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SEÑOR DEL ANILLO DE ELDEN (ESPAÑOL) - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - 45 45 Bosque Negro
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45: 45) Bosque Negro 45: 45) Bosque Negro El camino estuvo lejos de ser tranquilo, pero finalmente el Bosque Negro se alzaba ante ellos.

Varios grupos de orcos habían sido eliminados durante la marcha, y gracias a la curación de Miquella no quedaban heridas ni secuelas de aquellas batallas.

Sin embargo, la situación cambiaba al llegar a los límites del bosque.

Ni los ponies, ni los caballos, ni siquiera los osos parecían dispuestos a acercarse más.

Era como si todos ellos hubiesen decidido que su viaje terminaba allí, negándose a dar un solo paso dentro de ese lugar.

“Desmonten y suelten a las monturas.

Que vuelvan con su señor” ordenó Gandalf, sin bajarse aún de su caballo.

La compañía obedeció, retirando sus pertenencias y despidiéndose de las criaturas que los habían acompañado hasta ese punto.

Los osos rúnicos rugieron hacia Miquella, como si quisieran darle una última advertencia antes de separarse, y luego avanzaron lentamente junto a los caballos y ponies, casi escoltándolos.

Miquella solo pudo saludar en despedida mientras las bestias se perdían en la distancia.

Entonces todos miraron a Gandalf, que seguía montado.

“¿Tú… no vienes con nosotros?” preguntó Bilbo, notando la tensión en el ambiente.

“¿No nos abandonarás… verdad?” La presencia del mago que lo metió en esto era su mayor amparo, y verlo quedarse atrás no era un pensamiento agradable.

“No lo haría si no fuera absolutamente necesario” respondió Gandalf, serio, mirando hacia el sur, en dirección a Dol Guldur.

“Pero aún tengo una tarea que cumplir.” “Espera” dijo Miquella, aunque no con intención de detenerlo Todos se giraron hacia el semidiós, que avanzó unos pasos.

Miquella juntó ambas manos frente a él y cerró los ojos.

Una tenue luz comenzó a surgir entre sus dedos; era evidente que estaba usando su magia.

Estaba usando la energía que había acumulado para cumplir dos objetivos a la vez.

De sus manos brotó una niebla púrpura, que se mezcló con el brillo dorado de su anillo y algo nuevo apareció en sus manos, pero su magia no se detuvo allí y su anillo volvió a trabajar.

La luz no disminuyó: se intensificó, vibró… y entonces, abruptamente, desapareció en el aire.

Un segundo después, algo —o alguien— cayó al suelo frente a Miquella.

El semidiós se puso pálido al instante.

Sus piernas temblaron, y tuvo que ser sujetado para no desplomarse.

Lo que había hecho parecía haberle exigido más energía de la que su anillo había almacenado.

Todos miraron a Miquella… pero pronto sus ojos se dirigieron a quienes habían aparecido.

O mejor dicho, a quienes habían sido traídos: una mujer con un carcaj a la espalda y un arco en sus manos, montada —o, mejor dicho, apoyada— sobre un lobo blanco.

Los enanos abrieron la boca, listos para exclamar algo… pero con todo lo que habían presenciado hasta ahora, ya ni siquiera tenían el mismo impulso para sorprenderse.

Solo los dominaba la curiosidad.

“¿Dónde… estoy?” preguntó la mujer, confundida, sintiéndose débil, casi incapaz de levantarse.

Su lobo también intentaba incorporarse con esfuerzo; pese a su agotamiento, gruñó, intentando mostrar agresividad hacia el grupo que los rodeaba “Bienvenida a los Eldens Libres, Latenna” dijo Miquella con dificultad, obligándose a mantenerse de pie.

“Leda, Ansbach… explíquenle un poco la situación mientras termino aquí.” Sus seguidores asintieron, mientras el semidiós se acercaba a Gandalf y a los enanos, aún pálido por el desgaste de su magia.

“¿Quién es ella?” preguntó Thorin.

Tras la aparición de Melania, pensó que el semidiós tenía cierta costumbre de invocar a sus familiares.

Y, sinceramente, le parecía una habilidad tan inquietante como impresionante “Nuestra nueva arquera” respondió Miquella con voz cansada.

“La partida de Gandalf nos deja con un integrante menos, y pensé que sería bueno llenar el hueco.

Nos faltan atacantes a distancia, y no es que te desprecie, Kilian, pero siempre es mejor tener más que menos.

Además, puede servir como exploradora en mi lugar.” Los presentes asintieron.

Después de enfrentar a tantos enemigos en el camino, la idea de sumar más ayuda les resultó reconfortante.

De hecho, varios enanos no pudieron evitar pensar que, si Miquella podía convocar un ejército entero, sus problemas quedarían prácticamente resueltos… aunque eso complicaría un poco el asunto de las provisiones.

“Y Gandalf” continuó el semidiós, mirando al mago, “ir solo no es seguro.

Vas a necesitar ayuda.” “¿Tú también planeas irte?” exclamó Bilbo, con ansiedad creciente.

Los enanos tampoco tenían mejor semblante.

Perder a Gandalf era un golpe duro pero tolerable… pero perder también a Miquella significaba quedarse sin su fuerza mágica, y eso era algo que Thorin no estaba dispuesto a permitir si podía evitarlo.

“Más o menos…” respondió Miquella, acercándose al mago.

“Toma, Gandalf.

Lleva esto contigo.” De su mano surgió el pequeño talismán con la figura de una mujer de larga cabellera púrpura que acababa de invocar.

Lo colocó en la palma del mago con seriedad.

“Llévalo contigo siempre.

Si estás en problemas, mi otra mitad podría ayudarte.

Aunque… eso podría dejarme inconsciente aquí mismo.

Así que ustedes…” dijo mirando a los demás “deberían estar preparados para mi ausencia si Gandalf llega a necesitar ayuda” Gandalf observó el talismán con atención y lo guardó entre sus ropas sin cuestionarlo.

Cualquier ayuda era bienvenida, y aunque no sabía exactamente qué clase de auxilio podía brindarle ese objeto, confiaba en el juicio del joven príncipe dorado.

Los enanos y Bilbo soltaron un suspiro de alivio al entender que Miquella no los abandonaría de inmediato.

La idea de que pudiera desmayarse de vez en cuando era una cosa… pero que se marchara completamente era otra muy distinta.

Así, el grupo estaba por dividirse temporalmente, justo antes de entrar en Mirkwood.

“Nos veremos en la Montaña antes de que llegue el Día de Durin” aseguró Gandalf con confianza.

Luego miró hacia el bosque, su expresión endureciéndose.

“Tengan cuidado.

Este ya no es el Bosque Verde de antaño.

Un poder oscuro lo corrompe… y también otras fuerzas desconocidas.

Desconfíen de las criaturas que puedan hallarse allí.

No toquen el agua.

Eviten tocar cualquier cosa, si pueden.

Y, sobre todo…” su voz se volvió casi una advertencia mortal “no salgan del sendero.

Si lo hacen… no podrán regresar.” Con esas últimas palabras, la compañía observó cómo Gandalf se alejaba, perdiéndose a lomos de su caballo entre las colinas.

Era una baja importante; perder a un mago nunca era poca cosa.

Pero Thorin, aunque serio, no parecía tan alterado.

Con él viajaban los Eldens, quienes ya habían demostrado una fuerza y capacidad muy superiores a la de cualquier aliado común.

Incluso sin Gandalf, el líder de los enanos conservaba la confianza en poder cumplir su cometido… aunque, claro, un mago menos siempre era una pérdida.

“Adelante” ordenó Thorin, avanzando al frente ahora que ya no tenían al mago guiando el camino.

“Debemos acelerar el paso.

Es mejor llegar temprano a la Montaña; no podemos arriesgarnos a que un contratiempo nos haga perder la oportunidad.” La compañía avanzó lentamente por el estrecho sendero, rodeado de árboles que parecían más marchitos que vivos, como si la savia misma del bosque hubiera sido drenada.

En la formación de los Eldens ahora había un nuevo miembro: Latenna, aún débil por la invocación, montando sobre su lobo blanco, que avanzaba con un paso lento y pesado.

Por eso ambos se mantenían en el centro del grupo, protegidos por todos lados.

A su lado, Miquella montaba a Torrente, hablándole con voz suave, explicándole dónde estaban, qué había ocurrido… qué esperaba de ella.

El encanto del semidiós era poderoso.

Aunque Latenna no era una de sus seguidoras originales, las palabras de Miquella se deslizaban por su mente como susurros… susurros del demonio.

La promesa de curar la deficiencia de los albinaúricos de primera generación.

La promesa de darles un hogar.

La promesa de traer a su hermana y completar su mision… Con cada una de esas promesas, Latenna inclinó la cabeza y aceptó ponerse al servicio del joven dios, convirtiéndose en otra Elden más de su séquito.

Miquella la había convocado porque necesitaba una arquera: un elemento ausente en su grupo.

Quizás había otras opciones mejores, pero Latenna era lo que sus fuerzas y su anillo le permitían traer en ese momento.

Además, Miquella tenía un motivo para su presencia: ella sería quien portaría la Flecha Negra y aprovechar su potencial.

El arma que originalmente mataría a Smaug.

Miquella le entregó la Flecha Negra a Latenna, indicándole que era un tesoro y que nunca fallaría.

Le aseguró que siempre podría recuperarla, o al menos, eso era lo que Miquella creía saber sobre la flecha.

Finalmente, le pidió que la cuidara, pues esa flecha estaba preparada para un objetivo muy particular.

…

La compañía siguió su marcha por un sendero que, aunque existía desde tiempos antiguos, parecía haber sido abandonado durante décadas.

Miquella notó que algo estaba mal: un camino que debía ser recto se retorcía con más desvíos y vueltas de lo razonable.

Tal vez un movimiento reciente de la tierra lo había afectado.

O tal vez era el bosque mismo, tratando de confundirlos… o de alejarlos de su verdadero destino.

Fuera lo que fuese, el avance no era sencillo.

Y aunque al comienzo no aparecieron mayores problemas, el ambiente no mejoraba.

La oscuridad se espesaba.

El aire se volvía más pesado.

Y cada paso hacía sentir como si el bosque los observara, silencioso, paciente… esperando Lo primero que todos notaron fue la lentitud del avance.

Seguir la recomendación de Gandalf de no apartarse del sendero limitaba sus opciones y hacía que cada desvío, por pequeño que fuera, resultara impensable.

Las provisiones que Beorn les había dado no eran infinitas y ya comenzaban a escasear, especialmente el agua.

Para empeorar todo, apenas un hilo de luz lograba atravesar las copas de los árboles, si es que la había.

La oscuridad, el camino enrevesado, las provisiones menguantes… no representaban un peligro inmediato, pero desgastaban la salud mental de todos.

Y cuando al fin comenzó a llover, el animo cayó un poco más al sentir el peso de las armaduras.

Por fortuna estaba Miquella.

Gracias a su magia podía iluminar el entorno, y tras absorber la vitalidad de algunos árboles, intentó invocar comida y bebida.

Sin embargo, esto le resultaba mucho más difícil: invocar individuos u objetos que conocía, algo concreto y único, era simple, pero conceptos tan genéricos como “alimento” o “agua” exigían una visualización precisa.

Sin cuidado, podía terminar convocando algo incomible o inútil, desperdiciando energía.

Aún no tenía tanto poder ni control para alterar la realidad a voluntad.

Al poco tiempo, las provisiones se acabaron y el grupo dependió por completo de las invocaciones de Miquella para subsistir.

El bosque se volvía cada vez más opresivo cuanto más se internaban, como si la corrupción que lo impregnaba incrementara su fuerza.

El ambiente se volvió pesado, especialmente para Bilbo y los enanos.

Los eldens, más habituados a la magia y a un mundo destruido, resistían mejor; además, utilizaban la mera presencia de Miquella como pilar de su propia voluntad.

Él, por su parte, encontraba refugio en Trina, con quien compartía la carga del cansancio y la presión del entorno.

Gracias al talismán Sonrisa de St.

Trina podían percibir, aunque vagamente, el estado general de Gandalf y su misión, aunque aún carecían del poder para ver con claridad lo que sucedía a la distancia.

Los días en aquel bosque eran duros, masticando la voluntad del grupo poco a poco.

Algunos enanos ya mostraban confusión… y entre los eldens más débiles como Thiollier, Letanna y su lobo—recién convocados y sin haber recuperado su fuerza plena—el peso del ambiente también se hacía notar.

El avance se volvió tan complicado que la fuerza general del grupo disminuyó drásticamente.

Solo unos pocos se mantenían en plena forma: Miquella, protegido por su anillo, y Melania, cuya maldición interna eclipsaba cualquier influencia externa.

El resto, ya fuera por cansancio, hambre o influencia del bosque, se encontraba entre el 60% y el 90% de sus fuerzas generales.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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