Seduciendo al tío de mi novio - Capítulo 72
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72: Capítulo 72 72: Capítulo 72 La puerta estaba entreabierta.
Dentro, un montón caótico de sus pertenencias cubría el suelo.
Plantada en el umbral, Olivia bloqueaba firmemente la entrada.
Tenía los brazos extendidos para detener a quienes estaban dentro.
—Srta.
Yannis, aunque la Srta.
Winchester haya sido despedida, no puede simplemente tirar sus cosas.
—La voz de Olivia era firme y su rostro estaba lleno de determinación.
Se mantuvo en su sitio como si estuviera protegiendo la dignidad de Elowen hasta su regreso.
—Quítate de en medio.
—La voz chillona de Caroline resonó desde el interior.
—No es más que una farsante y, ahora que sus mentiras han quedado al descubierto, echarla es hacer justicia.
Ninguna de sus asquerosas cosas merece quedarse en mi despacho.
—El tono venenoso de Caroline inundó la estancia mientras agarraba una de las fotos enmarcadas de Elowen, dispuesta a tirarla.
—Pero, aunque siga los procedimientos formales para despedir a un empleado, no tiene derecho a tirar sus pertenencias personales.
—Olivia se abalanzó y le arrebató el marco de las manos a Caroline.
El forcejeo hizo que Caroline se tambaleara hacia atrás, lo que avivó su furia.
—¿Esa zorra de Elowen te ha entrenado bien, eh?
—espetó Caroline con sorna—.
¿De verdad crees que desafiarme te salvará de que te despidan a ti también?
Las manos de Olivia se aferraron al marco.
Sus ojos brillaron con rebeldía, pero antes de que pudiera responder, una voz fría y autoritaria rompió la tensión desde la entrada.
—¿Caroline, quién te ha dado permiso para tocar mis cosas?
Todos en la estancia se quedaron helados cuando Elowen entró, con una expresión tan afilada como sus palabras.
Caroline se giró para encararla, con la mirada cargada de un odio tan intenso que parecía abrasarle el rostro, ya enrojecido por la humillación que Elowen le había infligido antes.
—¿Aún tienes el descaro de aparecer por aquí, Elowen, miserable cualquiera…?
Los labios de Elowen se curvaron en una sonrisa burlona.
—Parece que irle con el cuento a Papá te ha funcionado.
Debe de ser genial alardear de un poder robado, ¿verdad?
Caroline farfulló, quedándose sin palabras por un momento.
Elowen siempre sabía cómo sacarla de quicio.
Le ardían los dedos por borrarle esa sonrisita de la cara de una bofetada, pero se contuvo a duras penas.
—Esta es mi victoria —declaró Caroline, abriendo los brazos como si ya fuera la dueña de la estancia—.
Fíjate bien, Elowen.
Este despacho ahora es mío.
Has sido derrotada y te arrastrarás fuera de aquí sin nada.
Elowen soltó una risita y enarcó una ceja.
—El juego está lejos de terminar, Caroline.
Ya veremos quién sigue en pie cuando todo esto acabe.
Caroline sintió una oleada de frustración.
Por mucho que la provocara, Elowen permanecía exasperantemente serena.
—Mírate —espetó Caroline, con la voz cargada de desdén—.
Ya te han despedido y aun así sigues fingiendo que eres intocable.
¿Acaso no te das cuenta de lo patética que te ves?
Antes de que Elowen pudiera responder, otra voz, serena pero imponente, interrumpió: —¿Quién se ve patética aquí?
Caroline se dio la vuelta de golpe, sorprendida al ver a Samuel, el segundo mayor accionista de la empresa, de pie en la entrada.
Su arrogante confianza flaqueó.
«¿Por qué demonios la defendería él?», se preguntó.
Su mirada saltaba de Samuel a Elowen, con un destello de sospecha en los ojos.
«¿Acaso Elowen tiene algún tipo de relación con él?», pensó.
Elowen le lanzó una mirada gélida, su voz grave y cortante.
—Quita esa expresión asquerosa de tu cara, Caroline.
Descubierta, pero sin arrepentirse, Caroline se cruzó de brazos, envalentonada al saber que James seguía siendo el presidente.
Ni siquiera Samuel podía invalidar esa autoridad.
—Sr.
White —empezó Caroline, con un tono de fingido respeto—, mi padre ha decidido despedir a Elowen.
Samuel entrecerró los ojos y su mirada severa acalló la farsa de Caroline, que forzó una sonrisa.
—Sin duda, como presidente, tiene derecho a despedirla.
Samuel no se molestó en responder a su lógica, pues caló sus tácticas manipuladoras con facilidad.
—Tienes razón —dijo con frialdad—.
El presidente tiene autoridad para despedir a la mayoría de los empleados.
Pero Elowen no es una empleada cualquiera.
Es intocable.
El rostro de Caroline se ensombreció.
—¿Intocable?
¿Por qué?
¿Qué tiene de especial?
Su mente bullía de posibilidades.
«¿Por qué tanta gente poderosa, como el Sr.
White o los ejecutivos del Grupo Envision, se desviven por proteger a Elowen?
¿Qué clase de influencia tiene?
¿Acaso se ha acostado con todos ellos?», pensó.
—No me importa lo que Elowen les haya prometido, pero mi Papá es el presidente.
Si él dice que está despedida, lo está.
Ninguno de ustedes puede salvarla.
—Apenas Caroline terminó de hablar, la estancia se sumió en el silencio.
Todos la miraron como si hubiera perdido el juicio, con expresiones que oscilaban entre la lástima y la incredulidad.
El rostro de Samuel se volvió gélido.
Ya había sido bastante paciente, pero Caroline seguía alardeando del puesto de James como si fuera un as en la manga con el que pudiera intimidarlo.
«¿De verdad cree que así funciona la política empresarial?
Si idiotas como ella permanecen en la empresa, ese sería el verdadero desastre», pensó.
Con una expresión sombría y un tono cortante, Samuel espetó: —Parece que a la Srta.
Yannis todavía le queda mucho por aprender.
—Caroline frunció el ceño, confundida.
—Sí, ahora lleva el apellido Winchester —continuó Samuel con un deje de sorna—, pero está claro que no entiende que, aunque este grupo lleve el nombre Winchester, James no tiene la última palabra.
El rostro de Caroline se contrajo con rebeldía.
«Mi padre es el presidente.
Toda la empresa gira en torno a él… ¿cómo es posible que no tenga la última palabra?», pensó.
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