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SAMURÁI FUERA DE PANTALLA - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 LA FIGURA DE LA VENTANA
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2: LA FIGURA DE LA VENTANA 2: LA FIGURA DE LA VENTANA CAPÍTULO 2: LA FIGURA DE LA VENTANA Kazuki siguió la mirada de Kaito hacia la ventana — pero solo vio el reflejo de la tienda, sus propios ojos desorbitados y el brillo azul de la espada que cortaba el aire helado.

— ¿Qué…

quién está ahí?

— susurró, presionándose contra la pared como si los jarrónes de porcelana pudieran esconderlo del peligro que acechaba.

— No lo se — respondió Kaito, su cuerpo tenso como un arco listo para disparar, la mano sobre la empuñadura de su arma —.

Pero siento su huella en cada rincón de este lugar.

Es parte del virus.

Algo que se escapó del código y no debería existir en tu mundo.

De repente, un zumbido agudo hizo temblar los cristales de la tienda.

Todos los objetos de metal empezaron a vibrar con fuerza: los relojes de pared marcaban horas imposibles, las cucharas de plata retumbaban como campanas y los marcos de fotos chocaban unos contra otros.

La pantalla de la laptop se encendió sola, llenándose de código rojo que se movía como serpientes, formando palabras que quemaron en la retina de Kazuki antes de borrarse: *LO BUSCAMOS EL CÓDIGO ES NUESTRO NADIE SE ESCAPA * Un crujido metálico hizo que ambos giraran la cabeza: la consola original empezaba a desmoronarse, dejando salir hilos de luz roja que se enroscaban alrededor de los muebles.

— ¡Tenemos que salir de aquí AHORA!

— gritó Kaito, bajando la espada pero manteniéndola lista para atacar —.

Cada segundo que pasemos cerca de ese dispositivo, el virus va ganando más terreno en tu realidad.

Kazuki no tuvo que pensarlo dos veces.

Agarró su mochila del mostrador, metió la laptop a toda prisa y lanzó una mirada hacia el fondo de la tienda, donde su abuela seguía ordenando libros japoneses con la misma calma de siempre.

Su mano se movía con precisión, colocando cada ejemplar en su lugar como si estuviera armando un rompecabezas.

¿Sabía lo que estaba sucediendo?

¿Había preparado este momento desde antes de que él naciera?

— Vamos por la puerta trasera — dijo Kaito, moviéndose entre cajas y cajones con una gracia sobrenatural, como si conociera cada centímetro de la tienda —.

No queremos llamar la atención…

por ahora.

El pasillo trasero olía a madera podrida e incienso viejo.

Kaito se deslizaba entre los obstáculos sin tocar nada, mientras Kazuki tropezaba con cada caja que se cruzaba en su camino.

Cuando abrieron la puerta, el aire caluroso y húmedo de la tarde bogotana los envolvió de golpe, mezclándose con el olor a café recién hecho y pan de queso que salía de los puestos de la calle cercana.

El contraste era brutal: del silencio aterrador de la tienda al alboroto caótico de la ciudad.

Kazuki notó con sorpresa que aunque Kaito llevaba una armadura negra y dorada que no pasaría desapercibida en ningún lugar, la gente no lo veía — los peatones se desviaban de él sin darse cuenta, los ciclistas frenaban justo a tiempo y los coches pasaban como si el samurái fuera solo un eco de la nada.

— ¿Por qué solo yo puedo verte?

— preguntó mientras corrían por el callejón oscuro, el zumbido del virus aún resonando en sus oídos.

Kaito miró hacia atrás, asegurándose de que no los seguían, antes de responder: — Tu ADN tiene un marcador único.

Fue puesto ahí por tu padre, cuando creó el código que mantiene unidos nuestros dos mundos.

Y tú…

tú eres la única persona capaz de cerrar el portal que se está abriendo.

Kazuki se quedó helado en medio del callejón.

Su padre había sido un ingeniero de software, sí — pero nunca había hablado de crear videojuegos, mucho menos de construir puentes entre realidades.

Todo lo que recordaba de él eran las tardes en el parque, enseñándole a jugar ajedrez y diciéndole que “cada movimiento tiene consecuencias en el tablero de la vida”.

— Eso no puede ser cierto — dijo, sacudiendo la cabeza con fuerza —.

Mi padre murió en un accidente de tráfico hace cuatro años.

No tenía nada que ver con…

con esta locura.

— Los accidentes son a menudo la mejor forma de ocultar la verdad — respondió Kaito con voz suave pero firme —.

Y la verdad es que él sabía que esto pasaría.

Sabía que el virus se escaparía del código.

Por eso me programó para buscarte cuando llegara el momento.

De repente, el ruido de la calle se apagó de golpe.

Los niños dejaron de gritar, los coches se detuvieron en seco y hasta el viento dejó de soplar.

El cielo se volvió de un gris oscuro, como si una tormenta invisible hubiera cubierto el sol.

Kazuki miró hacia arriba y se encontró con que todos los pantallas digitales de la cuadra — anuncios luminosos, semáforos, incluso los celulares que la gente sostenía en sus manos — estaban llenos de ese mismo código rojo.

Y ahí, en la pantalla más grande del edificio frente a ellos, apareció la figura que habían visto en la ventana: alta, envuelta en una capa negra que parecía estar hecha de sombras, con ojos que brillaban como dos brasas encendidas.

No tenía rostro — solo líneas de código que se movían y cambiaban constantemente, formando y deshaciendo formas humanas.

KAZUKI SATO — apareció escrito en letras gigantes que parecían quemar el cristal — DEVUÉLVESE EL CÓDIGO ORIGINAL.

La gente empezó a moverse con lentitud, girándose hacia Kazuki con los ojos vacíos y los rostros expresioneless.

Sus pasos eran sincronizados, como si estuvieran controlados por un único mando.

Kaito colocó su mano en el hombro de Kazuki, empujándolo hacia un callejón lateral más estrecho.

— ¡Corre!

— ordenó, desenvainando su espada con un silbido metálico —.

No puedo enfrentarme a todos ellos sin causar daño.

Tenemos que llegar a un lugar seguro.

Kazuki obedeció a ciegas, sus piernas quemándose mientras corría por el callejón oscuro.

Detrás de él, escuchó el crujido de la espada de Kaito al chocar contra el código rojo que empezaba a cubrir los muros, creando chispas azules que iluminaban el camino como fuegos artificiales.

— ¡Este camino lleva a mi casa!

— jadeó entre respiraciones cortas —.

Está a unas cuadras de aquí.

— Bien — respondió Kaito, cortando con su espada una hilera de código rojo que se había extendido por el suelo como una serpiente viviente —.

Allí podremos protegernos mientras descubrimos cómo detener esto.

Pero ten cuidado: si el virus nos encontró tan rápido, significa que tiene acceso a información sobre ti que nadie debería conocer.

Cuando salieron del callejón, Kazuki vio su casa al final de la cuadra — un edificio pequeño de tres pisos con geranios rojos en el balcón, el único lugar que siempre había considerado su refugio.

Pero algo estaba terriblemente mal: las cortinas se agitaban como si hubiera un huracán dentro, y desde las ventanas salía un brillo rojo tenue que bailaba como llamas.

Y en la puerta principal, de pie y mirándolos directamente con una calma helada, estaba su hermana Ayumi.

Sus ojos no eran los habituales, cálidos y preocupados — estaban llenos de código rojo que se movía como agua hirviendo.

— Kazuki — dijo, y su voz sonaba como si saliera de un altavoz descompuesto —.

Devuélvele el código a su dueño.

Es el único modo de salvar a todos los que quieres.

Kazuki se detuvo en seco, sintiendo cómo el miedo le paralizaba los músculos.

Kaito colocó la espada delante de él, protegiéndolo con su cuerpo.

— No es tu hermana — dijo el samurái en voz baja, su espada emitiendo un zumbido de advertencia —.

Es solo el virus usando su cuerpo como arma para llegar a ti.

Tenemos que hacerle salir…

sin hacerle daño.

Pero la mirada roja de Ayumi ya se movía hacia ellos, y detrás de ella, la puerta de la casa se abrió sola, dejando salir un resplandor rojo que consumía todo lo que tocaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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