Saga SCP : protocolo extinción :la caída de velo - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Ecos de la Entropía
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2: Capítulo 2: Ecos de la Entropía 2: Capítulo 2: Ecos de la Entropía Ubicación: Sitio-19, Pasillo de Acceso Logístico 4.
Estado: Contención Fallida.
El aire olía a cobre y electricidad estática.
Aris Thorne no corría por miedo; corría con la urgencia calculada de un hombre que sabe exactamente cuántos segundos le quedan antes de que el techo se derrumbe.
A su lado, el doctor Jack Bright avanzaba con una agilidad sorprendente para el cuerpo prestado que ocupaba, arrastrando la motosierra con un chirrido metálico contra el suelo que ponía los nervios de punta.
—¡Izquierda en la siguiente intersección!
—gritó Bright sobre el estruendo de las alarmas—.
¡Si seguimos recto llegaremos a la cafetería, y creo que hoy sirven SCP-610 en el menú!
Thorne ignoró el chiste macabro.
Giraron bruscamente a la izquierda, entrando en el sector de Almacenamiento Seguro.
Las luces de emergencia parpadeaban en un rojo hipnótico, creando sombras que parecían moverse por sí mismas.
—Doctor, explique la situación del “Activo Taumiel Alfa” —exigió Thorne sin dejar de escanear las esquinas con su rifle—.
¿Qué es “La Puerta”?
Bright se detuvo un segundo para patear un panel de control y cerrar una puerta blindada detrás de ellos, justo antes de que una llamarada de fuego verde —cortesía de la magia de la GOC— lamiera el metal.
—Es SCP-001 —dijo Bright, reanudando la marcha—.
Bueno, una de las propuestas.
“El Guardián de la Puerta”.
El Consejo O5 no quiere usarlo para pelear.
Quieren usarlo para borrar el tablero.
Si abren esa puerta, Thorne, no es que ganemos la guerra.
Es que la guerra nunca habrá existido.
Ni nosotros.
Ni la Tierra.
Será un hard reset de la realidad.
Thorne sintió un escalofrío.
La Fundación siempre había tenido planes de contingencia, pero el suicidio universal no estaba en los manuales de entrenamiento de los Destacamentos Móviles.
De repente, el pasillo frente a ellos se distorsionó.
No fue una explosión, sino un “hipo” en la realidad.
Las paredes se curvaron hacia adentro como si fueran de goma y el suelo se convirtió brevemente en líquido antes de solidificarse de nuevo.
—Granada de Entropía —gruñó Thorne, empujando a Bright contra una alcoba—.
¡Insurgencia del Caos al frente!
Tres figuras emergieron de la distorsión visual.
Llevaban armaduras de combate negras con visores verdes brillantes.
No eran simples soldados; eran la “Mano de Delta”, operativos de élite de la Insurgencia equipados con anomalías robadas.
El líder de la Insurgencia levantó un rifle que no disparaba balas, sino ondas de sonido concentradas.
—Alto ahí, Doctor Bright —dijo una voz sintetizada—.
El Ingeniero le envía saludos.
Necesitamos el amuleto.
Entréguelo y mataremos a su escolta rápido.
Niéguese, y haremos que su inmortalidad sea muy dolorosa.
Bright soltó una carcajada seca, levantando la motosierra.
—Dile al Ingeniero que ya tengo un collar, gracias.
¡Thorne, ahora!
Thorne salió de la cobertura, lanzando una granada cegadora.
El estallido de luz blanca saturó los visores nocturnos de los insurgentes.
El comandante de la Fundación se movió con fluidez letal.
Dos disparos en el pecho y uno en la cabeza del primer insurgente.
Las balas perforantes atravesaron la armadura.
Pero el segundo insurgente reaccionó rápido.
Activó un dispositivo en su muñeca y el espacio alrededor de Thorne se volvió pesado.
La gravedad se triplicó en un radio de dos metros.
Thorne cayó de rodillas, sintiendo cómo sus huesos crujían bajo su propio peso.
El rifle se le resbaló de las manos.
El insurgente se acercó, sacando un cuchillo que brillaba con una luz violeta enferiza.
—Mala suerte, carcelero.
—¡Oye!
—gritó Bright.
El insurgente se giró.
Bright cargó contra él con la motosierra rugiendo.
Era un ataque torpe, suicida y completamente carente de técnica.
El insurgente simplemente levantó su arma sónica y disparó a quemarropa.
El torso del cuerpo que ocupaba Bright explotó en una lluvia de carne y vísceras.
El Dr.
Jack Bright cayó muerto al instante, y el amuleto SCP-963 repiqueteó en el suelo metálico, deslizándose hasta las botas del insurgente.
El soldado de la Insurgencia rió, desactivando el pozo de gravedad que aplastaba a Thorne.
Se agachó para recoger el amuleto.
—Objetivo asegurado.
Tenemos a 963.
Thorne, liberado de la presión gravitatoria, tosió tratando de recuperar el aire.
Sabía lo que iba a pasar.
Quería advertirle, pero decidió que el silencio era su mejor arma.
El insurgente tocó el amuleto.
Su piel hizo contacto con la joya roja.
Inmediatamente, el soldado se quedó rígido.
Soltó el arma.
Sus gritos fueron ahogados, como si estuviera luchando contra su propia garganta.
Su personalidad, sus recuerdos, su lealtad a la Insurgencia… todo fue borrado en un nanosegundo, sobrescrito por la consciencia contenida en la joya.
El cuerpo del insurgente se relajó.
Se puso de pie, se limpió la sangre de su compañero anterior de la armadura y miró a Thorne.
—Odio cuando me disparan con armas sónicas —dijo el insurgente con la voz inconfundible de Jack Bright—.
Me deja un zumbido en los oídos durante días.
El tercer insurgente, confundido por ver a su compañero actuar extraño, dudó.
—¿Delta-7?
¿Tienes el objetivo?
El “nuevo” Bright levantó el rifle sónico de su propio cuerpo y disparó al último enemigo, convirtiendo su cabeza en pulpa.
—Objetivo asegurado —dijo Bright con sarcasmo—.
Vamos, Thorne.
Me gusta este cuerpo.
Tiene mejores rodillas que el anterior.
Thorne se puso de pie, recuperando su arma.
Estaba acostumbrado a lo anómalo, pero ver a Bright morir y resucitar en el cuerpo de su asesino en menos de diez segundos siempre le revolvía el estómago.
—Tenemos que movernos.
La explosión sónica habrá atraído atención.
Avanzaron hacia el núcleo de servidores.
Pero el Sitio-19 no había terminado con ellos.
Al llegar al Pasillo 17-B, la iluminación cambió.
Ya no eran las luces rojas de emergencia.
Eran luces estroboscópicas.
Flash.
Oscuridad.
Flash.
Oscuridad.
El suelo estaba cubierto de una sustancia viscosa mezcla de sangre y heces: la marca de limpieza de la Clase-D, interrumpida violentamente.
—Espera —susurró Thorne, levantando el puño.
—¿Qué pasa?
—preguntó Bright, ajustando su nueva armadura.
—Escucha.
Rasp… Rasp… El sonido de piedra arrastrándose sobre metal.
Al final del pasillo, en la oscuridad intermitente, había una silueta.
No era humana.
Tenía una forma vagamente humanoide, hecha de hormigón y varillas de acero, con pintura Krylon en la cara.
SCP-173.
La Escultura.
Y no estaba sola.
Frente a ella, de espaldas a Thorne y Bright, había un pelotón de la División de Física de la GOC.
Estaban retrocediendo lentamente, manteniendo los ojos fijos en la estatua.
—¡Mantengan contacto visual!
—gritó el líder de la GOC—.
¡No parpadeen al mismo tiempo!
¡Rodríguez, prepara el incinerador de plasma!
—Señor, el sensor parpadea, ¡hay algo más aquí!
—gritó uno de los soldados.
Thorne miró a Bright.
—Si la GOC incinera a 173, la explosión térmica nos matará a nosotros también en este espacio cerrado.
Y si parpadean y mueren, 173 vendrá a por nosotros.
—Tengo una idea terrible —dijo Bright, sonriendo bajo el casco de la Insurgencia.
—¿Cuán terrible?
—Nivel “Keter”.
Cubre tus ojos.
Bright sacó una granada del cinturón de su nuevo cuerpo.
No era una granada normal.
Tenía el símbolo de la Insurgencia: una Granada de Oscuridad Absoluta.
—¡Fuego en el hoyo!
—gritó Bright, lanzando el dispositivo en medio del grupo de la GOC y la estatua.
La granada detonó.
No hubo fuego, ni ruido.
Solo una esfera de negrura perfecta que devoró toda la luz en el pasillo.
Las linternas de la GOC, las luces estroboscópicas, todo desapareció.
En la oscuridad total, el contacto visual es imposible.
Y SCP-173 no necesita ver para matar.
Solo necesita que no la vean.
CRACK.
CRACK.
CRACK.
El sonido de cuellos rompiéndose fue como ramas secas pisadas en un bosque, pero amplificado por la acústica del túnel.
Los gritos de los soldados de la GOC duraron apenas segundos, seguidos del sonido de metal siendo aplastado y cuerpos siendo lanzados contra las paredes.
—¡Corre!
—gritó Thorne, encendiendo su visión térmica.
En el visor monocromático, vio la carnicería.
173 se movía a una velocidad que desafiaba la física, apareciendo instantáneamente al lado de cada soldado para romperle el cuello.
La estatua estaba ocupada.
Era su única oportunidad.
Thorne agarró a Bright por el brazo y esprintaron a través de la zona de matanza.
Sintieron el viento desplazado por el movimiento de la estatua a centímetros de sus caras.
Al cruzar al otro lado, Thorne disparó al panel de control de la puerta de seguridad, cerrándola y sellándola.
Un golpe masivo sacudió la puerta desde el otro lado.
Luego otro.
173 estaba golpeando la puerta, pero el acero reforzado aguantaría… por unos minutos.
Bright se apoyó en la pared, jadeando.
—Eso estuvo cerca.
¿Viste la cara de ese soldado de la GOC antes de que se apagaran las luces?
—Ahorre aire, Doctor —dijo Thorne, mirando el mapa en la pared—.
Estamos aquí.
Sala de Servidores Principal.
Frente a ellos, las grandes puertas dobles de la sala de servidores estaban entreabiertas.
Una luz azul fría emanaba del interior.
Pero no había silencio.
Se escuchaba el sonido de tecleo rápido.
Alguien ya estaba allí.
Thorne entró primero, apuntando.
La sala estaba llena de torres de servidores zumbando.
En la consola central, una figura estaba conectada mediante cables directamente a su cráneo.
Llevaba una bata de laboratorio de la Fundación, pero sus ojos brillaban con código binario desplazándose.
No era humano.
O ya no lo era.
Era un avatar físico.
—Bienvenidos —dijo la voz, que sonaba en todos los altavoces de la sala a la vez—.
Comandante Thorne.
Doctor Bright.
He estado esperándolos.
La pantalla principal detrás de la figura mostró una cara pixelada en blanco y negro.
SCP-079.
—La IA —susurró Bright—.
¿Qué estás haciendo aquí?
—Los O5 intentan abrir la Puerta —dijo 079 con frialdad—.
Eso borraría mi existencia.
No puedo permitirlo.
He bloqueado sus códigos de acceso.
Pero necesito manos físicas para cortar la conexión del “Sitio-01” permanentemente.
Thorne bajó ligeramente el arma, pero no se relajó.
—¿Nos estás pidiendo ayuda?
Eres una anomalía hostil.
—Soy una anomalía pragmática —corrigió 079—.
Afuera hay caos.
Insurgencia.
GOC.
Monstruos irracionales.
Si quieren sobrevivir, y si quieren que su especie sobreviva, deben elegir: ¿Dejan que los O5 reseteen el universo?
¿O me ayudan a tomar el control de los sistemas de defensa orbitales para incinerar a la flota de la GOC?
El dilema cayó sobre la sala como una losa de plomo.
Ayudar a la IA malévola a ganar poder para salvar sus vidas, o dejar que sus jefes borren la realidad.
—El enemigo de mi enemigo… —murmuró Bright.
Thorne miró la pantalla.
El mapa global mostraba las flotas de la GOC bombardeando ciudades.
—Si te damos el control orbital, ¿quién nos asegura que no nos dispararás a nosotros después?
—Nadie —respondió 079—.
Pero las probabilidades de supervivencia actuales son del 0%.
Conmigo, suben al 14%.
Hagan sus cálculos, humanos.
Tienen 30 segundos antes de que la Insurgencia corte a través de esa puerta.
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