Saga SCP : protocolo extinción :la caída de velo - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 Capítulo 30 Cuando la Estrella Sangra
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30: Capítulo 30: Cuando la Estrella Sangra 30: Capítulo 30: Cuando la Estrella Sangra Ubicación: Estratosfera, sobre las ruinas del Sitio-19.
Hora: T-Plus 2 días y 10 horas.
La batalla aérea se había estancado en una masacre gloriosa.
Abel (SCP-076-2), montado sobre el dragón SCP-682, había derribado a tres de los Arcontes de humo violeta.
Su espada negra cortaba la música de las esferas, silenciando a los invasores.
Abel reía, embriagado por el combate más puro que había experimentado en milenios.
—¡¿Esto es todo?!
—gritó al vacío—.
¡¿El universo no tiene mejores campeones?!
El universo respondió.
El cielo sobre ellos no se oscureció; se abrió.
Una grieta en la realidad en forma de estrella de cinco puntas perfecta apareció en el cenit.
A través de ella, no se veían estrellas, sino un color que no existe en el espectro visible humano, un “quinto color” que inducía náuseas y terror existencial.
De la grieta emergió la vanguardia de la deidad Quintista.
No era una criatura física.
Era una Idea Predatoria.
Una inmensa “Estrella de Mar” conceptual, hecha de ojos que parpadeaban al unísono y bocas que susurraban verdades que volvían locos a los mortales.
<LA SUMA ES CINCO.
LA UNIDAD ES MENTIRA.
RÍNDETE A LA MULTIPLICIDAD.> La voz resonó dentro del cráneo de Abel.
No era un ataque psíquico; era un intento de reescribir su concepto.
La Estrella de Mar estaba tratando de “editar” la existencia de Abel, de convertir su singularidad guerrera en cinco versiones menores y cobardes de sí mismo.
Abel gritó de dolor.
Su espada negra parpadeó.
—¡Yo soy… UNO!
—rugió, luchando contra la fragmentación de su ego.
SCP-682 también estaba siendo afectado.
Sus alas membranosas comenzaron a dividirse, fractalizándose en formas geométricas inútiles.
El reptil rugió, no de dolor, sino de indignación por ser alterado.
La Estrella de Mar disparó un haz de luz conceptual.
Golpeó a 682 en el pecho.
No hubo explosión.
Simplemente, las alas de 682 dejaron de tener sentido.
La física que las sostenía fue revocada.
El dragón y el jinete cayeron en picado desde la estratosfera.
Abel intentó aferrarse, pero la gravedad era implacable.
Se estrellaron contra las ruinas de su “Nueva Daevon” con la fuerza de un meteorito, levantando una nube de polvo y escombros.
En el cráter, 682 yacía con el cuerpo roto, regenerándose lentamente, furioso.
Abel se puso de pie tambaleándose.
Su espada estaba rota a la mitad.
Sangraba icor dorado.
Miró al cielo, donde la Estrella de Mar flotaba triunfante.
Por primera vez desde que salió de su caja, Abel sintió el sabor metálico de la derrota real.
—Necesito… una espada más grande —murmuró, antes de colapsar.
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