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SEÑOR DEL ANILLO DE ELDEN (ESPAÑOL) - Capítulo 43

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  4. Capítulo 43 - 43 43 Llegando a la próxima parada
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43: 43) Llegando a la próxima parada 43: 43) Llegando a la próxima parada Finalmente, llegó la hora de partir.

El descanso había terminado, y el camino los esperaba.

Las águilas, con su habitual majestuosidad, se ofrecieron a llevarlos montaña abajo.

La joven águila blanca cargó a Miquella y Melania, descendiendo con ellos entre corrientes de viento.

A cierta distancia de la montaña, las águilas descendieron con suavidad y dejaron a sus pasajeros sobre una pradera rocosa.Miquella se volvió hacia la gran ave y le dedicó una última sonrisa.

“Volveré a visitarte algún día” prometió.

El águila respondió con un agudo chillido que resonó entre los valles.

Miquella no comprendió su significado, pero aun asi sonrió.

Ya lejos de la cumbre, la compañía se reunió bajo el sol.

Cubiertos de sangre seca y polvo, lo primero fue encontrar una fuente de agua.

Allí, entre rocas y helechos, lavaron sus cuerpos y sus rostros, dejando que el frío del manantial les devolviera algo de vida.Tras una rápida limpieza, retomaron el camino.

Aún quedaba un largo trecho por recorrer …

La compañía siguió el sendero trazado por Gandalf, avanzando entre colinas y bosques densos.

Después de la gran batalla y lo hablado en el concilio, todos sabían que ejércitos innumerables de orcos podían estar al acecho.

Y aunque habían sobrevivido una vez, nadie estaba seguro de poder hacerlo otra Ni siquiera con una guerrera como Malenia.

La diosa carmesí había demostrado un poder abrumador en la batalla anterior, pero incluso ella no podía repetir semejante hazaña en poco tiempo.

Esa vez, su fuerza había estallado en un acto de furia al ver a Miquella en peligro, ignorando su debilidad.

Pero llegar a este mundo había tenido un costo: como todos los Elden, su poder estaba menguado.

Le tomaría días, quizás semanas, recuperar una parte significativa de su antiguo esplendor.

Podía blandir su espada, sí, pero quedar rodeados como antes sería fatal.

Aun así, avanzaron.

Siempre atentos, siempre en silencio.

Sin monturas, el viaje era arduo y lento.

Thorin y Bilbo, con cierta incomodidad, se disculparon con Miquella, habiendo asumido que Torrente —aquel corcel etéreo que tanto lo acompañaba— habia caido cuando les habia salvado.

Miquella les aseguró que no habia problemas.

Torrente podría ser rescatado, por supuesto, tan pronto como su anillo recuperara suficiente poder.

Los enanos lo miraron con una mezcla de asombro y envidia.

Un corcel mágico que obedecía el llamado de su amo… más de uno habría dado sus tesoros por semejante compañero Días después, el anillo volvió a brillar tenuemente, y Torrente fue invocado una vez más.

Miquella lo montó con serenidad, usándolo como explorador y guía entre los bosques.

Melania observaba todo con una sensación extraña: ver a su hermano en una posición tan terrenal, cabalgando, vigilando, cuidando… era muy distinto la posicion superior que habia tenido antes.

La compañía continuó su marcha.

A veces lograban evitar pequeños destacamentos de orcos, otras, se veían obligados a eliminar a los exploradores antes de que pudieran dar la alarma.

Cada encuentro los forzaba a acelerar el paso, alejándose cuanto podían de los ojos del enemigo.

Pero el desgaste comenzaba a notarse.

Las noches se hacían más frías y las provisiones escaseaban.

Hasta que el destino volvió a intervenir Una tarde, cuando la compañía estaba a punto de ser acorralada por una partida de orcos —no tan numerosa como la anterior, pero suficiente para traer problemas—, un rugido estremeció el bosque.Los árboles temblaron, los orcos se detuvieron, y una sombra gigantesca se alzó entre los troncos derribados.

Un oso rúnico.

Una bestia colosal, de pelaje oscuro cubierto de símbolos antiguos que brillaban con un tono dorado.

Los orcos, en su marcha torpe, habían derribado el árbol bajo el cual dormía, despertando su furia.

Con un bramido que hizo vibrar la tierra, el oso se lanzó sobre ellos, destrozando filas enteras con sus zarpas como si fueran hierba.

La confusión fue total.

Gandalf no perdió el momento: “¡Corred, ahora!” gritó.

La compañía aprovechó la distracción para escapar, enfrentándose solo a los rezagados que los seguían de cerca.

Pero pronto descubrieron que aquel bosque guardaba más de un guardián.

No era un solo oso rúnico el que habitaba allí.

Varias de esas criaturas —algunas más pequeñas, otras enormes— comenzaron a acercarse, atraídas por el rugido del primero.

Y aunque “pequeñas” en comparación, ninguna de ellas era menos temible.

El bosque era su dominio.

Entre los árboles resonaban rugidos, chillidos y truenos de combate.

Los orcos, que antes perseguían, ahora eran las presas.

Las bestias caían sobre ellos con furia salvaje, y los aullidos se perdían entre el estruendo de la destrucción.

La compañía, oculta entre la maleza y guiada por Gandalf y Miquella, se abrió paso entre la confusión.Habían entrado en el territorio de las bestias.

Osos, jabalíes, lobos y hasta águilas habitaban aquel lugar.

Algunos, híbridos extraños entre criaturas de la Tierras Intermedias y la fauna local.

Era un reino salvaje, pero no del todo hostil.Y la compañía, por primera vez en días, encontró un lugar donde los orcos no se atrevían a seguirlos.

La compañía sabía que no estarían mucho más seguros que los orcos al cruzar ese bosque, pero si mantenían el sigilo y avanzaban con cuidado, podrían aprovechar la presencia de aquellas bestias como un manto natural de protección.

Mientras los monstruos atacaban a los orcos que se atrevían a entrar, ellos podrían escabullirse por los senderos menos transitados.

No fue fácil.

Evitar a esas criaturas resultó casi tan peligroso como enfrentarlas.

Miquella se vio obligado a lanzar varios hechizos de sueño sobre algunas de las bestias que bloqueaban su paso.

Aunque lograba mantenerlos a salvo, todo el poder que había acumulado en su interior se disipó con cada conjuro La marcha se prolongó durante horas interminables, agotando tanto sus cuerpos como sus ánimos.Habían perdido a los orcos y escapado del territorio de las bestias, pero nadie se sentía a salvo.

Necesitaban descansar, pero un campamento improvisado en medio de la naturaleza no era una opción segura.

Fue entonces cuando divisaron, a lo lejos, una delgada columna de humo elevándose entre los árboles.

“Una casa…” murmuró Dwalin, entornando los ojos.

Gandalf levantó la vista y su expresión cambió al instante.

“La reconozco” dijo con una sonrisa cansada.

“Sé a quién pertenece.

Vamos hacia allá.” No había muchas alternativas.

Los orcos ya no los perseguían, pero una manada de huargos había conseguido cruzar el bosque y seguía su rastro.

No eran una amenaza imposible de manejar, pero el cansancio colectivo y la inminente caída de la noche los volvían vulnerables.

Necesitaban refugio antes de que la oscuridad los envolviera por completo.

Corrieron.Atravesaron lo que quedaba del bosque, cruzando un campo abierto mientras las últimas luces del crepúsculo se apagaban.La luna se alzaba en el cielo cuando los aullidos resonaron tras ellos.

Los huargos los habían encontrado.

El grupo aceleró la marcha, pero antes de que las bestias pudieran lanzarse al ataque, un rugido profundo y estremecedor retumbó entre los valles.Todos se detuvieron.Los huargos también.

En la oscuridad, una forma gigantesca emergió de la espesura: una bestia de pelaje negro azabache, más grande que cualquier oso común.

Sus ojos brillaban con un fulgor rúnico.Los huargos no tuvieron oportunidad de reaccionar.

La criatura cayó sobre ellos con una violencia inhumana, haciendo temblar la tierra con cada golpe.

La compañía no esperó para ver más.

“¡Rápido, a la casa!” ordenó Gandalf.

Cruzaron el cercado que delimitaba el terreno y corrieron hacia la primera estructura visible: un granero o establo, era difícil saberlo.

La oscuridad lo cubría todo, y ninguna luz parecía provenir del interior.

Gloin y Thorin empujaron las grandes puertas de madera.El grupo entró a toda prisa, cerrándolas detrás con el cerrojo.

El silencio fue casi insoportable.

A lo lejos, los rugidos continuaron un rato más, seguidos por aullidos, crujidos y finalmente… nada.

Solo el viento y el crujir de la madera vieja.

Durante un largo minuto, nadie habló.Todos miraban hacia la puerta, con las armas en mano, esperando que algo —o alguien— irrumpiera.

Pero nada sucedió.

Finalmente, Gandalf soltó un suspiro y dejó caer su sombrero al suelo.

“Podéis descansar” dijo con voz cansada, sentándose sobre una viga caída.

“Estaremos a salvo por esta noche… o eso espero.

Mañana conoceremos a nuestro anfitrión.” Bilbo, aún temblando por la carrera y el miedo, se dejó caer junto a su mochila.

“¿Y… quién vive aquí, Gandalf?” preguntó con voz baja.

El mago sonrió, aunque su mirada parecía más nostálgica que alegre.

“Un hombre solitario.

Uno que no aprecia las visitas nocturnas… pero que nos recibirá bien” Así, se dispersaron por el establo, recostándose sobre el heno y esperando poder dormir un poco en paz después de un trayecto tan tenso.

Claro que no faltó quien preguntara de quién era ese “hombre solitario”, y Gandalf, con tono de narrador de cuento, explicó brevemente sobre el cambiapieles que habitaba aquí.

Miquella se acurrucó con Malenia en una esquina, rodeados por los Eldens que, incluso en descanso, parecían actuar como guardianes.

Ambos hermanos permanecieron muy juntos.

Miquella le susurraba cosas a su hermana: pequeños secretos, recuerdos, o relatos.

La historia de este mundo era demasiado extensa para contársela toda de una vez, así que planeaba explicársela poco a poco, hasta que pudiera adaptarse y enfrentarlo junto a él Con el tiempo, ambos se durmieron profundamente.Pero Miquella, al dejar de conversar con una hermana, pasó a hacerlo con otra.

En el reino de los sueños, el contacto con Trina era posible, y ahora que no tenia que estar tan atento al exterior, se dejo arrastar al muno onirico.

Allí ambos comenzaron a discutir sus siguientes pasos.

Trina recreó para él fragmentos de sus viajes en el tiempo.

Miquella no recordaba todo, y aquello le permitiría llenar los vacíos de su memoria: su viaje a la Montaña Solitaria cuando aún pertenecía a los enanos, su servicio a Thrór… y su inesperado romance con una enana llamada Dís.Aquella también era una historia que no podía contarse en una sola noche, así que Trina solo mostró algunos momentos, prometiendo continuar las siguientes veladas.

El resto del tiempo lo dedicaron a comprender su situación actual: el poder del anillo, ese extraño poder oscuro y sus pasadas y futuras travesías por el multiverso.

También hablaron de sus enemigos en el mundo principal y de la posible presencia del dios de la Putrefacción en aquella tierra.

Si eso era cierto, las consecuencias podían ser terribles… tanto para ese mundo como para Malenia.

…

Los enanos se despertaron más tarde de lo planeado al día siguiente; el agotamiento los había dejado rendidos.

Los Eldens estaban igual, aunque más inquietos al notar la ausencia de Miquella y Malenia en el lugar donde habían dormido.

La compañía se percató también de que la puerta del establo estaba abierta, y sin dudarlo, salieron al exterior armados por precaución.

Y fue allí cuando lo vieron.

Un hombre enorme —gigantesco para los enanos o para Bilbo— cortaba leña con una gran hacha.

A unos metros, Miquella conversaba con él con la emoción de un niño.

A su lado, Malenia se alzaba imponente; tan alta que incluso Beorn pareció sorprendido de hallar a alguien que pudiera pelear con el en estatura.

“Y entonces Gandalf remató al rey trasgo…”  “Así que no hay nadie más además de ti… pero eso podría cambiar.

“Tu gente podría volver, unirse en comunidad y establecerse aquí.” “Quiero construir un gran reino, y espero que los beórnidas formen parte de él” Miquella se había levantado temprano junto a su hermana y se había encontrado con Beorn, presentándose y charlando largo y tendido sobre muchos temas.Cuando los demás salieron, la conversación ya estaba en su punto más animado.

No comprendían del todo de qué hablaban, pero era evidente que el niño intentaba convencer al gigante de algo.

Beorn, aunque confundido por la insistencia, no parecía del todo molesto.

Con la llegada de Gandalf, Bilbo, los enanos y los Eldens, la charla se detuvo.

Pero la emoción de Miquella seguía reflejada en su sonrisa; el descanso había devuelto su fuerza y su buen ánimo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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