SAMURÁI FUERA DE PANTALLA - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 EL REFUGIO ENCUBIERTO
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3: EL REFUGIO ENCUBIERTO 3: EL REFUGIO ENCUBIERTO CAPÍTULO 3: EL REFUGIO ENCUBIERTO El resplandor rojo de la casa iluminó la cuadra entera, haciendo que los geranios rojos del balcón se marchitaran al instante.
Ayumi avanzó un paso, sus movimientos rígidos como los de un muñeco de cuerda, mientras el código rojo seguía bailando en sus ojos.
— Kazuki…
ven conmigo — susurró, y esta vez su voz tenía un matiz de la hermana que él conocía —.
No quiero hacerte daño.
Solo devuélve el código.
— ¡No te acerques!
— gritó Kazuki, aunque su voz temblaba —.
Eso no eres tú, Ayumi.
¡Por favor, vuelve a ti!
Kaito se colocó delante de él, la espada azul brillando con más intensidad.
El metal de su armadura empezó a emitir un zumbido que contrarrestaba el resplandor rojo.
— El virus está usando sus recuerdos contra ti — dijo el samurái en voz baja —.
No te dejes engañar.
Tenemos que alejarnos de aquí antes de que sea demasiado tarde.
Pero era imposible: los peatones controlados por el virus ya habían cerrado todas las salidas de la cuadra, moviéndose en círculo alrededor de ellos con pasos sincronizados.
El zumbido del código llenó el aire, haciendo que Kazuki sintiera dolor de cabeza.
De repente, un sonido seco de puerta que se abre hizo girar todas las miradas.
En el umbral de la panadería del final de la cuadra — la misma que siempre olía a pan de queso — apareció una mujer mayor con el pelo blanco recogido en un moño, llevando un delantal manchado de harina.
Sachiko.
— Kazuki, cariño — dijo con su voz calmada, como si estuviera llamándolo a cenar —.
Ven aquí.
A veces los mejores refugios son los que están justo delante de nuestros ojos.
El código rojo que cubría los edificios parpadeó cuando ella habló.
Los peatones se detuvieron en seco, como si hubieran recibido una orden que no entendían.
Ayumi también se detuvo, su rostro entre el dolor y la oscuridad.
— Abuela…
¿qué estás haciendo aquí?
— preguntó Kazuki, desconcertado.
— He estado vigilando todo desde el principio — respondió ella, haciendo una señal con la mano para que se acercaran —.
Tu padre me pidió que lo hiciera.
Que protegiera el código hasta que llegara el momento.
Kaito bajó la espada ligeramente, observando a Sachiko con curiosidad.
— Tú sabes de lo que estamos hablando — dijo el samurái, no como una pregunta sino como una afirmación.
— Más de lo que imaginas — respondió Sachiko, abriendo la puerta de la panadería más de par —.
Pasen, rápido.
Este lugar está protegido.
Kazuki no dudó dos veces: cogió a Kaito del brazo y corrió hacia la panadería, con Ayumi siguiéndolos a distancia, sus ojos rojos titilando como luces de advertencia.
Cuando cruzaron el umbral, Sachiko cerró la puerta con un fuerte golpe que hacía eco en el silencio.
Dentro, el olor a pan recién horneado envolvió a Kazuki, calmando su ansiedad.
Pero lo que más le sorprendió fue el interior: detrás de los mostradores de pan había un pasillo oculto que llevaba a una habitación subterránea, iluminada con luces cálidas y llena de ordenadores antiguos, cajas metálicas y documentos apilados.
— ¿Qué es este lugar?
— preguntó Kazuki, mirando a su alrededor con los ojos abiertos.
— El verdadero taller de tu padre — respondió Sachiko, encendiendo un ordenador que parecía tan antiguo como la consola de “Samurái del Código” —.
Aquí es donde creó el juego.
Aquí es donde construyó el puente entre los mundos.
Mientras el ordenador se encendía, emitiendo un pitido característico, Kaito se acercó a una pared llena de fotografías.
En algunas aparecía un hombre joven con el pelo castaño oscuro — el padre de Kazuki — junto a una mujer que parecía ser Ayumi y Kazuki de pequeños.
En otras, había dibujos de personajes que reconocía del juego, incluyendo a Kaito mismo.
— Tu padre no creó el juego solo — explicó Sachiko, mientras la pantalla del ordenador mostraba un código complejo —.
Lo hizo con un compañero: un programador llamado Renato.
Pero Renato quería usar el código para cosas malas.
Para controlar la realidad, manipular las mentes de la gente…
para convertirse en un dios digital.
— ¿Renato?
— preguntó Kazuki —.
Nunca me habló de nadie llamado Renato.
— Porque tuvo que ocultarlo — respondió ella, su voz volviéndose seria —.
Cuando se dio cuenta de lo que Renato planeaba, tu padre bloqueó el código y lo dividió en fragmentos que escondió en antigüedades por toda Colombia.
Y creó a Kaito para protegerlo, para encontrar a alguien capaz de mantenerlo a salvo.
En ese momento, la puerta de la panadería se abrió con un crujido.
Ayumi entró lentamente, los ojos rojos ahora más tenues, como si estuviera luchando contra el virus desde dentro.
— Kazuki…
— susurró, llevándose la mano a la cabeza con dolor —.
Sé que estoy haciendo cosas raras…
pero siento algo dentro de mí que me está pidiendo que tome el código.
Que lo entregue a alguien.
Kaito se acercó a ella con cautela, la espada ahora apagada.
— El virus se alimenta de emociones fuertes — dijo —.
De miedo, de rabia…
de amor.
Está usando tu preocupación por Kazuki para controlarte.
— ¿Cómo la ayudamos?
— preguntó Kazuki, acercándose a su hermana con cuidado.
Sachiko golpeó una tecla en el ordenador, y la pantalla se llenó de un código azul brillante que contrarrestaba el rojo en los ojos de Ayumi.
— Tu padre dejó un programa de purificación — explicó —.
Pero necesitamos algo más que código para activarlo.
Necesitamos un fragmento del código original.
Uno que tengo guardado aquí.
Abrió una caja metálica que estaba debajo del escritorio y sacó un reloj de bolsillo antiguo, con un esfera que emitía un brillo dorado suave.
En el momento en que lo sacó, el reloj empezó a hacer tic-tac con un ritmo que parecía sincronizarse con el latido del corazón de Kazuki.
— Este es el primer fragmento — dijo Sachiko, entregándoselo a Kazuki —.
Con él, podemos limpiar el virus de Ayumi.
Pero es solo el principio.
Renato ya tiene otros fragmentos.
Y vendrá a por el tuyo.
Mientras el brillo dorado del reloj iluminaba la habitación, Kazuki sintió cómo una energía caliente recorría su cuerpo.
El reloj vibraba en su mano, y en su mente escuchó una voz que reconocía: la de su padre.
“Protege el código, Kazuki” — decía la voz, suave pero firme — “El destino de ambos mundos está en tus manos”.
En ese momento, el techo de la panadería empezó a crujir.
Un sonido metálico hizo que todos miraran hacia arriba: líneas de código rojo estaban empezando a cubrir el techo, como si alguien estuviera intentando romper la protección del lugar.
Y una voz, fría como el hielo y distorsionada por el código, resonó en toda la habitación: SACHIKO SATO — dijo la voz — KAZUKI SATO — el código rojo apareció en las paredes — ENTREGAD EL FRAGMENTO O TODOS MORIRÁN.
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