarraron la carne de su extremidad de adentro hacia afuera. Además de lo anterior, su cara estaba totalmente destrozada.
Le faltaba toda la piel del lado derecho, dejando al descubierto su mandíbula, en la cual faltaban todos los dientes, tanto los superiores como los inferiores. Para finalizar, la cuenca de su ojo derecho estaba vacía y, con solo mirar su cuello, quedaba claro que la mujer murió luego de que se lo quebraran.
Mientras todos luchaban para tratar de procesar lo que veían, y de paso no vomitar su cena, se comenzaron a escuchar gritos y gemidos ahogados provenientes de la parte trasera del grupo.
—¡¿Qué está…?! —esas palabras fueron seguidas por el inconfundible y escalofriante sonido de una persona vomitando sus entrañas.
—¡Espera! —otra vez, el mismo sonido apagó las réplicas.
—¡NO! ¡AHHHH!
—¡AYUDA!
Los sonidos continuaron a la vez que el ruido de chispas eléctricas llenaba el aire alrededor de todo el grupo. Sonaba cada vez más cerca. No tardaron en ver una estela azul celeste acercarse al frente. Finalmente, ante la sorpresa y el horror de todos, un Oscuro al frente fue partido en dos por una mujer rubia que avanzó sin una sola mancha de sangre en su ropa. Se trataba, por supuesto, de Lucía Johnson, quien se encargó de matar a sus antiguos aliados sin ningún tipo de piedad o esfuerzo.
Desde luego, los Oscuros no estaban para nada felices.
—¡Maldita! —gritó alguien—. ¡PERRA TRAIDORA!
El hombre envolvió sus manos en rocas y se lanzó contra Lucía, pero no llegó muy lejos. Solo Gregor, Cecilia y Matthew pudieron ver la figura que descendía de las alturas a toda velocidad para golpear al pobre diablo en la espalda. Una pequeña nube de polvo se levantó. Cuando todo se despejó, pudieron vislumbrar una enorme garra de piedra reposando en la espalda del cadáver. La dueña de esta garra, una mujer alta y musculosa con sus extremidades cubiertas de rocas y piedras, se erguía sobre el cuerpo con una mirada imperturbable. Sobra decir que el hombre murió aplastado por semejante ataque.
Martha volteó y encaró a la multitud. No pudo evitar sonreír mientras recordaba viejos tiempos.
—Ha pasado mucho tiempo… —comenzó a decir—. Ya no recuerdo cuándo fue la última que nos superaron en número por tanta diferencia —todos empezaron a sentir cómo la conexión de Martha aumentaba de intensidad.
—Fue hace 11 años, amor —Lucía caminó a su lado, su conexión también se estaba volviendo más intensa—. Fue en Nueva Orleans, cuando la mafia nos traicionó y trató de matarnos —Lucía se tronó el cuello mientras relajaba y estiraba los hombros.
—Ah, cierto —Martha rio con picardía—. Les dimos una paliza a esos imbéciles.
—Sí, pero estos son mucho más fuertes que esos mafiosos de segunda —la electricidad que envolvía el cuerpo de Lucía se hizo mucho más intensa.
—Pues entonces tendremos que ir con todo. ¿No lo crees, cariño? —las rocas sueltas, las piedritas y los escombros que había por todo el suelo comenzaron a temblar y vibrar.
La armadura de rayo de Lucía destelló en una luz cegadora. Los rayos parecían pegarse a todo su cuerpo, tiñéndolo de un bello azul celeste. Cuando la mujer abrió sus ojos, estos se iluminaron con un poderoso brillo naranja cobrizo.
Por su lado, las piedras en el suelo se pegaron a Martha de tal manera que reforzaron aún más las rocas que cubrían sus extremidades y sus ojos ahora brillaban con una luz morada oscura. Todos sintieron terror ante lo que veían: La Tigresa del Rayo y Yunque acaban de liberar sus conexiones.
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