SAMURÁI FUERA DE PANTALLA - Capítulo 1
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1: EL SAMURÁI EN LA TIENDA 1: EL SAMURÁI EN LA TIENDA CAPÍTULO 1: EL SAMURÁI EN LA TIENDA El polvo flotaba en rayos de sol como estrellas atrapadas en el aire.
En “Sachiko’s Treasure”, cada objeto tenía su historia — y su peso.
Kazuki pasaba el paño por el jarrón de porcelana blanca, notando cómo sus dedos temblaban un poco.
Había sido uno de esos días en los que el recuerdo de su padre se colaba por cada grieta de la realidad, y la única forma de mantenerlo a raya era sumergiéndose en “Samurái del Código”.
La melodía del juego sonaba suave desde la laptop: flautas y tambores que pintaban un mundo lejano, donde los problemas se resolvían con una espada y la verdad siempre salía a la luz.
Diferente a aquí, donde la tienda se llenaba de cosas que la gente quería olvidar.
— Kazuki — la voz de su abuela hizo que se sobresaltara, casi haciendo caer el jarrón —.
Ten cuidado con eso.
Es la única pieza que me quedó de tu bisabuela.
Sachiko cargaba una caja de cartón que parecía más pesada que la propia gravedad.
Al apoyarla en el suelo, el tapa saltó como si algo dentro la hubiera empujado.
— La señora Elena la dejó esta mañana — continuó su abuela, limpiándose las manos en el delantal —.
Dijo que su nieto no la quería.
Dijo que “ya no servía para nada”.
Kazuki se agachó para ver qué había dentro.
Y sintió cómo se le congelaba la sangre.
Allí, envuelta en trapos viejos, estaba la consola original de “Samurái del Código”.
El cuerpo negro mate, el logo de código binario entrelazado, los puertos oxidados como si hubiera estado enterrada durante años.
Pero lo que más le llamó la atención fue que emitía un brillo azul tenue, casi imperceptible, que se reflejaba en sus ojos.
— No puede ser — susurró, sacándola con manos temblorosas —.
Todas las unidades originales desaparecieron hace más de una década.
¿Cómo…?
— Quizás alguien la guardó bien — dijo Sachiko, pero su voz tenía un tono extraño, como si supiera más de lo que decía —.
A ver si la puedes hacer funcionar.
Aunque honestamente…
no estoy segura de que sea una buena idea.
Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir, su abuela se retiró al fondo de la tienda, donde las estanterías de libros japoneses ocultaban más sombras que luz.
Kazuki colocó la consola en el mostrador y empezó a limpiarla.
Cuando el paño húmedo tocó los puertos, el brillo azul se intensificó, calentando la superficie como si estuviera encendida.
Con la mano temblando, la conectó a su laptop con un cable adaptador que había encontrado en una caja olvidada hace meses.
No había instalado el juego.
Nunca lo había necesitado — lo tenía guardado en un disco duro externo que usaba solo en días muy malos.
Pero la pantalla de la laptop se llenó de código de todos modos, líneas y líneas que se movían a una velocidad imposible de leer, formando patrones que reconocía: el bosque de bambú donde empezaba la primera misión, el castillo flotante del jefe final, los ojos de Kaito.
El protagonista.
El samurái que él había controlado miles de veces.
El único personaje que siempre había creído que podía cambiar las cosas.
De repente, la luz azul explotó.
Un viento helado azotó la tienda, haciendo volar tarjetas de precio, hojas de papel y hasta el sombrero de paja que su abuela usaba para trabajar en el jardín.
Kazuki se tapó los ojos con los brazos, sintiendo cómo el aire se cargaba de electricidad, cómo los objetos de metal empezaban a temblar en sus estantes.
Cuando la ráfaga cesó y bajó las manos, encontró a un hombre de pie en medio del mostrador.
Cabello blanco como la nieve, recogido en una coleta perfecta.
Armadura negra con detalles dorados que brillaban con un resplandor interno.
Y a su lado, envainada en un saya de madera oscura, una espada que emitía el mismo brillo azul que la consola.
El hombre se inclinó en una reverencia corta pero impecable.
Sus ojos azules — exactamente iguales a los del juego — lo miraban directamente, sin dejar lugar a dudas de que era real.
— Kazuki Sato — dijo, y su voz sonó como el trino de una espada al desenvainarse —.
He estado esperándote.
Me llamo Kaito.
Y nuestro mundo se está acabando.
Kazuki se quedó paralizado, mirando de la consola al hombre y vuelta.
Reconocía cada rasgo, cada movimiento, cada detalle de su armadura.
Pero esto no era posible.
Los personajes de videojuegos no salían de la pantalla.
No existían.
— Eres…
eres del juego — tartamudeó, sintiendo cómo se le secaba la garganta —.
Estoy soñando.
Tengo que estar soñando.
— Los sueños no hacen daño físico — respondió Kaito, mirando hacia la repisa donde estaba el jarrón de porcelana blanca —.
Pero eso sí que lo hará.
El jarrón se desprendió de la repisa como si alguien lo hubiera empujado, cayendo al suelo y explotando en mil pedazos blancos.
Sachiko apareció corriendo desde el fondo, sus ojos llenos de preocupación.
— Kazuki, ¿qué pasó?
¿Te hiciste daño?
— preguntó, mirando el suelo roto y luego a él.
Pasó la mirada directamente por Kaito, como si el samurái no estuviera ahí.
Como si fuera invisible.
Kaito colocó un dedo en sus labios, mirándolo con seriedad.
La luz de su espada parpadeó brevemente.
— N-no, abuela — dijo Kazuki, tragando saliva —.
Se me cayó solo.
Estaba distraído.
Sachiko lo miró fijamente por unos segundos, y en sus ojos vio algo que nunca había visto antes: miedo.
O quizás advertencia.
— Cuidado con lo que buscas, cariño — susurró, poniéndole una mano en el hombro —.
A veces las puertas que abrimos no tienen cerradura para cerrarse de nuevo.
Y hay cosas en el código que no deberían ver la luz del sol.
Se retiró de nuevo, dejándolo solo con el samurái que no existía.
Kazuki se giró hacia Kaito, sintiendo cómo latía el corazón como un tambor.
— ¿Por qué solo yo puedo verte?
— preguntó, con más firmeza de la que sentía —.
¿Qué quieres de mí?
¿Y qué demonios significa que vuestro mundo se esté acabando?
Kaito desenvainó su espada lentamente.
La hoja brilló con un resplandor tan intenso que iluminó toda la tienda, proyectando sombras azules en las paredes.
Y en ese brillo, Kazuki vio algo que le heló la sangre: imágenes de su propia casa, de su padre, de la noche en que murió.
— Tu mundo y el mío están conectados por algo más que un juego — explicó Kaito —.
Por algo que tu padre empezó y tu abuelo intentó ocultar.
Y ahora el virus se está propagando.
Pronto no habrá diferencia entre lo que es real y lo que fue creado.
Kazuki miró la espada brillante, luego el jarrón roto en el suelo, luego la consola que seguía emitiendo luz azul.
Sabía que debía despertarse de este sueño.
Pero el sabor metálico del miedo en su boca y el calor de la espada que reflejaba en su piel eran demasiado reales.
Y en el brillo de la hoja, vio algo más: una figura oscura, con ojos de código rojo, que observaba desde la ventana.
— Tenemos que irnos — dijo Kaito, poniéndose en posición de alerta —.
Ya nos encontraron.
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