¡Seduciendo al mejor amigo de mi papá! - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 CAPÍTULO 26 ¡MI MADRE
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26: CAPÍTULO 26: ¡MI MADRE 26: CAPÍTULO 26: ¡MI MADRE Justo cuando estaba a punto de comer.
La puerta se abrió de golpe y mi papá entró…
Dejé caer el tenedor y me levanté para recibirlo.
Pero al acercarme, fruncí el ceño.
Algo no estaba bien.
Mi papá siempre era el que iluminaba una habitación, incluso después de un día duro.
No importaba lo alterado que estuviera, siempre nos recibía a mi madre y a mí con una sonrisa.
Pero hoy fue diferente.
Pasó de largo como si no estuviéramos allí, con una expresión ensombrecida por algo que no pude identificar del todo.
Eso no era propio de mi papá, nunca pasaría de largo delante de mi madre y de mí como acababa de hacer.
¿Qué pasa?
¿Se está muriendo?
¿Se van a divorciar?
¿Perdió algo importante para él?
¡De verdad quiero saberlo!
—Papá —mascullé.
Pero me ignoró y subió las escaleras.
Me volví hacia mi madre.
Sus labios estaban curvados hacia abajo y la preocupación llenaba sus ojos mientras apartaba la mirada de él y la posaba en los míos.
Inmediatamente cambió su ceño fruncido por una sonrisa.
Aunque era obvio que no estaba nada feliz.
—Debe de haber tenido un mal día.
¿Por qué no terminas de comer?
Iré a ver cómo está —sugirió, con la voz firme pero tensa.
Forcé una media sonrisa, era lo máximo que podía hacer.
Regresé a la mesa del comedor, pero mi apetito había desaparecido por completo.
No podía quedarme sentada allí mirando la comida.
Necesitaba saber qué pasaba, necesitaba claridad…
Subí las escaleras de puntillas.
Al llegar a la habitación de mis padres, me detuve frente a la puerta y me incliné para pegar la oreja y poder oírlos bien.
SR.
DERRY Y SRA.
ANNA.
La Sra.
Anna subió las escaleras.
Entró en su dormitorio justo después de que lo hiciera el Sr.
Derry.
—Derry, ¿qué pasa?
Llevas así desde ayer y, sin embargo, ¿crees que está bien guardártelo para ti?
—se lamentó la Sra.
Anna.
—Mira, Anna…
—siseó suavemente mientras se pasaba la mano por el pelo.
—No tengo fuerzas para discutir, así que déjame en paz.
Como puedes ver, acabo de volver del trabajo.
Ha sido un día largo —dijo el Sr.
Derry mientras entraba en el baño.
—¿Quieres que te dejen en paz?
¡Bien!
Puedes lidiar solo con lo que sea que estés pasando.
Como siempre haces —espetó ella.
Abrió la puerta para irse.
Sorprendió a Shimma de pie justo delante de la puerta.
Estaba escuchando su conversación.
Aunque, en realidad, no hubo ninguna conversación porque el Sr.
Derry no quiso hablar con ella.
—Shimma, ¿no te había pedido que terminaras tu comida?
—preguntó.
—Sí, lo hiciste, pero estaba tan preocupada que perdí el apetito.
¿Papá está bien?
—preguntó Shimma, con la voz apenas por encima de un susurro.
—Como ya te he dicho, puede que solo haya tenido un mal día.
Démosle un poco de espacio y hablemos mañana, ¿de acuerdo?
—respondió ella.
Aunque Shimma pudo ver la duda en sus ojos, asintió lentamente.
Aun cuando no estaba del todo convencida por las palabras de su madre.
Al final, Shimma no cenó.
Esa noche, se tumbó en la cama, mirando al techo, preguntándose qué podría irle tan mal a su padre.
Nunca lo había visto así.
Deseó poder despertarse a la mañana siguiente y encontrar que todo había vuelto a la normalidad: su padre feliz de siempre, el que la abrazaba y le daba un beso de buenos días, no la sombra que había visto hoy.
No quería volver a ver esa expresión en su cara nunca más.
¡Nunca!
SHIMMA.
Un fuerte bostezo escapó de mis labios mientras estiraba los brazos y las piernas.
Me giré para mirar el reloj de la pared, y un fuerte jadeo escapó de mi boca mientras mis ojos se abrían de par en par por la sorpresa.
Eran las ocho y cuarto.
Y se suponía que debía estar en el trabajo a las ocho.
¡Mierda!
Salté rápidamente de la cama y corrí hacia el baño.
Tenía prisa y no pude desayunar.
Salí y me di cuenta de que ayer había dejado el coche en la oficina.
Miré mi reloj de pulsera.
Ya faltaban pocos minutos para las nueve.
Era inútil.
Ir a trabajar hoy sería inútil.
El señor Mattias podría enfadarse conmigo por llegar tarde a trabajar en mi segundo día.
O puede que no.
No lo sé, simplemente siento que no está bien.
Apenas dormí anoche.
Por el incidente de anoche con mi papá.
Y hablando de mi papá.
Me giré hacia donde solía aparcar su coche.
No estaba allí, debía de haberse ido antes.
Ni siquiera llegué a verlo.
Y ahora tengo que esperar a que vuelva.
El día ya empezaba a irse a la mierda.
E ir a trabajar podría empeorarlo.
Así que prefería quedarme.
Ya se me ocurriría alguna excusa o lo que fuera.
Volví a entrar en casa y, justo en ese momento, mi madre bajaba las escaleras.
Sus ojos se posaron en mí y un ceño fruncido cruzó su rostro.
—Shimma, ¿por qué no has ido a trabajar?
—No me encuentro muy bien —mentí.
Mi madre aceleró el paso mientras se dirigía hacia mí.
—¿Qué te pasa?
—preguntó, pasándome la mano por el pelo.
Una costumbre que reconocía de sus momentos de ansiedad.
—No lo sé, creo que es solo el estrés de ayer —mascullé, esperando desviar su preocupación.
—Oh, entiendo, cariño.
Es la primera vez que trabajas, tu cuerpo necesita adaptarse, ya te acostumbrarás con el tiempo —me aseguró mi mamá.
Su voz era tranquilizadora, pero aun así notaba que estaba preocupada.
—Vale, eso espero —respondí, asintiendo débilmente.
De repente, mi estómago rugió con fuerza, delatando mi farsa.
Mi mamá enarcó una ceja y su expresión pasó de la preocupación a una leve frustración.
—Shimma, no me digas que no has comido nada.
—Negué lentamente con la cabeza.
Sabía que eso cabrearía a mi madre.
Odia que me salte las comidas.
—¿Qué?
¿No cenaste anoche y aun así has intentado saltarte el desayuno esta mañana?
—Lo siento —musité, sintiendo una oleada de culpa.
—Sabes que odio que te saltes las comidas.
Estaba a punto de ir a la cocina a preparar el desayuno.
Puedes ir a descansar arriba, cuando termine te aviso, y además, voy a llamar al médico ahora.
—Pero, mamá, es solo estrés del trabajo, no estoy tan enferma —protesté.
—Lo sé, pero al menos, tiene que recetarte alguna medicación para que puedas ir a trabajar mañana —me aseguró mi mamá.
—De acuerdo, gracias, mamá.
—De nada.
Ahora quítate esa ropa de trabajo; haces que me sienta intimidada —bromeó mi mamá y ambas nos reímos.
La tensión disminuyó un poco mientras yo subía a mi habitación.
Mi mamá tenía una forma de alegrarme el día, aunque a veces pudiera ser entrometida.
Unas horas más tarde, mi madre y yo estábamos sentadas en el salón viendo la TV cuando oímos un golpe en la puerta.
Era demasiado pronto para que mi padre volviera del trabajo.
Rara vez teníamos visitas, ¿quién podía ser?
Me levanté y me giré hacia mi madre.
—¿Esperas a alguien?
—pregunté.
Su encogimiento de hombros no hizo más que aumentar mi curiosidad.
Mientras me acercaba a la puerta, una mezcla de aprensión y expectación se arremolinaba en mi interior.
La abrí.
De pie, junto a la puerta, estaba Blake…
¡Mi madre!…
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