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SEÑOR DEL ANILLO DE ELDEN (ESPAÑOL) - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - 42 42 Amigos emplumados
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42: 42) Amigos emplumados 42: 42) Amigos emplumados Miquella, ahora completamente despierto, sabía que había llegado el momento de empezar a recuperarse.

Se concentró en su anillo, permitiendo que este comenzara a absorber la energía del sol y del aire circundante.

Necesitaba recargar su poder antes de intentar restaurar el estado de sus compañeros… en especial, el de su hermana.

“Buenos días” dijo Gandalf al notar que el semidiós se incorporaba.

Dio una profunda calada a su pipa antes de continuar.

“Ya he tratado a la mayoría de los heridos, aunque dudo haberlo hecho tan bien como lo habrías hecho tú.” “Necesito recargar un poco” respondió Miquella con serenidad.

Gandalf asintió en silencio.

“¿Ya estamos todos despiertos?” preguntó Glóin, abriendo los ojos con pesadez.

Uno tras otro, los que ya estaban conscientes y descansaban, junto con aquellos que se despertaron por el movimiento y el murmullo, comenzaron a reincorporarse.

Todos estaban agotados, cubiertos de polvo y sangre, con heridas que dolían al respirar, pero el ánimo de estar vivos bastaba para sostenerlos.

Malenia también abrió los ojos, despertando su hermano entre sus brazos.

Miquella la abrazó con una ternura que contrastaba con la devastación del campo a su alrededor.

“Es tan hermoso volver a verte…” susurró él, acariciando con cuidado el rostro de su hermana.

“Miquella…” pronunció la valquiria roja, dejando escapar una emoción contenida por demasiado tiempo.

Por primera vez, los presentes tuvieron un respiro para observar a la recién llegada.

La imponente mujer: su armadura irradiaba poder; su cabello rojo caía como fuego apagado sobre su espalda.

Los eldens agacharon la cabeza con reverencia ante su presencia.

Aunque servían a Miquella, sabían cuánto la amaba, y aquel vínculo bastaba para que su respeto hacia ella fuera absoluto.

Los enanos, en cambio, no sabían quién era, pero no necesitaban explicación.

Una mujer tan alta, capaz de segar orcos como si fueran espigas, era digna de admiración.

Su porte, su aura… todo en ella hablaba de una gran guerrera.

Gandalf, sin embargo, la observó con atención.

Había en su interior un poder inmenso, casi comparable al de Miquella, pero distinto: más pesado, más desagradable… y peligroso.

“¿Nos harías el honor de presentarnos a esta bella dama?” preguntó el mago con cortesía, aunque en su mente ya se preparaba para escuchar algo que desafiaría su comprensión.

“Cierto, ha sido descortés de mi parte” respondió Miquella, enderezándose con una sonrisa.”Todos, les presento a Malenia” dijo con orgullo.

“Mi hermana gemela.” El silencio que siguió fue casi cómico.

Todos los presentes miraron alternativamente al pequeño niño rubio y a la colosal mujer pelirroja, intentando encontrar algún parecido.

Luego, las miradas se cruzaron entre ellos, como si todos pensaran lo mismo: ¿habla en serio?

“Puede que no lo parezca, pero así es” dijo Miquella riendo suavemente.

“Cuando les decía que soy un adulto, lo decía en serio.

Mi hermana y yo estamos malditos: yo con una niñez eterna.

Por eso, mientras ella creció hasta ser la guerrera que ven, yo me quedé así de pequeño…” Alzó la vista hacia su hermana y añadió con una sonrisa traviesa.

“Aunque, pensándolo bien, no es tan malo… puedo recibir abrazos enormes.” Se refugió nuevamente en los brazos de Malenia, que lo sostuvo con una mezcla de ternura y fuerza.

Los enanos guardaron silencio.

Ya no podían negar que aquel niño no era un simple niño, aunque les costara procesarlo.

Algunos todavía dudaban del parentesco —el casco de Malenia ocultaba su rostro—, pero algo en la forma en que ambos se miraban, en la naturalidad de su unión, disipaba toda sospecha “Si tú estás maldito para ser un niño… ¿qué maldición tiene ella?” preguntó Bofur, movido por la curiosidad que no pudo contener.

El silencio que siguió fue casi tangible.Los eldens bajaron la cabeza, demostrando así delicado que era el tema de la maldición de los gemelos de la familia real.

Pero Miquella, lejos de incomodarse, alzó el rostro con una sonrisa tranquila “Muéstraselos, hermana… y de paso, déjame verlo también” dijo suavemente, acariciándole la mejilla con ternura.

Malenia asintió sin decir palabra.

Llevó una mano al casco que cubría su rostro.

No sentía vergüenza; su hermano lo deseaba, y eso bastaba.

Además, aunque desconocía a los presentes que no eran eldens, podía sentir que eran aliados de Miquella, y eso era suficiente para confiar Cuando retiró el casco, un leve murmullo recorrió el lugar.

Los enanos y Gandalf abrieron los ojos de par en par al ver cómo el rostro de la guerrera pelirroja quedaba al descubierto… y cómo la putrefacción roja había consumido sus ojos, dejando rastros oscuros y cicatrices en su piel.

Luego, con serenidad, comenzó a quitar sus prótesis una a una, hasta dejar a la vista la magnitud del daño que su cuerpo cargaba.

Balin bajó la cabeza con pesar.”Por las barbas de Durin…” susurró, lamentando que Bofur hubiera preguntado.

Aquella visión no era una simple herida de guerra como las que habían visto antes.

La imagen de la valiente mujer, que antes había segado orcos como una diosa vengadora, ahora se transformaba ante sus ojos en algo más trágico y admirable a la vez.

¿Cómo podía alguien tan destruido seguir luchando con tal ferocidad?

El respeto hacia ella creció aún más entre todos los enanos.

“Disculpadnos… no sabíamos” dijo Balin finalmente, con voz grave y sincera.

“Está bien” respondió Miquella con calma.

Luego se acercó a su hermana y posó la mano sobre su carne carcomida, mirándola con profundo cariño.

“¿Te duele?” “Siento que… ya no tiene tanto poder” respondió Malenia en voz baja.

“Aún está ahí, pero se debilitó.

Aunque… noto que poco a poco regresa, para volver a intentar consumirme.” Miquella sonrió, aquella sonrisa suya que parecía irradiar esperanza pura.

“Entonces ya no tienes que preocuparte.” Levantó la mano y mostró el anillo que brillaba tenuemente.

“Porque ya encontré una forma de resolverlo.

Solo dame un poco de tiempo para recuperar mi fuerza… y nos desharemos de tu tormento” Malenia lo miró con sorpresa.

No era común ver a su hermano hablar con tal seguridad respecto a ese tema cuando tantas veces ya habían buscado una solución, sin un éxito definitivo.

Por un instante, creyó ver en sus ojos el mismo fulgor que tenía en los días antiguos, cuando aún soñaban juntos con un mundo sin sufrimiento.

“Siempre supe que lo lograrías” dijo solemnemente.

“Y no me importa esperar.

Soy tu espada… y lo seré por el resto de mis días.” Miquella soltó una leve risa, dulce y traviesa a la vez.

“Je… más que mi espada, quisiera que ahora fueras mi vaina.” Su tono tenía un matiz cariñoso, pero pícaro y seductor.

Malenia lo observó en silencio, tratando de descifrar el significado de las palabras de su hermano, sin éxito.

Finalmente, con su habitual calma, respondió: “Seré lo que tú quieras que sea.” Miquella frunció los labios con un pequeño gesto cómico.

“Bueno… parece que no entendiste lo que quise decir” murmuró divertido.

“Pero no importa.

Tenemos mucho tiempo para que te lo enseñe” Miquella recogió el casco y se lo colocó con cuidado a su hermana.

Aún eran necesarios aquellos objetos para contener la putrefacción roja hasta que su anillo se recargara por completo.

Mientras lo hacía, notó que algunos de los enanos, movidos por la curiosidad, habían tomado la espada de Malenia, admirándola con atención.

“Oh… perdón” dijo Dori, devolviéndola con respeto.

“Es que nunca habíamos visto una artesanía como esta.

Es… impresionante” “Muchos enanos volverían al campo de batalla si aprendieran a usar algo así” añadió Dwalin con una carcajada grave.

“Aunque seguro beberían hasta la inconsciencia si lo supieran.” Malenia no pareció molestarse.

Simplemente asintió con calma y comenzó a colocarse de nuevo sus prótesis.

Todavía estaba confundida: no comprendía dónde estaba, quiénes eran esas personas ni qué había ocurrido exactamente.

Pero confiaba en su hermano, y esperaría a que él se lo explicara con detenimiento.

Gandalf, observando cada movimiento de la mujer, se llevó la pipa a los labios y habló con tono grave: “Esas cicatrices… esa maldición de la que hablas… no es algo común, ¿verdad?” Miquella negó lentamente con la cabeza.

“Así es.

Es un mal que asoló nuestra tierra.

Lo llamamos la Putrefacción Roja.

Corrompe todo lo que toca, incluso el alma.” Su voz sonó cargada de pesar, pero una chispa de esperanza brilló en sus ojos.

“Sin embargo, creo que por fin tengo una forma de combatirlo.” “¿Algo como esto, quizás?” preguntó Gandalf, hurgando en su túnica.

Sacó una pequeña bolsa de tela, y de ella extrajo una rama enrojecida y marchita.

“Me la dio Radagast.

Dijo que la encontró en el Bosque Verde… bueno, ahora lo llaman Bosque Negro.

Cerca de un río de aguas rojas que envenenaban todo lo que tocaban.” Miquella y los eldens se miraron entre sí con visible sorpresa.

Aquel pequeño fragmento desprendía una energía inconfundible, un eco de su propio mundo.

“Sí… es exactamente eso” dijo Miquella, tomando la rama entre sus dedos.

“Parece que incluso la Putrefacción logró abrirse camino hasta aquí” “¿Y qué tan peligroso es?” preguntó una voz firme.

Todos se giraron hacia Thorin, que acababa de incorporarse con el ceño fruncido.

“¿Tan malo como esas raíces negras que encontramos en el camino?” “Peor” respondió Miquella sin rodeos.

“La Putrefacción Roja proviene de un antiguo y poderoso ser oscuro.

Si también ha alcanzado estas tierras, debemos tomarlo en serio.” El silencio que siguió fue pesado, cargado de tensión.

Pero entonces el semidiós sonrió.

Elevó el anillo y dejó que la luz dorada lo envolviera; la rama se desintegró lentamente entre sus manos hasta desaparecer en una bruma luminosa.

“Aunque no se preocupen” añadió con serenidad.

“Cuando terminemos con nuestros asuntos, los Elden nos ocuparemos de este problema.

Tenemos una venganza pendiente.” Mientras hablaba, extendió la mano hacia su hermana.

Aunque algunos seguían preocupados por lo que habían escuchado —pues el asunto de la raíz negra era ya motivo suficiente de inquietud—, la conversación pronto comenzó a desviarse hacia temas menos sombríos.

“Por cierto… ¿Dónde estamos?” preguntó un enano, rompiendo el silencio.

Apenas terminó de hablar, un estruendo de alas resonó en el cielo.

Grandes sombras cruzaron por encima de ellos, acompañadas del chillido agudo de las águilas.

Las miradas se alzaron y vieron sus majestuosas figuras descendiendo.

“Bueno, mis amigos” dijo Gandalf con una sonrisa cansada, “permítanme presentarles el hogar de unos viejos conocidos.” Las águilas descendieron con elegancia, y en sus poderosas garras traían animales cazados: ovejas, conejos y liebres, que dejaron caer cerca de la compañía.

Luego, con suaves empujones de sus picos, ofrecieron sus presas.

Entre todas destacaba una de imponente tamaño.

“Este es Gwaihir, señor de las águilas” anunció Gandalf solemnemente.

“A él debemos nuestro rescate.” El gran águila respondió con un potente chillido, extendiendo sus alas en un gesto majestuoso que hizo que el viento soplara con fuerza a su alrededor.

Las águilas entregaron su caza, y la compañía la aceptó con gratitud.

Todos necesitaban reponer fuerzas.

Los nidos de las águilas, lejos de ser simples trenzados de ramas, se extendían en amplias cavernas dentro de la montaña, un refugio natural de roca y altura.

Allí pudieron encender un fuego sin problemas, especialmente gracias a Narya, la llama roja que ardía en la mano del mago.

Pronto, el aroma de la carne asada llenó el aire.

Comieron, recuperaron algo de su energía, y Miquella aprovechó los restos para recargar su anillo, lanzando un hechizo menor de recuperación que alivió a todos.

Durante el descanso, Miquella comenzó a explicarle a su hermana sobre aquel nuevo mundo y su misión.

Había mucho que contar, pero no era el momento.

Deseaba hablarle a solas, con calma, cuando todo estuviera más tranquilo.

Melania lo escuchaba con atención, observando cada gesto.

Había algo distinto en su hermano.

Antes solía ser sereno, casi distante, pero ahora… sus expresiones eran más vivas, su mirada más humana.

Algo profundo había cambiado dentro de él.

No preguntó —no aún—, pero comprendió que muchas pruebas lo habían transformado.

Este mundo, pensó, sería su nuevo hogar.

Mientras conversaban, una joven águila de plumaje blanquecino se acercó, curiosa.

Era la hija de Gwaihir, una criatura altiva y noble, fascinada por aquellos extraños visitantes.

Miquella extendió su mano y acarició suavemente las plumas de su cuello, mientras continuaba su charla con Melania, Leda y los demás Elden que debatían sobre los próximos pasos del viaje.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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