SEÑOR DEL ANILLO DE ELDEN (ESPAÑOL) - Capítulo 46
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46: 46) Arañas del bosque Negro/Rojo 46: 46) Arañas del bosque Negro/Rojo Un viaje duro, pero no solo era cansancio.
Algo en aquel bosque resultaba… familiar para los eldens.
Especialmente para Melania.
Cuanto más avanzaban, más inquieta se volvía, hasta que finalmente, al llegar al cauce de un río donde antaño debió existir un puente de piedra—del cual solo quedaban ruinas—la respuesta se mostró.
“Mira allí,” dijo Melania con seriedad, extendiendo su espada hacia la orilla.
“Rastros de la Putrefacción Roja.” La compañía se acercó.
A simple vista era una pequeña mancha rojiza en el agua, pero los eldens entendieron al instante el significado.
“Tenemos que cruzar este río,” dijo Thorin, ignorando por completo el peligro.
Su mente, ya nublada por el bosque, solo veía el obstáculo frente a ellos.
“Quizás podríamos reparar el puente”, dijo Miquella sin dudarlo, convencido de que podría lograrlo gracias al poder de su anillo.
Había estado recargándolo con la energía de los árboles que se cruzaban en su camino, aunque notaba que estos no poseían la vitalidad que deberían tener.
“No tenemos tiempo para eso,” gruñó Thorin.
“Tampoco podemos cruzar así como así.
Recuerden lo que dijo Gandalf: No toquen el agua” intervino Nori “Podríamos pasar entre las raíces de los árboles,” sugirió Dwalin.
“Quizás… tenga otra manera,” dijo Miquella de pronto, pensando en algo al mirar a su fiel montura.
Sonrió suavemente.
“Parece que vas a trabajar duro hoy, compañero.” Le dio una palmada afectuosa en el cuello a Torrente.
Lo que siguió fue, cuanto menos, una escena curiosa: uno por uno, enanos y eldens se subían a Torrente, y el espíritu corcel los llevaba en un salto elegante hasta la otra orilla.
Luego regresaba flotando suavemente para recoger al siguiente.
Lo más extraño fue cuando le tocó el turno al lobo de Latenna; Torrente lo cargó sin dificultad alguna, pero los enanos quedaron desconcertados cuando Latenna no hizo ademán de caminar por sí misma.
Al verla inmóvil de cintura para abajo, varios intercambiaron miradas silenciosas.
Sin decirlo abiertamente, comenzaron a notar un patrón.
Miquella, con su eterna niñes; Melania, marcada por la Putrefacción Roja; Latenna, sin movilidad en las piernas… Los eldens no solo eran poderosos: parecían guerreros destinados a cargar algún tipo de desgracia, como si cada uno llevara consigo un precio antiguo, una maldición o una herida que nunca terminaba de sanar.
Nadie comentó nada, pero ninguno pudo evitar preguntarse cuáles serían los otros males ocultos de los eldens restantes.
Al final, tras varios viajes, lograron cruzar el río maldito.
Miquella acarició nuevamente a Torrente, agradeciéndole en voz baja y prometiéndole recompensas cuando todo terminara.
Pero mientras hablaba, un bostezo se le escapó.
La compañía reanudó su marcha, adentrándose en una zona del bosque aún peor que la anterior.
Más oscura.
Más muerta.
Árboles retorcidos cubiertos de hongos rojizos se erguían como asechadores silenciosos, y la noción misma del tiempo parecía disolverse bajo aquella bóveda sombría.
Para rematarlo, Miquella bostezaba cada vez más seguido; su cabeza se inclinaba hacia los lados, como si cada paso lo sumergiera más en un sueño inevitable “Mi señor…” dijo Leda con preocupación, mientras todos —eldens y enanos por igual— se volvían hacia él.
“Estoy bien… solo…” otro bostezo le interrumpió “solo es un poco de sueño.” “¿¡Gandalf está en problemas!?” gritó uno de los enanos, recordando lo que se había dicho antes.
“No… todavía,” murmuró Miquella con dificultad.
“Pero… preventivamente… y porque ya no puedo contenerlo… caeré en un sueño profundo por un tiempo.
Hermana… estás a cargo… haz… lo que creas correcto…” No alcanzó a terminar la frase: Miquella cayó inconsciente sobre el lomo de Torrente, respirando profundamente, como un niño sumido en un sueño sereno.
Leda y Melania se apresuraron para revisarlo, pero no hallaron nada anormal.
Dormía plácidamente… demasiado plácidamente.
Era evidente que nada podría despertarlo por ahora.
La compañía tuvo que enfrentarse entonces a una decisión inmediata.
Sin Miquella, no tendrían acceso a agua ni comida invocada.
Sus reservas ya estaban agotadas; ni siquiera estaban completamente saciados en ese momento.
El hambre y la sed comenzaban a doler con fuerza.
No tenían alternativa.
Debían seguir adelante.
Solo que ahora, la mitad de los eldens estaban obligados a actuar como escoltas permanentes del príncipe durmiente, cubriéndolo por todos los flancos mientras Torrente avanzaba con él sobre su lomo, resguardándolo como si protegiera un tesoro.
…
Miquella había entrado una vez más en el mundo de los sueños, donde Trina lo esperaba como siempre, envuelta en esa calma etérea.
“¿Gandalf?” preguntó de inmediato.
Ya intuía la respuesta —Trina se lo habría dicho si algo hubiera ocurrido—, pero aun así lo preguntó.
“No,” respondió ella con suavidad.
“De él me ocupo yo.
Pero tenemos suficiente fuerza para un pequeño viaje más.”Se acercó a él con elegancia, casi flotando.
“¿Cumplimos lo que prometimos a Beorn?” “Supongo…” Miquella dejó escapar un suspiro cargado de cansancio.
“Estaba bastante agobiado de ese bosque.
Necesitaba algo de actividad…
Quizás realmente sea un niño después de todo…” Intentaba racionalizar su extraña existencia: dos almas unidas, dos conciencias fusionadas…
mortal e inmortal.
Trina no respondió; no hacía falta.
Su naturaleza compartida hacía que las palabras fueran, muchas veces, redundantes.
Se acercó más, apoyó una mano sobre su hombro y luego, en un gesto lleno de intimidad, se aferró a él por la espalda.
Miquella se dejo caer ante el abrazo.
Una nube púrpura comenzó a surgir alrededor de ambos, envolviéndolos como un manto suave… y luego, lentamente, los consumió, hasta que desaparecieron juntos en aquel vacío oscuro …
Mientras tanto, la compañía avanzaba.
Seguían aún lo suficientemente conscientes como para continuar, pero cada paso les costaba más.
Y el sendero, lejos de mejorar, empeoraba con rapidez.
Telarañas enormes colgaban de los árboles, espesas como nubes blancas atrapadas entre ramas.Los eldens, acostumbrados a enfrentar criaturas gigantes, empezaron a tensarse.
Cada vez que alguno —mareado por el sofoco, por el hambre, por la confusión del bosque— se desviaba mínimamente del sendero, Melania aparecía de inmediato.
Un golpe seco con la hoja plana de su espada servía de advertencia antes de obligarlos a regresar al camino.
Pero ni siquiera ella estaba tranquila.En su interior, la Putrefacción Roja palpitaba con fuerza.
La presencia corrupta en aquel bosque la llamaba como un eco distante, como si fuera un reflejo de sí misma.
Si no fuera porque debía proteger a su hermano dormido, ya habría corrido hacia esa dirección para investigarla.
Y pronto llegaron los problemas.
A diferencia de lo ocurrido en la película, Bilbo no llegó a tocar ninguna telaraña debido al mareo y la confusión producida por el bosque.
Pero en un grupo tan grande, era casi imposible no rozar alguna fibra pegajosa, o simplemente no llamar la atención de los habitantes del bosque.
Uno tras otro, varios comenzaron a ralentizar su paso.
Se sentían observados.
Cazados.Los eldens, así como algunos enanos más experimentados, desenvainaron sus armas en silencio.
Los más débiles, o los más agotados, ni siquiera notaron el cambio en el ambiente.
Continuaron avanzando, tensos, hasta que el momento llegó.
Desde las copas de los árboles, varias arañas gigantes se lanzaron sobre la compañía.
Planeaban caerles encima, tomar por sorpresa a los más rezagados… Pero no lo lograron.
Melania reaccionó primero.
Su espada larga describió un arco brillante hacia arriba y cortó a una de las criaturas justo en el aire, partiéndola en dos.Fue la primera muerte.
Los eldens y los enanos combatían como podían contra la repentina emboscada aracnida.
Intentaban formar un cerco defensivo, pero las arañas descendían desde todas las direcciones, trepando, saltando, rodeando.
Aquel bosque era su territorio, y la ventaja de movilidad era completamente suya.
Peor aún: varios eldens no podían moverse con libertad por estar protegiendo el cuerpo inconsciente de Miquella.
Aun así, resistían.
Las primeras oleadas de arañas fueron contenidas… hasta que algo mucho peor llegó.
Un chirrido desgarrador resonó entre los árboles.Las arañas comunes se detuvieron un instante, tensas… y retrocedieron.
Con miedo.
De entre la oscuridad avanzó una araña más grande, deforme, con placas de quitina invadidas por hongos rojizos que latían como si fueran carne viva.
Una criatura consumida por la Putrefacción Roja.
Apenas detectó a las otras arañas y a la compañía, cargó sin dudar, rabiosa, casi enloquecida.
Las arañas ordinarias se alejaron de ella como si fuera una plaga viviente.
Los eldens la reconocieron al instante… y su atención se dividió, al igual que sus prioridades.
La situación empeoró cuando nuevas criaturas infectadas emergieron: arañas y crías hinchadas, cubiertas por el mismo brillo rojizo enfermizo.
Estalló el caos total.
Espadas cortaban patas, quitina, cuerpos enteros.
Las arañas eran demasiadas y venían de todas partes.
La lucha entre las arañas comunes y las infectadas ayudaba… pero las putrefactas eran peores, más agresivas, más resistentes.
Los eldens podían luchar durante horas si era necesario, pero el verdadero problema era Miquella.
Estaba inconsciente, incapaz de defenderse, y el más mínimo descuido podía costar su vida.
Su protección era lo primero.
El clímax llegó cuando una araña más pequeña —pero hinchada, tensa, vibrante— se lanzó corriendo directamente hacia el centro de la formación.
No atacaba a ningún guerrero.
Solo avanzaba… hacia donde estaba todo el grupo más concentrado.
La compañía no le dio importancia al principio.
Hasta que Melania lo sintió.Una vibración en el aire.Un pulso familiar.Un peligro inminente.
“¡CORRAN!” gritó, empujando violentamente a los eldens que cuidaban a Miquella.
Los enanos no tuvieron tanto tiempo de reaccionar.Ni siquiera las otras arañas, que también percibieron el peligro y retrocedieron instintivamente.
La araña hinchada llegó al centro, se arqueó…y se estrelló contra el suelo con un salto desesperado.
La explosión no fue de fuego ni de fuerza, sino de muerte.
Una nube de esporas rojizas estalló como una ola, cubriendo a todos los que estaban cerca.
Los enanos tosieron al instante, cayendo de rodillas mientras una quemazón horrible les recorría el cuerpo.
Algunos dejaron caer sus armas, incapaces de sostenerlas ante el dolor y la debilidad súbita.Las arañas alcanzadas chillaron y huyeron a toda prisa, aterradas por la infección.
Nadie esperaba una bomba suicida.Y el efecto fue devastador para la compañía.Los enanos quedaron diezmados.Los eldens, en su mayoría, resistieron gracias a su naturaleza.
Pero nuevas arañas hinchadas se acercaban.
Kilian, ciega de un ojo por las esporas, logró tensar su arco y disparar a una de ellas, haciéndola estallar antes de llegar… pero quedaban varias más, arrastrándose entre las sombras.
Melania se preparaba para una lucha desesperada cuando un susurro llegó a su oído.
La voz de su hermano, pero no la habitual, la otra…La voz de Trina.
Se giró justo a tiempo para ver a Torrente galopar, saltando lejos del combate, llevándose a Miquella en su lomo.
Recordando el mensaje del susurro, Melania corrió hacia los otros eldens y los obligó a reagruparse.
Cuando estuvieron todos juntos, les dio nuevas órdenes.
Los eldens estaban confundidos… pero obedecieron.Leda, sin embargo, ardía por correr tras Miquella, aunque también terminó alineándose.
Con la formación lista, los eldens comenzaron a retroceder estratégicamente, pero Melania avanzó sola, atacando exclusivamente a las arañas infectadas.
Aunque no tenía todo su poder, seguía siendo una guerrera incomparable.
Cada tajo derribaba una amenaza.
La ventaja de las arañas infectadas era su fuerza.Su desventaja: eran pocas en comparacion con las normales.
Melania exterminó tantas como pudo… y luego, de manera inesperada, se dio media vuelta y huyó entre los árboles.
Los eldens la vieron y comprendieron.
Rápidos como sombras, corrieron y saltaron hacia las telarañas en las ramas más altas, dejándose atrapar deliberadamente.
Se enredaron ellos mismos, manteniendo las armas ocultas entre sus manos.
Las arañas —refuerzos recién llegados— no sospecharon nada.
Con su escasa inteligencia, solo vieron presas atrapadas y se lanzaron sobre ellas, envolviéndolas mejor y llevándolas hacia su nido.
Los enanos, en cambio, no pudieron notar la estrategia.
Entre la Putrefacción Roja, el agotamiento y los efectos del veneno, sus fuerzas se habían reducido a lo mínimo: sobrevivir un segundo más, respirar un segundo más.
Las arañas los atraparon uno por uno:primero a los inconscientes desde la primera explosión, luego a los que aún resistían pero ya no podían sostenerse.
Los envolvieron rápidamente y también los cargaron hacia el nido.
No podían comerlos aqui en terriotrio de guerra, ni dejar presas tan valiosas atrás y permitir que las arañas infectadas se las robaran.
Y así, la compañía entera —eldens y enanos— fue capturada y llevada a la guarida oscura de las criaturas del bosque.
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