Saga SCP : protocolo extinción :la caída de velo - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 El Mar de lo Impuro
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11: Capítulo 11: El Mar de lo Impuro 11: Capítulo 11: El Mar de lo Impuro Ubicación: Desconocida (Dimensión SCP-093).
Hora: Irrelevante.
Thorne cayó de cara contra el suelo.
Esperaba tierra, o hierba.
Sintió algo seco, polvoriento y quebradizo.
Se levantó rápidamente, rifle en mano, girando en círculo para cubrir el perímetro.
—¿Doctor?
Bright estaba a unos metros, sacudiéndose el polvo de su armadura de insurgente.
—Estoy bien.
O al menos, este cuerpo lo está.
Thorne miró a su alrededor y bajó el arma lentamente.
La boca se le secó.
No estaban en un bosque.
No estaban en la Tierra.
El cielo era de un verde enfermizo.
No había sol, ni luna, ni estrellas.
La iluminación venía de todas partes y de ninguna.
El paisaje era una llanura infinita de tierra marrón reseca.
Pero lo que helaba la sangre no era el vacío, sino lo que lo llenaba.
A lo lejos, flotando en el aire a cientos de metros de altura, había formas enormes.
Parecían torsos humanos colosales, sin piernas y sin cabezas, terminando en muñones lisos.
Se arrastraban por el aire o se apoyaban en brazos kilométricos que tocaban el suelo en el horizonte.
—SCP-093 —dijo Bright, su voz carente de su habitual sarcasmo—.
La Tierra de los Impuros.
—He leído el archivo —dijo Thorne, sintiendo un sudor frío—.
Se supone que estas cosas…
los “Impuros”…
son ciegos, ¿verdad?
—Ciegos, sí.
Pero huelen la vida.
Y nosotros somos las únicas cosas vivas en mil kilómetros.
Thorne miró el suelo.
Entre el polvo, vio restos de ropa, metales oxidados y huesos antiguos.
Era un cementerio de una civilización que había alcanzado la divinidad tecnológica y había fallado miserablemente.
—¿El espejo sigue abierto?
—preguntó Thorne.
Bright se giró.
Detrás de ellos, el espejo flotaba en el aire, un rectángulo de luz que mostraba el granero oscuro y los SCP-939 arañando la puerta.
—Sí.
Pero no podemos volver ahora.
Esos perros nos despedazarían.
—Entonces tenemos que esperar aquí —Thorne se sentó en una roca que parecía un trozo de hormigón derretido—.
Esperar a que se vayan.
—Mala idea —Bright señaló al horizonte.
Uno de los gigantes, un “Impuro”, había cambiado de dirección.
Su torso masivo, del tamaño de un rascacielos, giraba lentamente.
Dos orificios en la parte superior, donde deberían estar los hombros, parecieron “olfatear” el aire.
Comenzó a moverse hacia ellos.
Se movía despacio debido a su tamaño, pero cada “paso” que daba con sus manos gigantes cubría kilómetros.
—Viene hacia aquí —dijo Bright—.
Y esas cosas absorben la materia orgánica por contacto.
Si nos toca, somos parte de él para siempre.
—¿Tenemos opciones?
Bright revisó los bolsillos de su traje robado.
—Tengo una barra de energía, medio cargador de munición sónica y…
—sacó un pequeño vial de vidrio con un líquido azul brillante—.
Una muestra de “Lágrimas de Dios” que le robé a la Insurgencia antes de morir.
—¿Qué hace?
—Restaura la vitalidad…
o te convierte en una estatua de sal.
Depende de la pureza.
Thorne miró al gigante acercándose y luego al espejo.
—Tenemos que movernos.
Hay estructuras allí, a la derecha.
Parecen ruinas de una ciudad.
Si nos escondemos en los túneles, quizás el Impuro no pueda alcanzarnos.
—¿Escondernos en una ciudad alienígena muerta perseguidos por dioses torso caníbales?
—Bright cargó su arma—.
Suena a un martes normal en la Fundación.
Vamos.
Comenzaron a correr hacia las ruinas bajo el cielo verde, mientras el suelo temblaba con cada movimiento de la abominación que los perseguía.
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