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SEÑOR DEL ANILLO DE ELDEN (ESPAÑOL) - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - Capítulo 49: 49) Primer contacto con los Elfos Silvanos
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Capítulo 49: 49) Primer contacto con los Elfos Silvanos

En el nido de las arañas, ya todo estaba decidido. La llegada de los elfos silvanos había sentenciado por completo a las criaturas; fueron exterminadas con precisión y rapidez. Pero, aun con la amenaza eliminada, una nueva confrontación parecía inminente.

El escuadrón élfico rodeó a los enanos moribundos y a los Eldens, que se reagruparon alzando sus armas, dejando claro que no eran presa fácil… y que los elfos tampoco eran rivales a los que temer.

Hablando en su lengua élfica, los guardabosques discutieron sobre aquellos extraños intrusos en su bosque. Pero pronto la conversación giró a un asunto aún más preocupante.

“Están contaminados” advirtió uno de los exploradores, revisando a un enano que apenas podía mantenerse en pie.

En circunstancias normales, ningún enano permitiría que un elfo lo examinara como si fuera una bestia herida. Pero ninguno tenía fuerzas para evitarlo. Solo Thorin, aturdido, trató de lanzarse contra un elfo; terminó tropezando y cayendo de bruces, incapaz de levantarse.

“Es la maldición roja” sentenció otro elfo, inspeccionando a los demás.

“¿Qué hacemos, mi señor? ¿Los eliminamos?” preguntó uno, desenvainando su cuchilla. Los elfos tampoco sentían simpatía por los enanos, y la infección ya había demostrado su horror. Matar a los contaminados era, en apariencia, lo más razonable.

“Esperen” intervino Legolas.

Como príncipe del Bosque Negro, tampoco apreciaba a los enanos; pero no estaba dispuesto a segar vidas sin comprender lo que ocurría. Necesitaba respuestas. Su mirada se posó entonces en los humanos presentes.

“¿Quiénes son y qué hacen aquí?” preguntó apuntándolos con su arco, sin mostrar compasión alguna al verlos a todos con armas en alto.

Ninguno de los Eldens respondió. Se miraron entre ellos y luego a Malenia. En ausencia de Miquella, ella había quedado al mando, y todos aguardaban su decisión.

Malenia dio un paso al frente, tensando de inmediato a los elfos. Su imponente altura y la peligrosa aura que la rodeaba hicieron que más de uno se estremeciera.

“Somos los Eldens. Acompañamos a los enanos rumbo a Erebor para cumplir una misión” declaró, sin rastro de miedo pese a las decenas de flechas apuntándole al corazón.

Legolas frunció el ceño. Miró a los enanos con más atención y finalmente reconoció al que había caído: Thorin Escudo de Roble. Aquello complicaba todo. No era algo que pudiera decidir por sí mismo; debía informar a su padre, el rey Thranduil.

“Regístrenlos” ordenó. Si iba a llevarlos prisioneros, no pensaba permitir que conservaran sus armas.

Los Eldens elevaron sus armas, listos para enfrentarse a los elfos a pesar de reconocerlos como a los de Rivendel. Reconocerlos no significaba obedecerles. Pero Malenia levantó una mano, pidiéndoles no resistirse. Ella recordaba claramente las palabras de Trina y los acuerdos de su hermano, así que prefería cooperar por ahora.

A regañadientes, los Eldens arrojaron sus armas al suelo. Los elfos comenzaron a revisarlos.

Para los silvanos, la sorpresa fue grande. Conocían a los hombres, pero estos… estos eran distintos. Su aura, su porte, su presencia: cada uno parecía un espécimen excepcional entre los humanos comunes. Aun así, los elfos mantuvieron cierta consideración: no se aprovecharon de las mujeres durante el registro ni intentaron arrancar máscaras. Incluso con los enanos moribundos evitaron el abuso, más allá de algún movimiento brusco al quitarles sus hachas. Ellos apenas estaban conscientes, de todos modos.

Claro que dos Eldens destacaron más que todos: Lattenna y la propia Malenia.

Con Lattenna, los elfos se llevaron la primera sorpresa al separarla de su lobo, que gruñó protegiéndola, y notar que ella no se levantaba.

“Levántate” ordenó uno de ellos, al no encontrar heridas visibles ni señales de corrupción roja.

Todos dirigieron la mirada hacia ella… y Dwalin, apoyado contra un árbol y jadeando, soltó un resoplido burlón.

“Elfos… Je… ni siquiera saben tratar bien a las damas… ni a los inválidos” se mofó con sus escasas fuerzas.

Los elfos volvieron a mirar a Lattenna, que intentó obedecer la orden previa de cooperar de Malenia. Se apoyó en el tronco detrás de ella… pero apenas logró elevarse unos centímetros antes de caer de nuevo. No era que no quisiera levantarse: era que no podía.

Legolas fue el primero en entenderlo.

“Está bien. Quédate sentada”dijo, sin tener estómago para exigirle más a alguien discapacitada.

“¿Puedo montar en mi lobo?” preguntó ella con calma.

Los elfos se miraron entre sí y luego a Legolas.

“Pónganle un bozal y atenlo. Y manténganlo vigilado” ordenó el príncipe.

Con cuerdas improvisadas, amarraron el hocico del lobo. A la criatura no le agradó en absoluto, pero no se resistió bajo la mirada y voz suave de Lattenna. A ella también le ataron las manos, aunque al menos pudo acomodarse sobre el lomo de su compañero.

El siguiente tema fue Malenia. Como líder, los elfos no pensaban dejarla sin registrar ni permitir que conservara sus armas. Sin embargo… cuando se acercaron a inspeccionarla, sus expresiones de sorpresa e incredulidad fueron imposibles de ocultar en sus normalmente serenos y fríos rostros.

Su cuchilla estaba unida directamente a su brazo protésico, lo que indicaba que tendrían que retirarla por completo. Malenia, siguiendo el plan de su hermano de no oponerse a los elfos, no ofreció resistencia. Al hacerlo, dejó expuesto lo que tan claramente se veia: la putrefacción roja había avanzado profundamente por su cuerpo.

Los elfos, al revisar sus prótesis y observar la magnitud de la corrupción que recorría su carne, quedaron mudos. Nadie contaminado a tal nivel debería seguir con vida. Ya no veían en ella a la imponente guerrera cuya aura los tensaba hacía unos minutos; veían a alguien a quien, según cualquier criterio de los médicos élficos, no le quedaba mucho tiempo.

“Ese nivel de contaminación… no es algo que podamos tratar” dijo Legolas con solemnidad. No era una amenaza, sino una constatación: para los elfos, ella estaba sentenciada, estuviera con ellos o no. Con los enanos planeaban intentar tratamientos para arrancarles respuestas, pero el caso de Malenia estaba muy lejos de su alcance.

“No necesito que lo intenten” respondió ella con calma, solo dando una respuesta superficial sin querer explicar mas. “Mis prótesis están forjadas con un metal capaz de contener la putrefacción roja.”

Legolas abrió los ojos con auténtico asombro. ¿Un metal capaz de contener ese mal? Aquello que ella llamaba “putrefacción roja” y que los elfos conocían como “la Maldición Roja”… aquello era invaluable. Su interés por los Eldens creció de inmediato. La importancia de llevarlos ante su padre se multiplicó: algo que pudiera frenar o controlar la corrupción era exactamente lo que su pueblo necesitaba.

No pudieron permitirle conservar la cuchilla, pero Malenia logró liberar la hoja de la unión con su brazo prostético, quedándose solo con la prótesis en sí. Legolas no objetó; exigirle que se retirara también sus extremidades metálicas, tras lo que acababan de descubrir, hubiera sido vergonzoso incluso para un príncipe élfico.

Con esto resuelto, Legolas quería partir cuanto antes hacia el reino del Bosque Negro.

“¿Tauriel?” llamó, buscando a la elfa que aún no había sido vista.

“Aquí hay otro” respondió una voz femenina desde lo alto, junto a un capullo de telaraña. Era el mismo que Bilbo no había logrado alcanzar.”Otro enano” dedujo por el tamaño.

“Bájalo. Debemos llevarlos a todos antes de que la contaminación sea irreversible” ordenó Legolas.

Tauriel cortó las sedas con un rápido movimiento y dejó caer el capullo, que descendió entre ramas hasta golpear el suelo.

En ese instante, los Eldens estallaron en furia. Sin armas, sin ventaja, sin importarles nada: todos dieron un paso adelante para lanzarse contra los elfos. Habían contado a cada miembro de la Compañía; al ver el tamaño del capullo, supieron exactamente quién estaba dentro. Aquella forma de tratarlo… esa ofensa no podía sino despertaruna sed sangre.

Los elfos, tomados por sorpresa, retrocedieron instintivamente ante la agresiva reacción. Lo que estaba a punto de ocurrir sería sangriento.

Pero…

“¡Alto!” tronó Malenia con voz dura, imponente, que detuvo a Eldens y elfos por igual. “¡Calmaos!”

Los Eldens —especialmente Leda— miraron a Malenia con visible disgusto. No podían comprender por qué los detenía. ¿Cómo podía permitir que los elfos trataran así a su señor Miquella? La furia hervía en sus pechos, y más de uno sintió el impulso de desobedecerla, aunque fuera por un instante.

Malenia, sin embargo, ignoró esas emociones. Simplemente alzó una mano, ordenando silencio y retroceso.

Si algo era seguro, era que ella jamás permitiría que le sucediera nada a su hermano. De hecho, había sido la primera en estar a un paso de arrancarle la cabeza al príncipe elfo y desencadenar una masacre. De no ser por la voz de Trina, susurrándole que Miquella estaba a salvo, protegido previamente por una membrana mágica, el bosque habría ardido con sangre élfica.

Los elfos, desconcertados por ese repentino arrebato, reforzaron su vigilancia. Su primera línea tensó los arcos; los segundos desenvainaron espadas. Algunos guardabosques que habían terminado rodando por el suelo al ser embestidos ya sabían que, incluso desarmados, los Eldens eran enemigos peligrosos, casi bestiales.

Legolas entrecerró los ojos, preparado para reprender, quizá incluso insultar, a los Eldens por su locura. Pero su mirada se desvió hacia el capullo recién arrojado al suelo. Solo pudo suponer que allí dentro se encontraba alguien extremadamente importante para ellos. Por el tamaño, debía ser un enano… y con Thorin presente, era difícil imaginar quién más podría provocar tal descontrol.

“Ábrelo” ordenó Legolas a Tauriel.

Ella asintió. Su arma seguía firme en sus manos; después de ver a los Eldens lanzarse como criaturas salvajes, estaba preparada para luchar sin dudarlo.

Tauriel rasgó la parte superior del capullo. Entonces su rostro cambió por completo. Se quedó helada.

“Es… un niño” dijo en sindarin, con incredulidad. “Un elfo.”

Legolas sintió que el aire se le escapaba por un instante. Corrió hacia ella para comprobarlo. Al ver el rostro del durmiente, quedó igual de sorprendido. No tenía sentido. ¿Qué hacía un niño elfo entre ese grupo?

Tauriel terminó de romper las telarañas, liberando el cuerpo de Miquella, que dormía profundamente… o eso parecía.

“No tiene heridas. Está simplemente… en un sueño muy profundo” comentó la elfa, con cierta culpa por haber dejado caer el capullo antes.

Legolas estaba confundido. Un niño elfo, demasiado importante para esos humanos, en manos de un grupo tan inusual… y él lo había arrojado desde un árbol. No sentía culpa por haber sido brusco con los enanos —sus rencores antiguos eran difíciles de ignorar— pero con uno de su propia gente… eso lo golpeó en el orgullo.

Tauriel acarició suavemente el rostro del niño. Miquella, como si respondiera a un sueño cálido, extendió los brazos y la abrazó, aferrándose a ella con ternura. Tauriel quedó petrificada, sorprendida; luego devolvió el abrazo, usándolo para sostenerlo y levantarlo. Terminó cargándolo contra su pecho, como si fuera un pequeño animal dormido.

Los guardabosques que habían escuchado que se trataba de un niño elfo se alarmaron. Algunos malinterpretaron la situación y apuntaron sus flechas hacia los Eldens, sospechando de secuestro o algo peor. Legolas los calmó de inmediato y les aseguró que las respuestas llegarían en el reino.

No podían perder más tiempo. Se dio la vuelta dispuesto a dar la orden de partida, pero al hacerlo chocó… con algo. O más bien, con alguien.

Malenia estaba justo detrás de él.

Era la primera vez que alguien lograba sorprender al príncipe elfo de esa manera. Tuvo que retroceder un paso, sintiéndose casi aturdido. Levantó la mirada para encontrarse con esos ojos intensos que lo observaban con tal fuerza que su corazón se tensó por instinto de peligro.

“Ese de allí… es mi hermano” fue lo único que dijo Malenia, su voz firme, cortante, cargada de una amenaza silenciosa.

Legolas , aunque confundido, tragó saliva antes de responder.

“No maltratamos niños. Estará bien cuidado” aseguró. No recibió más que esa mirada fría, penetrante, antes de que Malenia se apartara.

Finalmente, alzó la voz en sindarin:

“¡De vuelta al reino! ¡Rápido! Que alguien vaya por delante y avise a los curanderos para los enanos.”

Así, los elfos comenzaron a escoltar al grupo. Los Eldens, aún tensos, cargaron ellos mismos a los enanos que no podían caminar. Y Miquella… siguió “dormido”, aferrado al cuerpo de Tauriel como un pequeño koala dorado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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