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SEÑOR DEL ANILLO DE ELDEN (ESPAÑOL) - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 38 Batalla en la Ladera
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38: 38) Batalla en la Ladera 38: 38) Batalla en la Ladera Descendiendo por la ladera de la montaña, la compañía al fin logró calmarse.

Un suspiro colectivo se escapó de sus pechos, mientras comenzaban a pasar lista, asegurándose de que nadie hubiera quedado atrás.

Los eldens estaban presentes, aunque algunos lucían más maltrechos que otros.

Leda, con una mano sangrante, se mantenía firme como soporte de Miquella, que cerraba los ojos un instante para estabilizar su cuerpo debilitado.

Los enanos no estaban en mejor estado: magullados, heridos, incapaces de retomar un combate en poco tiempo.

Sin embargo, seguían todos con vida, aunque Bombur se desplomó en el suelo y ya no tuvo fuerzas para levantarse.

Incluso Gandalf se sentía más agotado que en muchos siglos, más herido que nunca.

Aquella había sido la primera vez que sufría una humillación semejante en combate: derribado de un solo golpe, incapaz de defenderse, obligado a abrirse paso entre el dolor para alcanzar y asestar el último ataque.

“Kilian, Filian…

Ori, Dori, Nori… bifur, Bofur, Bombur… balin, Dwalin…

Óin, Glóin…

Thorin…

Ansbach, Hornesent… Thiollier, Freya…

Dane, Moore…

Leda y Miquella…” murmuraba Gandalf mientras repasaba los nombres, hasta que una súbita certeza lo golpeó.

!¿Dónde está Bilbo?!

Las miradas se cruzaron, inquietas.

Primero lo buscaron entre ellos, luego en el camino de regreso, como si esperaran verlo aparecer rezagado, como si simplemente se hubiera retrasado en la huida…

pero no tuvieron esa suerte.

“¿Dónde está el hobbit?” gruñó un enano con desazón.

La breve chispa de alegría que habían recuperado al salir de la montaña se apagó de inmediato.

“¿Cuándo fue la última vez que lo vieron?” preguntó Gandalf, con una tensión amarga en la voz.

“Yo…” jadeó Miquella, recostado en el pecho de Leda, con el ojo malo aún cerrado.

“Cuando… recién caímos de la plataforma… lo vi… lo vi caer al vacío.” “¡Maldición!” rugió Thorin, golpeando con furia el árbol que lo sostenía.

El silencio cayó como un manto pesado.

Todos veían en Bilbo a un compañero de verdad; nadie había esperado perderlo así, a mitad del camino.

La tristeza se mezcló con maldiciones apagadas, con el deseo imposible de volver a la montaña y buscarlo, aunque sabían que sería inútil.

Un intento desesperado solo los conduciría a una muerte segura… y lo único que hallarían, si acaso, sería el cuerpo destrozado de un hobbit.

“Oigan, ¿por qué esas caras largas?” interrumpió de pronto una voz que intentaba sonar jovial.

Todos giraron a la vez.

Allí estaba, de pie ante ellos, el mismísimo Bilbo Bolsón, con una sonrisa cansada como si hiciera su entrada triunfal.

Lucía tan maltrecho como el resto: ropa rota y sucia, una herida en la frente aún sangrante… pero vivo.

“¡Bilbo!” clamaron los enanos, abalanzándose hacia él en un estallido de júbilo.

El pobre hobbit casi fue derribado por la efusividad de la bienvenida.

El ánimo de la compañía resurgió de golpe.

Incluso Thorin dejó escapar un suspiro de alivio, agradecido de no haber perdido a ninguno de sus compañeros en aquel desastroso viaje “¿Cómo lo lograste?” preguntó Dori, todavía incrédulo.

“Pues… digamos que soy un muy buen saqueador… y bastante escurridizo” respondió Bilbo entre jadeos, riendo como si él mismo no terminara de creer que había salido con vida.

Mantenía una mano sobre su bolsillo, ocultando sin querer un detalle demasiado importante.

Miquella lo observó con atención.

Conociendo la historia original, no le pasó desapercibido ese gesto del hobbit.

Sospechaba que había hallado el anillo, y que aquello había sido la clave de su supervivencia.

No obstante, no dijo nada: no tenía fuerzas para hablar, y sabía que más adelante podría confirmar sus dudas.

“Me alegra que estés aquí…” dijo Gandalf, palmeándole el hombro con sincero alivio.

El reencuentro fue emocionante, breve y cálido.

Pero esa paz se quebró de inmediato cuando un aullido agudo resonó a lo lejos.

La compañía levantó la vista y, sobre las alturas de la montaña, distinguió la silueta de una legión de orcos y wargos, observándolos con hambre, como depredadores que habían encontrado a su presa.

“¡Corran!” ordenó Gandalf sin titubear.

El peligro volvía a alcanzarlos, y parecía que la mala suerte los seguía con la misma fidelidad que las moscas a la miel.

No estaban en condiciones de combatir: enfrentarse ahora a esa horda sería un suicidio.

Sin perder tiempo, todos echaron a correr.

Sabían que tenían todo en contra: los wargos eran más veloces, ellos estaban exhaustos y heridos… pero no había otra opción.

Si luchaban en ese estado, sufrirían bajas seguras; si huían, al menos conservaban la esperanza de hallar un terreno favorable o, con suerte, un milagro.

La compañía descendía a toda prisa por la ladera, en dirección a los acantilados.

Miquella, montado sobre Torrente y rodeado por sus guerreros, canalizaba lo poco que le quedaba de poder para lanzar conjuros de curación sobre sí mismo y sobre algunos de sus compañeros, intentando recuperar la fuerza suficiente para resistir lo que se avecinaba.

Pero la situación era aún peor de lo que temían: los orcos ya estaban allí desde antes, apostados fuera de la montaña, aguardando su salida.

Compartían el mismo objetivo que los trasgos, competían con ellos por la presa… y ahora festejaban con gritos y carcajadas la buena fortuna de ver a la compañía escapar de la motaña, debilitada, lista para ser cazada.

Los wargos sin jinetes se adelantaron primero, abalanzándose sobre enanos y eldens en un feroz ataque de pinza.

La emboscada fue brutal, pero gracias a Miquella, que a pesar de tener su magia limitada había conseguido restaurar parte de las heridas y aliviar el agotamiento de sus compañeros, la compañía no fue tomada por sorpresa.

Los enanos no se dejaron intimidar por aquellas bestias colosales.

Con sus hachas y martillos repelieron a los lobos sin dejar de avanzar.

Los que portaban la runa de troll destacaron con embestidas que hacían volar a los wargos por los aires; sin embargo, el precio de esa fuerza era alto: a ellos les costaba mucho más recuperarse con los hechizos de Miquella, y cada golpe los dejaba al borde de la extenuación.

El verdadero peligro llegó después.

Los jinetes orcos irrumpieron con sus monturas, y los arqueros comenzaron a disparar desde atrás, obligando a la compañía a zigzaguear, a cubrirse tras los delgados y escasos árboles de la montaña.

El avance recto se volvió imposible: cada flecha cortaba el aire con silbidos mortales, cada paso era un riesgo.

Pronto se encontraron acorralados: frente a ellos, el abismo del acantilado; detrás y a los costados, los jinetes que cargaban con violencia.

Los eldens formaron un círculo alrededor de su señor, blandiendo sus armas con fiereza para contener la arremetida, mientras los enanos entendieron que ya no quedaba camino: había que pelear o morir.

Pero al mirar hacia atrás, la desesperanza se reflejó en todos los rostros.

Eran demasiados.

Una marea interminable.

Por cada enemigo que lograban abatir, otros ocupaban su lugar.

Y, lo más inquietante, nunca llegaban en masa: los orcos los atacaban en grupos pequeños, desgastándolos poco a poco, como si jugaran con ellos, saboreando la desesperación de su presa.

Gandalf, agotado y herido, apenas conservaba fuerzas para lanzar hechizos.

Necesitaba una idea, cualquier cosa… hasta que sus ojos se posaron en algo insignificante: una piña caída en el suelo.

La tomó, y con un mínimo esfuerzo de su magia activó Narya, su anillo de fuego.

La piña se encendió en llamas con un resplandor abrasador.

Gandalf la lanzó contra un wargo que se abalanzaba sobre un enano y, al impactar, estalló como una granada ígnea.

El lobo rodó envuelto en fuego, aullando de dolor, y el ataque quedó neutralizado.

Al ver que funcionaba, Gandalf comprendió que había hallado un recurso sencillo, económico y eficaz.

Rápidamente empezó a recoger más piñas, encendiéndolas y arrojándolas como proyectiles ardientes.

Bilbo, al notar lo que hacía, corrió a ayudarlo, alcanzándole las piñas que encontraba en el suelo.

Cuando se agotaron, el hobbit trepó a un árbol cercano, arrancando más con una determinación inesperada.

La compañía luchaba con valentía, pero la situación era insostenible.

Los enemigos que caían eran reemplazados al instante, mientras la verdadera horda aguardaba al fondo, acechando, disfrutando del espectáculo.

Era un juego cruel: debilitarlos poco a poco hasta que no quedara más que desesperación.

Y en lo alto, como una sombra siniestra, un fornido orco pálido montado en un wargo blanco observaba la escena con deleite.

Con voz grave y gestos crueles, daba órdenes a sus guerreros, exigiendo que mantuvieran la presión, que siguieran exprimiendo la resistencia de sus presas.

Sus ojos brillaban con malicia: no buscaba una victoria rápida, sino una lenta y humillante Las heridas empezaban a acumularse, demasiadas incluso para el poder de Miquella.

El dolor de cabeza lo atenazaba con cada intento de conjurar, y su magia ya no podía seguir el ritmo de la batalla.

Apenas se mantenía en pie.

Gandalf, exhausto, levantó la vista y vio a Bilbo encaramado en un árbol recogiendo piñas.

Una idea desesperada, tal vez inútil, se formó en su mente, pero era la única que tenía.

“¡Todos, a los árboles!” ordenó con voz firme mientras él mismo comenzaba a trepar, preparando más piñas ardientes.

Los enanos, pese a su fatiga, obedecieron de inmediato, cubriéndose entre sí para ganar tiempo.

Las dos enanas fueron las primeras en alcanzar las ramas, disparando las últimas flechas que quedaban en sus carcajs para cubrir la retirada.

Los eldens siguieron su ejemplo: Leda cargó a Miquella en brazos hasta la copa de un roble, mientras el resto se ayudaba mutuamente a trepar.

El problema llegó con Moore, demasiado corpulento y enfundado en su pesada armadura: cada rama crujía bajo su peso, amenazando con partirse.

Los orcos y wargos rugieron de rabia al verlos refugiarse en lo alto.

Sin pensarlo, comenzaron a golpear los troncos con hachas y lanzas, buscando derribarlos.

Y la situación empeoró, la noche se hizo evidente y la oscuridad destacó un nuevo problema: las llamas que Gandalf había encendido se propagaron con rapidez, prendiendo en la hierba seca y extendiéndose hacia los mismos árboles donde la compañía intentaba resistir.

Las carcajadas de los orcos resonaron con crueldad: querían verlos arder como ratas atrapadas.

Entonces, entre el humo y el fuego, apareció el líder enemigo.

“No puede ser…” murmuró Thorin, incrédulo.

El orco pálido avanzó montado en su wargo blanco, con una sonrisa cargada de desprecio.

“Nos volvemos a ver, Thorin hijo de Thrain…” escupió con arrogancia, sus ojos ardiendo de rencor.

“Azog…” dijo Thorin, con el corazón encogiéndosele en el pecho.

“¡Mátenlos a todos!

Pero a ese me lo dejan a mí.” El orco levantó su garra y bramó en lengua negra.

Los arqueros tensaron sus arcos y una lluvia de flechas cayó sobre la compañía.

Sin poder moverse demasiado en las ramas, los enanos y eldens se convirtieron en blancos fáciles.

Gandalf intentó conjurar un escudo, repeler los proyectiles como ya habia hecho antes, pero apenas le quedaba energía.

Varias flechas alcanzaron a los agotados combatientes; algunos casi cayeron del árbol.

Leda se aferró aún más a Miquella, interponiendo su propio cuerpo como escudo para protegerlo.

“Mi señor… use a Torrente y huya por el acantilado” dijo con determinación, dispuesta a saltar al combate, sacrificarse para darle tiempo a su amado señor.

“No, Leda…” jadeó el semidiós, negando con la cabeza.

Sabía que no podía abandonarlos.

Sabía que las grandes águilas podían salvarlos, solo tenían que esperar…

o eso quería creer.

Thorin, desde otra rama, vio a sus hermanos heridos y al futuro desmoronándose frente a sus ojos.

Apretó los puños con solemnidad.

Y, tras un instante de silencio, tomó su decisión.

Se deslizó hasta el suelo, desenvainó a Orcrist y tomó un trozo de tronco medio quemado para usarlo como escudo improvisado.

“Dejadme esto a mí.

¡Buscad una salida!

Es una orden” dijo firmemente, esperando que por lo menos algunos pudieran escapar mientras él terminaba aquel trabajo que quedo a medias…

acabar con la vida de Azog el Profanador.

Nadie osó detenerlo.

Todos lo miraron con el corazón encogido mientras el enano corría hacia su destino.

Thorin avanzó entre el humo y las llamas, espada en mano, encarando a su enemigo mortal.

Azog lo recibió con una risa gutural, alzando su arma mientras su wargo blanco relinchaba y arañaba el suelo con ansias de sangre.

El choque era inevitable: dos viejos enemigos, frente a frente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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