SAMURÁI FUERA DE PANTALLA - Capítulo 4
- Inicio
- Todas las novelas
- SAMURÁI FUERA DE PANTALLA
- Capítulo 4 - 4 EL RELOJ QUE MARCA DOS TIEMPOS
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
4: EL RELOJ QUE MARCA DOS TIEMPOS 4: EL RELOJ QUE MARCA DOS TIEMPOS CAPÍTULO 4: EL RELOJ QUE MARCA DOS TIEMPOS El eco de la voz de Renato todavía resonaba en las paredes del refugio subterráneo cuando el techo empezó a crujir con más fuerza.
Las líneas de código rojo se extendían como venas negras, cubriendo los ordenadores antiguos y haciendo que los cables emitieran chispas.
— Tenemos que moverlos — dijo Sachiko con urgencia, cerrando la caja metálica donde guardaba otros documentos —.
Este lugar ya no está seguro.
El virus ha encontrado la forma de romper mis protecciones.
Ayumi se apoyó en una mesa, presionándose la sien con la mano.
El brillo rojo en sus ojos había disminuido, pero todavía se veían hilos de código que se movían lentamente bajo su piel.
— Siento que…
que me está llamando — susurró, con voz débil —.
Renato.
Sé que es él.
Me habla desde dentro de mi cabeza, me dice que el código le pertenece.
Kazuki se acercó a ella, tomándola de la mano.
Sintió cómo su piel estaba fría y temblorosa.
— No te rindas, Ayu — le dijo con firmeza —.
Ya vamos a encontrar la forma de sacarlo de ti completamente.
Kaito había estado observando el reloj de bolsillo que Kazuki sostenía en la mano.
El brillo dorado que emitía contrarrestaba el rojo de las paredes, creando un campo de luz que mantenía alejado el virus de su alrededor.
— Este fragmento tiene más poder de lo que creíamos — dijo el samurái, acercándose a tocarlo con la punta de su espada —.
Siente la presencia de otros fragmentos.
Si lo usamos correctamente, podemos rastrearlos.
Sachiko asintió mientras recogía unos discos duros antiguos y los metía en una maleta.
— Tienes razón, Kaito — respondió —.
El reloj actúa como un buscador.
Pero también actúa como una señal: donde quiera que lo llevemos, Renato nos encontrará.
De repente, un fuerte golpe en la puerta de la panadería hizo saltar a todos.
El código rojo se intensificó, y la voz de Renato volvió a resonar, esta vez más cerca: YA NO HAY LUGARES SEGUROS, SACHIKO.
ENTREGAD EL FRAGMENTO O LA PANADERÍA SE VOLVERÁ POLVO DIGITAL — ¡Por aquí!
— gritó Sachiko, abriendo una puerta secreta en la pared que llevaba a un túnel estrecho —.
Este camino conduce a la estación de TransMilenio.
Tenemos que llegar al Museo del Oro — hay algo ahí que necesitamos ver.
Kazuki ayudó a Ayumi a entrar en el túnel, mientras Kaito cubría la retaguardia, moviendo su espada azul para cortar las líneas de código que intentaban bloquear el paso.
El túnel olía a tierra húmeda y metal viejo, y las paredes estaban cubiertas de símbolos que Kazuki reconocía del juego — eran los mismos que aparecían en las puertas secretas de “Samurái del Código”.
— ¿Cómo sabías que este lugar existía?
— preguntó Kazuki a su abuela mientras caminaban en la oscuridad, guiados por el brillo del reloj.
— Tu padre lo construyó hace años — respondió Sachiko, encendiendo una linterna antigua que sacó de su bolsillo —.
Decía que en Bogotá, los mejores refugios son los que están bajo tierra, donde el código no puede llegar tan fácilmente.
Mientras avanzaban, Ayumi empezó a hablar con más claridad.
El dolor en su rostro disminuía, y los hilos rojos en sus ojos se hacían más finos.
— Recuerdo cosas — dijo, mirando a su alrededor con curiosidad —.
Recuerdo que papá me enseñaba a programar cuando era pequeña.
Me hablaba de un “juego especial” que estaba creando, de un mundo donde la gente podría ser feliz sin problemas.
— Él quería crear un refugio, no una prisión — dijo Sachiko con tristeza —.
Pero Renato vio solo el poder que el código podía darle.
El túnel terminó en una puerta que daba directamente al andén de la estación de TransMilenio.
Afuera, la ciudad seguía su curso normal — gente corriendo para tomar el bus, vendedores ambulantes ofreciendo productos, niños jugando en la acera.
Parecía imposible que unas horas antes el mundo hubiera estado a punto de ser consumido por código digital.
Pero Kaito notó algo que los demás no veían: en las pantallas de los buses, en los anuncios luminosos, incluso en los celulares de la gente, había un brillo rojo casi imperceptible.
El virus seguía ahí, esperando.
— Cuidado — advirtió el samurái, colocándose cerca de los hermanos —.
El virus está en todas partes.
Solo está esperando el momento de atacar de nuevo.
Sachiko llevó a todos a un bus que iba hacia el centro.
Mientras avanzaban por las calles de Bogotá, Kazuki observó cómo el reloj en su mano empezaba a vibrar con más intensidad.
El brillo dorado se hacía más fuerte, y en la esfera apareció un mapa borroso que mostraba puntos luminosos por toda la ciudad.
— Estos puntos…
¿son otros fragmentos?
— preguntó.
— Sí — respondió Sachiko, mirando el reloj con expresión seria —.
Y el más brillante está en el Museo del Oro.
Tu padre lo colocó allí porque dijo que “la historia real siempre protegerá el futuro digital”.
Cuando llegaron a la plaza del museo, el sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de colores naranjas y rosas.
Pero el ambiente alrededor del edificio era extraño: los turistas habían desaparecido, y los guardias estaban de pie como estatuas, con los ojos vacíos y el rostro sin expresión.
El reloj en la mano de Kazuki vibró con tanta fuerza que casi se le cayó.
El brillo dorado se convirtió en un resplandor intenso, y la voz de su padre volvió a escucharse en su mente: “El código está en lo más profundo del museo, Kazuki.
Protege lo que hemos creado.
No dejes que Renato destruya ambos mundos” En la puerta principal del museo apareció una figura alta envuelta en una capa negra.
Renato.
No tenía rostro visible — solo un casco de metal que reflejaba el brillo del reloj.
— Finalmente llegaste, Kazuki — dijo su voz, distorsionada por el código —.
Me alegro de que hayas traído el fragmento.
Ahora solo tienes que entregármelo, y tus seres queridos estarán a salvo.
Detrás de él, los guardias se movieron lentamente, cerrando todas las salidas.
El código rojo empezó a cubrir las paredes del museo, transformando las piedras antiguas en pantallas digitales que mostraban imágenes de un mundo controlado por Renato.
Kaito desenvainó su espada, el brillo azul chocando con el rojo de Renato.
Ayumi se puso de pie junto a Kazuki, sacando un pequeño dispositivo que había construido con piezas de su laptop.
— No lo vamos a dejar tenerlo — dijo ella con firmeza —.
Papá dio su vida por este código.
Vamos a defenderlo hasta el final.
Kazuki apretó el reloj en su mano, sintiendo cómo su energía fluía por su cuerpo.
Sabía que este sería solo el principio de una larga batalla — pero por primera vez desde que Kaito había aparecido en su vida, no sintió miedo.
Sintió determinación.
El juego había empezado de verdad.
Y esta vez, él sería el protagonista de verdad.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com