SEÑOR DEL ANILLO DE ELDEN (ESPAÑOL) - Capítulo 47
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- Capítulo 47 - 47 47 Viaje onírico Beornidas
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47: 47) Viaje onírico “Beornidas” 47: 47) Viaje onírico “Beornidas” Miquella, en aquella extraña forma onírica de cabello negro, ojos insólitos y un cuerpo adulto, emergió en lo que parecía ser un bosque antiguo y silencioso.Esta vez todo se sentía distinto.
Quizás porque, sabiendo de antemano lo que ocurría, ya no estaba desorientado.
En su interior podía percibir con claridad cómo su esencia y la de Trina —antes unidas, luego separadas— volvían a entrelazarse en un solo ser.
Trina hablaba dentro de su mente con una nitidez mayor, como si sus pensamientos brotaran de si mismo.
Con esa nueva confianza, Miquella avanzó.
Estaba allí con un propósito, en este sueño que también era realidad, pero sin privarse del pequeño placer de volver a sentirse adulto otra vez.
…
Aquel viaje tenía lugar en un tiempo pasado, como Trina le había advertido: un mundo paralelo.
Ahora se encontraba en la región entre las Montañas Nubladas y el todavía llamado Bosque Verde… aunque la situación no era la misma que la de su propio tiempo.
Los hombres del norte aún dominaban parte de los bordes montañosos y los lindes del bosque.Miquella, aun con su experiencia, no dejaba de sentirse perdido; y Trina tampoco podía auxiliarlo demasiado.
Parte de su conciencia estaba ocupada vigilando el cuerpo principal de Miquella, dormido en el mundo físico, y el talismán que había confiado a Gandalf.
Así, en esta aventura, Miquella tendría que depender sobre todo de sí mismo.
Y comenzó su viaje por estas tierras…
El tiempo transcurría como un sueño: rápido, evanescente.
Aunque ahora estaba más consciente, en ocasiones sentía cómo casi se desvanecía, cómo a punto estaba de despertar y abandonar aquel mundo.
Solo la conexión con Trina lo mantenía anclado.
Pero con ella distraída, era Miquella quien debía cargar con ese esfuerzo, manteniendo parte de su mente aferrada a este plano.
Era una prueba, un entrenamiento para viajes más complejos que planeaba realizar en el futuro.
Vagó por la región, contemplando cómo era esta tierra en el pasado, cruzándose ocasionalmente con gente que le indicaba caminos o advertencias.Y sin embargo, pese a lo fascinante del entorno, había una soledad inevitable.
Solo él… y Trina, en cierta medida.
Miquella no podía evitar extrañar a su hermana, pensar en las bromas que le hacía a Leda, ni reflexionar sobre su futuro: sobre ser un peón en la guerra de seres divinos, sobre la posibilidad —o el anhelo— de liberarse y vivir bajo sus propias reglas.
Con el tiempo, guiado por indicaciones de los lugareños, llegó a las periferias de las Montañas Nubladas, a un asentamiento que ya no existiría en el mundo principal: un poblado de los hombres del norte… el antiguo pueblo de Beorn Había alcanzado su objetivo.
Desde allí, su estadía tomó un rumbo más calmado.
El pueblo era antiguo, rudo, y aunque Miquella se sorprendió un poco al ver que ninguno era tan alto como Beorn —era, sin duda, una excepción—, seguían siendo hombres y mujeres corpulentos, resistentes y de espíritu fuerte.
miquella intento integrasrse con esta comunidad y con so poder y carismo lo logro en gran medida, volviendose uno mas del monto.
Intentó integrarse, y gracias a su carisma innato y a su poder latente, no tardó en volverse parte de la comunidad.
Llegó a conocer a la familia de Beorn, e incluso al pequeño Beorn, aunque al principio hablaron poco.
El verdadero cambio ocurrió cuando conoció a un grupo peculiar: chamanes, druidas, hechiceros… No tenían un título concreto, solo se les llamaba los hombres sabios.
No eran como Gandalf, Radagast o Saruman; no eran Ainur.
Eran humanos comunes, mortales… pero capaces de aprender magia y encantamientos, aunque aquello fuera una hazaña en sí misma.
Vivían apartados, casi recluidos, la mayoría ancianos amantes de la naturaleza, vegetarianos como Beorn, y capaces incluso de comunicarse en varios idiomas animales.
Beorn tenía parentesco con ellos por el lado materno y los visitaba de vez en cuando, aprendiendo con humildad lo que deseaban enseñarle.
Miquella quedó fascinado por aquel pequeño círculo de sabiduría rústica.
Su comunicación con ellos fluyó con facilidad —quizás por su carisma, o tal vez porque percibían la poderosa aura del semidiós—, y terminó siendo aceptado entre ellos.
Decidió permanecer allí, aprendiendo su peculiar magia: algo que, a diferencia de los dones de los Ainur, sí podía estudiarse, practicarse y dominarse con esfuerzo.
Y así Miquella se convirtió en un aprendiz más entre los sabios, compartiendo estudios con niños como el joven Beorn… y descubriendo que había sido precisamente de estos ancianos de donde Beorn aprendió a adoptar la forma de un oso El tiempo pasó, y Miquella terminó por ganarse el respeto del pueblo.
Se esforzó en ayudar en todo lo posible, consciente de lo que se avecinaba.
Conocía la historia de Beorn y la tragedia que marcó a su vida; sabía que el peligro no tardaría en manifestarse.
Por eso, advirtió en silencio a los ancianos chamanes y comenzó a prepararse para la confrontación que intuía inevitable.
Entre sus progresos, la transformación en oso ya casi estaba dominada.
Miquella poseía un talento innato para las artes arcanas y, aunque al principio le costó adaptarse a las diferencias entre las Tierras Intermedias y este mundo, una vez lo consiguiera, cualquier nueva magia parecía caer en sus manos con facilidad.
Además de la forma de oso existían otras transformaciones posibles, pero cada una requería tiempo, disciplina y dominio emocional.
Finalmente comprendió por qué el joven Beorn solo había aprendido a adoptar la forma de un oso: cuando comenzó a dominar ese “lado animal”, los trasgos atacaron.
Los trasgos se habían multiplicado en las entrañas de las montañas.
Cuando su número alcanzó cierto límite, se expandieron como una plaga, intentando eliminar a cualquier raza que habitara cerca.
El ataque llegó sin advertencia, brutal y repentino, cobrando vidas desde el primer instante.
El pueblo, aunque lleno de hombres bravos y poderosos, no estaban preparados para una horda tan numerosa.
En cuanto Miquella se enteró, partió de inmediato para unirse a la defensa.
No poseía una destreza marcial sobresaliente—siempre había sido un niño incapaz de blandir una espada con técnica—, pero lo compensaba con poder puro.
La Godslayer era un arma incomparable; un solo movimiento bastaba para derribar oleadas enteras de trasgos.
Y no fue el único factor decisivo.
Muy pronto, un oso gigantesco, un lobo de pelaje oscuro, un águila de alas inmensas y un jabalí colosal irrumpieron en la batalla, arrancando miembros y despedazando enemigos.
Los hombres sabios, en sus formas animales, acudían en auxilio del pueblo… pero eran ancianos, y sus fuerzas no estaban hechas para luchas prolongadas.
La primera oleada fue repelida, sí, pero todos sabían lo que significaba el primer avistamiento: volverían.
Y volverían una y otra vez hasta que no quedara nadie.
Fue entonces cuando Miquella intentó convencer a la gente de abandonar el lugar.
Su misión allí era salvar a tantos como fuera posible.
Pero muchos se negaron.
Creían que podían resistir, que sería más honorable luchar que huir.
No comprendían todavía lo que se avecinaba.
La realidad llegó poco después, cuando una cantidad aún mayor de trasgos descendió de las montañas, esta vez liderados por un orco temible: Bolg.
Y con él venían varios trolls.
La batalla fue mucho más feroz que la anterior.
Solo la presencia de Miquella inclinaba algo la balanza a su favor; en todo lo demás… las cosas iban mal.Él era poderoso, sí, pero no podía estar en todas partes a la vez.
Además, en estos viajes oníricos su magia estaba casi sellada: carecía del apoyo de su anillo, algo que Trina no había podido traer a este mundo.
Por eso deseaba tanto la magia local que intentaba aprender.
Las bajas fueron demasiado grandes.
En medio del caos, la anciana que tomaba la forma de un águila llamó a Miquella.
Con voz cansada le ordenó llevarse a los supervivientes.
Mientras los hombres sabios, junto con algunos hombres y mujeres capaces, ofrecían una resistencia desesperada contra una horda interminable, Miquella cubrió la retirada de jóvenes, ancianos, mujeres y niños.
Fue peor de lo que habría deseado.
Cada vez que sentía la carga de proteger la huida volverse más pesada, sabía que era señal de que el grupo que se había quedado atrás estaba cayendo uno por uno.Aun así, logrando mantener al grupo con muy pocas bajas, Miquella los guió fuera de las Montañas Nubladas.
Continuó liderándolos y protegiéndolos hasta llegar a la periferia del Bosque Verde, donde encontraron otro asentamiento de humanos: también hombres del norte, parientes lejanos de estos “antiguos beórnidas”.
Eran los Woodmen.
Con todos a salvo, Miquella sintió que su labor estaba cumplida… pero no podía considerarla un éxito.
La satisfacción se veía ensombrecida por un sentimiento profundo de frustración.
Aunque en estos viajes oníricos su cuerpo adulto le daba un poder inmenso, seguía estando limitado: no tenía su anillo, que ya consideraba una pieza fundamental de su identidad y capacidad mágica.
Trina le aseguró que eso podría solucionarse en el futuro, cuando ambos recuperaran más fuerzas.
Pero nada de eso mitigó el peso de las pérdidas.
Miquella no podía evitar sentirse responsable Regresó entonces a las laderas de las Montañas Nubladas, al poblado que ahora no era más que cenizas y ruinas.
Los trasgos no dejan nada atrás; consumen, destruyen y barren hasta la memoria.Ni siquiera la casa de los hombres sabios había sobrevivido.
Miquella esperaba recuperar algún objeto, algún recuerdo que preservara su legado, pero solo encontró unas pocas figuras y collares tallados, toscos pero llenos de significado.
Los guardó con sumo cuidado.
Planeaba entregárselos a Beorn algún día.
Lo peor vino después: halló a una enorme águila empalada en picas, su cuerpo ya inerte pero aún imponente.
Miquella descendió su cuerpo con delicadeza, como si siguiera vivo, y lo enterró cerca de lo que quedaba de aquella casa apartada.
Luego se adentró en la montaña.
Los hombres sabios le habían transmitido parte de su conocimiento, pero sobre todo le habían enseñado respeto, humildad y amor por la naturaleza.
No merecían ese destino.
Y Miquella no iba a permitir que quedara impune Abriéndose paso con la Godslayer, llegó a lo más profundo de las cuevas de los trasgos.
Eran enemigos insignificantes comparados con Smaug —con quien apenas había logrado un empate—, pero eso no importaba ahora.
Lo que importaba era la ira.
La furia lo invadió por completo cuando vio lo que estaban haciendo: los trasgos devoraban los cadáveres de los hombres sabios, seguian atrapados en sus formas animales tras su muerte.
Ver a esas criaturas alimentarse de quienes le habían dado un hogar despertó algo oscuro dentro de él Los ojos de Miquella se tiñeron de negro, las venas de su rostro se marcaron como raíces delgadas, y un odio profundo lo recorrió desde el pecho hasta la punta de los dedos.
Lo que siguió fue una masacre.
En lo profundo de la montaña, Miquella desató una violencia pura, fría, desbordada.
No se detuvo ante nada.
No sintió sus heridas, ni el cansancio, ni la sangre que lo cubría.
Solo mataba.
Solo destruía.Ese poder maligno —ese eco cósmico que Trina aún no lograba suprimir del todo— amplificaba cualquier rastro de enojo, convirtiéndolo en una sed de sangre insaciable.
Si Miquella hubiera tenido todo su poder desbloqueado, habría derribado la montaña entera sin importarle las consecuencias.
Y eso era exactamente lo que esa entidad maligna quería al darle ese poder: llevar destrucción, caos y dolor al mundo.
Pero, incluso así, su cuerpo terminó por fallar.
Aunque la cueva estaba alfombrada de cadáveres y los trasgos supervivientes huyeron despavoridos, las heridas se acumulaban una tras otra.
El poder maligno impedía que Miquella sintiera el dolor y las heridas, pero Trina sí lo percibía.
Ella había combatido contra esa oscuridad desde el inicio y sabía que, si continuaban, Miquella no volvería de aquel sueño.
Tomó la decisión por ambos.
…
Una vez más, el espacio onírico.Miquella abrió los ojos, recuperando claridad.
Comprendió, con un estremecimiento, lo cerca que había estado de convertirse en un monstruo sin conciencia, si Trina no lo hubiera estado sosteniendo desde ese primer momento.
“¿Hicimos suficiente?” preguntó Miquella con voz suave.
“Más o menos…” respondió Trina.
“Muchos más beórnidas sobrevivieron que en la línea original.
Cuando los mundos se unan, Beorn podrá encontrar a más de los suyos.” “Y después podremos ayudarles a reconstruir su hogar”
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