¡Seduciendo al mejor amigo de mi papá! - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 CAPÍTULO 16 UN REGALO PARA MÍ
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16: CAPÍTULO 16: UN REGALO PARA MÍ 16: CAPÍTULO 16: UN REGALO PARA MÍ DOS DÍAS DESPUÉS.
—¡Ding!
Estaba sentada en el salón, mirando el móvil, cuando oí sonar el timbre de la puerta del señor Mattias.
Deben de ser mi papá o mi mamá, supuse.
Era domingo por la tarde.
El señor Mattias había dicho que volverían hoy más tarde o mañana, así que supuse que se habían adelantado.
Pasaban de las doce del mediodía y el señor Mattias seguía en la cama.
Había sido una verdadera locura para los dos, no podía culparlo por dormir hasta tan tarde.
Después de que el señor Mattias me follara hace dos días en mi casa, no se cansaba de mí.
No podía saciarse de mi dulce y jugoso coño.
Eso fue lo que me dijo mientras me follaba en mi baño después de haberme follado en mi cama.
Luego me folló en su coche, en su garaje, nada más llegar a su casa.
—Shimma, no me canso de ti, es que no puedo —.
¡Su voz era tan dulce y sexi!
Esas palabras no se me iban de la cabeza.
Me levanté del sofá y me dirigí a la puerta.
Inspiré hondo y luego espiré antes de agarrar el pomo.
Abrí la puerta con la esperanza de ver a uno de mis padres, pero en su lugar, había un repartidor.
Miré de nuevo hacia el salón y luego otra vez al repartidor.
—Buenos días, señora.
Tengo un paquete para usted —dijo él, y yo fruncí el ceño.
—¿Para mí?
—pregunté.
Quizá lo decía solo porque yo había abierto la puerta.
De todos modos, el señor Mattias no estaba, así que no me quedaba más remedio que coger el paquete que traía el repartidor.
—¿Puede firmar aquí, por favor?
—preguntó, entregándome un bolígrafo y un formulario.
Le cogí el bolígrafo y firmé donde me indicó.
—Gracias, señora —saludó, y lo vi marcharse.
Me quedé mirando el paquete más tiempo del debido, preguntándome cuál sería su contenido.
Bueno, no era asunto mío, así que subí las escaleras, directa a la habitación del señor Mattias para poder darle su paquete.
Llamé a su puerta y esperé una respuesta, pero no la hubo.
Volví a llamar.
Seguía sin haber respuesta.
Así que decidí entrar y dejárselo para cuando se despertara.
Lenta y silenciosamente, abrí la puerta, sin querer despertarlo.
Pero lo primero que vieron mis ojos fue la cama king size vacía.
A eso le siguió el sonido de la ducha.
Eso explicaba por qué no respondía.
Me acerqué a la cama y dejé su paquete justo cuando el agua de la ducha dejó de sonar.
Me detuve en seco, de cara a la puerta del baño, mientras esperaba a que se corriera…
digo, a que saliera.
Eso me lo recordó.
El señor Mattias y yo habíamos tenido sexo no menos de cinco veces desde que llegué, pero él todavía no se había corrido.
En cambio, yo era la única que tenía orgasmos y hacía squirting cada vez que me follaba.
¿Acaso no disfrutaba de mi coño como decía?
¿O podría tener razón Blake?
¿Y si al señor Mattias no le gustaba el sexo?
¿Y si yo no era lo bastante dulce para él?
¿Y si…?
Estaba tan perdida en mis pensamientos que ni siquiera me di cuenta de que el señor Mattias ya había salido del baño, con una toalla negra envuelta en la cintura, y estaba de pie justo delante de mí.
—Shimma.
—Di un respingo al oír su voz.
Pude ver cómo una expresión de confusión se instalaba en su rostro mientras me miraba.
—S…
señor Mattias —mascullé, volviéndome para mirar el paquete.
Sus ojos siguieron los míos.
—Te dije que no me llamaras así.
¿Y por qué no has abierto aún tu paquete?
—preguntó.
—¿Mi paquete?
—pregunté asombrada, girándome para mirar el paquete que había en su cama.
¿Cuál sería el contenido?
El señor Mattias dio unos pasos hasta que estuvo cerca de mí.
Se inclinó y me dio un suave beso en la frente.
Sentí un cosquilleo en el estómago.
Siempre me pasaba cuando me besaba.
—Prepárate, he reservado en París.
Ya he avisado a mi piloto, no lo hagamos esperar —dijo, dándome otro beso en la frente.
—¿París?
—pregunté.
Él asintió.
—Sí, Shimma.
No tiene nada de malo que lleve a mi chica a un restaurante bonito y elegante para su celebración.
—¿Qué celebración?
—me apresuré a preguntar.
El señor Mattias entornó los ojos y me lanzó una mirada inquisitiva.
—¿No ibas a celebrar tus exámenes finales?
—preguntó, ahuecando mi cara con sus manos.
—¡Oh!
Mis exámenes finales —recordé.
Recordaba que el señor Mattias lo había mencionado hacía unos dos días.
Pero durante estos dos días, lo había olvidado por completo.
Literalmente, me había olvidado de todo.
Durante los últimos dos días, había estado viviendo en un mundo diferente.
El del mejor amigo de mi papá.
Sintiéndolo y saboreándolo, casi olvidé que acababa de terminar mis últimos exámenes.
Había acabado la universidad.
El señor Mattias tenía razón.
Necesitaba celebrarlo.
Pe…
pero no esperaba volar a París solo por una celebración cualquiera.
De hecho, nunca he estado en París, y mucho menos en sus restaurantes elegantes.
Aunque siempre había soñado con ir a París y disfrutar de una buena vista de la Torre Eiffel.
¿Quién iba a decir que mi deseo por fin podría hacerse realidad?
Y no solo París, sino la forma en que este hombre me estaba mirando.
Había soñado y anhelado ese preciso instante.
Sus manos ahuecando mi cara, sus ojos azules fijos en los míos, con tanto deseo, tanta pasión.
Había soñado con este momento exacto y, sorprendentemente, todos mis sueños se estaban cumpliendo.
¿Así que esto es lo que se siente al tener un hombre?
¡Sí, un hombre de verdad!
No quiero que acabe.
Ni ahora, ni nunca.
Le dediqué una cálida sonrisa al señor Mattias.
Él se inclinó para darme otro beso en los labios.
Me di cuenta de que le encantaba darme besos por todo el cuerpo, sobre todo en la frente.
Supongo que es como su lenguaje del amor.
Bueno, aún no estoy segura de que esté enamorado de mí, así que no quiero sacar esa conclusión todavía.
Sentí cómo sus manos dejaban mi cara.
—¿Por qué no abres tu paquete y te preparas?
No quiero que lleguemos tarde —dijo.
Me volví hacia el paquete, caminé hasta la cama y me senté.
Levanté el paquete.
Me di cuenta de que pesaba mientras lo colocaba en mi regazo.
El señor Mattias volvió al baño, cepillándose su largo pelo rubio mientras se miraba en el espejo.
¡Dios mío!
Me encanta verlo de espaldas.
Sonreí mientras mi atención volvía al paquete.
Arranqué las cintas adhesivas y rasgué el papel marrón que envolvía la caja.
Mis ojos leyeron de inmediato el nombre escrito en negrita sobre la caja.
«YVES SAINT LAURENT».
El de un jodido diseñador de millones de dólares.
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