SAMURÁI FUERA DE PANTALLA - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 EL VIAJE HACIA EL MAR
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9: EL VIAJE HACIA EL MAR 9: EL VIAJE HACIA EL MAR CAPÍTULO 9: EL VIAJE HACIA EL MAR El sol despuntaba sobre Yukiguni cuando el grupo se preparaba para la partida.
Los guardianes habían organizado un pequeño banquete de despedida, con comida tradicional japonesa y té de hierbas que ayudaba a combatir el frío de la montaña.
Takeshi, el líder de los guardianes, se acercó a Kazuki con un paquete envuelto en tela de seda roja.
— Esto es para ti — dijo, entregándoselo con una reverencia —.
Es un amuleto que nuestros antepasados usaban para protegerse en los viajes por el mar.
Te ayudará en Umi no Mizu.
Kazuki abrió el paquete y encontró un colgante de madera tallada con forma de tortuga, con símbolos grabados en su superficie que parecían código.
Lo colocó alrededor del cuello, y sintió cómo una energía cálida recorría su cuerpo.
— Gracias — dijo, inclinándose en reverencia a su vez —.
No olvidaremos lo que nos han hecho por aquí.
A las nueve de la mañana, partieron de Yukiguni.
El camino de regreso por la montaña era más fácil ahora que el oso guardian había reconocido su intención, y en pocas horas llegaron a Sapporo.
Allí esperaba un tren que los llevaría hasta la costa, donde tomarían un barco hacia la isla de Shikoku y la ciudad de Umi no Mizu.
Durante el viaje en tren, Yuki explicó más detalles sobre el fragmento que buscaban: — Umi no Mizu fue fundada hace siglos por pescadores que descubrieron que las aguas alrededor de la isla tenían propiedades especiales — dijo, mostrando un mapa antiguo en su laptop —.
Tu padre decidió esconder el cuarto fragmento allí porque el agua actúa como un conductor natural para el código, manteniéndolo estable y protegido.
— ¿Qué tipo de guardianes tendremos que enfrentar esta vez?
— preguntó Ayumi, revisando el dispositivo que había mejorado con piezas que le había dado uno de los guardianes de Yukiguni.
— Los guardianes marinos son diferentes a los de la montaña — respondió Yuki —.
No son criaturas físicas ni digitales, sino una mezcla de ambas.
Se alimentan de la energía del océano y pueden controlar el agua para atacar.
Renato se acercó a ellas con una libreta de notas en la mano: — También descubrí algo interesante mientras revisaba los archivos de tu padre — dijo, mostrando algunas páginas escritas a mano —.
El fragmento de Umi no Mizu no está solo.
Está conectado a un antiguo santuario submarino que solo se puede acceder durante la marea baja.
Kaito, que había estado observando el paisaje por la ventanilla, se volvió hacia el grupo: — Siento que la energía del océano es fuerte allí — dijo, tocando su espada —.
El código está más activo en lugares con conexión a la naturaleza.
Eso es lo que hizo tu padre tan inteligente: usó los elementos naturales como protección.
Cuando llegaron a la costa, el sol ya se ponía, tiñendo el mar de tonos naranjas y rosas.
Un pequeño barco de madera esperaba en el muelle, pilotado por un hombre anciano con el pelo salpicado de blanco y ojos como el color del océano.
— Soy Kenjiro — dijo el hombre con una sonrisa amplia —.
Los guardianes de Yukiguni me avisaron de que vendrían.
Soy el último miembro de la familia que lleva a los viajeros a Umi no Mizu.
El viaje en barco duró toda la noche.
El mar estaba calmado, y las estrellas brillaban con una claridad increíble sobre el agua.
Kazuki se quedó en la popa del barco, mirando el horizonte mientras el amuleto de madera en su cuello vibraba suavemente.
— ¿Estás pensando en tu padre?
— preguntó Kaito, acercándose a él.
— Sí — respondió Kazuki —.
Me pregunto si sabía todo lo que pasaría cuando creó el código.
Si sabía que tendríamos que luchar tanto para protegerlo.
— Creo que lo sabía — dijo Kaito con calma —.
Pero también sabía que habría gente dispuesta a defenderlo.
Gente como tú, tu hermana, tu abuela…
gente como Renato y Yuki.
Al amanecer, apareció la costa de Shikoku.
A lo lejos, se podía ver una ciudad construida sobre pilotes en el agua, con casas de madera y techos de paja que parecían flotar sobre la superficie del mar.
Ese era Umi no Mizu.
— La ciudad solo está accesible durante tres días cada mes, cuando la marea está en su punto más bajo — explicó Kenjiro, bajando la velocidad del barco —.
Después de eso, se sumerge bajo varias metros de agua hasta la próxima marea baja.
A medida que se acercaban, Kazuki vio que las aguas alrededor de la ciudad eran de un color azul cristalino, y que se podían ver estructuras de piedra bajo la superficie.
El amuleto en su cuello empezó a vibrar con más fuerza, y la pieza de luz que llevaba en la mochila brilló con intensidad.
— El fragmento está cerca — dijo Yuki, sacando un detector de energía que había construido años atrás —.
Está en el santuario submarino, justo en el centro de la ciudad.
Pero cuando el barco llegó al muelle, descubrieron que algo estaba mal.
Las calles de Umi no Mizu estaban vacías, y las casas tenían marcas de código rojo en sus paredes.
El agua alrededor de la ciudad había empezado a ponerse oscura, como si estuviera contaminada.
— El virus ha llegado antes que nosotros — dijo Renato con preocupación —.
Ha contaminado las aguas y probablemente ha tomado el control de los guardianes marinos.
De repente, el agua alrededor del muelle empezó a agitarse.
Columnas de agua se levantaron del mar, formando figuras humanas con ojos de color rojo brillante.
Los guardianes marinos habían sido infectados.
— ¡Todos a cubierto!
— gritó Kenjiro, mientras una de las figuras de agua golpeaba el barco con fuerza.
Kazuki sacó la lanza de su mochila, y la piedra azul en su punta empezó a brillar con luz azul intensa.
Kaito desenvainó su espada, y Yuki y Ayumi se colocaron junto a ellos, listas para usar sus dispositivos.
La batalla por el cuarto fragmento había comenzado, y esta vez el enemigo estaba en su propio elemento.
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